Psicópatas del mundo ANDRÉS MENDOZA. EL CANÍBAL DE ATIZAPÁN
94%

ANDRÉS MENDOZA. EL CANÍBAL DE ATIZAPÁN

ANDRÉS MENDOZA

EL CANÍBAL DE ATIZAPÁN

México

Aquel día, las niñas habían sido llevadas de la escuela por una persona que las recogía con regularidad, pero se suponía que Reyna debía estar en casa con ellas desde hacía varias horas.

Como la mujer no respondía su teléfono, Bruno sospechó que podía haber sufrido un accidente, así que subió a sus hijas al vehículo y se dirigió a diversos hospitales de la zona en busca de su esposa, pero sus esfuerzos fueron en vano.

La desaparición de Reyna era preocupante.

Bruno sabía que la otra posibilidad era que la mujer hubiese sido víctima de un secuestro, un tipo de delito que por aquel entonces iba en aumento en Tlalnepantla.

Tras dejar a sus hijas con unos familiares, acudió a la central de policía de Atizapán junto a su cuñada y un concuñado.

Contaba con una pista importante, pero necesitaba la ayuda de las autoridades.

Por medio de la aplicación «Find My iPhone», descubrió que la señal del celular de Reyna había sido ubicada esa mañana en la avenida Los Cerezos, en el sector de Lomas de San Miguel. La geolocalización no era exacta, pero servía de referencia para iniciar una búsqueda.

Bruno suplicó a los agentes que lo ayudaran a buscar a su esposa.

Si bien el asunto debía ser derivado en primera instancia a la fiscalía, los oficiales decidieron saltarse los protocolos y le permitieron realizar una ficha Odisea para personas reportadas como desaparecidas.

Además, le dieron acceso a las cámaras de seguridad de la policía ubicadas en la avenida Los Cerezos.

Tras revisar durante más de tres horas las imágenes, Bruno consiguió identificar a su esposa pasando frente a una farmacia, cerca de las diez de la mañana. Iba vestida con jeans, una chaqueta azul claro y un bolso café.

El sábado 15 de mayo, Bruno se dirigió al sector y consiguió más grabaciones de seguridad de los locales comerciales cercanos, que registraron el momento exacto en el cual la mujer pasó por el lugar en dirección noreste. Contando con toda la evidencia, comenzó a sacar sus propias conclusiones.

Reyna, dueña de una pequeña tienda de accesorios para teléfonos celulares en la colonia San Juan Ixtacala, solo visitaba la colonia Lomas de San Miguel para reunirse con Andrés Mendoza, un hombre de setenta y dos años que le vendía productos a precios convenientes para su negocio.

Bruno sabía exactamente dónde vivía Mendoza, así que decidió ir a su casa para preguntarle si la había visto.

Eran cerca de las ocho y media de la noche cuando Bruno, su cuñada y su concuñado se presentaron en el lugar.

La propiedad, un sitio modesto con un distintivo portón color celeste, era una pequeña vecindad ubicada en el número 22 de la calle Margaritas, en donde además vivían otras tres personas que rentaban habitaciones independientes.

Mientras algunas fuentes señalan que uno de los inquilinos abrió la puerta, otras afirman que fue el mismo Andrés Mendoza quien recibió a Bruno y a sus dos acompañantes en el patio.

Al ser interrogado, Mendoza aseguró que llevaba días sin ver a Reyna, pero Bruno fue insistente y le exigió que abriera la puerta de su vivienda para realizar un registro, a pesar de no contar con ninguna orden judicial.

Si bien Mendoza parecía molesto y se negó en varias ocasiones, el alboroto comenzó a llamar la atención de los otros vecinos y tuvo que acceder a la petición de los familiares de la mujer, no sin antes apagar las luces de la casa, dejándola completamente a oscuras.

Bruno le pidió a su concuñado que retuviera a Mendoza, quien los amenazaba con acusarlos a las autoridades.

Luego encendió la linterna de su celular e ingresó al inmueble.

Se trataba de una casa pequeña, de solo tres habitaciones, pero el hombre quedó atónito al ver que las esquinas estaban hasta arriba de cajas y bultos amontonados.

También pudo percibir un penetrante olor a vinagre y algo que parecía ser comida descompuesta.

De pronto, notó algo aún más extraño: una tenue luz se filtraba entre los tablones del suelo en uno de los rincones del dormitorio, bajo un sucio colchón que Mendoza utilizaba como cama.

Parecía tratarse de un sótano oculto. Bruno movió el colchón, un par de cajas y encontró una pequeña puerta de madera en el piso.

Al abrirla descubrió que, efectivamente, había un subterráneo iluminado por un par de ampolletas, al cual se accedía por una endeble escalera de madera y desde donde emanaba un fuerte olor a putrefacción.

El hombre bajó con cuidado y de inmediato se topó con un cadáver.

El cuerpo estaba tendido sobre una mesa de plástico; le habían arrancado toda la piel, estaba descuartizado y destripado.

El siguiente es el audio del video que Bruno grabó con su celular aquella noche, al bajar al sótano de Andrés Mendoza, mientras le informaba de los avances de la investigación a su jefe:

—Está destazada.

—No le entiendo, comando.

—¡Sí, está destazada, jefe!

—¡No manches!

—O no sé qué pedo, pero aquí hay algo... ¡Sí, jefe, sí es... sí es, jefe! ¡Afirma, es una mano humana! ¡A huevo, es ella! ¡Es mi mujer! ¡Vámonos pa...!

—Comando... comando.

—¿Eh? ¡Aquí está su bolso! ¡Es mi esposa! ¡Es mi esposa, jefe! ¡Aquí está! ¡Aquí están sus pies! ¡Jefe... pásame su bolsa! ¡Es su bolso!

—Comando, comando. Necesito que te relajes, ya va para allá el equipo de las motos.

Junto al cadáver desollado y descuartizado de Reyna había un par de botes de pintura que contenían los órganos internos y restos de grasa.

Los pies amputados de la víctima estaban en una silla, justo encima de una sierra de arco y un par de cuchillos.

En el respaldo de la misma silla se encontró el rostro de la mujer, cuidadosamente arrancado, como si se tratara de una máscara.

Asimismo, su cuero cabelludo fue removido con cortes precisos y hallado en el respaldo de otra silla, dando la impresión de ser una peluca.

También había una cuerda, atada a un par de clavos, que cruzaba de punta a punta la habitación, desde donde colgaban enormes trozos de piel humana.

Al reconocer el bolso de Reyna en la escena del crimen, el mismo que llevaba cuando fue grabada por las cámaras de vigilancia de la zona, el comandante Bruno comprendió que su esposa estaba muerta.

Si bien el cuerpo había sido descuartizado y el asesino le había arrancado el rostro, estaba seguro de que se trataba de ella.

Una vez que el espeluznante crimen quedó al descubierto, Andrés Mendoza intentó darse a la fuga, pero fue sometido por Bruno y los familiares de Reyna, quienes lo mantuvieron inmovilizado en el piso.

Al mismo tiempo, el concuñado de Bruno se comunicó con el 911 y la notificación fue derivada al Departamento de Policía de Atizapán.

Fue entonces cuando, cerca de las nueve de la noche, el agente Rogelio Zaragoza se presentó en la escena; sin embargo, se negó a arrestar a Mendoza, pues no contaba con una orden de aprehensión.

Bruno se había saltado varios protocolos para dar con el paradero de Reyna, pero ya poco le importaba.

Empujaba a Mendoza hacia la calle para que el oficial Zaragoza lo llevara hasta la comisaría, pero este volvía a meterlo al inmueble, insistiendo en que, sin una orden, no podía hacer nada.

En el forcejeo, el sospechoso tropezó y cayó al piso.

El alboroto había llamado la atención de varios vecinos, que se acercaron y empezaron a ponerse nerviosos. Nadie entendía por qué los policías intentaban arrestar a aquel anciano de forma tan violenta y algunos amenazaron con denunciarlos.

Poco después, llegaron varios refuerzos y Mendoza fue llevado hasta una patrulla, escoltado por un par de agentes.

La escena del sótano era tan atroz y repulsiva que los oficiales no daban crédito a lo que estaban viendo.

Aun así, no se podía realizar el levantamiento del cadáver ni tampoco una acusación formal y tuvieron que esperar a que funcionarios de la fiscalía, especializados en feminicidios, se hicieran presentes para cumplir con el procedimiento.

Aquello ocurriría casi cuatro horas más tarde.

Mientras tanto, varios curiosos se reunieron a las afueras del número 22 de la calle Margaritas.

De momento, solo se sabía que Andrés Mendoza, uno de los inquilinos, había sido arrestado por un supuesto crimen.

Los vecinos parecían sorprendidos, pues aseguraban que se trataba de un hombre tranquilo, callado y servicial, que años antes había sido un activista político del Partido de la Revolución Democrática y presidente del consejo de participación ciudadana.

Mientras cumplió con sus funciones, recibió apoyo financiero de su partido, dinero que utilizó para comprar balones de fútbol para niños en condición de calle, comida instantánea para las familias más pobres y pintura para las fachadas de los hogares más humildes, además de administrar y cuidar las canchas deportivas de la zona.

Mendoza solicitaba constantemente a las autoridades la inversión de fondos en infraestructura, pavimentación, alumbrado y seguridad para Lomas de San Miguel.

De hecho, él mismo se acercaba a las patrullas policiales del sector para pedirles que hicieran más rondas nocturnas en la colonia.

Que un hombre de su edad y su reputación fuese sospechoso de un asesinato resultaba ilógico.

Poco después, cuando Mendoza era llevado hasta la comisaría para ser interrogado, realizó una declaración espeluznante.

No solo confesó el crimen de Reyna González, sino que aseguró haber asesinado a varias mujeres desde principios de 1990 a la fecha.

De hecho, calculaba que, en promedio, mataba dos a la semana.