CAPITULO 24
Tras varios minutos, finalmente los chicos regresan a su mesa.
—Bueno, hay mucha gente entusiasmada con Buguie, ya quieren ver cómo quedará —comenta Mason orgulloso, al sentarse.
—¡Klaus! ¡Estoy molesta contigo! —declara Gracie, en cuanto lo ve llegar.
—¿Por qué? ¿Yo qué te hice? —replica él entre risas, tomando su asiento.
—¿Es por odiar a Buguie? —indaga Mason.
—¡No! ¡Es por algo peor! Amor… ¿tú conoces a aquel señor que está sentado junto a Ash? —pregunta Gracie a su esposo.
Ambos chicos voltean con disimulo hacia la mesa donde se encuentra sentada Ashley.
—No mi vida —responde Mason, comiendo un trozo de queso.
—¿Y tú? —añade Gracie, mirando a Klaus.
—Sí, ese es Rupert... ¿por qué?
—¡Carajo! —exclaman Gracie y Kate al mismo tiempo.
—¿Qué pasa? —replica Klaus, frunciendo el ceño.
—Hijo… ¿por qué no le dijiste a Ashley que conocías a Rupert? —interviene Mily.
—¿Qué pasa con ese tal Rupert? No entiendo —murmura Mason.
—Honestamente… yo tampoco —dice Klaus encogiéndose de hombros, a la vez que toma un trozo de queso.
—¡Como que no entiendes! —refuta Gracie, viéndolo—. Mi vida… ese tal Rupert, es el presidente de los Demons.
—¡¿Qué?! —replica Mason sorprendido, para luego murmurar—. Por un demonio… ¡Klaus! —añade indignado.
—Ah sí, eso es cierto —afirma este, sonriendo—. Oigan… no me miren así, es que Rupert tiene como doscientas empresas, no es como que yo me sepa de memoria todas las compañías que tiene o que maneja.
—Sabías que Ash necesitaba algo profesional, ¿cómo demonios se te olvido ese dato importante? —cuestiona Mason.
—Ya sé… perdón… —responde Klaus, apenado—. La verdad es que él no viene mucho por acá, por lo que no es un contacto que tenga fresco en mi memoria, pero tranquilos, ya mismo voy y hablo con él para presentarla formalmente —agrega moviendo su silla hacia atrás para levantarse.
—¡No! —interviene Gracie—. Siéntate… ya Ashley lo está haciendo sola, ahora deja que termine y veamos si logra algo con él, sin ayuda de nadie.
—Okey, okey… —responde Klaus, acomodando la silla de nuevo en su lugar.
Entre tanto en la otra mesa, Ashley y Rupert están conversando amenamente.
—No te había visto antes por acá —comenta él, a la vez que se come su tercer malvavisco.
—Pues… te digo lo mismo —bromea ella—. En realidad, antes venía ocasionalmente en las vacaciones de verano, porque estudiaba en Ithaca, pero no a jugar, porque no se me da el golf, sino que compartía en la piscina con mi hermana y la familia de mi cuñado, además de sus amigos que también son socios del club.
—¿Y quién es tu cuñado? ¿Lo conozco?
—Es aquel, el de camisa azul que tiene los lentes oscuros en el cabello —dice Ashley, señalando hacia la otra mesa—.
Se llama Mason Roy, la rubia a su lado es mi hermana Gracie, la que está embarazada de gemelos, mis hermosos sobrinos que son propietarios de aquella flamante belleza —añade apuntando en dirección al automóvil.
—Roy… —murmura Rupert pensativo viendo el coche, para luego regresar la vista hacia la mesa de la familia de Ashley—. ¿Él está en algo de la bolsa, no?
—Sí, es inversionista, al igual que nuestro amigo Klaus, que está sentado a su lado.
—Ahhh… pero esa es Mily Cavendish —acota Rupert, sonriendo—. ¿Al Klaus que te refieres es a su hijo?
—Ese mismo, ellos son los mejores amigos desde hace como veinte años, además de que mi cuñado y Kate, su madre, viven justo al lado de la casa de los Cavendish —comenta Ashley.
—Okey… okey, comprendo —agrega Rupert sonriendo, y vuelve la mirada hacia ella—. Entonces… ¿aparte de ser nutricionista, sabes cocinar?
—Sí, tengo colegas que no saben hacerlo, pero a mí me gusta probar cosas nuevas, no hago grandes platillos elaborados, ni nada extravagante —aclara ella, entre risas—, pero me gusta eso de sustituir ingredientes e ir experimentando, para ajustarme a la necesidad o requerimientos nutricionales de mis pacientes.
—Eso se oye bien, ¿y tienes muchos pacientes ahora?
—Pues, hace cuatro semanas comencé a trabajar acá en el club.
—¿En serio? —inquiere él, sorprendido.
—Sí, ahora soy la nutricionista del club, trabajo cinco días a la semana, durante mediodía, aunque… siendo honesta, no es mi meta trabajar acá —murmura esto último—. Es un gran trabajo y lo valoro, pero yo me preparé profesionalmente para otro tipo de pacientes.
—¿A qué te refieres con eso?
—Yo me gradué en nutrición deportiva, y mi objetivo es desempeñarme como una nutricionista de élite, trabajar con atletas profesiones, incluso ya tengo el certificado de la Sociedad Internacional para el Avance de la Cineantropometría —explica ella, orgullosa.
—Comprendo. Por cierto… ¿ese día que estabas en el club, ibas para una entrevista? ¿Qué pasó con eso? —indaga él, tomando otro malvavisco.
—Honestamente… nada —responde ella, sonriéndole.
—¿A qué te refieres?
—Es que después que salimos del elevador, fui a recursos humanos y justo estaban evaluando como a veinte personas para el departamento de redes sociales.
Asi que... básicamente no tuve ninguna entrevista —susurra ella con complicidad—.
Solo me quede encerrada en el elevador durante una hora y luego me regresé a mi casa.
—Okey… —murmura Rupert riéndose tontamente, al mismo tiempo que agarra otro malvavisco—. Dame un segundo, déjame llamar a mi gerente general. La realidad es que tenemos tantos empleados que no me los sé de memoria, pero él sí está de lleno en esto del organigrama de los Demons.
—Primero debo decirle algo que probablemente le van a preguntar —añade Ashley, tocándole el brazo.
—¿Qué cosa? —inquiere él, con el teléfono en la mano.
—Para poder ejercer en los clubes profesionales, a los nutricionistas deportivos nos piden además de los títulos que le mencione antes que tengo, el certificado de élite.
El cual no he podido tramitar, porque para obtenerlo necesito dos años de experiencia con atletas de élite, y aún no he encontrado quien me dé la oportunidad de demostrar mis capacidades, no sin ese documento en mi currículo —explica Ashley, en voz baja.
—Claro… comprendo. Entonces… ¿ese certificado sería algo así como una carta de recomendación?
—Exactamente, es una constancia de que tengo experiencia trabajando con atletas profesionales.
—Si trabajas en este club de golf, el cual básicamente ayudé a fundar y que es el más “elitesco” del país…. Para mí eso contaría como experiencia de élite —comenta él, haciéndola sonreír.
Rupert baja su mirada a la pantalla de su móvil, marca el número y luego se lo lleva al oído.
—Hola Gio... Bien. Escucha, necesito que me averigües si tenemos nutricionista, yo supongo que sí, pero sabes que no sé acerca de esos puestos. Hazlo de una vez y me devuelves la llamada… sí, perfecto. Adiós —dice él, dejando el móvil sobre la mesa.
—Gracias… —murmura Ashley, sonriéndole de nuevo—. Eso fue muy amable de su parte, en serio sería un honor para mí ayudarlos, sobre todo después de la locura e injusticia que vi en el hielo hace unas semanas.
—¿A cuál de todas te refieres? —cuestiona él, comiendo otro malvavisco.
—Esa donde tumbaron a Stan y todos los jugadores se agarraron a golpes para defenderlo terminando en la caja de castigos, y la peor fue cuando vino el descerebrado de Hopkins y atacó a Ruff —responde Ashley, negando con la cabeza—.
Eso fue espantoso… mi hermana lloró al ver eso, yo sentí que me moría, fue horrible.
—Sí, la verdad es que por un instante todos nos sentimos así tras ver ese choque en la repetición —afirma Rupert—. ¿Entonces eres una fanática de los Demons? Eso me gusta.
—Eso es gracias a mi cuñado, él es un admirador y me contagió la emoción. Por cierto… ¿cómo está Ruff? Es que no he visto noticias sobre su estado y eso me ha preocupado.
—Lo que pasa es que el entrenador es muy hermético en ese aspecto, prefiere no divulgar información sobre las lesiones de los jugadores.
—Me di cuenta, lo único que leí, es que Ruff estará de baja de dos a tres meses.
—Correcto, eso es lo que se espera.
—Señor Rupert... ¿le puedo hacer una pregunta?
—Por supuesto.
—Es que... —murmura ella, inclinándose un poco hacia adelante—.
Estoy casi segura de que a Ruff le colocaron una férula de Erich, me preocupa que esté perdiendo mucho peso, pero sobre todo masa muscular.
Seguramente él consumía entre cinco y seis mil calorías al día, pero con una dieta líquida saludable y balanceada, es muy difícil llegar a la mitad de eso. Dígame… ¿qué tanto peso ha perdido?
En ese momento, Rupert no puede evitar levantar las cejas sorprendido al escuchar las deducciones de Ashley, comprobando sus conocimientos sobre el tema.
—Eres buena —comenta él tocándole el brazo un par de veces con la punta de su dedo índice, cuando es interrumpido por una llamada—. Perdona… es uno de mis abogados, tengo que atenderle.
—No se preocupe, atienda tranquilo. Yo iré a ver cómo están mis sobrinos —dice ella levantándose, al mismo tiempo que Rupert le asiente y la ve alejarse.
Ashley camina despacio hacia la mesa donde se encuentra su familia con una sonrisa en el rostro, al llegar se sienta junto a su hermana.
—¿Y? ¿Y? ¡Ya cuenta! —exclama Gracie, agarrándole el brazo.
—Fue genial —murmura Ashley, emocionada—. Los malvaviscos fueron un puto éxito, se comió ocho.
—¡¿Ocho?! —inquiere Gracie, sorprendida—. ¡Ay por Dios! Entonces sí le gustaron.
—Sí… y eso no es todo —añade Ashley, a la vez que comienza a contarle lo que conversaron, al mismo tiempo que los demás a su alrededor escuchan atentos.
Por su parte, Rupert también se levanta de su mesa para atender la llamada, que claramente no es de su abogado.
—Dime Gio.
—Sí tenemos un nutricionista, trabaja con nosotros desde hace dos años, vino con el cuerpo técnico del entrenador, antes era de los Rockies.
—¿Y qué edad tiene?
Gio entrecierra los ojos, descolocado con la pregunta ya que no fue un dato que haya averiguado.
—Deme un momento para revisar el sistema —responde y se escucha como teclea en su computador—. Tiene cincuenta y dos años.