JAVED IQBAL. EL MONSTRUO DE LAHORE
JAVED IQBAL
EL MONSTRUO DE LAHORE
Pakistán
La ciudad de Lahore es la segunda más poblada de todo Pakistán, con más de once millones de habitantes.
Es una de las más ricas del país, pero pese a su gran economía, los índices de pobreza resultan preocupantes.
La desigualdad económica, las tasas de desempleo y subempleo, las políticas gubernamentales que favorecen a las clases más altas, el limitado acceso a la educación y a servicios básicos, como el agua o la electricidad, la vuelven un lugar hostil.
Durante décadas, diversas figuras políticas y administrativas han sido acusadas de corrupción, lo que ha socavado el progreso del país.
Una de las instituciones más criticadas es la policía, pues a pesar de que se han realizado diversas reformas se les sigue vinculando a sobornos, extorsiones, manipulación de pruebas, abuso de poder y relaciones con el crimen organizado.
A mediados de 1999, algunas familias denunciaron la desaparición de sus hijos, pero los oficiales de Lahore fueron displicentes y no llevaron a cabo ninguna investigación.
Sin embargo, a mediados de noviembre de ese mismo año, una extraña carta llegó al Departamento de Policía.
Se trataba de una confesión, en la cual un sujeto identificado como Javed Iqbal afirmaba haber asesinado a un total de cien niños.
Los violó, estranguló, descuartizó y disolvió en ácido, y luego
arrojó los restos por el alcantarillado que desembocaba en el río Ravi. Parte de la nota decía lo siguiente:
Mi cuenta ha llegado a cien. Con la gracia de Dios, he completado mi misión y las lágrimas ruedan por mis mejillas. Me aseguraré de que mi mensaje llegue al mundo entero. Voy a hacer que muchas madres lloren. Envié a sus hijos al otro mundo sin ataúdes, por la canaleta .
A veces mataba por venganza, por desprecio y también por placer. No me siento triste ni me arrepiento de lo que hice. Matar a uno más, después de llegar a cien, no hará la diferencia .
En este macabro texto, se detallaba el perfil de las víctimas —niños y adolescentes de entre seis y dieciséis años—, el método de asesinato e incluso el costo relacionado a cada crimen en base al valor de los productos químicos utilizados para disolver los cadáveres.
A pesar de que los oficiales pensaron que solo se trataba de una broma de mal gusto, la persona que escribió la carta incluyó una dirección ubicada en el barrio de Shad Bagh, el 16b de Ravi Road. Afirmaba que allí los estaría esperando para entregarse.
Dos agentes se acercaron a la vivienda de Iqbal movidos por la curiosidad, y cuando el hombre les abrió la puerta comenzaron a interrogarlo.
El sujeto mostró un comportamiento errático y en cierto momento cogió un revólver y amenazó con quitarse la vida si no lo dejaban en paz.
Los oficiales pensaron que solo se trataba de un demente que había inventado una espeluznante historia para llamar la atención y se marcharon, sin siquiera intentar quitarle el arma o registrar su domicilio.
El 2 de diciembre, otra carta escrita por Iqbal fue entregada en las oficinas del periódico Daily Jang . Esta venía acompañada de un paquete con más de cincuenta fotografías de menores de edad y decía lo siguiente:
El pasado 17 de septiembre de 1998, yo y mi empleado Arbab, de doce años, fuimos brutalmente malheridos.
Arbab fue golpeado en la cabeza con la culata de un revólver y yo tenía múltiples fracturas en la cabeza y la columna vertebral.
Estuve inconsciente durante veintidós días en el hospital general.
Los médicos pensaban que iba a morir [... ]
El oficial de policía Ghazi Abad, en lugar de detener al culpable, lo mantuvo en su casa como un sirviente. Yo estaba furioso por el comportamiento de los asaltantes y el papel de la injusta policía [...]
Decidimos con mis amigos poner el plan en marcha.
Mataría a cien adolescentes que estuvieran fuera de sus casas [...
] Nos las ingeniamos para obtener dieciséis latas y tres bidones de plástico para llenarlos de ácido sulfúrico, ácido clorhídrico y cianuro.
La primera víctima fue Yasir, de catorce años.
Le pusimos una máscara de cianuro y ácido sobre la cara.
Murió en diez segundos. Pusimos su cuerpo en un bidón de setenta litros de ácido que había comprado por ciento cuarenta rupias.
El ácido disolvió el cuerpo en un día y tiramos los restos por la alcantarilla.
¡Nuestro experimento de matar a un adolescente fue un éxito!
[...] Después de eso comencé a asesinar todas las noches y a deshacerme de los cuerpos .
Este baño de sangre se prolongó por seis meses. Mis amigos colaboraron totalmente en este proyecto. Unos para ganar dinero de forma divertida y otro, ayudado por el afán de venganza, para mantener relaciones homosexuales no consentidas con niños [...]
Yo me había convertido en un discapacitado, estaba perdiendo mi vista y apenas podía sostenerme sin ayuda. También había perdido mi equilibrio mental [...]
Había orado para llegar a matar un centenar de niños antes de morir y Dios me ayudó. El día que terminé con mi proyecto, agradecí a Dios que hubiera escuchado mis oraciones. Dios me ayudó en la venganza [...]
Ahora que he conseguido mi plan de matar cien niños, no puedo esperar para compartir la noticia con el resto del mundo. No puedo mantenerlo más en secreto [...]
Les envío los nombres, direcciones y fechas de los asesinatos de todos los niños y fotos de cincuenta y siete de ellos adjuntas en esta carta.
Quiero que ustedes, a través de su periódico, le cuenten al mundo lo que he hecho.
Si vienen a mi casa, encontrarán toda la evidencia.
Cuando la policía esté preparada, también quiero entregar más de treinta y dos páginas de mi diario, que describe todos los detalles de los asesinatos.
También estoy pensando entregarme a la policía, ya que en estos momentos no temo a la muerte .
Estoy pensando declararme culpable en nombre de mis amigos y asumir en soledad el castigo impuesto, ya que fui yo quien les pidió que me ayudaran en este plan maestro. Espero tener éxito en mi propósito, con la gracia de Dios, Amén .
Wassalam, Javed Iqbal
También se incluía una dirección de la ciudad de Lahore, el 16b de Ravi Road, en donde según la nota se encontraban varios tambores con ácido con los restos de un par de víctimas, además de la ropa y los zapatos de cien niños.
Jamil Chishti, el periodista del Daily Jang que recibió la carta, quedó horrorizado ante la revelación y se dirigió de inmediato, junto a uno de sus compañeros, hasta la casa de Iqbal para corroborar si la historia era cierta.
Una vez que llegaron al inmueble, descubrieron que este parecía estar abandonado.
Las puertas estaban cerradas y era imposible abrirlas.
Algunos residentes aseguraron que efectivamente, un sujeto llamado Javed Iqbal arrendaba la casa, pero que no lo habían visto desde hacía varios días.
Lo describieron como alguien discreto, que no cruzaba palabras con nadie y que, según algunos rumores, era policía, por lo que muchos preferían no relacionarse con él.
Chishti y su compañero convencieron al propietario de la vivienda, un hombre identificado como Munir Hussain, para que permitiera a uno de los vecinos trepar al techo y abrirles una de las puertas desde el interior, lo que les permitió ingresar y realizar un hallazgo espeluznante.
La escena era idéntica a la descrita en la carta.
Había varios tambores plásticos en una pequeña habitación, desde donde emanaba un hedor insoportable. Cuando Chishti levantó una de las tapas, descubrió restos humanos flotando en una sustancia corrosiva que incluso le produjo quemaduras en las manos.
En las paredes había pancartas escritas a mano, las cuales indicaban dónde encontrar cada una de las evidencias.
Una de ellas decía: «Los cinco sacos que están en una de las esquinas de esta habitación contienen la ropa de las cien víctimas, mientras que en los otros tres sacos están ochenta y cinco pares de zapatos que les pertenecen».
En otro cartel clavado en una de las murallas se indicaba:
Esta área se ha convertido en un caldo de cultivo para el crimen.
Los niños fugitivos buscan refugio aquí y aprenden a cometer asesinatos, robar, hurtar y verse envueltos en actividades inmorales.
Si el gobierno no puede detener esto, entonces la gente común y corriente tendrá que encontrar una solución, como yo lo hice.
Una última nota decía lo siguiente: «Los cuerpos en esta casa no han sido eliminados deliberadamente, para que las autoridades los encuentren después de mi muerte. Voy a saltar al río Ravi, para suicidarme».
Cuando las autoridades fueron alertadas de la situación y se presentaron en la escena, tuvieron que abrirse paso entre docenas de curiosos y otros medios de comunicación que también se habían enterado del macabro hallazgo.
Tras allanar la vivienda, la policía encontró docenas de fotografías de menores de edad almacenadas en bolsas plásticas, más de cien prendas de ropa, ochenta y cinco pares de zapatos, sandalias y varias bolsas con cabello humano.
Un torso, una pelvis y dos pies amputados pertenecientes a tres adolescentes de entre trece y dieciséis años fueron rescatados del interior de los bidones con ácido, aunque estaban casi disueltos.
También se encontró un diario de treinta y dos páginas en las que Iqbal registró cada uno de sus crímenes, incluyendo el nombre de la víctima, su edad, la fecha de su muerte e incluso la cantidad de rupias gastadas en los elementos necesarios para deshacerse del cadáver.
La víctima número 87, por ejemplo, fue registrada de esta manera: