CAPITULO 9 #2
«¡Por Dios! Estoy tan nerviosa, que ya me olvidé de la mitad de las indicaciones que dijo…» Piensa ella, riéndose sola. «Solo tengo que subir un piso… allí le preguntaré a alguien más.»
En cuanto se sube al elevador, Ashley se queda mirando los botones por un instante, dudando antes de apretar alguno.
—Tengo que subir un piso, pero... ¿es hasta mezzanina o al piso uno? —cuestiona frunciendo el ceño.
En el momento que las puertas del elevador se cierran, ella observa la pantalla percatándose de que comienza a bajar hacia el sótano, por lo que deduce que alguien más lo solicitó.
«Bueno, que la otra persona marque su piso primero, yo espero que se baje y luego me asomo en ambos pisos, a ver cuál es el correcto, si el primero o si mezzanina.»
Al llegar al sótano, se abren las puertas y Ashley observa como entra un hombre de mediana edad, vestido con un traje azul marino y corbata color vinotinto.
—Buenas tardes —saluda el caballero al entrar.
—Buenas tardes —responde ella, observando que el señor oprime el botón del séptimo piso.
Las puertas se cierran y el elevador comienza a ascender, en la pantalla se nota como avanzan los pisos, hasta que de pronto, a ambos les llama la atención que el número cinco se ha quedado fijo. Ellos esperan unos segundos a que se abran las puertas, intuyen que alguien más lo solicitó.
—¿Estamos detenidos? —pregunta Ashley mirando al señor, al darse cuenta que no hay ningún cambio.
—Es raro —contesta él, a la vez que niega con la cabeza y presiona reiteradas veces el número siete, con la esperanza de que el elevador siga su curso, pero sin conseguirlo.
—Ay por Dios… —murmura ella, cruzándose de brazos.
El señor al observarla, decide apretar el botón de la alarma varias veces.
—¿Me escuchan? ¿Hay alguien allí? —pregunta él, pulsando el intercomunicador.
—Sí, habla con la seguridad de planta baja, ¿qué sucede?
—Necesito que vengan a sacarnos, estamos atrapados en el elevador, justo en el piso cinco —indica el señor, al mismo tiempo que se afloja un poco la corbata—. ¡Apúrense!
—Entendido, déjeme informarle de inmediato a mantenimiento —replica la voz, por el intercomunicador.
Al escuchar la respuesta, el señor no puede evitar poner los ojos en blanco y soltar un suspiro largo, un gesto que no pasa desapercibido para Ashley.
—Está bien, no se preocupe… De seguro no deben tardar mucho —comenta ella, con voz tranquila.
El señor voltea a verla, suspira y solo le asiente cruzándose de brazos.
Ambos se mantienen en silencio, cada uno enfocados en las pantallas de sus teléfonos mientras que el tiempo transcurre.
Al cabo de unos eternos diez minutos, Ashley nota como el señor introduce la mano en el bolsillo interno de su saco y toma un malvavisco en una bolsita individual, el cual mantiene en la palma de su mano, y comienza a apretarlo de manera constante.
Durante unos segundos, ella escucha el sutil sonido del plástico del dulce, detallando que él no abre el empaque para comerlo, solo lo aprieta.
—¡¿Qué demonios pasa?! —cuestiona el señor exasperado, presionando nuevamente el intercomunicador—. ¡Ya van más diez minutos! ¡¿Por qué no han venido a sacarnos de acá?! ¡Hola! ¡Hola!
—Tranquilo, ya se le notificó a los bomberos —indica la voz.
—¿Los bomberos? —replica Ashley, frunciendo el ceño.
—¡¿Cómo que los bomberos?! —refuta el señor, confundido—. Si dijiste que ya venían los de mantenimiento.
—Es que el personal de mantenimiento no pudo destrabarlo, pero no se preocupe, que ya los bomberos vienen en camino —indica el guardia de seguridad por el intercomunicador.
—¡Mierda! —exclama el señor, al mismo tiempo que aprieta con más fuerza la bolsa del malvavisco en sus manos.
—Pues si vienen los bomberos… no nos sacarán por lo menos antes de una hora, porque esto no es una emergencia, sino algo de rutina —comenta Ashley, a la vez que se sienta en el piso, apoyando la espalda en la pared.
—¿Una hora? —inquiere el señor, tocándose la frente.
—Sí, o con suerte, unos cuarenta minutos. El ventilador sigue funcionando bien, así que tenemos un buen suministro de aire, por eso no se preocupe —afirma ella, abriendo su bolso y sacando un termo—. Tenga… beba un poco y si quiere siéntese conmigo, para que no se canse.
El señor suelta un suspiro largo, se desabotona el saco y luego se agacha, tomando asiento frente a Ashley, quien extiende el brazo ofreciéndole el termo.
—Gracias —dice él tomando de inmediato un sorbo de agua, al mismo tiempo que con la otra mano se afloja más la corbata sin soltar el malvavisco, para luego devolvérselo.
—Por nada —agrega ella, colocando el termo en el piso—. ¿Se siente mejor?
—Digamos que sí.
—Perfecto. Por cierto… soy Ashley —indica ella, sonriéndole.
—Ese el nombre de mi nieta —indica él con orgullo, devolviéndole la sonrisa.
—¿Si? ¡Qué genial! Tiene un lindo nombre —bromea Ashley—. ¿Cuántos años tiene?
—Acaba de cumplir nueve.
—Que linda, esa edad es genial. ¿Le hicieron fiesta con algún motivo?
—Sí, ahora está en una etapa donde resulta que le gustan los capibaras, por lo que se le hizo una enorme fiesta en el club, todo estaba decorado con esos animales.
Incluso le mandamos a hacer un torta con una figura en 3D de ese animal, usando un gorro de fiesta y un pequeño bizcocho con una vela delante de él —comenta el señor, riéndose, contagiándola a ella.
—Y me imagino que le encantó, porque eso suena como un pastel épico.
—Sí, ella estaba tan contenta que no quería cortarla, le daba lastima —acota él, recordando—. Y… se puede saber qué haces por acá, ¿en qué departamento trabajas?
—Es que yo no trabajo aquí, justo iba para recursos humanos cuando el elevador decidió que mejor no —responde ella, entre risas—. A propósito… ¿cómo es su nombre?
—Lo siento, no quise ser grosero, es la situación... Yo soy Rupert.
—No se preocupe, es un placer.
—¿Ibas para H o para B? —cuestiona él, apretando el malvavisco una vez más.
«Gracias a Dios ya se lo que eso significa, no me gusta quedar como una tonta.»
—Para B.
—Okey, ¿y puedo saber a qué te dedicas?
—Claro, soy nutricionista deportiva —indica Ashley, con una enorme sonrisa.
—Ahora que lo dices… tienes aspecto de nutricionista.
—Gracias... eso creo —dice Ashley entre risas, justo cuando suena su teléfono—. Perdone un momento —añade antes de contestar la llamada.
—Hola hermana, ¿estás bien? ¿La panza está bien?
—Sí, todo está bien, solo quería saber de ti, es que no me has avisado como te fue —comenta Gracie.