CAPITULO 23
La celebración de la revelación continúa, todos siguen emocionados aunque ahora un poco más calmados, mientras que comparten y charlan en sus respectivas mesas.
—Sabes Klaus… quiero ponerle unos rines deportivos a Buguie —comenta Mason, tras comer una bolita de carne.
En el momento que lo escucha, Ashley no puede evitar reírse.
—Tonta —murmura Klaus viéndola, al mismo tiempo que le muestra el dedo del medio.
—¿Qué pasa? —indaga Gracie entre risas, sin entender el contexto de lo que ocurre.
—Que alguien en esta mesa odia a Buguie —dice Ashley, tomando un sorbo de su bebida.
—¡No lo odio! —refuta Klaus, indignado.
—Claro… solo te avergüenza que este acá —acota Ashley, riéndose.
—¡Klaus! —exclama Mily reprendiéndolo, al mismo tiempo que Kate suelta una carcajada—. Es todo un clásico, sé que quedará hermoso, mi hermano tuvo uno y era genial conducirlo.
—Sí mamá, será genial, en tiempo futuro, pero ahora... no es que sea tan lindo. Ustedes solo lo dicen por ser amables con alguien en esta mesa —añade Klaus, sonriendo.
—Obviamente sé que está deteriorado, eso es normal, ¿qué esperabas cuando es del setenta y ocho? —replica Mason—. Pero Ash tiene razón, es y será eterno. Eso es lo que más me gustó —afirma guiñándole el ojo a su cuñada.
—¡Sí! Yo quiero que los niños lo tengan para siempre y que lo usen mucho, eso sería muy lindo —agrega Gracie.
Al cabo de un rato, Mason y Klaus están viendo de cerca a Buguie y su motor, mientras que las chicas se quedaron en la mesa comiendo y conversando entre ellas.
—Bueno corazón, no te traje tu regalo porque no cabía en la camioneta, pero ya está en la casa —aclara Mily—. Al llegar le decimos a los muchachos que lo lleven a la habitación de los bebes.
—¡Uhhh! ¡Qué emoción! Gracias Mily, de verdad eres un amor —dice Gracie, sonriéndole.
En ese momento, Ashley observa a un señor que se sienta en una de las mesas del costado, junto con otros de los invitados de Klaus y Mason, quienes son amigos del club.
—¡Ay por Dios! Esto es raro… —murmura ella, llamando la atención de las otras dos chicas.
—¿Qué cosa hermana? —inquiere Gracie, volteando a verla.
—Pues… —responde Ashley, inclinándose un poco hacia adelante—. Ese señor que acaba de llegar, el canoso vestido con la camisa color gris, hace varias semanas me quedé encerrada con él en un elevador.
—Ah okey… —comenta Gracie, a la vez que se voltea para verlo disimuladamente—. No hermana… yo no lo conozco.
—¿Con Rupert? —inquiere Mily.
—Sí, su nombre es Rupert, ¿lo conoces? —indaga Ashley.
—Claro, es uno de los socios antiguos de club, nos conocemos desde hace como veinte años o más, no lo recuerdo muy bien —explica Mily, bebiendo un trago de su margarita.
—Entiendo… —murmura Ashley, pensativa.
—Yo lo conozco solo de vista, pero no he hablado antes con él —añade Kate.
—Corazón… ¿y en el elevador de donde te quedaste atrapada con él? —pregunta Mily.
—En el edificio de los Demons —responde Ashley, tomando un sorbo de su jugo—. Pasamos allí casi una hora, incluso nos tuvimos que sentar en el piso a esperar que los bomberos llegaran.
—Eso tiene mucho sentido —acota Mily.
—¿Qué tuvieran que esperar durante una hora por los bomberos? —replica Gracie, riéndose.
—No mi vida, yo me refiero a que sucediera en la sede de los Demons.
—¿Por qué? No entiendo —comenta Ashley, confundida.
—Corazón, porque él se la pasa allí, si se ha de quedar encerrado en algún elevador, seguramente ocurriría allá —afirma Mily, sonriendo.
—¿Y en que trabaja ahí? —indaga Ashley.
—Pues... lo que se llama trabajar, la verdad es que no creo que trabaje mucho —bromea Mily—. Más bien se dedica a hacer presencia y dar órdenes. Rupert es el presidente del club.
—¿El presidente? —replican las hermanas al unísono, para luego compartir una mirada de sorpresa.
—¡Ash! ¡Conoces al presidente! —comenta Gracie, emocionada.
—¡Ay Dios! Yo no sabía que era el presidente… él no me lo dijo y bueno... yo tampoco le pregunté en que trabajaba… ¡Ay por Dios! —repite Ashley, con una mezcla de entusiasmo y asombro.
—Aguarda… ¿Por qué te emociona? —pregunta Mily sin entender.
—Amiga, porque ella está buscando trabajo en un equipo profesional —explica Kate.
—¡Ah okey! Espera un momento, ¿por qué Klaus no te lo presentó antes? —refuta Mily, extrañada.
—¡Cierto! —afirma Gracie, frunciendo el ceño—. ¡Lo golpearé! ¡¿Qué demonios le ocurre?!
—Tranquila, eso ahora no importa, ya lo conozco —añade Ashley, sonriendo—. Voy a ir a saludarlo, le llevaré esto y haré un poco de conversación —indica tomando un plato del centro de la mesa.
—Ash cariño, no creo que a un señor de esa edad le gusten los malvaviscos fit de manzana —bromea Gracie—. Mejor llévale un vaso de whisky.
—Cierto, ella tiene razón —agrega Kate, entre risas.
—No chicas, ustedes no entienden. Yo hice estos malvaviscos después que lo conocí, a él sí le gustan mucho, pero no puede comerlos porque tienen azúcar, por eso se me ocurrió hacerlos así naturales con manzanas —explica Ashley.
—Ah… entonces sí es un gran plan, ve y deslúmbralo hermanita.
—Sí, de igual manera, en caso de que lo necesites yo te hecho una mano —añade Mily—. No te mentiré… no somos íntimos amigos, pero sí somos socios desde la función.
—Okey, gracias, aunque igual trataré de impresionarlo sola. ¡Deséenme suerte! —dice Ashley emocionada, levantándose de la mesa.
Ella comienza a caminar, al notar a los tres hombres sentados su corazón se acelera cada vez más, se siente nerviosa por tener que interrumpirlos, por lo que respira profundo un par de veces hasta que finalmente se detiene frente a ellos.
—Permiso… perdonen la interrupción, solo quería saludarlo Señor Rupert. Es una sorpresa encontrármelo acá en la revelación de género de mis sobrinos.
Al escucharla, Rupert levanta la mirada y la observa, en un primer momento no tiene ni idea de quién es ella, por lo que solo finge conocerla por cortesía, pensando que se trata de alguna socia nueva del club y nada más.
—Hola, ¿cómo estás? Felicidades por los niños —comenta él, siendo amable.
—Muchas gracias, estamos muy emocionados. Bueno… sé que sonará algo raro, pero en realidad me gustaría que los pruebe y me dé su visto bueno —dice Ashley colocando los malvaviscos de manzana en la mesa.
Rupert observa el contenido del plato, detallando el color, el cual en lugar de ser el típico blanco, es de color beige, por lo que no puede evitar entrecerrar los ojos, al mismo tiempo que piensa.
«¿Son malvaviscos? Se ven raros, pero… ¿por qué esta chica sabe que me gustan los malvaviscos? Nunca los como aquí en el club, no entiendo…»
—¿Qué son?
—Malvaviscos. Sé que tienen un color atípico, pero sí ignoramos eso, siguen siendo malvaviscos —acota Ashley, con una sonrisa en el rostro.
—Pues… gracias. Aunque quiera probarlos... no debo hacerlo —murmura él esto último—. El azúcar y yo, no nos estamos llevando bien —bromea riéndose.
—Lo sé Señor Rupert, eso ya me lo dijo antes. Es por eso que se los ofrezco, estos no tienen ni un gramo de azúcar. Cero azúcar —reitera Ashley, señalando el plato.
«¿Ya se lo dije antes? ¿De dónde conozco a esta chica? ¿Será doctora o enfermera?» Piensa Rupert, confundido. «¡Qué carajos! Es que de verdad no la recuerdo.»
—¿Cero azúcar? —inquiere él, sorprendido.
—Sí, yo se los hago a mi hermana, ella está esperando dos bebes —comenta Ashley, señalando a Gracie—. Por nada del mundo le daré azúcar, quiero que sus valores estén bien durante todo el embarazo.
—Comprendo, en ese caso… sí los puedo probar —afirma Rupert, tomando uno y de inmediato se lo lleva a la boca.
Ashley sonríe, a la vez que lo observa en completo silencio, esperando su reacción.
Por su parte Rupert, saborea el dulce intentando determinar si sabe a malvavisco o no, transcurrido apenas un segundo, ella detalla como una pequeña sonrisa pícara se dibuja en el rostro de él, le parece que es como ver a un niño disfrutar de un rico helado, por lo que su corazón vuelve a acelerarse de felicidad.
—¡Ay por Dios! ¡Sí son malvaviscos! —exclama Rupert, emocionado—. Pero ven… explícame cómo es que no tienen nada de azúcar, porque yo los sentí bastante dulce, ¿no me mentiste, cierto? —inquiere él, a la vez que mueve la silla que esta a su lado un poco hacia atrás, para que ella pueda sentarse.
Desde la otra mesa, Gracie aplaude de manera disimulada al notar como Rupert se come el malvavisco, y luego al ver que su hermana se sienta junto a él, no puede evitar soltar un pequeño sonido de alegría.
—Pues claro que no le mentí. Yo soy nutricionista, por lo que eso sería completamente antiético y hasta podría perder mi licencia por eso —explica Ashley, entre risas.
—Ah… ¡Una nutricionista! Que interesante —murmura Rupert, sonriendo.
En ese momento, cuando él la ve sentada a su altura, nota el pequeño collar que ella lleva, el cual tiene un dije de letra A, lo que le recuerda el nombre de su nieta.
«¡Ay por Dios! ¡Es la chica del elevador!» Piensa él con una enorme sonrisa, al poder recordarla.
—¡Ashley! ¡Por eso me pediste el malvavisco ese día! Leíste lo que contenía —deduce él.
—Recuerdas mi nombre.
—¡Obvio! ¡Como mi nieta!
—¡La de los capibaras! —acota Ashley, sonriéndole.
—¡Ah! ¡Tú también la recuerdas a ella! —bromea él.
—Por supuesto. Y respondiendo su pregunta… sí, ese día en elevador vi los ingredientes, los cuales no eran nada saludables, pero de estos sí puedes comer todos los que quieras, no hay ninguna limitación —afirma ella, señalando el plato de los malvaviscos.
—¿Ninguna limitación? —inquiere él, al mismo tiempo que toma otro entre sus dedos y se le queda viendo con la sonrisa de niño iluminándole el rostro una vez más.
—Correcto, puedes comerlos hasta aburrirte de ellos.
—¡Ay por Dios! Dime algo… ¿Cómo está tu agenda? Te llevaré conmigo, para que le digas eso mismo al doctor que me los prohibió —murmura Rupert, causando que ambos se rían.