Psicópatas del mundo JOSÉ RABADÁN. EL ASESINO DE LA CATANA
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JOSÉ RABADÁN. EL ASESINO DE LA CATANA

JOSÉ RABADÁN

EL ASESINO DE LA CATANA

España

Es posible que el siguiente se trate de uno de los crímenes más impactantes de la crónica negra española de las últimas décadas.

Toda la nación quedó horrorizada, después de que un joven de tan solo dieciséis años asesinara a toda su familia de manera brutal.

El revuelo mediático que produjo el caso y lo inexplicable del crimen generaron una oleada de críticas relacionadas a la influencia de los videojuegos, los juegos de rol, el satanismo e incluso las artes marciales en los adolescentes.

El sábado 1 de abril del 2000, en Murcia, España, las autoridades fueron alertadas de un triple asesinato en un inmueble de la calle Santa Rosa.

Los antecedentes eran confusos, pero tanto las fuerzas policiales como la prensa se presentaron en el lugar cerca de las cinco de la tarde.

En el interior del domicilio fueron hallados los cuerpos de Rafael Rabadán, de cincuenta y un años, su esposa Mercedes Pardo, de cincuenta, y la hija del matrimonio, María Mercedes Rabadán, de once.

Algunos periodistas notaron que los agentes de policía salían del departamento con rostros de espanto y les pedían que no intentaran ingresar ni tomar fotografías.

La escena del crimen era una de las peores que habían visto en todas sus carreras.

La familia Rabadán había sido asesinada con una catana y un machete hallados en el lugar.

El padre de familia, Rafael, se encontraba tendido en el baño con una bolsa plástica en la cabeza.

Estaba prácticamente decapitado tras recibir golpes de catana en el cuello y el rostro, tenía varias puñaladas en el pecho y le faltaban tres dedos.

Se presume que intentó defenderse del brutal ataque.

Un extenso rastro de sangre a través del pasillo evidenciaba que había sido arrastrado desde su cama.

Esto hizo suponer a los investigadores que fue atacado de noche, mientras dormía.

A un costado, dentro de una bañera llena de agua y sangre, se encontraba el cadáver de María Rabadán, hija de Rafael y Mercedes.

La niña mostraba heridas similares y también le habían puesto una bolsa sobre la cabeza.

En otra habitación, el cuerpo de Mercedes Pardo, esposa de Rafael, estaba sobre la cama, mutilado de forma espantosa.

El hijo mayor del matrimonio, José Rabadán, de dieciséis años, se encontraba desaparecido y se transformó en el principal sospechoso de la matanza.

Este habría llamado a la policía desde un teléfono público para confesar el crimen esa misma mañana.

Otras fuentes aseguran que le habría contado a un amigo que había asesinado a toda su familia y que la madre del muchacho dio el aviso a las autoridades.

El triple crimen causó gran consternación en el barrio y cientos de curiosos se agruparon a las afueras de la vivienda.

Los vecinos aseguraban que se trataba de una familia muy querida y que José Rabadán era un adolescente tranquilo.

Toda España estaba atenta a la noticia y la detención del asesino se transformó en prioridad nacional.

Cerca de las siete de la tarde, mientras se realizaba el levantamiento de los cadáveres, algunos testigos afirmaron haber visto a José Rabadán cerca del lugar, observando a lo lejos, pero la policía no consiguió dar con él.

Las autoridades difundieron las fotografías del joven entre los agentes y su captura parecía ser inminente, sin embargo, las horas pasaban y no había rastros de su paradero.

Las motivaciones de José Rabadán no eran claras.

Varios amigos y vecinos del sector aseguraban frente a las cámaras de televisión que se trataba de un chico solitario, en apariencia normal.

Sin embargo, los hallazgos realizados al interior de su habitación comenzaron a perfilar una imagen muy distinta a la que todos apuntaban.

Se encontraron un par de libros relacionados con satanismo.

En un armario también se hallaron dos puños americanos, nunchakus, cinco estrellas shuriken, un hacha de mano y una gran variedad de puñales.

Rabadán era un aficionado a las artes marciales desde que tenía diez años y su familia estaba al tanto de su arsenal de armas blancas.

De hecho, su propio padre le había regalado —poco antes— la catana con la cual lo asesinó.

Su interés por el satanismo, sin embargo, era algo que mantenía en secreto.

Tras realizarse las autopsias de la familia Rabadán, se confirmó que Rafael falleció de una profunda herida en el cuello, una en el rostro y quince en el tórax.

Su esposa, Mercedes, tenía dos heridas en el pecho, veinticinco cortes en los brazos y once en la cabeza, mientras que la hija del matrimonio, María, tenía quince heridas en la cabeza y cinco en el pecho.

Todas habrían sido realizadas con la catana y con un machete, que el hijo mayor guardaba en su habitación.

La brutalidad del crimen era impactante.

Mientras la investigación seguía su curso, se informó a la policía a través de un llamado que José Rabadán supuestamente se dirigía a Barcelona.

Una chica de nombre Sonia, quien por lo visto mantenía contacto con él a través de Internet, le contó a una amiga que el joven la había llamado para avisarle de que la iría a visitar en los próximos días.

Al mismo tiempo, le confesó que había asesinado a toda su familia.

El 2 de abril, cuando la noticia colmaba los periódicos, Ana María Costa, una agente que se encontraba fuera de servicio, se contactó con las autoridades.

Aseguró haber llevado a Rabadán hasta el centro de Alicante, cuando este se encontraba haciendo autostop en la autopista, el día anterior.

En aquel momento, la mujer no estaba al tanto de la noticia que tenía conmocionado a todo el país.

Todo indicaba que, en efecto, el joven se dirigía a la estación de trenes con dirección a Barcelona.

Cerca de las ocho de la mañana del día 4 de abril, Francisco Terol, un vigilante de la estación de Renfe de Alicante, vio a dos jóvenes que le parecieron sospechosos.

Uno de ellos se acercó a la estantería de un kiosko y comenzó a ojear los periódicos, en donde la matanza de la familia Rabadán seguía estando en primera plana.

El hombre se les acercó y les preguntó hacia dónde se dirigían, y estos le aseguraron que iban a Barcelona a reunirse con sus padres.

Terol notó el parecido del joven que tenía en frente con la fotografía de los periódicos, aunque no estaba cien por ciento seguro de que se tratara de la misma persona.

El chico no parecía nervioso, aunque se dio cuenta de que no llevaba equipaje y lucía somnoliento.

Terol se acercó a una caseta y llamó a la policía, que se presentó de forma inmediata.

José Rabadán y su compañero, llamado Oliver, fueron arrestados sin prestar resistencia.

El joven de dieciséis años fue conducido hasta la comisaría central de Alicante por varios agentes de policía para ser interrogado, entre un centenar de periodistas y curiosos que comenzaron a insultarlo.

Poco después confesaría, con total frialdad, haber asesinado a toda su familia porque quería estar solo y sentirse libre, principalmente del yugo de su padre, a quien acusó de ser un hombre muy estricto.

A su hermana de once años, que padecía de síndrome de Down, la habría asesinado —según sus propias palabras— para que no sufriera al quedar huérfana y por su condición.

A pesar de reconocer la autoría del crimen, manifestaba que amaba a su familia, aunque no derramó una sola lágrima.

Una conducta despersonalizada y contradictoria.

El 5 de abril, José Rabadán sería enviado a un ala especial de la prisión de Sangonera, para no entrar en conflicto con otros reos.

La salud mental del joven sería lo primero que las autoridades pondrían en tela de juicio en vista de sus actos y su nulo arrepentimiento.

Sus motivaciones parecían absurdas y los especialistas no se ponían de acuerdo respecto a si se trataba de un enajenado mental o un despiadado psicópata.

José Rabadán Pardo nació el 26 de diciembre de 1983.

Desde pequeño, se mostró como un chico retraído que no mostraba interés alguno en los estudios.

A pesar de que sus padres lo consentían en todo, sus malas calificaciones produjeron un ambiente tenso en el hogar.

Poco después nacería su hermana María, la cual sufría de síndrome de Down.

Aquello tuvo un impacto significativo en la familia.

Por lo visto, su padre se lamentaba de la condición de su hija a viva voz y literalmente calificaría como un castigo de Dios que él, y no la pequeña, se merecía.

A pesar de la impotencia que aquello produjo en la familia Rabadán, parecían ser muy unidos.

Cuidaban bien de sus hijos y los consentían.

José, sin embargo, se mostraba cada vez más desinteresado en los estudios.

Repitió un par de cursos y, al entrar en la adolescencia, decidió abandonar la escuela.

Su padre, con el cual mantuvo varias discusiones al respecto, finalmente lo obligó a matricularse en un curso de soldadura para que al menos obtuviera un título y consiguiera un trabajo.

Sin embargo, el chico era poco constante y nada parecía motivarlo.

Desde pequeño mostró cierto interés por las artes marciales, aunque nunca superó el cinturón blanco.

No estudiaba y su rendimiento en la escuela fue paupérrimo.

Ni siquiera era capaz de terminar de leer un libro.

Según algunos especialistas (como señala el doctor Robert Hare en su libro Without Conscience: Te Disturbing World of the Psychopaths Among Us ), este aburrimiento crónico puede ser la señal de una personalidad psicopática.