Psicópatas del mundo MIGUEL CORTÉS. EL FEMINICIDA DE IZTACALCO #3
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MIGUEL CORTÉS. EL FEMINICIDA DE IZTACALCO #3

Tras haber abandonado Orthin Laboratorios en 2012, Miguel consiguió varios empleos administrativos no relacionados a su carrera, pero renunciaba a los pocos meses.

Parecía estar más interesado en viajar, escribir poesía y participar en obras de teatro como actor y guionista, actividades que difundía a través de su página de Facebook.

También comenzó a formar parte de movimientos a favor de los derechos animales, se volvió vegano y asistía a marchas feministas mostrando su apoyo a la comunidad.

Sin embargo, todo era una simple excusa para acercarse a mujeres jóvenes.

Y si bien aparentaba tener una vida social bastante activa, seguía siendo un sujeto más bien solitario y de pocos amigos.

En marzo de 2017, Miguel comenzó a trabajar en otro laboratorio, en donde otra vez se desempeñó como químico.

Dos meses más tarde, se integraría al equipo de Viviana Elizabeth Garrido Ibarra, de treinta años.

Estaba casada, tenía una hija pequeña y se había titulado como ingeniera bioquímica industrial.

El viernes 30 de noviembre de 2018, a poco más de un año de su ingreso al laboratorio, Viviana y una compañera de trabajo terminaron su jornada y tomaron un autobús para dirigirse a sus hogares.

Llegaron a las afueras de la estación de metro la Ermita, en la alcaldía Benito Juárez, cerca de las seis de la tarde, y se despidieron.

Esa fue la última vez que la joven fue vista con vida.

La desaparición de Viviana tuvo una considerable repercusión en la ciudadanía y tanto su familia como el Centro de Apoyo a Personas Extraviadas y Ausentes dieron a conocer el caso por diversos medios de comunicación.

Se difundieron volantes, afiches y se realizaron varias publicaciones en redes sociales para intentar dar con el paradero de la joven, pero todo resultó inútil.

A pesar de que las autoridades interrogaron a familiares, amigos y conocidos, tampoco dieron con un sospechoso.

Con respecto a sus compañeros de trabajo, Miguel Cortés no fue considerado dentro de la investigación, pues había renunciado al empleo tres meses antes de la desaparición de Viviana.

En mayo de 2019, Miguel comenzó a trabajar en el Hospital Ángeles de México, en Interlomas, una institución médica privada de alto nivel.

Fue allí donde se reencontró con una excompañera de trabajo que había conocido en un laboratorio en 2013.

La mujer, identificada como Claudia Andrea Aguilar, de treinta y seis años, tenía una buena impresión de Miguel.

Lo recordaba como un hombre culto, educado y tranquilo, por lo que comenzaron a salir y al poco tiempo iniciaron una relación amorosa.

Sin embargo, el 31 de diciembre de ese mismo año, Claudia sería encontrada muerta al interior de su vivienda, en Azcapotzalco.

Los exámenes forenses indicaron que había fallecido por causas naturales debido a un fallo cardiorrespiratorio, pero su familia tenía dudas y creía que alguien más estaba involucrado en su muerte.

Claudia, su hija y su madre habían viajado a Morelos a pasar la Navidad pocos días antes, pero la mañana del 27 de diciembre la mujer regresó a Iztacalco porque debía presentarse en su trabajo.

Cerca de las diez de la noche su madre la llamó por teléfono para saber si había llegado bien, y la notó algo cortante.

Claudia insistió en que no le ocurría nada y le prometió que la llamaría al día siguiente, sin embargo, aquello no ocurrió.

Cuando el 31 de diciembre uno de sus hermanos se presentó en su casa, ya que no respondía al teléfono, la encontró tendida sobre su cama, muerta y en estado de putrefacción.

La autopsia indicaba que había fallecido casi cuatro días antes del hallazgo.

En el lugar había un par de cosas que para la familia no terminaban de encajar.

La puerta principal no tenía pestillo ni llave.

Las llaves de la casa estaban en el piso, algo extraño, porque Claudia era muy ordenada.

También se hallaron tres toallas cubriendo la parte baja de la puerta de la habitación, como si alguien las hubiese puesto para evitar que saliera el olor a descomposición.

Tampoco pudieron encontrar su teléfono celular ni sus documentos.

Lo más inquietante ocurrió en enero de 2020, cuando pocos días después de la muerte de la joven aparecía como conectada en su WhatsApp y se registraron compras con su tarjeta bancaria.

Aunque los familiares de Claudia presionaron a las autoridades para que se esclarecieran las causas de su muerte, fueron ignorados.

Para la fiscalía no había nada que investigar, ya que según ellos no se trataba de ningún crimen.

Por ese motivo, el novio de la fallecida, Miguel Cortés, ni siquiera fue interrogado.

A diferencia de otros asesinos en serie, los cuales seleccionan víctimas que no conocen y con las cuales difícilmente pueden ser relacionados, Miguel atacaba a mujeres de su círculo cercano con total desfachatez.

A la fecha, su nombre aparecía en tres expedientes policiales como posible testigo de un crimen y dos desapariciones, pero jamás fue investigado ni considerado como un real sospechoso.

Es probable que, debido a aquella sensación de impunidad, decidiera no cambiar el perfil de sus víctimas, aunque también habría asesinado a un par de trabajadoras sexuales meses antes de ser arrestado.

Miguel Cortés llevaba viviendo más de diez años en la planta alta de un pequeño edificio ubicado en la primera cerrada de 16 de septiembre, en la colonia La Cruz Coyuya de la alcaldía de Iztacalco.

En el segundo piso vivían Casandra Calles y sus dos hijas adolescentes, una de las cuales llamó la atención del psicópata: María José Castillo.

Si bien algunos medios aseguran que la familia se había mudado hacía poco al lugar, lo cierto es que vivían allí desde hacía ocho años y se habían topado con Miguel en más de una ocasión.

Aunque Casandra notó que el hombre miraba de vez en cuando a su hija, lo hacía de forma disimulada y tímida, y nunca intentó acercársele.

Supuso que la encontraba atractiva, pero jamás se imaginó que estaba obsesionado con ella, ni mucho menos que planeaba asesinarla.

Tras ser detenido y confesar el crimen, Miguel afirmó que conocía a la perfección los horarios y rutinas de Casandra y sus hijas.

De hecho, había ingresado en varias ocasiones a su departamento cuando este se encontraba vacío, pues había sacado una copia de las llaves de la puerta principal, y recorría la habitación de María José para excitarse y fantasear con ella.

Las conductas parafílicas de Miguel se prolongaron durante más de un año, hasta que la mañana del martes 16 de abril de 2024 esperó a que Casandra abandonara el departamento para ingresar, imágenes que quedaron registradas en una cámara de seguridad.

Sin embargo, una vez que se acercó a la habitación de María José y se encontró con la joven, comenzó a atacarla porque supuestamente sintió pánico al verse descubierto.

Tras apuñalarla y estrangularla decidió abusar del cadáver, momento en el cual fue sorprendido por la madre de la víctima, que había regresado de improviso.

Casandra sobrevivió a las graves heridas que le propinó el asesino antes de darse a la fuga y pudo alertar a los vecinos, los cuales al final ayudaron a detenerlo dentro del mismo edificio.

Considerando el alto grado de planificación de los ataques perpetrados por Miguel Cortés, resulta difícil creer que no estaba al tanto de que María José estaba sola el día del crimen.

De hecho, lo más probable es que llevara esperando días, semanas o incluso meses hasta encontrar el momento apropiado para ingresar al domicilio y no toparse con el resto de su familia.

El asesinato de María José Castillo y el intento de asesinato de su madre, Casandra Calles, destaparon una de las historias policiales más macabras de México en la última década.

Los horrendos hallazgos de restos humanos en su departamento indicaban que había al menos otras siete víctimas no identificadas.

Fue solo entonces que las muertes y extrañas desapariciones que giraron en torno a Miguel a lo largo de su vida tomaron un significado distinto.

El hecho de que la policía jamás lo considerara sospechoso resultaba indignante.

Los familiares de las jóvenes desaparecidas de Iztacalco, que de alguna u otra forma habían conocido a Miguel Cortés, acudieron a las autoridades cuando el caso fue difundido por los medios de comunicación y sus peores temores fueron confirmados.

Gracias a exámenes de ADN rescatados de los restos humanos hallados en el departamento del asesino, sus identidades fueron confirmadas.

Entre ellas se encontraban Amairany Roblero González, Frida Sofía Lima Rivera y Viviana Elizabeth Garrido Ibarra, además de otras tres mujeres identificadas como Norma Elena, Cinthia Cecilia y Laura, sobre las cuales no existe más información.

También era muy probable que fuera el responsable de los asesinatos de su excompañera de trabajo Karen Ornelas Baltazar, cuyo cadáver fue encontrado cerca de la estación de metro Iztacalco el 2 de diciembre del 2012 y el de su exnovia, Claudia Andrea Aguilar, en 2019.

Por lo visto, el modus operandi de Miguel Cortés era consistente, aunque con algunas variantes ocasionales.

Sus víctimas solían ser jóvenes que conocía y con las cuales tenía algún tipo de relación ya fuera laboral, amorosa o de simple amistad.

Se ganaba su confianza y las engañaba para que lo acompañaran a su departamento, en donde las asfixiaba y abusaba de ellas.

Luego las descuartizaba con un serrucho y disolvía gran parte del cadáver en sustancias corrosivas, las cuales lanzaba por el inodoro.