MIGUEL CORTÉS. EL FEMINICIDA DE IZTACALCO #4
No solo coleccionaba su ropa interior, credenciales de identidad y celulares, sino también sus cráneos, huesos y algunos restos que escondía en el refrigerador, una conducta fetichista y con tintes necrófilos que deja en evidencia una necesidad de control y posesión enfermiza.
De hecho, su obsesión llegaba a tal punto, que incluso cronometraba el tiempo que tardaban los restos humanos en disolverse con el ácido, un detalle que dejó registrado en sus libretas de anotaciones.
Sin embargo, Miguel no siempre actuaba de la misma forma.
El asesinato de Karen Ornelas Baltazar debió haberse cometido en plena calle, muy cerca de la estación Coyuya del metro Iztacalco donde su cuerpo fue encontrado, mientras que su exnovia Claudia Andrea Aguilar y su vecina María José Castillo fueron atacadas en sus propios domicilios, un modus operandi mucho más riesgoso.
Si bien algunos medios indicaban que la cantidad de víctimas podía sobrepasar las veinte, porque en el departamento del asesino se encontraron docenas de documentos de otras mujeres, muchas de ellas fueron encontradas con vida.
Aun así, los investigadores estaban seguros de que podía estar involucrado en otras desapariciones.
Durante su estancia en el Reclusorio Preventivo Varonil Oriente de la Ciudad de México, y mientras estaba a la espera de ser juzgado por sus crímenes, Miguel fue aislado del resto de la población penal y ni su madre ni su hermana fueron a visitarlo.
En cuanto a su padre, este había fallecido varios años antes, durante la pandemia.
Se temía que Miguel fuese linchado por los otros reclusos y se asignó a un grupo de guardias para evitar que intentara quitarse la vida.
Había perdido varios kilos, pasaba la mayor parte del tiempo leyendo, parecía estar atravesando una depresión severa y estaba bajo un tratamiento con medicamentos controlados.
Según indicó la abogada y consejera jurídica de las víctimas, Erendali Trujillo, la cual tuvo la oportunidad de entrevistar a Miguel Cortés dentro de la cárcel, este se jactaba de sus crímenes, aunque le frustraba no recibir demasiado reconocimiento como los infames asesinos en serie que tanto admiraba.
Trujillo notó que, si bien Miguel era arrogante, se comportó de manera educada y en ningún momento intentó pasarse de listo.
La única condición que había puesto antes de la entrevista, era que le llevara un libro titulado Manual del asesinato en serie.
Aspectos criminológicos, de Juan Francisco Alcaraz Albertos.
El trabajo de Trujillo permitió perfilar a Miguel Cortés como un psicópata frío, manipulador y calculador, que actuó en sus plenas facultades y que por ende era responsable de sus actos, independientemente de sus conductas fetichistas y necrófilas.
Las autoridades mexicanas se habían comprometido con los familiares de las víctimas a que se haría justicia.
Sin embargo, la madrugada del domingo 13 de abril de 2025, a casi un año de su arresto y el mismo día que debía presentarse a una audiencia, Miguel fue trasladado de urgencia al Hospital General de Iztapalapa en donde poco después sería declarado muerto.
Los exámenes forenses indicaron que falleció a causa de una intoxicación con medicamentos que le produjeron un paro cardiorrespiratorio, sumado a un traumatismo craneoencefálico que sufrió al caer de su litera.
La inesperada muerte de Miguel Cortés levantó una nueva ola de críticas por parte de la ciudadanía y sobre todo por los familiares de las víctimas.
Casandra Calles, la madre de María José y quien por fortuna había sobrevivido al intento de asesinato, hizo una aparición pública pocos días más tarde junto a su otra hija y una de sus hermanas, en donde realizó una dura crítica a la fiscalía: «Yo le entregué a las autoridades a Miguel y las autoridades muestran nuevamente su incompetencia.
Nunca hubo la justicia que yo y todas las demás madres esperamos por nuestras hijas».
Casandra también narró con detalles el terrible asesinato de su hija y las secuelas de su encuentro con Miguel, el cual estuvo a punto de matarla.
Al mismo tiempo Fernanda, la hermana menor de María José, declaró ante las cámaras de televisión que tres días antes de que Miguel Cortés falleciera, la había llamado a su teléfono celular desde la cárcel para pedir, supuestamente, perdón a la familia.
Sin embargo, cuando la joven comenzó a gritarle e insultarlo, este se echó a reír, asegurando que en realidad no sentía remordimientos.
Incluso le confesó que la cantidad total de víctimas en realidad se acercaba a las treinta, y que planeaba contarle todo a la policía en su debido momento.
El hecho de que Miguel Cortés falleciera justo antes de su audiencia por cargos de feminicidio y bajo la custodia del Estado fue un golpe devastador para todas las familias que estaban a la espera de un proceso y una sentencia.
También fue indignante que el asesino hubiese conseguido el número telefónico de la hermana de María José y la llamara para burlarse de ella y su familia, asunto que jamás pudo esclarecerse.
Por desgracia, y para efectos legales, Miguel Cortés murió y jamás pagó por sus crímenes.