CAPITULO 13
Los chicos desde el interior del elevador, pueden escuchar los gritos de reclamo de Rupert desde afuera, ya que estos traspasan las puertas.
—Bueno... ahora sí nos sacaran —comenta Dylan, provocando la risa de sus compañeros.
—Sí —murmura Bradley—. Al presi es mejor tenerlo contento, es amable por las buenas, pero tiene un genio, que mejor es no cruzárselo. Mamá me ha dicho que cuando joven, él era un entrenador de esos jodidos, de los que nadie aguantaba... muy estricto.
—Claro, de los que no te dejaban tener sexo tres días antes del partido —agrega Stan y los tres se vuelven a reír.
—¡¿Tres días?! ¡Vaya exageración! ¡Debes estar bromeando! —refuta Dylan, incrédulo.
—No bromeo, bueno… eso es lo que yo he escuchado por ahí. Ahora bien, si tienes dudas… mejor pregúntale cuando salgamos —acota Stan, provocando que estallen en carcajadas.
—Pues gracias al cielo que no me ha tocado ningún entrenador así —afirma Dylan.
—A mi sí me tocó uno —comenta Bradley—. Aunque claro, tampoco eran tres días, pero sí nos prohibía el sexo la noche previa al partido.
—¿En serio? —inquiere Dylan.
—¿Quién fue ese? —indaga Stan—. ¿Cuándo pasó? Si tienes tres años con los Demons.
—Fue el entrenador Gagnon, en los últimos juegos olímpicos de invierno, hace ya tres años —responde Bradley.
—¡Carajo! ¡¿En las olimpiadas?! ¡Qué desperdicio de cantidad de mujeres! —comenta Stan, sonriendo.
—Sí… justo con todo el desmadre y orgías que se forman ahí —agrega Dylan.
—Es por eso mismo que no quería que nos descontroláramos.
Incluso teníamos toque de queda, quien no estuviera en su habitación a las nueve de la noche, no jugaba en el siguiente partido —acota Bradley—.
Cuando salíamos por ahí, siempre era en grupo de no menos de seis jugadores, y nos colocaban un “chaperón” —explica haciendo comillas con los dedos, causando la risa de sus amigos.
—Es decir… ¿qué pasaste tus primeras olimpiadas en blanco? ¿Cero anotaciones? —cuestiona Stan, sorprendido.
—Sí... aunque no fue por el entrenador, sino porque yo no quise —aclara Bradley—.
La verdad es que en las villas olímpicas no hay reglas de ningún tipo, es libre acceso, mientras que seas atleta, puedes pasear libre por las habitaciones de cualquiera, sin importar si eres hombre o mujer.
Todo era un total desmadre, un todos contra todos…
Honestamente, yo no fui a las olimpiadas a agarrar ninguna enfermedad, además de que no estaba con ganas de andar ligando con nadie, me sentía muy presionado —confiesa negando con la cabeza.
—¡Obvio! ¡Quién va a pensar en sexo, cuando un cuervo te respira en la nuca! —comenta Dylan, causando que los tres se vuelvan a reír.
En ese instante, se abren las puertas del elevador permitiendo que los chicos observen a un par de bomberos, y detrás de estos, ven al presidente y al gerente del club celebrando de que finalmente ellos estén a salvo.
—¡Chicos! ¿Están bien? —inquiere Gio—. ¿Necesitan ir a la enfermería o algo?
—Tranquilo, estamos bien —responde Stan—. Oiga presi… antes de que se me olvide —añade al salir del elevador—. Es que Dylan quiere hacerle una pregunta.
Bradley al escucharlo estalla con una carcajada, a la vez que Dylan le muestra el dedo del medio, para luego darle un puñetazo en el hombro a Stan que sigue riéndose.
—¡Eso no es cierto! —refuta Dylan avergonzado, haciendo todo lo posible para no reírse.
—Bueno… ¿qué cosa querías saber? —cuestiona Rupert, viéndolo fijamente.
—¡No! ¡Yo nada! —aclara Dylan, encogiéndose de hombros—.
Aunque… no puedo fingir, así que le diré la verdad, el que estaba muy intrigado era Brad.
Oye Brady… —agrega volteando a verlo—. Ya pregúntale al presi, no tengas miedo, él no muerde —afirma aguantando con toda su alma las ganas de reírse mientras que Stan estalla en carcajadas.
—Hijo de puta —murmura Bradley, lanzándole una mirada asesina a Dylan.
—Bueno pues ya pregúntame, luego los quiero ver bajando derechito por las escaleras, se van a comer y después directo para el arena. Ya hablamos con el entrenador, sabe que llegarán un poco retrasados —indica Rupert, mirando el reloj en su muñeca.
—No es nada presi.... es solo una tontería —responde Bradley, encogiéndose de hombros.
—¡Ya dilo! —dice Gio, apresurándolo.
—Es que ellos… —comenta Bradley, señalando a sus amigos—, vieron a una hermosa chica ejecutiva, que les dijo que no subiéramos al elevador, y querían saber si ella trabaja acá o no.
Creo que Dylan dijo algo de enseñarle el Kama Sutra en el baño, pero yo le aconsejé que no era buena idea, porque en minutos tenemos partido y no es profesional hacerlo con una empleada —acota con seriedad.
—¡Hijo de puta! —exclama Dylan saltando sobre Bradley, a la vez que lo golpea varias veces.
Por su parte, Stan, Gio, Rupert y los bomberos, quienes aún se encuentran en el lugar recogiendo sus instrumentos, se ríen sin parar viéndolos forcejear.
Pasadas algunas horas, finalmente los jugadores de los Demons se encuentran en los vestidores, terminando de colocarse el uniforme.
—Tengo que pensar en mi venganza, solo sé que será una épica —afirma Dylan, mirando a su amigo.
—¡¿Ah sí?! ¡Estás mal de la cabeza! —replica Bradley, indignado—. ¡¿Es que acaso olvidaste que fuiste tú quien me mandó a la muerte primero, aún y cuando Stan fue el que te arrojó a los lobos?!
—¿Yo? —refuta Stan con voz dulce haciéndose el inocente, a la vez que se ríe y se ata los patines.
—¡Véngate con él, no conmigo! ¡Yo solo tuve más agilidad mental para devolvértela de inmediato! —acota Bradley, entre risas.
—¿Me estás diciendo tonto? —cuestiona Dylan—. ¡¿Sabes qué?! ¡Ya sé que haré! ¡Me comeré tu moneda de oro y con ella toda tu suerte! ¡Muaja-ja-ja! —exclama con una risa malévola.
Stan de inmediato estalla con una carcajada, al mismo tiempo que Bradley se le queda viendo con el ceño fruncido.
—¡Ni se te ocurra hijo de puta! ¡No solo te golpearé hasta dejarte inconsciente, sino que le diré a mi padre que te demande! ¡Que te deje en la ruina! ¡Incluso haré que vayas preso! —afirma él, tirándole un rollo de cinta adhesiva.
—¿Por comerse una moneda de chocolate? Vaya Brady… estás muy diva, deja de juntarte con Lola —bromea Keller, quien es el capitán, al escuchar la conversación mientras que se coloca cinta adhesiva en sus medias.
En ese instante, el resto de los jugadores que se encuentran en el vestuario comienzan a reírse por el comentario.
—¡No soy diva! ¡Es mi jodida moneda de la suerte! —replica él levantándose, toma su bolso y la busca para enseñárselas a sus compañeros—. Incluso le compré un porta monedas para que no se me dañe.
Bradley comienza a mover la ropa de un lado al otro durante algunos segundos buscándola.
—Oigan… no es gracioso —comenta tocando el fondo del maletín sin conseguirla—. ¡Ya dámela! —ordena viendo a Dylan.
—¡¿Qué?! ¿Qué te dé qué? —cuestiona este, confundido.
—¡La moneda idiota! ¡No te hagas el estúpido! ¡Ya te vengaste! ¡Ahora solo devuélvemela! —exclama Bradley, molesto.
—No tengo tu moneda, sí dije que me vengaría, pero era jodiéndote, yo sé lo que te importa esa moneda, nunca te la escondería. Es más, ni siquiera la tocaría —aclara Dylan dejando de atarse los patines para mirarlo a los ojos.
—¡Maldición! ¡Ya dámela! —recalca Bradley acercándose enojado, y le empuja el hombro.
—¡Hey! ¡Hey! —interviene Keller, metiéndose en medio de ambos.
—Oigan… ya dejen de jugar. Dylan, ya devuélvesela —añade Stan, con seriedad.
—¡Pero yo no la tengo! —repite Dylan—. Brady, te juro que yo no la tomé. Ni siquiera la he vuelto a ver desde que Gracie te la dio, recuerda que tú no me la has vuelto a mostrar, solo me dijiste que habías comprado el estuche para guardarla, pero no me la enseñaste —añade en tono tranquilo.
—¡Maldición! Stan… ¿fuiste tú? —inquiere Bradley, volteando a verlo.
—¿Yo? ¡No! —exclama él, indignado—. ¡Claro que no! ¡Santo cielo Brad! Yo ni siquiera me acordaba de tu moneda hasta ahora que la mencionaste.
—¡Ay por Dios! ¡Ay Dios mío! —dice Bradley angustiado, al mismo tiempo que se agacha y vacía todo el contenido de su bolso sobre el piso.
El resto de los jugadores que se encuentran alrededor ven el nivel de angustia, pero solo Dylan y Stan comprenden a fondo lo que realmente sucede, ya que los demás compañeros apenas se están enterando de la existencia de una moneda de la suerte.
—¡Vamos chicos! ¡Alístense! ¡En cinco minutos salimos a calentar! —indica el entrenador, al entrar al vestuario.
Todos los chicos se apresuran a terminar de vestirse, mientras que Bradley se mantiene de rodillas en el piso revisando sus pertenencias.
—Hey… vamos, tienes que terminar de alistarte —murmura Dylan, tomándole el hombro—. Luego de eso te ayudo a buscarla.
—¿Buscarla dónde? ¡Si la tenía acá! ¡Estaba adentro del bolso! —replica Bradley desesperado, a la vez que comienza a guardar sus cosas nuevamente dentro del bolso.
—Oye Brad… ¿no será que la dejaste en tu casa? —añade Keller, al mismo tiempo que el entrenador está hablando con su asistente.
—No… —responde Bradley levantándose y se coloca las coderas—. Yo metí la ropa y de último coloqué la moneda, la puse encima de todo —explica ansioso.
—Tranquilo, de seguro está en la camioneta, si la tenías arriba de la ropa, se pudo haber caído al asiento cuando sacaste algo del bolso —comenta Stan ajustándose los pads, en un intento de calmarlo.
—Es que... yo creo que no lo abrí cuando estaba en la camioneta —acota Bradley pensativo, a la vez que se coloca la camiseta e intenta recordar todo lo que hizo desde que salió de su apartamento.
—¡Vamos chicos! ¡Vamos! —indica el asistente del entrenador, haciendo sonar sus palmas repetidas veces.
—¡Maldita sea! —exclama Bradley frustrado, al saber que ya tiene que salir al hielo.
Todos los jugadores comienzan a caminar hacia el túnel, él va siguiéndolos, visiblemente ansioso sin parar de negar con la cabeza.
—¡Ruff! —dice Richie, uno de los utileros llamando su atención y entregándole sus guantes.
—Sí… —murmura Bradley dejando de mirar a la nada, y recibiéndolos.
Por su parte, Stan que venía caminando un par de jugadores más atrás, también recibe sus guantes de manos del utilero.
—Oye Richie… si tú o alguno de los chicos en el vestuario ven una moneda de chocolate, que puede que esté suelta o en un estuche transparente, por nada del mundo se la coman y tampoco la boten. Es de Brad, la tenía en su bolso y no la consigue.
—Okey… —dice Richie pausadamente, riéndose.
—¡No! ¡No! ¡No es en joda! ¡Es muy en serio! —aclara Stan, mirándolo fijo.
—Sí yo venía pedirte lo mismo —interviene Keller uniéndose a la conversación—. Richie, él está muy seguro que esa moneda estaba en su bolso, no se puede haber perdido, nada se puede desaparecer de los vestidores, así sea solo un chocolate —añade colocándose sus guantes.
—Está bien, tranquilos, yo les informaré a los demás chicos en los vestidores, para que estén atentos por si la ven —afirma Richie.
Entre tanto, Bradley avanza por la banca, pone un pie dentro del hielo y resopla, a la vez que niega con la cabeza.
«¡Esta mierda no me puede estar pasando! ¡Necesito mi moneda de oro!»