Psicópatas del mundo MIGUEL CORTÉS. EL FEMINICIDA DE IZTACALCO
89%

MIGUEL CORTÉS. EL FEMINICIDA DE IZTACALCO

MIGUEL CORTÉS

EL FEMINICIDA DE IZTACALCO

México

El escándalo alertó a los vecinos, quienes llamaron a la policía, mientras que otros se acercaron a la vivienda ubicada en el segundo piso para ver qué estaba ocurriendo, pero los gritos habían cesado y nadie respondía a la puerta.

En el lugar se presentaron un par de agentes que, tras ser informados de la situación, se disponían a ingresar a la fuerza, cuando de pronto la puerta se abrió y una mujer empapada en sangre salió del interior.

Se trataba de Casandra Calles, de treinta y ocho años, dueña del inmueble, apuñalada ocho veces con un cuchillo en el cuello, el pecho y el abdomen.

La víctima aseguró que había sido atacada por un vecino de los pisos superiores conocido como Miguel, el cual minutos antes había ingresado a su departamento y asesinado a su hija, una joven de diecisiete años llamada María José Castillo.

La chica yacía en su habitación semidesnuda, apuñalada y estrangulada.

Casandra sería llevada de inmediato al Hospital de Troncoso, pues había perdido una enorme cantidad de sangre y su vida corría peligro.

Al mismo tiempo, un grupo de vecinos y agentes de policía subieron hasta el quinto piso siguiendo varias manchas de sangre en las escaleras y barandas. Consiguieron ingresar a la fuerza al apartamento del sospechoso, el cual aún empuñaba un cuchillo, quien fue reducido y puesto bajo arresto.

Miguel Cortés, de treinta y nueve años, era un químico bacteriólogo y parasitólogo egresado de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional.

Era soltero, no contaba con antecedentes penales, vivía en el mismo edificio desde hacía varios años y quienes lo habían visto aseguraban que parecía un sujeto amable y tranquilo, que pasaba casi inadvertido entre la comunidad.

Pese a que Miguel se resistió en forma violenta a su detención, tras ser esposado recobró la compostura.

Incluso se mostró cooperador con los oficiales y reconoció el crimen.

El incidente despertó la ira de todo el vecindario y mientras varias patrullas llegaron al lugar, una muchedumbre rodeó el inmueble amenazando con linchar al asesino. Finalmente, Miguel pudo ser sacado por un grupo de agentes entre golpes y gritos de docenas de personas enfurecidas.

La noticia fue cubierta por los medios de comunicación y difundida por redes sociales.

Los primeros informativos indicaban que la madre de la menor había salido poco antes de las diez de la mañana para realizar unas compras, imágenes que quedaron registradas en las cámaras de seguridad de un inmueble cercano.

Minutos más tarde, el asesino se acercó y entró a la vivienda con unas copias de las llaves de la puerta principal y sorprendió a María José en su habitación, completamente sola.

Tras violarla, apuñalarla y estrangularla hasta la muerte, fue descubierto por la madre de esta, quien regresó de las compras, y se produjo una fuerte pelea.

La mujer lo reconoció, comenzó a gritar y le ordenó que se alejara de su hija, pero recibió varias puñaladas y luego se desmayó tras ser estrangulada por el agresor.

Poco después recobró el sentido, abrió la puerta del departamento y fue socorrida por sus vecinos, que llegaron alertados por sus gritos. Fueron estos mismos quienes después subieron las escaleras y acorralaron al asesino antes de que fuese detenido por la policía.

Una chica de tan solo diecisiete años había sido brutalmente asesinada y ultrajada al interior de su propia vivienda y la madre se encontraba al borde de la muerte.

El responsable, quien sería identificado al inicio como Miguel N, reconoció su participación en los hechos y detalló con frialdad sus actos.

Durante décadas, las autoridades mexicanas han debido lidiar con casos de feminicidios flagrantes que han conmovido e indignado a todo el país.

El asesinato de María José Castillo y el intento de asesinato de su madre, Casandra Calles, parecía ser uno más que se sumaba a una enorme lista de crímenes similares y, por desgracia, demasiado comunes en México.

Sin embargo, dos días más tarde, el 18 de abril, el encargado de despacho de la Fiscalía General de la Ciudad de México, Ulises Lara, despachó un comunicado alarmante, en el cual informaba que en el departamento del presunto asesino se habían hallado restos de otros cadáveres, manchas de sangre, un serrucho con tejido humano, productos químicos e instrumental quirúrgico, además de celulares, prendas femeninas e identificaciones de varias jóvenes reportadas como desaparecidas en los últimos años.

Los oficiales a cargo del allanamiento también encontraron tres libretas, un disco duro y una memoria USB en donde Miguel N registraba de forma meticulosa los crímenes que llevaba cometiendo desde hacía más de una década.

La noticia de que un posible asesino en serie había sido descubierto en Ciudad de México causó repudio, sobre todo en redes sociales, donde de manera extraoficial se aseguró que en la vivienda del criminal se encontraron cinco cráneos, docenas de huesos y varios restos humanos en frascos dentro de un refrigerador, un detalle escabroso que recordó al asesino estadounidense Jeffrey Dahmer.

No existía certeza del total de víctimas, pero los investigadores creían que el sospechoso debía estar implicado en la desaparición y asesinato de al menos otras siete mujeres, mientras que medios amarillistas insinuaban que la cifra podía elevarse a veinte.

Lejos de estar preocupado, Miguel parecía disfrutar de la exposición mediática que recibía el caso.

De hecho, tras ser arrestado el 16 de abril posó sonriente ante la cámara de uno de los agentes mientras era llevado hasta la comisaría.

En su rostro se podían ver las marcas que le dejó Casandra al intentar defender a su hija.

Miguel sabía que había llegado la hora de confesar todos sus crímenes y que finalmente sería reconocido como un asesino en serie.

Miguel Cortés Miranda nació el 25 de octubre de 1984 en la alcaldía Gustavo A. Madero, Ciudad de México. Él y su hermana Claudia fueron criados por sus padres en un entorno estricto, en donde no solo se les obligaba a estudiar todos los días, sino a obtener excelentes calificaciones.

Miguel Cortés Jiménez, su padre, era un reconocido maestro de la UNAM y químico bacteriólogo y parasitólogo en el Instituto Politécnico Nacional. Sería descrito como un hombre autoritario y enfocado en la educación de sus hijos, a quienes les inculcó el interés por su carrera.

Miguel Cortés hijo se destacó en la escuela por ser un chico amable, tranquilo, inteligente y aplicado, con un rendimiento académico sobresaliente. Y si bien no tuvo mayores problemas de adaptación y sociabilizaba con sus compañeros, prefería pasar la mayor parte del tiempo leyendo.

La influencia de su padre lo llevó a interesarse en la química desde pequeño y solía utilizar líquidos corrosivos que vertía sobre los autos de su vecindario, para ver cómo se destruía la pintura de la carrocería.

Aquellos pequeños actos vandálicos quedaban impunes, lo que tal vez le proporcionaba cierta satisfacción.

Años más tarde, algunos de sus vecinos afirmaron que durante su adolescencia llegó a matar animales pequeños del barrio para disolverlos con ácido, por lo que sus conductas antisociales iban en aumento.

Miguel ingresó al Instituto Politécnico Nacional para convertirse en químico bacteriólogo y parasitólogo, siguiendo los pasos de su padre, y no tardó en destacarse por sobre los demás.

Era responsable, obtenía excelentes notas y sus profesores coincidían en que era uno de los alumnos más avanzados de la clase.

En octubre de 2008, cuando aún se encontraba cursando su carrera, consiguió un empleo en un laboratorio dedicado al análisis de agua y alimentos, en donde una vez más dejó una grata impresión ante su jefatura y compañeros de trabajo.

No solo era alguien eficiente y que trabajaba de forma metódica, sino que tenía un trato correcto con todo el personal.

Dos años más tarde, en agosto de 2010, consiguió un nuevo empleo en Orthin Laboratorio, una empresa de análisis de muestras clínicas ubicada en la colonia La Cruz Coyuya, en la alcaldía de Iztacalco, y se mudó a un sencillo apartamento cercano a su lugar de trabajo.

Pese a que era un joven de trato amable, no hablaba con ninguno de sus vecinos.

Era extremadamente sigiloso y algunos de los residentes del inmueble incluso aseguraron que, en más de una década viviendo en el mismo lugar, rara vez se lo toparon por los pasillos.

Los padres de Miguel se sentían orgullosos de la vida que construía su hijo.

Había obtenido su título, hablaba tres idiomas, tenía excelentes referencias profesionales, un buen empleo y se había independizado.

Se podría decir que era un joven en apariencia normal, pero lo cierto es que detrás de esa máscara se escondía una personalidad oscura, sádica y retorcida.

Durante toda su vida, familiares y conocidos alabaron su inteligencia y dedicación por los estudios, lo que terminó por convertirlo en alguien arrogante.

Era incapaz de conectar emocionalmente con su entorno porque despreciaba al resto de las personas, pero sabía cómo disimularlo para aparentar ser alguien humilde.

Se desconoce si por aquel entonces tuvo algún tipo de relación sentimental, pero lo cierto era que no tenía amigos y pasaba gran parte del tiempo solo.