Psicópatas del mundo ANDRÉI CHIKATILO. EL CARNICERO DE ROSTOV #7
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ANDRÉI CHIKATILO. EL CARNICERO DE ROSTOV #7

Tras varios minutos de deliberación, el juez Akubzhanov desestimó ambas intervenciones y el juicio continuó, no sin antes recibir las quejas de los familiares de las víctimas de Chikatilo, que pedían la destitución del abogado acusador, Gerasimenko, por apoyar a la defensa del asesino.

El fiscal sería destituido y el juicio retrasado una semana, debido a que se había volcado mercurio en una de las salas del edificio.

Durante los días en que continuó el proceso, Chikatilo parecía cada vez más abatido.

Le había crecido el cabello, la barba y ya no lucía tan intimidante.

Relataba durante horas las atrocidades cometidas ante un micrófono, de forma monótona.

A veces, parecía estar sedado y dormitaba dentro de la jaula.

En otras ocasiones jadeaba y gritaba, entonaba canciones soviéticas y era arrastrado de forma violenta por los guardias hasta un pequeño calabozo subterráneo, en donde lo golpeaban con sus porras en el estómago antes de volver a comparecer ante el juez.

Las evidencias presentadas contra Chikatilo consistían en un enorme álbum de fotografías que contenía imágenes espeluznantes del estado en el que habían sido encontrados los cuerpos de las víctimas. Incluso se presentó una cabeza putrefacta en pleno juicio, para el horror de los asistentes.

En cierto momento, Chikatilo dijo que era inocente y acusó ser víctima de una persecución política.

Luego, volvería a aceptar los cincuenta y seis cargos de asesinato, aunque poco antes de que terminara el juicio confesó un total de setenta, lo que tomó a todos por sorpresa.

¿Se trataba de una nueva treta o estaba diciendo la verdad?

Las autoridades no quisieron averiguarlo.

Los recursos invertidos en la operación Sendero del bosque y su juicio ya habían sido demasiados.

El 15 de octubre de 1992, Andréi Chikatilo fue encontrado culpable de cincuenta y tres asesinatos.

Si bien había sido procesado por un total de cincuenta y seis, tres de ellos no pudieron ser probados por falta de evidencia.

Fue condenado a la pena de muerte. Los aplausos y llantos eufóricos de los familiares de las víctimas contrastaban con los gritos e insultos que profería Chikatilo, enloquecido.

Tras conocerse la sentencia, las reacciones en Rusia fueron diversas.

Algunos creían que el asesino estaba loco y que quizá la mejor idea era venderlo a cierta comunidad científica que ofrecía una elevada suma de dinero para estudiarlo.

También se decía que Japón estaba dispuesto a entregar las Islas Kuriles a cambio del cerebro de Chikatilo, una constante manzana de la discordia entre ambos países desde finales de la Segunda Guerra Mundial.

La mayoría, sin embargo, preferían verlo muerto.

Los dos años siguientes, Chikatilo permaneció encerrado en una celda oscura y húmeda, con los anteojos rotos y en condiciones lamentables.

Recibió a un par de periodistas que lo entrevistaron y también varios doctores que querían examinarlo, los cuales descubrieron que sufría de varias lesiones en el cerebro y que podrían explicar parte de su comportamiento violento.

También se dedicó a escribir una obra titulada Una biografía del acusado Andréi Romanovich Chikatilo, ciudadano de la Unión Soviética, víctima de la hambruna y el canibalismo entre 1933 y 1947, la represión estalinista, el estancamiento y la crisis de la Perestroika .

En este documento de veinticinco páginas, Chikatilo se centró en describir su vida, mostrándose como un hombre frustrado y enfermo, que intentó ser una persona de bien, pero que se vio afectado por el contexto político de su país y sus fantasías perversas.

Se retrataba a sí mismo como un soviético militante del Partido Comunista, titulado en ingeniería, marxismo-leninismo y lengua y literatura rusa, que se había desencantado de la doctrina y se sentía traicionado.

Aseguraba haber intentado encausar su vida, pero que su impotencia sexual lo hacía sentir desgraciado. Decía que matar, más allá del placer sexual que despertaba en él, le proporcionaba cierta paz.

El 15 de febrero de 1994, el presidente ruso Boris Yeltsin denegó la petición de clemencia elaborada por la defensa de Andréi Chikatilo, refiriéndose a que la gravedad de los crímenes cometidos por el asesino y pederasta no ameritaban ningún tipo de indulto.

Como solía ocurrir en Rusia por aquellos años, cuando la pena de muerte se había dictado, el condenado podía ser ejecutado en cualquier momento, a diferencia de otros países en donde se fija una fecha determinada.

El 15 de febrero de 1994, unos guardias entraron de improviso a la celda de Chikatilo, lo cogieron de los hombros y lo llevaron hasta una habitación en el interior de la cárcel de Novocherkask, en Rostov.

Pusieron un revolver en su nuca y apretaron el gatillo.

De nada sirvió que el mismo Chikatilo les recordara que los japoneses querían su cerebro.

Todos sus esfuerzos por demostrar que se trataba de un espécimen único y de estudio fueron inútiles.