JAVED IQBAL. EL MONSTRUO DE LAHORE #2
Su nombre es Mohammad Imran, de quince años, hijo de Talib Hussain, del distrito de Bahawalnagar, casa situada junto a un hospital veterinario.
El padre hace catres de madera. Es trigueño.
Su salud es muy buena. Tiene un rostro hermoso y mejillas regordetas.
Fue asesinado el 11 de noviembre de 1999 a las siete de la mañana.
La noticia horrorizó a todo el país, pues jamás en su historia se había registrado un incidente similar.
Los casos de asesinato en serie en Pakistán son relativamente escasos, y uno de los pocos que trascendió a nivel nacional ocurrió a mediados de los años ochenta, cuando cuatro sujetos, conocidos como El Grupo Hathora, causaron pánico en la ciudad de Karachi asesinando a unas siete personas con un mazo.
A pesar de que los brutales crímenes movilizaron a toda la policía, los responsables jamás fueron identificados.
Esta vez, la policía contaba con suficiente evidencia como para incriminar al asesino, y también con su identidad, por lo que se dio inicio a una verdadera cacería para detenerlo.
La esposa, la hija y varios de los hermanos de Iqbal fueron detenidos e interrogados, pero en apariencia ninguno de ellos estaba al tanto de sus actividades.
El Ejército intervino para dar con el paradero del sospechoso e incluso se realizaron tareas de drenaje en el río Ravi, donde supuestamente el asesino planeaba quitarse la vida, pero todos los esfuerzos fueron en vano.
En su diario, Iqbal afirmaba tener un par de cómplices, aunque tampoco pudieron ser detenidos.
En los días siguientes, cientos de personas se acercaron para observar las fotografías de las víctimas, sus ropas y sus zapatos, y varios familiares reconocieron las prendas de sus hijos, quienes habían desaparecido en los meses previos.
El enojo creció debido a que varios de estos casos habían sido denunciados a la policía.
La investigación no solo comprometió a la ciudad de Lahore, sino que también se sumaron los departamentos de policía de Bherowal, Sahiwal, Kasur, Nankana, Multan y Sheikhupura, pues además de los nombres de las víctimas, Iqbal había indicado en su diario sus ciudades de origen.
Todos eran varones de entre seis y dieciséis años, de escasos recursos y que vagabundeaban por las calles en busca de dinero o comida.
De alguna u otra forma, fueron engañados por Iqbal, quien los llevó hasta su domicilio en donde abusó sexualmente de ellos, los asesinó, descuartizó y disolvió los restos en ácido sin que los vecinos se dieran cuenta.
Los agentes descubrieron que, pocos días después del hallazgo, un cheque a nombre de Javed Iqbal fue cobrado en uno de los bancos de la ciudad, lo que les hizo pensar que el asesino seguía con vida y que no había cumplido con su promesa de suicidarse.
Malik Muhammad Iqbal, el jefe regional de la policía declararía ante los medios: «Es un hombre muy inteligente.
Está disfrutando de su fama y leyendo los periódicos».
En sus cartas, el asesino nombró a por lo menos tres cómplices menores de edad, los cuales estaban siendo intensamente buscados.
Sin embargo, un sujeto de treinta y dos años, identificado como Ishaq Billa, fue el primer detenido.
Aunque no estaba siendo acusado de los asesinatos, la policía creía que era el encargado de suministrar a Iqbal grandes cantidades de ácido clorhídrico y sulfúrico.
Sin embargo, el jueves 9 de diciembre, diversos medios informaron que Billa había muerto durante un interrogatorio, el día anterior, tras lanzarse por una ventana del tercer piso de la comisaría de Lahore.
Dos días más tarde, cuatro funcionarios fueron arrestados por el asesinato del sospechoso, quien aparentemente fue torturado hasta la muerte mientras estaba bajo custodia policial.
La autopsia reveló que Billa tenía más de una docena de golpes y heridas producidas tres días antes.
A pesar de las graves acusaciones, los cuatro funcionarios fueron absueltos.
La muerte de Billa resultaba indignante, pues era el único testigo valioso de la investigación.
Sin embargo, a los pocos días, se pudo detener a dos menores que intentaban cambiar un cheque a nombre de Javed Iqbal.
Sus nombres eran Mohammad Nadeen, de quince años, y Mohammad Sabir, de trece.
Un tercer implicado, Sajid Ahmad, de diecisiete, sería arrestado en Sohawa.
Tras ser presionados por la policía, los jóvenes afirmaron haber sido reclutados varios meses antes por Javed Iqbal para secuestrar menores.
Pero quizá lo más impactante es que también reconocieron haber participado de manera activa del abuso sexual, tortura y asesinato de las víctimas.
Mientras las autoridades continuaban buscando al asesino por diversas ciudades de Pakistán, la madrugada del 30 de diciembre un sujeto se acercó a la redacción del periódico Daily Jang .
Solicitó hablar con el redactor jefe, Khawar Naeem Hashmi, y le señaló: «Soy Javed Iqbal, el asesino de cien niños».
Cuando un grupo de reporteros lo rodeó para entrevistarlo, afirmó: «Podría haber matado a quinientos, no era un problema.
Pero la promesa que hice fue matar a cien niños y nunca quise quebrantarla».
Iqbal afirmó que estaba allí para entregarse a las autoridades, pero temía que la policía lo torturara y asesinara.
Por lo mismo, solicitó que su arresto fuera público y que estuvieran todos los medios de comunicación del país presentes, para asegurar su integridad.
De lo contrario, se quitaría la vida con una sobredosis de pastillas para dormir que llevaba entre sus ropas.
Su petición fue acogida por la policía y pocas horas después un solo agente ingresó a la redacción del periódico para llevarlo hasta la comisaría, mientras docenas de periodistas rodeaban el edificio. El peor asesino en serie de la historia de Pakistán se había entregado en forma voluntaria.
Javed Iqbal Mughal nació en la ciudad de Lahore el 8 de octubre de 1961.
Era el cuarto hijo de ocho varones nacidos en una familia acomodada, pertenecientes a una comunidad de comerciantes de Shadbagh.
Profesaban una religión llamada Chishti Sabri, aunque no eran tan estrictos como la mayoría de los pakistaníes y tenían una visión amplia de la espiritualidad.
Su madre, Zora Perveen, era una abnegada ama de casa, y su padre, Muhammad Ali Mughal, se dedicaba al comercio de acero, por lo que no solo obtenía un sueldo considerable, sino que gozaba de una gran reputación dentro de la comunidad.
De pequeño, Iqbal demostró ser un chico brillante; tenía las mejores calificaciones de su clase.
Era popular y un líder innato en su grupo de amigos.
A la edad de diez años, fue escogido entre una muchedumbre por un santo de la ciudad de Karachi —el cual se encontraba peregrinando por el poblado— y cuando este le tocó la frente, Iqbal comenzó a sufrir convulsiones y tuvo que ser llevado de vuelta a casa.
A partir de esa extraña experiencia, el chico comenzó a tener visiones proféticas.
El hecho preocupó a su familia, pues su hijo se convirtió en el centro de atención de todo el pueblo y varias personas lo buscaban para solicitar sus consejos.
Fue tanta la presión, que el padre de Iqbal tuvo que presentarse ante el santo para que este le quitara aquellos poderes que le había otorgado.
En la escuela, Iqbal disfrutaba escribiendo todo tipo de historias, las cuales leía en voz alta en el salón, sacando aplausos de sus compañeros por su originalidad.
Sin embargo, mientras cursaba la secundaria, uno de sus profesores parecía haber desarrollado cierto grado de antipatía por él.
Solía llamarle la atención y lo castigaba.
De nada servían sus excelentes notas. Siempre había un motivo por el cual lo recriminaba y aquello comenzó a frustrarlo.
En una ocasión, un compañero de Iqbal hizo arder queroseno en la sala de clases a modo de broma. Por suerte nadie salió herido, sin embargo, el profesor lo culpó y lo castigó. Aquel incidente lo marcaría para siempre.
Hasta entonces, Iqbal tenía un especial sentido del honor.
De hecho, manifestaba a sus cercanos que deseaba reformar la sociedad pakistaní e inspirar a otros.
Ese discurso dejaba entrever una desmedida percepción de sí mismo, tal vez a raíz de los constantes elogios que recibía y por haber sido considerado por su entorno como un profeta.
Con el paso de los años, se convirtió en un adolescente solitario, con baja tolerancia a la frustración.
Fue tal el nivel de hostilidad que desarrolló, que empezó a comunicarse solo a través de cartas y se excluyó de todas las reuniones y fiestas que organizaban.
En casa se comportaba de forma excéntrica y cuando quería algo de sus padres amenazaba con hacerse daño si no lo complacían.
Por aquel entonces, se sentía atraído por algunos de sus compañeros de escuela.
Es probable que la decisión de aislarse del resto de sus amistades estuviera influenciada por su orientación sexual, pues la homosexualidad era considerada inmoral, en contra de los valores familiares, religiosos y un crimen en Pakistán.
A finales de los años setenta, ingresó a la universidad para estudiar periodismo.
Inteligente e idealista, soñaba con investigar y exponer la corrupción de su país.
Sin embargo, cuando cursaba la mitad de la carrera, asistió a una manifestación en contra del primer ministro y presidente del Partido Popular, Zulfikar Ali Bhutto, en la que junto a otros jóvenes se enfrentó a la policía.
Iqbal recibió un golpe de porra en la cabeza que lo dejó en tan mal estado, que su familia decidió retirarlo de la universidad y lo instaron a que se dedicara al negocio familiar.