CAPITULO 18
Amanece en casa de los Roy, Gracie se encuentra en la cocina preparando algunos sándwiches, a la vez que Mason baja las escaleras vestido con su traje ejecutivo y de inmediato se le acerca.
—Amor siéntate, ya te sirvo —comenta ella, tomando un plato.
—Gracias mi vida.
—¿Supiste algo de Brad? —inquiere ella, colocando una taza de café frente a su esposo—. Yo miré las noticias hace como una hora y no conseguí nada, solo me apareció el video, además de algunas fotografías del golpe y de cuando lo sacaron en camilla.
—Mientras me estaba vistiendo coloqué el canal deportivo y en el noticiero, uno de los periodistas dijo que esperaban que Brad estuviera de baja por varios meses. Ah… y que sancionaron con una suspensión de ocho partidos a Hopkins, pero no mencionaron en realidad que fue lo que le pasó.
—¡Que hermetismo! Es que uno se preocupa, él tiene muchos fanáticos, ¿por qué no quieren decir que le sucedió?
—Esperemos que sea porque son celosos de que los otros equipos conozcan el estado físico de sus jugadores, y no porque sea una lesión grave —acota Mason, tomando un sorbo de su café.
En ese momento, escuchan a Ashley bajar las escaleras a toda prisa, por lo que ambos se quedan en silencio.
—¡Por Dios! —exclama ella estresada, acercándose a la isla de la cocina—. Estuve mirando las redes sociales toda la noche y lo que conseguí fueron comentarios en videos de algunas personas diciendo una y otra vez que Brad tuvo una conmoción cerebral.
—¡Ay no! —murmura Gracie, tocándose el vientre.
—Hermana, estoy enloqueciendo… ya revise todas las redes sociales de los Demons, las de Brad e incluso las de su madre… ¡Y nadie dice una mierda! —recalca Ashley, frustrada.
—Tranquila Ash… —interviene Mason, intentando reconfortarla.
—Es que eso no es todo, resulta que de tanto buscar… ahora sé que el imbécil tiene novia. ¡Y yo aquí preocupándome por él! ¡Uhh! ¡Soy una idiota! ¡Ya sé que está saliendo con alguien y aun así me sigue preocupando! ¡¿Pero por qué me extraña?! ¡Sí es hermoso! — agrega cruzándose de brazos.
—¡Qué! —refutan los esposos, al mismo tiempo que comparten una mirada.
—¡¿Cómo que novia?!
—Sí hermana, es una idiota ahí, una influencer de mierda de las que transmiten maquillándose, tomando un café, comprando en tiendas, conduciendo su camioneta blanca o… —puntualiza Ashley, poniendo los ojos en blanco.
—¡Ahhh no! ¡Te refieres a Lola! —interrumpe Gracie, sonriendo—.
Esa idiota no es su novia, ya me sé ese cuento, hace un par de meses la vieron a los besos con otro influencer, uno que hace contenido de gimnasios y cosas así.
Ella es de esas que andan con varios al mismo tiempo, así que no es su novia.
—¡Espera! ¿Cómo sabes todo eso? ¿Ahora sigues la vida de los influencers o qué demonios? —cuestiona Ashley sentándose junto a Mason, quien de manera disimulada mira a su esposa y luego toma un sorbo de su café.
—No... Es que... también soy chismosa como tú, por eso es que anoche miré las redes sociales de Brad, un video me llevó a otro, leí muchos comentarios y así fue que me enteré de todo el drama de la idiota de Lola —aclara Gracie, encogiéndose de hombros—.
Con solo verla te das cuenta que es la palabra superficial hecha persona, solo está con él por interés, porque Brad es tremendo partido y uno de los niños lindo del hockey, es uno de los varios jugadores jóvenes que aman en TikTok.
Habría que ser muy ciego para no darse cuenta que a ella le conviene que la vean con Brad, está en todos los medios, tiene publicidades deportivas, la repercusión que tuvo luego de ganar las olimpiadas fue increíble.
—Bueno sí pero… ¿Qué garantía tenemos de que no es su novia en realidad? —replica Ashley—. Porque hermana… esa es nuestra percepción, a esa mujer se le nota lo superficial, falsa e interesada.
«Porque él me dijo que no tenía novia, Brad no me debía nada, yo era una desconocida para él, por lo que no ganaba nada mintiéndome con eso.» Piensa Gracie, al mismo tiempo que toma un poco de su té.
—Cariño… porque no hay ninguna publicación de ella en las redes de Brad, si ellos fueran novios tendrían alguna fotografía.
En cambio, si revisas el perfil de ese otro influencer con el que la vieron a los besos, te darás cuenta que no solo tiene imágenes con ella, sino que salen juntos en muchos videos, bailando, saliendo de fiesta y tonteando —comenta Gracie, sonriendo.
—¡Por Dios! ¡Son detectives! ¡Descubrieron toda la vida sentimental de este chico en solo una noche! ¡Me quito el sombrero ante ustedes! —interviene Mason entre risas, para aligerar el momento y ayudar a su esposa—. Deberían ser asesoras del FBI.
Ashley finalmente sonríe un poco ante ese comentario y se concentra en desayunar.
Dylan llega al hospital con un yeso en su mano derecha y un par de girasoles en la izquierda, ingresa al elevador y sube hasta el piso donde se encuentran sus compañeros. Por su parte, Stan se encuentra acostado en la cama de su habitación, cuando ve abrirse la puerta.
—¡Hola mi vida hermoso! —exclama Dylan sonriéndole, a la vez que se le acerca.
Stan no puede evitar reírse, al igual que Jonás, su padre, quien se encuentra sentado a su lado tomando un café.
—Hola suegro, ¿cómo amaneció? —inquiere Dylan, chocando su puño izquierdo con él.
—Bien, acá cuidándotelo —bromea Jonás—. Gracias por defenderlo en el rink.
—De nada suegrito —replica Dylan, causando que los tres se rían—. Ten mi vida, para que te ilumine el día —añade entregándole uno de los girasoles a su amigo.
—Gracias —murmura Stan entre risas, tomando la flor—. ¿Si dormiste bien o aún te duele el dedo?
—Dormí como piedra, es que el Doc me dio unos analgésicos de los poderosos —comenta Dylan, sonriendo—. ¿Tu pierna cómo está?
—Ahora no me duele, estoy esperando que me den el alta, el Doc me dijo que necesito reposo de dos semanas —responde Stan, resoplando.
—¿A ti cuanto tiempo te dieron de baja? —inquiere Jonás.
—Con el yeso tengo que estar cuatro semanas, aunque sí puedo seguir patinando, para no perder mi condición. Oye… ¿ya viste a Brad? —pregunta Dylan, mirando a su amigo.
—No… es que recién acabo de terminar de desayunar, ya iba a asomarme por allá.
—Bien. Entonces… ¿puedes caminar o cómo hacemos? Si quieres te cargo —bromea Dylan, haciendo que los tres se vuelvan a reír.
—Mejor voy en la silla de ruedas, el Doc no me quiere ver apoyando peso en la pierna derecha por dos semanas —explica Stan, encogiéndose de hombros.
Entre tanto, en otra de las habitaciones, Bradley se encuentra acostado con una venda atada en su cabeza, la cual le ayuda a mantener su mandíbula comprimida, además de algunos hielos alrededor de todo el rostro sostenidos por su padre, quien permanece sentado a su lado, a un costado está Raven atendiendo una llamada telefónica, cuando de repente la puerta se abre.
—¡Buenos días mi solecito de invierno! —exclama Dylan ingresando, al mismo tiempo que empuja la silla de ruedas de Stan y detrás de ellos viene Jonás.
—¡Brady! ¡Qué pasó hermano! ¡Te ves genial! —añade Stan sonriéndole, a medida que se aproximan a la cama.
Bradley muy sutilmente les esboza una pequeña sonrisa manteniendo sus labios cerrados.
—Ten mi vida hermoso —dice Dylan entregándole un girasol.
—Gracias —murmura Bradley entre sus dientes, sacando su mano de debajo de la sabana para tomarlo.
En ese momento, se dan cuenta que la voz de él se escucha como un sonido sibilante, ya que con la imposibilidad del libre movimiento de su mandíbula, ahora tiene que proyectar el aire solo por los pequeños espacios vacíos entre sus dientes y labios, lo cual produce el efecto de silbidos al hablar.
Esta es la primera vez que Dylan y Stan observan sus dientes desde el impacto, y se quedan asombrados, ninguno de los dos esperaba ver esas tiras metálicas en su dentadura, rodeadas por la red de alambres muy finos que abrazan individualmente cada diente.
Para ellos, es como ver la primera ortodoncia que se hizo en la historia de la humanidad, algo muy robusto y rudimental.
—¡Hermoso! ¡Brady, eres como el hombre manos de tijera pero en la boca! —bromea Stan, en un intento de disimular su asombro.
—Ja-ja —replica Bradley, mostrándole el dedo del medio.
—Espera… es que estás muy sexy, me calientas tanto, que tengo que ser el primero en besarte —añade Dylan acercándose aún más a la cama.
Él apoya su brazo sano en la almohada y comienza a amagar con besar sus labios. Carson y Jonás se ríen, a la vez que Raven desde el otro lado, sonríe y continúa hablando por teléfono.
—Brad eres muy fuerte, así que ánimo —comenta Jonás acariciándole la pierna.
Bradley le muestra el pulgar y le asiente. Al no poder tragar con normalidad, ni abrir la boca, la saliva se le acumula constantemente, lo que ocasiona que su voz suene húmeda y que cada tanto, deba succionar para que no se desborde la saliva entre sus dientes.
—Bueno, ya en serio… ¿pudiste comer? —cuestiona Stan, rascándose el cuello—. Honestamente tengo muchas preguntas.
—Yo igual… ¿cómo funciona eso? Es que de verdad no entiendo —agrega Dylan.
Bradley se limita a solo poner los ojos en blanco.
—Pues chicos… por ahora tendrá una dieta líquida, y debe sorber por una pajita —explica Carson.
—Mierda… —murmuran Dylan y Stan al unísono, al mismo tiempo que comparten una mirada llena de preocupación, y luego voltean a ver a su amigo, quien nuevamente pone los ojos en blanco, evidentemente disgustado.
—¡Sí! ¡Es una mierda! —refuta Bradley, entre dientes.
—¡Qué maldito hijo de puta! —exclama Stan, furioso.
—¡Yo mismo golpearé al maldito de Hopkins! ¡Cuando regrese luego de su suspensión de cien partidos! —afirma Dylan.
—¡Exacto! —agrega Raven acercándose al finalizar su llamada, y todos voltean a verla—.
¡Justo esperaba eso! Una sanción ejemplar, de por lo menos unos veinte partidos fuera…
¡Pero no! ¡Resulta que solo le dieron ocho partidos al muy mal nacido de mierda!
¡Es que yo misma entraré a golpearlo! ¡No es un atleta! ¡Es un enforcer!
—Mamá… ya —murmura Bradley.
En ese momento, se abren las puertas de la habitación interrumpiendo la conversación.
—Buen día... con que acá están todos —comenta Collins, acercándose a la cama.
—¡Hola Doc! ¡Claro! Es que le facilitamos el trabajo —dice Dylan, sonriendo.
—¿Y tú qué haces acá? ¿No te habías ido a media noche? —pregunta Collins, extrañado.
—Pues vine a hacer presión para que le den el alta a ellos, no voy a ser el único libre con ellos presos acá.
—¡Ay tan lindo mi hombre! ¡Todo un macho alfa! —bromea Stan, haciendo reír al resto.
—Sí, un lomo plateado, incluso traje cadenas en mi mochila, si no les dan el alta… pues me voy a encadenar a la puerta del hospital —afirma Dylan
—Bueno… por ahora no las saques —acota Collins, negando con la cabeza—. Stan, ya te dejé las indicaciones por escrito en tu cama, tienes que tomar los analgésicos cada ocho horas, por tres días, solo en caso de que presentes dolor, luego ya empiezas con el fisioterapeuta en el club.
—Okey Doc. Gracias.
—Bien… sigamos por acá —comenta Collins, tocándole el brazo a Bradley—. ¿Cómo vamos? ¿Tienes algo de dolor? ¿Ya comiste?
—Ahora no me duele.... y de la comida… pues mejor no hablemos —murmura él, entre dientes.
—No Doctor, de la sopa solo bebió dos sorbos —informa Raven, cruzándose de brazos—. Dígame, ¿cómo lo obligo?
—Brad, tienes que comer —ordena Collins, mirándolo seriamente.
—¡Es que sí tengo hambre! —exclama Bradley, angustiado—. ¡Tengo mucha hambre! —recalca a la vez que sorbe la saliva que se acumula en su boca—. Anoche después del juego no comí nada, solo un jugo y una gelatina toda aguada —añade con los ojos llenándose de lágrimas.
Stan y Dylan se miran entre sí sintiendo compasión por su compañero, ambos comprenden su frustración, porque como atletas ellos comen muchos carbohidratos y proteínas al día, saben que Bradley está pasando hambre debido a la lesión.
—Oye tranquilo… eso es porque acababas de salir de quirófano, habías estado sedado y no podíamos arriesgarnos a que vomitaras porque ya tienes la férula puesta, si eso llegara a pasar, tendríamos que cortar rápidamente las ligas y los alambras para que no te ahogaras —explica Collins—.
Pero ahora que ya pasaron varias horas, sí puedes comer hasta el cansancio.
—¡No me gusta la sopa! —replica Bradley frustrado, a la vez que se seca las lágrimas.
—Ya mi vida… —murmura Carson, acariciándole la cabeza.
—Hijo… pero tienes que comer. Dime… ¿cómo te ayudo? —inquiere Raven, preocupada—. Sé que quieres comerte un plato pasta y un enorme bistec, pero no puedes.
—¿Y si se lo licúan? —interviene Dylan.
—¡Qué asco! —refuta Bradley, sorbiendo la saliva y negando con la cabeza.
—Sí, que asco —afirma Stan, fingiendo muchas arcadas—. Esa es una idea terrible, mejor encadénate la boca para que no digas estupideces —agrega para intentar hacer reír a su amigo.
—Bueno, yo solo estoy esperando que comas para poder darte el alta, si no lo haces, tendré que colocarte una sonda nasogástrica, que es un tubo por tu nariz para que te alimentes usando una inyectadora —indica Collins.
—¡Qué! —exclaman los tres chicos al unísono, completamente atónitos.
—¡No Doc! ¡No permitiré que le violen su pobre naricita! ¡Brady yo me mudo contigo y te obligo a que comas! —dice Dylan, viéndolo.
—¡Sí! ¡Yo también puedo comer sopa! —añade Stan—. No te dejaremos morir de hambre y tampoco que te metan cosas por la nariz. Doc… mejor no perdamos más tiempo, pídanos tres sopas, así desayunamos y ya nos dan de alta.
—Exacto. Aléjese de las sondas y sobre todo de la nariz de mi hijo —acota Raven, en tono jocoso.
—¡Aja Doc! ¡Haga caso porque si no saldrá todo picoteado! —bromea Dylan causando que todos en la habitación se rían, incluido Bradley.
Al cabo de unos minutos, al ver que sus amigos están ahí comiendo la sopa que el tanto detesta, Bradley cede ante la presión social y se la bebe por completo a través de la pajita, logrando así que finalmente le den la alta médica.