JUAN FERNANDO HERMOSA. EL NIÑO DEL TERROR #2
Tras su arresto, Juan Fernando Hermosa reconoció la autoría de quince asesinatos, aunque los investigadores creían que podía estar involucrado en más de veinte.
Aseguró que el resto de la banda solo era cómplice y que él fue el único que disparó el arma para ejecutar a las víctimas.
Justificó los crímenes diciendo que eran ladrones de autos y que el dinero lo utilizaban para comprar ropa, alcohol, drogas, artículos electrónicos y pasar las noches en locales de máquinas de videojuegos.
Una de las mayores incógnitas era cómo un adolescente había conseguido una pistola 9 milímetros, balas y una granada. Hermosa aseguró que las compró a dos policías con los que conversaba en forma regular y se inició otra investigación para identificarlos.
Ese mismo día, cientos de ciudadanos y dirigentes del gremio de los taxistas se reunieron en las calles de Quito para exigir a las autoridades que detuvieran al asesino.
Habían pasado más de tres meses desde el comienzo de la ola de crímenes y el gobierno estaba siendo duramente cuestionado, por lo que el presidente de la nación, Rodrigo Borja, destituyó de su cargo al jefe de la OID y al inspector nacional de Investigaciones.
Solicitó además la ayuda de las Fuerzas Armadas para resolver el caso, aunque ignoraba por completo que, en ese mismo instante, Juan Fernando Hermosa y su banda se encontraban declarando en las oficinas del COI ante el mayor Fausto Terán.
Cerca de las tres de la tarde, la policía y los integrantes del COI convocaron una rueda de prensa para comunicar a todo el país que por fin habían arrestado al responsable. Lo que nadie esperaba es que se tratase de un chico de apenas quince años.
Hermosa, con voz serena y mirada vacía, reconoció ante docenas de periodistas haber matado un total de quince personas.
Dijo que disparaba a los taxistas cuando se resistían a los robos y también cuando cobraban más de lo debido por un viaje.
Si bien admitió que su pandilla de amigos solía acompañarlo, se responsabilizó de todos los crímenes y no manifestó remordimiento alguno.
De hecho, la frialdad de su relato dejó conmocionado a todo Ecuador y los medios de comunicación lo bautizaron como «El niño del terror».
Juan Fernando Hermosa Suárez nació en Cantón Shushufindi, provincia de Sucumbíos, Ecuador, el 28 de febrero de 1976.
Un año más tarde fue dado en adopción, pues sus padres no podían mantenerlo.
Su nueva familia, compuesta por el matrimonio entre Rafael Olivo Hermosa y Zoila Amada Suárez, vivía en la ciudad de Babahoyo, pero se mudarían al norte de Quito a principios de los años ochenta.
Cuando tenía siete años, Gloria, su hermana biológica, lo fue a visitar y le confesó que era adoptado.
Rafael, su padre, afirmaría en una entrevista que después de aquel suceso Hermosa nunca volvió a ser el mismo.
No solo se convirtió en un chico conflictivo, sino que comenzó a desquitarse con animales.
A los siete años decapitaba gallinas y gatos por mero placer.
Incluso coleccionaba las cabezas en su habitación.
Cuando iba en segundo grado, corrió el rumor de que Hermosa llevaba gatos a la escuela y los decapitaba con un cuchillo frente a un grupo de compañeros para luego beber su sangre.
Cierto día, una de las maestras encontró la cabeza de un gato en su escritorio y avisó a la rectoría, pero no se tomó ninguna medida al respecto.
Al día siguiente, el chico se presentó ante la rectora de la escuela, sacó un gato de su mochila, lo decapitó y se bebió su sangre para demostrar que él era el responsable, tras lo cual fue expulsado.
Continuaría degollando y diseccionando animales, tal vez para saciar sus fantasías sádicas, pero también para llamar la atención.
Tras estos incidentes, decidió abandonar los estudios y se dedicó a realizar hurtos y robos en las calles de la capital.
Aunque pasaba gran parte del día delinquiendo, por las noches regresaba para cuidar a su madre, pues esta padecía de artritis y sordera, mientras que su padre se ausentaba de casa durante días, ya que cuidaba tierras en la provincia de Sucumbíos.
A los trece años, Hermosa robó un vehículo junto a un grupo de muchachos. Fueron detenidos y enviados a una institución de menores, de la que se fugaría al poco tiempo.
A los quince fue arrestado una vez más por robar una bicicleta.
Lo enviaron al Centro de Orientación Juvenil Virgilio Guerrero, donde conocería a Luis Aníbal Quishpe, un muchacho de su misma edad que también se dedicaba al robo.
Según Quishpe, Hermosa era acosado por otros chicos del penal y decidió defenderlo, por lo que se hicieron amigos.
Poco después, idearon un plan para escapar de la correccional.
Reclutaron a otros cuatro internos y se acercaron a uno de los guardias con baldes llenos de excremento que habían rescatado desde las letrinas y amenazaron con lanzárselos en la cabeza.
El hombre huyó y pudieron darse a la fuga fácilmente, pues las medidas de seguridad de dicho centro eran mínimas.
Una vez en la calle, Hermosa le propuso a su nuevo amigo formar una banda para realizar delitos más avezados y generar mayores ingresos.
El grupo llegó a fichar a más de diez miembros de entre quince y dieciocho años, y aunque seguían robando bicicletas, Hermosa y Quishpe aspiraban a convertirse en ladrones de autos.
El problema era que ninguno de los dos sabía manejar, así que le pagaron a un taxista para que les enseñara.
Aprendieron a hacerlo en un taxi de la marca San Remo.
El primer robo fue un Hyunday Accent, y aunque no hirieron al dueño del vehículo, se volcaron en la carretera mientras huían y se salvaron de morir.
Aquella experiencia resultó frustrante para ambos, por lo que decidieron volver a intentarlo con un taxi marca San Remo, modelo con el cual se sentían más familiarizados.
Tras el segundo robo, serían detenidos por un par de agentes en un control rutinario de carreteras, aunque ahora iban preparados.
Si bien reconocieron que se trataba de un coche robado, presentaron un par de identificaciones falsas, se hicieron pasar por hijos de oficiales y la treta funcionó.
Los policías vieron la oportunidad de hacer negocio y les ofrecieron dinero por cambiar las llantas del automóvil por otras viejas, a lo que ambos chicos accedieron.
Hermosa y su banda de delincuentes repetirían esta estrategia para ganar dinero cada vez que robaban un vehículo, contando con la complicidad de la propia policía.
Sin embargo, existía un problema. Muchos de los taxistas de la capital tomaban precauciones e iban armados de garrotes o machetes para protegerse de los asaltantes.
Hermosa sabía que robar un vehículo era riesgoso, por lo que decidió que debían conseguir un arma de fuego.
En vista de que había forjado una relación con un grupo de policías, logró convencer al cabo Wilson Romero Vickuña para que le consiguiera una pistola de 9 milímetros, mientras que las municiones las compraba al agente Rafael Puchaicela.
Es muy posible que la adquisición de la granada fuera a través de este mismo medio.
Fue entonces, que comenzaron los asesinatos en la ciudad de Quito.
Tras el arresto de los dos oficiales se desató una enorme polémica en torno al caso, sobre todo porque tanto Hermosa como Quishpe iban a retirar las cajas de munición en las mismas dependencias de la Oficina de Investigación del Delito, mientras toda la policía estaba tras sus pasos.
Hermosa incluso encaró en televisión a Wilson Romero Vickuña, acusándolo de haberle vendido el arma homicida.
Tras varios exámenes psicológicos y psiquiátricos, se llegó a la conclusión de que Juan Fernando Hermosa no padecía de ninguna enfermedad mental, sino que se trataba de un chico con trastorno antisocial de la personalidad.
Era extremadamente inteligente, dotado de una memoria fotográfica.
Incluso ayudó a guiar la investigación dando las fechas y lugares exactos de los asesinatos.
Era el líder de la banda, a pesar de ser el de menor edad, y todos le temían por su carácter impredecible.
Aunque el móvil parecía ser el robo, fue incapaz de explicar la verdadera motivación de los crímenes y se limitaba a culpar a las víctimas por no colaborar durante los asaltos.
Tampoco fue claro con respecto a por qué decidió asesinar a personas homosexuales.
Solo se pudo averiguar que su cómplice, Luis Aníbal Quishpe, era homosexual, y quizá aquello tenía algo que ver.
Poco después, Hermosa se retractaría de sus confesiones iniciales y acusó a un general retirado, llamado Geofry Lima, de haberlos contratado para cometer los asesinatos.
Hasta donde se pudo averiguar, la hija de Lima había sido violada por un taxista y terminó suicidándose.
Se trataba de una acusación extremadamente grave y se realizó una investigación al respecto, pero los agentes no tardaron en descubrir que todo era mentira.
El mayor Fausto Terán estaba intrigado con la personalidad de Juan Fernando Hermosa.
Aunque hablaba de forma suave, era desafiante y perspicaz.
Se negaba a comer porque pensaba que querían envenenarlo y solo lo hacía si uno de los guardias probaba antes su plato de comida.
Aunque llegaron a tener cierto grado de camaradería durante el proceso de investigación, Hermosa le advirtió a Terán que apenas saliera de la cárcel lo asesinaría.