CAPITULO 8
Cae la noche y en el arena de los Demons en New Jersey, está por empezar el partido, ya se escucha el bullicio del público mientras que los jugadores se encuentran en el hielo calentando.
—Oye… ¿ya sientes la suerte de la moneda de oro recorriéndote el cuerpo? —cuestiona Dylan, elongando al lado de Bradley.
—Sé que tú no me crees, porque es jodidamente raro, pero… sí —afirma él, haciendo movimientos circulares con sus rodillas sobre el hielo.
—No soy quien para juzgar, yo también tengo mis manías locas.
Sabes que tengo que comer media naranja antes del partido y luego en cada intermedio, de lo contrario sé que me irá como la mierda —agrega Dylan, riéndose—.
Asi que no diría que es raro, aunque sin dudas, la tuya es de las supersticiones más originales que he oído desde que comencé en el hockey.
—Espera... ¿es por eso que nunca te comes la naranja completa? —cuestiona Bradley, extrañado—. Vaya... no me imaginé que era por una superstición, pensaba que solo era porque es tu fruta favorita.
—Pues sí, solo sé que un día en mi primer año como profesional, me comí la mitad de una naranja en un intermedio y al salir al rink, marqué mis primeros dos goles en un mismo partido de la NHL, por lo que desde ahí, no salgo al hielo sin antes comerme mi media naranja.
—Okey… eso tiene todo el sentido para mí —afirma Bradley, sonriéndole.
Entre tanto, en el palco de jugadores de los Demons, Stan se encuentra sentado en una de las butacas, observando atentamente hacía varias filas más abajo, a mitad de la tribuna donde está el área VIP destinada a los familiares, que es donde está sentado su padre.
En ese instante, Gio, el gerente del club se le acerca por detrás dándole una palmada en el hombro, y él gira su cuerpo para ver de quien se trata.
—¡Stan! ¿Cómo está esa pierna? ¿Cómo se porta ese abductor?
—¡Hey Gio! Pues me siento muy bien, el Doc dijo que me da el alta esta semana.
—Perfecto, eso suena como una gran noticia, porque necesitamos a nuestro primer portero en el hielo.
—¡Por Dios! ¡Estoy que salto al rink! —exclama Stan—. ¡Sabes que odio estar lesionado!
—Siendo así, puede que te tengamos para el próximo partido, eso sería genial —comenta Gio, entusiasmado.
—Sí, ya estoy harto de ver los partidos desde el palco, pasar tres semanas acá sentado, ha sido una tortura para mí —confiesa Stan, sonriéndole.
—Oye Gio, ven acá —dice una voz masculina, desde el otro extremo del palco.
—Hablamos al rato, el presidente me llama —indica Gio, dándole otra palmada en el hombro.
Stan asiente, al mismo tiempo que vuelve su mirada hacia el frente, notando que junto a su papá, se han sentado Carson y Raven, los padres de Bradley, sonriendo tontamente, saca su teléfono del bolsillo y le envía un mensaje.
Stan
Hey papá, llámala Crow, o al menos Crowven.
Quiero ver en vivo a la mamá de Brad enojarse.
Jajaja.
Desde su asiento, detalla como su padre lee el mensaje, luego sube la mirada hasta que ambos hacen contacto visual y se ríen juntos, segundos más tarde, suena una notificación en el móvil de Stan.
Papá
¿Estás loco? Me da miedo, jajaja.
No cargo casco, ¿quieres que me saque los ojos?
Jajaja.
Al cabo de unos minutos, el partido comienza y Stan alienta a sus compañeros desde el palco, cuando de repente, observa que Lola llega al área de las butacas de los familiares, ella saluda a las esposas y novias de otros jugadores, hasta que finalmente llega con los padres de Bradley y se sienta junto a Raven.
—Y para variar… hoy también se sentó junto a la suegra. Es que Crowven debería sacarle los ojos a Lola, antes que la idiota se los saque a Brad —murmura Stan viéndolas fijamente, hasta que el bullicio del público regresa su atención al hielo.
En la pista, Bradley recibe un pase de Keller, el capitán, al hacerse con el puck patina a toda velocidad y en una escapada, este dispara con fuerza hacia el arco del rival, el disco se escabulle entre el medio de las piernas del portero, haciendo sonar la bocina en la arena, anunciando el gol para los Demons.
Desde el palco, Stan se levanta y grita eufórico, a la vez que sus compañeros lo hacen el hielo, luego ve a su padre de pie festejando el gol.
Al mismo tiempo que detalla como Raven y Carson se abrazan emocionados, mientras que Lola la abraza a ella por la espalda, saltando y grabando con su teléfono.
Él resopla, niega con la cabeza, ya que no puede seguir viéndolas, por lo que se gira para después continuar festejando y chocando los puños con un par de sus compañeros que se encuentran también lesionados.
De regreso en el hielo, Bradley se acerca patinando hacia la banca, donde todos sus compañeros chocan los puños con él hasta que toma asiento.
—¡Hijo de puta! —exclama Dylan, dándole un manotazo en el casco—. ¡Tenías razón! ¡Tenías toda la razón! ¡Maldición Brady! ¡Tienes que cuidar esa moneda de oro!
Bradley sonríe a más no poder, a la vez que asiente con una enorme sonrisa en el rostro, pensando.
«Claro que la cuidaré, es mi tesoro, mi jodido tesoro de la doble suerte de gemelos.»
Finalmente el partido culmina con un marcador de 1-0, con victoria para los Demons. Los jugadores se encuentran en el vestuario festejando, al mismo tiempo que comienzan a desvestirse escuchando las palabras de su entrenador.
Bradley de inmediato toma su teléfono, dándose cuenta que tiene más de treinta mensajes sin leer, pero decide no prestarle atención y no abrir ninguno, ya que solo tiene una cosa en mente.
«Necesito comprar algo para guardar la moneda… ¡Maldición! ¡No quiero que se me derrita, ni que se me doble! Porque el chocolate es muy delgado, así que no la puedo cargar suelta en el bolso... ¿Cómo se llamarán esos estuches transparentes donde guardan las monedas de colección?»
En la casa de los Roy, Mason se acerca a su esposa, quien se encuentra en la cocina haciendo una ensalada.
—Amor —murmura él discretamente, volteando un instante hacia el comedor para cerciorarse de que Ashley siga concentrada en su computadora.
—Dime mi vida.
—Es que tengo noticias.... —susurra él, mostrándole la pantalla de su teléfono—. El número 31, nuestro prospecto de cuñado, acaba de meter el gol de la victoria para los Demons.
—¡Qué! —reacciona Gracie quedando boquiabierta, al ver una foto de Bradley festejando en el partido.
—Shhh… disimula —susurra Mason mirando nuevamente hacia donde se encuentra Ashley, asegurándose que ella siga enfocada en lo suyo.
—¡Ay por Dios! ¿Entonces si juega bien? —cuestiona Gracie, sonriendo.
—Sí mi vida, sabes que no soy de ver hockey, pero no te mentiré, ahora que conozco a un jugador, es más emocionante, como una solidaridad personal, así que me vi todo el partido. Amor… el cuñado juega bien, me gusta, es la estrella de los Demons.
—¿Si? —inquiere ella, entusiasmada.
—¡Aja! —responde él, tomando un trozo de queso feta y se lo come—. Hubiese puesto el partido acá en el living, pero… aun no quieres que una persona, sepa cierta información sobre la profesión del chico.
—No, ya sé, es que… no quiero que Ash se ilusione más de la cuenta, porque yo ya me ilusioné —declara Gracie, entre risas.
—Okey… —añade Mason, tomando otro trozo de queso.
—Amor, tú sigue pendiente de los partidos, desde ahora en adelante eres el fan número uno de los Demons —comenta Gracie, guiñándole el ojo.
—Entendido, en ese caso, no solo me compraré una camiseta, sino que le compraré dos bodis a los bebes con el logo de los Demons.
—¡Sí! ¡Y con el 31 en la espalda! ¡El número de su futuro tío! —bromea Gracie en voz baja, causando que ambos se rían.