Psicópatas del mundo JOSÉ RABADÁN. EL ASESINO DE LA CATANA #2
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JOSÉ RABADÁN. EL ASESINO DE LA CATANA #2

Las discusiones en la casa de los Rabadán comenzaron a ser frecuentes.

José no hacía sus deberes y se pasaba todo el día jugando en su consola de videojuegos o chateando.

Y a pesar de que su padre lo reprendía, de igual forma accedía a todos sus caprichos.

El chico tenía varias armas relacionadas a las artes marciales y le había pedido una catana de regalo.

Rafael accedió y se la compró, ignorando que su hijo fantaseaba con matarlo.

Poco antes, en 1999, José había huido con la intención de vivir solo, pero su padre lo encontró y lo llevó de vuelta a casa.

Aquello sería el principio del fin. El joven se convenció de que la única forma de librarse de su familia era asesinándola.

Durante casi dos semanas planificó el crimen.

Lo perpetraría durante la noche, cuando todos estuvieran dormidos.

Cerca de las seis y media de la madrugada del primero de abril del 2000, José Rabadán, quien se había pasado toda la noche en vela en su cuarto, acostado junto a su catana, se levantó y entró en la habitación donde dormía su padre.

Levantó el arma y la puso a centímetros de su cuello, con el objetivo de calcular el primer golpe.

Posteriormente, lo asesinaría de forma brutal hasta casi decapitarlo.

Luego se dirigió a la habitación en donde dormían su madre y su hermana, a quienes atacó de igual manera, dejándolas moribundas.

La punta de la espada se había roto tras los ataques y tuvo que rematarlas con el machete que guardaba en un armario.

Según su confesión, introdujo el cuerpo de su hermana en la bañera y la llenó de agua.

Intentó hacer lo mismo con su padre, pero quedó agotado y se conformó con dejarlo a un costado.

Los psiquiatras que lo interrogaron pensaron que existía algún tipo de significado relacionado con las bolsas que les puso en las cabezas.

Especialistas como el ex agente del FBI Robert Ressler, han llegado a asegurar que en algunos casos de asesinato, los responsables cubren las cabezas de las víctimas con bolsas, ropa e incluso piedras, porque se sienten avergonzados de sus actos y así evitan mirar sus rostros.

José Rabadán, sin embargo, dio una explicación espantosamente simple.

Y es que las cabezas de su hermana y de su padre estaban tan dañadas por los cortes, que los trozos de carne estaban quedando esparcidos por todas partes cuando los arrastró hasta el cuarto de baño.

José se daría a la fuga horas más tarde, con la intención de dirigirse a Barcelona, pero antes conocería un chico llamado Oliver, con el cual trabó amistad.

Ambos acordaron ir juntos a la Ciudad Condal, en donde se encontrarían con Sonia, la amiga de José, y otra chica de nombre Sheila, con la cual incluso hablaron por teléfono para anunciar su llegada.

Esta, alertada por Sonia y al ver la noticia del bullado crimen en Murcia, no dudó en avisar a la policía.

Poco después, José y Oliver serían detenidos en la estación de trenes de Alicante.

Se comprobó que si bien Oliver no estuvo involucrado en el crimen, sí estaba al tanto de que José Rabadán era un asesino.

Él mismo se lo confesó cuando se conocieron e incluso se deshizo de algunas de sus ropas manchadas de sangre en una fogata improvisada, cuando pasaron la noche en un descampado.

A pesar de todo, Oliver accedió a acompañarlo hasta Barcelona con la idea de encontrarse con las otras dos chicas.

Sería puesto en libertad tras las confesiones de José Rabadán.

Pero mientras el asesino se encontraba en la cárcel a la espera de un juicio, las interrogantes continuaban.

Nadie entendía cómo un chico de dieciséis años había sido capaz de matar de forma tan salvaje a su familia.

Ni la policía ni los especialistas estaban conformes con las justificaciones de Rabadán.

La prensa y la opinión pública, por otro lado, sacaban sus propias conclusiones.

Los medios de comunicación filtraron varios de los hallazgos realizados en la habitación del joven, como los libros relacionados con el satanismo.

Los textos en cuestión eran Ave Lucifer de Elisabeth Antebi y El poder de la magia de Leonard Wolf.

Parte de la opinión pública estaba de acuerdo en que aquello podía haber influido en el comportamiento del menor.

Al mismo tiempo, varios periódicos y noticieros de la época —como Antena 3 Televisión— aseguraban que Rabadán estaba obsesionado con Squall Leonhart, protagonista del videojuego Final Fantasy VIII , al que jugaba con frecuencia.

Según estas fuentes, el joven habría asesinado a su familia siguiendo las «instrucciones» del juego.

Las comparaciones no tardaron en surgir: el corte de cabello, la actitud distante del personaje e incluso el uso de la espada sirvieron como paralelos entre Rabadán y el héroe ficticio.

Esto reavivó el antiguo debate sobre la influencia de los videojuegos en la conducta violenta de algunos adolescentes, generando una fuerte polémica mediática.

Para entonces, ya se le conocía como el Asesino de la catana.

Mientras algunos programas de televisión amarillistas se sirvieron de estos supuestos para causar expectación, otros presentaban especialistas en salud mental que ponían paños fríos, asegurando que no existía un influjo directo entre la adicción a los videojuegos y el comportamiento violento en un adolescente, aunque sí era recomendable controlar la cantidad de horas que este pasaba frente a la pantalla.

La interrogante de por qué José Rabadán había asesinado a toda su familia seguía, entonces, sin una respuesta clara y su perfil psiquiátrico era igualmente difuso.

Mientras que algunos especialistas lo tildaron de psicópata narcisista, otros creían que padecía de psicosis epiléptica, lo cual lo habría llevado a un estado de alucinación cuando cometió el crimen, por completo desconectado de la realidad.

Independiente del estado mental de Rabadán, como se trataba de un menor de edad, la ley lo amparaba.

Era probable que obtuviese una pena reducida, a pesar de que la opinión pública exigía un castigo ejemplificador.

La exposición mediática y la imagen de Rabadán, trajeron consigo la inesperada reacción de cientos de jóvenes que comenzaron a enviarle cartas a la cárcel.

Muchos se sentían identificados con él y lo admiraban por haber sido capaz de asesinar a su familia a sangre fría.

En dichas notas, algunos le confesaban que deseaban hacer lo mismo, pero que no se atrevían.

Por otro lado, varias chicas le enviaron misivas de carácter romántico, pues decían estar enamoradas de él.

Todo aquello solo sirvió para inflar el ego de Rabadán, que se comportaba cada vez más agresivo y prepotente tras las rejas y en sus posteriores apariciones públicas.

Pero la trascendencia del crimen cometido no quedó en simples halagos por parte de algunos jóvenes desadaptados.

El 26 de mayo de ese mismo año, en la ciudad de Cádiz, Klara García, de dieciséis años, fue degollada y apuñalada treinta y dos veces por dos compañeras de instituto llamadas Raquel Carlés e Iria Suárez, de diecisiete y dieciséis años respectivamente.

Apodadas por la prensa española como Las brujas de San Fernando, habrían cometido el crimen inspiradas por el actuar de José Rabadán e incluso le enviaron cartas de agradecimiento durante su estancia en la cárcel.