Psicópatas del mundo ANDRÉS MENDOZA. EL CANÍBAL DE ATIZAPÁN #4
99%

ANDRÉS MENDOZA. EL CANÍBAL DE ATIZAPÁN #4

Si bien un par de vecinos confirmaron la historia e incluso reconocieron haber comido carne humana sin saberlo, posteriormente se retractaron y se negaron a realizar más declaraciones. Estaban horrorizados y hasta cierto punto su hermetismo era comprensible.

Aun así, el periodista Javier Tejado quería llegar al fondo del asunto.

Resultaba insólito que un sujeto como Mendoza asesinara impunemente durante tanto tiempo.

Muchas de las víctimas acudían a él para solicitar ayudas, bonos o permisos para la venta callejera de productos y nunca más se las volvió a ver con vida.

Poco después, el asesino vendía y regalaba kilos de carne de dudosa procedencia por el vecindario.

¿Cómo era posible que todo aquello ocurriera sin que ninguno de sus vecinos notara nada sospechoso?

Silvia Hernández, una mujer que tenía una tienda cerca de la casa de Mendoza, recordaba haberlo visto regalando carne a varias familias de la colonia, pero aseguró que jamás le recibió nada.

También dijo que, de vez en cuando, colgaba enormes tiras de carne en un tendedero ubicado en la azotea de la vivienda.

En cierta ocasión le preguntó qué estaba haciendo y el hombre le respondió que estaba poniendo a secar carne de cerdo que una prima le había traído de Oaxaca.

Silvia mencionó que aquella carne tenía una grasa de color amarillento, lo cual le resultó sospechoso, pero jamás realizó ninguna denuncia.

De hecho, varias veces vio que las mangas de la camisa de su vecino estaban manchadas de sangre.

Además, recordó un episodio aterrador cuando una mañana una joven salió pidiendo ayuda del interior del inmueble de Mendoza, asegurando que el hombre tenía a una amiga suya dentro y que no la dejaba salir. Aunque parezca insólito, Silvia tampoco llamó a la policía para denunciar el hecho.

Otro aspecto desconcertante era que Mendoza arrendaba dos cuartos independientes dentro de su propiedad y ninguno de los inquilinos se dio cuenta de lo que estaba pasando.

Uno de ellos, un joven que vivía allí junto a su madre, aseguró que jamás sospechó nada.

Si bien el hombre olía extraño, llevaba la ropa sucia y varias veces lo vio llegando borracho por la noche, lo describió como alguien atento.

Quizá lo único inquietante era que una expareja de su madre le había mencionado que cierto día Mendoza lo había invitado a beber y ver pornografía en su casa y que supuestamente le confesó que invitaba prostitutas a su vivienda y que las grababa mientras mantenía relaciones sexuales con ellas.

Cuando el equipo de producción se dirigió hasta San Sebastián Río Dulce, en Oaxaca, para buscar información sobre el pasado de Andrés Mendoza, se toparon con otra sorpresa.

Por lo visto, el asesino viajaba cada cierto tiempo a su pueblo natal llevando conservadoras llenas de carne que regalaba a las familias pobres, asegurando que era de jabalí.

También obsequiaba ropa y zapatos de sus víctimas, los cuales supuestamente obtenía a buen precio gracias a la compra y venta de artículos usados en Atizapán.

Mendoza se había labrado una buena reputación y los pobladores lo consideraban un hombre humilde y generoso.

Sin embargo, todo aquello lo hacía para deshacerse de la evidencia y de los cadáveres que se iban acumulando en su casa.

El equipo encabezado por el periodista Javier Tejado había recopilado información y declaraciones que resultaban atroces e indignantes. Hasta cierto punto, no solo la desidia de las autoridades quedaba de manifiesto, sino también la de la propia comunidad.

Seis meses después de la detención de Andrés Mendoza y desafiando abiertamente la orden de la fiscal Dilcya García, quien había prohibido entrevistar a los familiares de las víctimas, Tejado contactó al comandante Bruno Portillo, ya que estaba interesado en escuchar su versión de los hechos.

Tras meditarlo un par de días y poniendo como condición no aparecer en cámara, el hombre accedió a colaborar, aunque sus declaraciones sorprendieron a todos.

Bruno ni siquiera parecía enfadado con el asesino, que probablemente pasaría el resto de su vida en la cárcel, sino que apuntó sus dardos contra el Ministerio Público, acusando a la fiscal Dilcya García de inventar el supuesto romance entre Reyna González y Andrés Mendoza.

El hombre aseguró que la fiscalía le había pedido a él y a su familia que acreditaran el vínculo sentimental entre ambos para que el caso se convirtiera automáticamente en un feminicidio y así obtener una triple compensación económica.

Bruno se negó a la propuesta, ya que aquello atentaba contra la dignidad de su esposa y los revictimizaba.

Las autoridades insistieron durante semanas para que firmara un acuerdo, pero Bruno no estaba dispuesto a ceder.

Este era el motivo por el cual la fiscal Dilcya García no quería que los familiares de las víctimas fueran entrevistados para el documental.

Poco después, uno de los productores fue contactado por un extraño sujeto que hacía una afirmación escalofriante: poseía uno de los diarios de Mendoza, junto con ropa interior de un par de víctimas y restos óseos que había robado de la casa del asesino.

Podía tratarse de una simple estafa, pero si aquello era cierto, se trataba de algo indignante.

Todas estas piezas eran evidencia clave para la investigación; sin embargo, estaban siendo subastadas en el mercado negro, algo que nuevamente dejaba en evidencia la incompetencia de las autoridades, que ni siquiera habían sido capaces de resguardar las pruebas del caso.

Tras una larga deliberación, y considerando que adquirir este tipo de artículos podía ser considerado poco ético, el equipo dirigido por Javier Tejado reunió el dinero y compró solo el diario, ya que en él supuestamente el asesino había anotado los nombres de varias de sus víctimas.

Si aquello servía de ayuda para identificarlas y dar justicia a sus familiares, entonces la compra estaba justificada.

El diario de Mendoza era un cuaderno con la portada de un niño pescando y contenía el nombre de cincuenta y cuatro mujeres asesinadas entre 1989 y 1991.

A un costado, anotaba su edad, la fecha de su muerte, su peso completo y el peso de cada una de sus partes, incluyendo extremidades y órganos internos.

La existencia de varios de estos diarios se había difundido en un par de notas de prensa, pero tener uno de ellos entre las manos era algo completamente distinto.

El equipo de producción estaba asqueado. Entre las páginas no solo se encontraron un par de identificaciones oficiales de las víctimas, lo que descartaba que se tratara de una imitación, sino también restos de comida, vellos, pestañas e incluso manchas de sangre.

Aunque las autoridades fueron informadas de la existencia de este diario, nadie lo reclamó.

Por lo visto, tenían demasiada evidencia de los crímenes de Mendoza y no sabían qué hacer con ella.

Más de cuatro mil trescientos huesos habían sido desenterrados de la vivienda del asesino y los exámenes de ADN no sirvieron para identificar a ninguna víctima, porque no había muestras para cotejarlas.

Otro antecedente inquietante era que una hermana de Mendoza, dueña del inmueble ubicado en el número 14 de la calle Margaritas, llevaba años desaparecida.

Cuando Mendoza fue interrogado, dijo que posiblemente se había mudado con alguna pareja, pero el hecho de que la mujer dejara una casa deshabitada y ni siquiera intentara venderla para obtener algún beneficio resultaba demasiado sospechoso.

Los investigadores estaban seguros de que también la había asesinado.

Al mismo tiempo, se descubrió que Mendoza tenía otras dos propiedades a su nombre en la misma colonia, las cuales jamás fueron investigadas a pesar de que existía la posibilidad de que en ellas se hallaran más cadáveres.

Era evidente que la fiscalía no deseaba seguir gastando recursos y que no había un interés real en resolver la totalidad de los crímenes.

Los medios de comunicación bautizaron a Andrés Mendoza como «el caníbal de Atizapán» y sus atroces actos provocaron horror e indignación.

Incluso agentes del FBI de los Estados Unidos se comunicaron con las autoridades mexicanas para solicitar información sobre el asesino y sus crímenes como objeto de estudio, además del acceso a las cintas de video que grababa en su sótano.

A pesar de toda la expectación en torno al caso y de que se encontraba con un juicio en curso, Mendoza, sorprendentemente, aceptó conceder una entrevista exclusiva a la experimentada psicóloga Feggy Ostrosky.

Cuando se le preguntó por los crímenes de los que se le acusaba, se le vio ansioso y solo reconoció haber asesinado a Reyna González. En la declaración oficial realizada ante la policía, lo describió con una frialdad espantosa.

Si bien entregó detalles espeluznantes del crimen y reconoció haber grabado en video todo el proceso de descuartizamiento, insistió en que no había asesinado a ninguna otra persona y que tampoco realizó actos de canibalismo, a pesar de que la evidencia indicaba lo contrario.

Los exámenes psiquiátricos realizados a Mendoza indicaron que se trataba de un psicópata extremadamente manipulador, con una total falta de empatía y sentimientos de culpabilidad o remordimiento. Era impulsivo, mentiroso, insensible e incapaz de generar vínculos con otras personas.