Psicópatas del mundo ANDRÉS MENDOZA. EL CANÍBAL DE ATIZAPÁN #2
96%

ANDRÉS MENDOZA. EL CANÍBAL DE ATIZAPÁN #2

Aquella afirmación parecía absurda. Si llevaba matando durante treinta y un años con esa regularidad, entonces la cantidad de víctimas podía acercarse a las tres mil.

Aun así, los agentes que lo escoltaban quedaron horrorizados.

Ellos mismos habían ingresado a la vivienda minutos antes y notaron varias manchas de sangre en el piso y las paredes, no solo del sótano, sino de toda la casa.

También había bolsos, ropa y zapatos de mujer amontonados en las esquinas.

Las pesquisas en la propiedad de Andrés Mendoza recién estaban comenzando y las atrocidades que los investigadores estaban a punto de descubrir eran inimaginables.

Andrés Filomeno Mendoza Celiz nació el 29 de noviembre de 1949, en San Sebastián Río Dulce, una pequeña comunidad rural de poco más de cuatrocientos habitantes, ubicada en el municipio de Zimatlán de Álvarez, en Oaxaca, México.

Se crio junto a sus hermanos en el seno de una familia humilde.

Su madre era de origen zapoteca y su padre, un alcohólico sumamente violento, los golpeaba cuando estaba borracho.

Aun así, el hombre gozaba de gran popularidad en el pueblo, pues era inteligente y carismático, y los vecinos acudían a él para solucionar todo tipo de problemas.

Mendoza solía acompañar a su padre cuando este se reunía con el presidente municipal, donde discutían sobre las problemáticas de la comunidad. Es probable que aquella experiencia influyera en su futuro, cuando él mismo realizó activismo político para ayudar a su colonia.

El hombre falleció en 1962 a causa de su alcoholismo y Mendoza, con trece años, se mudó a la ciudad de Oaxaca para trabajar en un aserradero.

Como no sabía leer ni escribir, a los dieciséis años ingresó a una escuela nocturna, donde obtuvo excelentes calificaciones, aunque no pudo terminar la secundaria debido a problemas económicos.

A pesar de los inconvenientes y de que abusaba constantemente del alcohol, parecía dispuesto a ganarse la vida de forma honrada.

Fue empleado en una fábrica de plásticos, hizo trabajos de albañilería, vendió ropa usada e incluso, entre los treinta y uno y los treinta y siete años, se desempeñó como carnicero en un rastro de Tlalnepantla.

Fue en este período cuando se instaló en el número 22 de la calle Margaritas, en la colonia Lomas de San Miguel.

Muchos coincidían en que se trataba de un sujeto amable, siempre dispuesto a ayudar a los demás, aunque gran parte de sus interacciones sociales eran superficiales.

Nunca se casó, no tuvo hijos ni tampoco amigos.

Y si bien confesó que tuvo dieciocho parejas a lo largo de su vida, seis en relaciones estables, jamás se comprometió con ellas, ya que pensaba que lo despreciaban o podían engañarlo.

Es probable que su aislamiento, suspicacia y desconfianza generalizada se debieran a un trastorno paranoide de la personalidad.

A Mendoza lo apodaban el chino. Tenía rasgos indígenas, era moreno y fornido, pero de baja estatura, algo que lo acomplejaba.

Desde muy joven estaba convencido de que por este motivo las mujeres atractivas no se fijaban en él y comenzó a desarrollar un gran resentimiento hacia ellas.

Incluso cuando se encontraba en pareja, visitaba diversos locales nocturnos donde solía emborracharse y contratar los servicios de prostitutas.

Para Mendoza, las mujeres eran seres inferiores, debían ser sumisas y solo servían para tener sexo.

Según sus propias declaraciones, había cometido el primer asesinato en 1990, aunque jamás reveló la identidad de la víctima ni los detalles del crimen.

Tampoco existen registros de una investigación policial ni la denuncia de una desaparición en la zona en aquellas fechas, por lo que es probable que se tratara de una trabajadora sexual a quien nadie echó de menos.

Mendoza era un tipo astuto y se había dado cuenta de que cierto tipo de mujeres no despertaban el interés de las autoridades.

El 14 de febrero de 1991 se estrenó El silencio de los corderos , dirigida por Jonathan Demme y basada en la novela homónima del escritor Tomas Harris.

La película narra la escalofriante cacería de un sádico asesino en serie conocido como Buffalo Bill.

Para lograrlo, la joven agente del FBI, Clarice Starling, se ve obligada a forjar una tensa y peligrosa relación con el doctor Hannibal Lecter, un brillante psiquiatra y caníbal que está encarcelado.

El silencio de los corderos no solo ganó cinco premios Oscar, a mejor película, mejor director, mejor actriz, mejor actor y guion, sino que marcó la cultura popular.

El fenómeno de los asesinos en serie en los Estados Unidos era relativamente reciente y, si bien varias otras películas habían abordado el tema en años anteriores, nunca se había hecho de una forma tan seria, recurriendo incluso a la asesoría de expertos del FBI.

Al mismo tiempo, Hannibal Lecter, interpretado por el actor Anthony Hopkins, se transformó en una especie de icono macabro. El primer plano de su rostro portando un bozal es una de las imágenes más reconocibles y escalofriantes del cine moderno.

Poco después la película se estrenó en México, causando el mismo impacto que en otros países.

Mendoza tuvo la oportunidad de verla y quedó fascinado.

La asociación de actos perturbadores, como el asesinato o el canibalismo, con un personaje ficticio como Hannibal Lecter, inteligente, carismático y seductor, le resultó atractiva.

Es importante subrayar que la misoginia, las fantasías sexuales aberrantes, el deseo de control y el sadismo de Mendoza no surgieron por influencia de una simple película.

Lo más probable es que estos rasgos ya estuvieran latentes antes de su adolescencia.

La ausencia de antecedentes claros sobre sus primeras conductas violentas deja una interrogante.

Pero lo que sí se pudo probar fue que la figura de Hannibal Lecter lo marcó, convirtiéndose en una verdadera obsesión.

En los años siguientes, Mendoza participó como activista político del Partido de la Revolución Democrática y se comprometió a mejorar la calidad de vida de su comunidad. Entre 2015 y 2016 fue elegido presidente de la colonia San Miguel y usó su posición para gestionar bonos para todo el vecindario.

Muchos lo veían como un líder servicial, siempre dispuesto a solucionar los problemas de sus vecinos.

Sin embargo, también se aprovechó de la confianza y vulnerabilidad de aquellas mujeres que acudían a él en busca de ayuda, prometiéndoles falsos bonos o permisos de trabajo.

La mayoría, sencillamente, desapareció sin dejar rastro cuando se presentaron en su vivienda.

Mendoza descubrió que no solo resultaba fácil y conveniente matar prostitutas, sino también a mujeres pobres y sin familia.

De hecho, cuando el 14 de mayo de 2021 asesinó a Reyna González, cambió por completo el perfil de víctima y aquello terminó por condenarlo.

La mujer estaba casada con un comandante de la policía que, saltándose varios protocolos, inició una búsqueda implacable hasta encontrarla.

Tras el hallazgo del cuerpo de Reyna, policías, bomberos y forenses comenzaron a registrar minuciosamente cada rincón de la vivienda de Mendoza. Las evidencias pronto revelaron que el lugar era la escena de múltiples crímenes.

Los investigadores hallaron diversas prendas, identificaciones y objetos femeninos, además de varias libretas en donde Mendoza llevaba un meticuloso registro de docenas de víctimas, incluyendo su edad, el día y la hora de su muerte, su peso completo y el peso de las partes que cortaba de sus cuerpos, como las piernas, los brazos, los pechos, las cabezas e incluso los órganos internos.

Uno de los testimonios más impactantes fue el realizado por el capitán de bomberos Jonathan González, en el documental Caníbal, indignación total .

Este aseguró que al ingresar con sus compañeros a la vivienda el aire estaba enrarecido, pues Mendoza rociaba todos los rincones con vinagre y colonia para disimular el olor a putrefacción.

Todo estaba sucio y desordenado, y en las esquinas se podían ver zapatos, zapatillas, cinturones, ropa de mujer, bolsos, celulares, joyas y maquillaje, además de varios libros sobre anatomía.

La casa, en sí misma, parecía sacada de una película de terror: había trozos de carne humana, sangre y otros fluidos esparcidos por todas las habitaciones.

Sin embargo, lo hallado en la cocina dejó en evidencia los actos de canibalismo cometidos por Mendoza.

En el lugar se encontró un recipiente con riñones humanos dentro del refrigerador, un frasco que contenía lenguas, tazas con sangre y sartenes y platos con restos de carne mordisqueada.

Incluso hallaron tortillas con chile y carne humana.

También se encontró una colección de casi cuarenta fotografías de mujeres muertas.

Otros hallazgos desconcertantes fueron un afiche de la saga de películas de Hannibal Lecter pegado en una de las paredes de su casa, además de las novelas y las cintas en formato VHS.

Incluso en el sótano se encontró un bozal negro, similar al usado por Lecter.

Poco después se pudo probar que Mendoza lo utilizaba tras cometer los crímenes y mientras descuartizaba los cuerpos.

Si bien había restos humanos repartidos por toda la casa, algunos parecían haber sido tratados con cuidado.

Eran sus trofeos. Mendoza arrancaba la piel de las víctimas, la colgaba al sol en un tendedero, le echaba sal para que se deshidratara y finalmente la enrollaba como pergamino.

También preservaba rostros con la cabellera completa, como si se tratara de máscaras.

Dicho procedimiento lo hacía de forma distinta con las vaginas, las cuales cosía con hilo y aguja antes de extraerlas, para evitar que se deterioraran.

Cuando estaban completamente secas, las escondía en su habitación.