Psicópatas del mundo JAVED IQBAL. EL MONSTRUO DE LAHORE #3
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JAVED IQBAL. EL MONSTRUO DE LAHORE #3

Sin embargo, al poco tiempo, ingresó a la Institución Faisalabad, donde cursó estudios sobre el Antiguo y Nuevo Testamento de la Biblia y otros escritos religiosos.

Quizá motivado por su nueva formación, decidió ayudar a la gente pobre de la ciudad.

Comenzó a recorrer las calles de Lahore entregando alimentos a los más necesitados.

Afirmaba que quería terminar con las injusticias sociales y reformar las leyes imperantes, como si se tratase de un revolucionario.

Invirtió tiempo y dinero para intentar sacar de la miseria a la gente vulnerable de su pueblo, en especial a los niños. Adaptó varios salones de videojuegos con aire acondicionado, para que pudieran divertirse y olvidar, aunque fuera por un par de horas, sus precarias condiciones de vida.

A pesar de que todos estos actos de caridad parecían ser desinteresados, es probable que sus primeros instintos como depredador sexual estuvieran latentes y buscara instancias para acercarse a menores de edad sin despertar sospechas.

Mientras Iqbal llevaba a cabo su labor como benefactor de los más necesitados, su familia comenzó a presionarlo para que contrajera matrimonio.

En Pakistán es costumbre que tanto hombres como mujeres formen familia a una edad temprana.

Todos sus hermanos ya se habían casado, y él se vio obligado a seguir su camino a los diecisiete años con una joven a la que apenas conocía.

Pocos años más tarde tendrían un hijo, pero la relación terminó cuando la mujer lo acusó de haber violado a un niño que recogió de la calle.

Para aquel entonces, Iqbal había dado rienda suelta a sus más oscuros instintos, aprovechando su cercanía con chicos a los que conocía en las calles más pobres de la ciudad y a quienes engañaba con promesas de dinero o comida.

Así, continuó cometiendo abusos a menores de edad bajo la incrédula mirada de su familia.

Sus padres intuían lo que estaba ocurriendo y si bien no estaban de acuerdo, intentaban justificarlo.

Decían que cuando un hombre no tiene a una mujer que pueda complacer sus necesidades, era comprensible que cayera en conductas pecaminosas, siendo finalmente cómplices de las atrocidades.

A finales de 1990, abusó sexualmente de un niño de nueve años que pasaba frente a su casa y fue descubierto por el padre de este.

Fue detenido por la policía y enfrentó cargos por sodomía.

Después de que los padres de Iqbal pagaran una elevada multa fue puesto en libertad, pero su reputación quedó manchada ante la sociedad y la asociación de comerciantes a la cual pertenecía su familia.

Muhammad, su padre, estaba avergonzado por todo lo ocurrido con su hijo, pero continuó apoyándolo emocional y económicamente.

En 1992, lo instó a rehacer su vida. Le consiguió una novia y logró convencerlo de que se casara otra vez.

Sin embargo, seis meses más tarde, se enteró de que la pareja se había separado.

El hombre fallecería de un infarto tras conocer la noticia.

Gracias a la herencia que recibió de su progenitor, Iqbal decidió mudarse a la ciudad de Rana, en donde abrió un local de videojuegos con el fin de atraer a chicos jóvenes.

En 1998, fue detenido y acusado de violar a dos niños.

Esta vez ninguno de sus familiares lo ayudó, por lo que tuvo que gastar todo el dinero de la herencia para salir de la cárcel.

El 17 de septiembre de ese mismo año, Iqbal sorprendió a un par de empleados que trabajaban para él intentando robarle ocho mil rupias.

Al tratar de impedir que se llevaran el botín, recibió una brutal paliza que estuvo a punto de matarlo.

Sufrió graves fracturas en el cráneo, la mandíbula, la espalda y permaneció inconsciente durante veintidós días en un hospital.

Su condición era tan crítica, que los médicos lo desahuciaron.

Durante las semanas siguientes, su madre lo acompañó todos los días, llorando a los pies de su cama.

Sin embargo, después de que Iqbal recobrara la conciencia de forma milagrosa, la mujer falleció de un infarto debido al desgaste emocional que le produjo la situación.

La muerte de su madre terminó por detonar los impulsos homicidas de Iqbal, quien afirmó en una de sus cartas: «[...] Me habían golpeado. Mi cabeza estaba aplastada, mi columna vertebral rota y me quedé paralizado. Odio este mundo. Mi madre lloró por mí. Quería a cien madres llorando por sus hijos».

Primero, trató de ubicar a los dos chicos que lo habían mandado al hospital para matarlos, pero no lo consiguió.

Matar policías era otra idea que le atraía, aunque, como era de esperarse, no se atrevió.

Llegó a la conclusión de que asesinar niños vagabundos era lo más apropiado.

Eran víctimas vulnerables, fáciles de engañar, y nadie los echaría de menos.

Las fantasías asesinas de Iqbal surgieron a partir de la frustración, la ira y las consecuencias de sus propios actos, aunque se negara a reconocerlo.

Aseguraba que el sistema pakistaní era corrupto e inútil y deseaba desquitarse con la sociedad, pero al mismo tiempo buscaba excusas para abusar de menores de edad.

Su personalidad metódica y obsesiva lo obligó a fijarse una meta concreta, que sería, como sabemos, la de asesinar a un total de cien niños, tras lo cual se quitaría la vida.

Su idea era causar impacto a nivel internacional y poner en ridículo a las autoridades de su país, dejando en evidencia su total ineficacia.

A finales de 1998, cuando tenía treinta y siete años, Iqbal se mudó al 16b de Ravi Road, en la ciudad de Lahore, y consiguió reclutar a un grupo de adolescentes: Mohammad Sabir, de trece años; Mohammad Nadeen, de quince; y Sajid Ahmad, de diecisiste.

Ofreció pagarles para conseguir su objetivo de matar a cien niños.

Si bien los tres estaban interesados en el dinero, Ahmad era un abusador de menores que participaría en los crímenes también por placer.

Gracias a su local de videojuegos, Iqbal podía atraer a docenas de chicos vagabundos que pasaban horas frente a las máquinas, ignorando el peligro que corrían.

Escogía a un menor, lo engañaba con promesas de dulces o dinero y lo conducía hasta el interior de su vivienda, en donde sus cómplices lo ayudaban a reducirlo.

Abusaba de él, lo estrangulaba con una cadena, lo descuartizaba, introducía los restos en ácido y, una vez disueltos, vertía los bidones en las alcantarillas que desembocaban en el río Ravi.

Los cabellos eran rescatados de los desechos químicos y guardados en bolsas, pues estos podían tardar semanas en disolverse.

Iqbal llevaba un detallado registro de los horrendos asesinatos en un diario de vida que contenía todos los datos de las víctimas.

También guardó sus ropas y sus zapatos para que, llegado el momento, su historia pudiera ser corroborada.

Pero a pesar de todas las pruebas que él mismo entregó a los investigadores, los testimonios de sus cómplices y las evidencias forenses halladas en su domicilio, después de entrgarse se declararía inocente de todos los cargos.

Iqbal se retractó de su declaración inicial, afirmando que todo era un malentendido y que su intención era generar conciencia con respecto a las condiciones de vida de los niños vagabundos en las calles de Pakistán, pero nadie le creyó.

Durante los dos meses que duró el juicio, los padres de los niños desaparecidos se reunieron frente a la sala del tribunal, exigiendo la pena de muerte. La fiscalía presentó ciento cinco testigos, incluidos setenta y tres familiares de las víctimas.

Uno de los abogados de Iqbal señaló que gran parte de las pruebas en contra de su defendido eran circunstanciales, pues las fotografías de los menores no demostraban que hubiesen sido asesinados.

También aseguró que la ropa y los zapatos de las supuestas víctimas habían sido comprados en el mercado por su defendido para engañar a las autoridades y las bolsas con cabello humano y los restos hallados dentro de los barriles con ácido eran de res.

En cierto momento, un periodista insinuó que tres de los niños de las fotografías no estaban muertos y que habían regresado con sus familias una vez que el caso fue difundido, sin embargo sus identidades no fueron reveladas.

La defensa también presentó el testimonio de un experto forense con respecto al método del ácido empleado por Iqbal para deshacerse de sus víctimas.

El especialista señaló que para disolver el cuerpo de un adolescente es necesario sumergirlo en al menos setenta y cinco litros de sustancias corrosivas.

Para conseguir el mismo efecto en un centenar de cadáveres, serían necesarios siete mil quinientos litros de ácido de venta restringida, cantidad que solo sería factible de conseguir a nivel industrial.

Por otro lado, lanzar dicha cantidad por las alcantarillas en un período de apenas seis meses debería haber producido consecuencias ambientales tremendas.

Sin embargo, los antecedentes de Iqbal dejaban bastante claro que era un depredador sexual y las pruebas que él mismo entregó lo incriminaban.

A pesar de que existían rumores de que tres de sus víctimas habían aparecido con vida, ninguna prueba fue presentada durante el juicio.

Todo parecía apuntar a que Iqbal, en efecto, había matado a un centenar de niños con total impunidad.

El juez Allah Bakhash Rabijah se refirió al acusado diciendo: «Es Satanás en forma de humano. De hecho, es una bestia y un hombre tan cruel, que es una vergüenza etiquetarlo como ser humano».

Hasta ese momento, y a pesar del gran impacto que produjo en el país, el caso de Javed Iqbal se encontraba fuera del radar de la cultura occidental. No fue hasta que se dictó la sentencia, que la macabra historia fue difundida por diversos medios de comunicación internacionales debido a su crudeza.