ANDRÉI CHIKATILO. EL CARNICERO DE ROSTOV #6
Andréi Chikatilo pasó todo el otoño de 1991 en el Instituto Serbsky de Moscú, en donde fue sometido a distintas evaluaciones psiquiátricas que dictaminarían si estaba loco y debía ser internado en un hospital para enfermos mentales o era una persona sana, capaz de enfrentar un juicio y ser condenado, muy posiblemente, a la pena capital.
El psiquiatra Andréi Tkashenko, junto a un equipo de seis profesionales, concluyó que Chikatilo estaba en su sano juicio.
Era consciente y responsable de sus actos, y podía ser procesado.
Se trataba de un psicópata astuto e inteligente, que supo engañar a sus víctimas y saciar así sus perversos impulsos sexuales.
Al mismo tiempo, consiguió despistar a la policía durante más de una década, cometiendo crímenes brutales sin dejar casi ninguna pista.
Con respecto a los asesinatos, el sadismo era una de sus principales características.
Prolongaba el suplicio de los niños y jóvenes que asesinaba de forma deliberada, introduciéndoles el cuchillo por una misma herida de forma compulsiva, como si se tratara de un acto de penetración sexual.
De hecho, algunos especialistas aseguraron que, para Chikatilo, el cuchillo simbolizaba un pene, en vista de que era incapaz de mantener una erección.
Solo forcejeando, torturando y mutilando podía llegar al orgasmo.
Con respecto a los actos de canibalismo cometidos con las víctimas, Chikatilo se negó a entregar demasiados detalles. Muy posiblemente la traumática historia de su hermano mayor, Stepan, quien habría sido devorado por unos vecinos antes de que él naciera, lo obsesionó a lo largo de toda su vida.
El esperado juicio comenzó el 14 de abril de 1992.
El salón estaba desbordado de fotógrafos y cámaras de televisión de medios internacionales, que apuntaban a los acongojados familiares de las víctimas.
La expectación crecía minuto a minuto, pues nadie sabía cómo se llamaba o cómo lucía el asesino.
Muchos estaban intrigados ante la presencia de una jaula vacía que se encontraba a un costado del mesón del juez, en donde se ubicaría el acusado.
Según los encargados, eran medidas de seguridad para evitar que fuese linchado por el público.
Pocos minutos después —siendo escoltado por un par de guardias—, Andréi Chikatilo hizo acto de presencia, provocando gran desorden dentro de la sala.
Vistiendo una vistosa camisa de los Juegos Olímpicos (que usaría durante todo el proceso), el hombre que se sentó tras los barrotes parecía un verdadero demente, incluso más de lo que se pensaba.
Con la cabeza y las cejas afeitadas, y una mirada desquiciada, provocó gritos y desmayos entre los padres de las víctimas durante varios minutos.
Chikatilo meneaba la cabeza, gritaba, babeaba y sonreía de forma diabólica, sin motivo aparente.
La fotografía de Chikatilo y su rostro desencajado, esbozando una macabra sonrisa tras la reja de metal, dio rápidamente la vuelta al mundo.
Un asesino serial espeluznante quedaba al descubierto, tras la caída de la cortina de hierro impuesta por el gobierno soviético.
Otros criminales famosos a nivel mundial, de la talla de Ted Bundy, Charles Manson, Richard Ramírez o John Wayne Gacy, parecían palidecer ante la inquietante apariencia de Andréi Chikatilo y su abultada cifra de asesinatos.
Durante las entrevistas y evaluaciones psiquiátricas en el Instituto Serbsky, Chikatilo se había comportado de forma tranquila y colaborativa.
Ahora, sin embargo, su plan parecía ser otro.
En el fondo, Chikatilo no quería morir. Había quedado claro cuando negoció con las autoridades acerca de mantener en secreto su identidad durante su estancia en la cárcel.
Enfrentar un juicio en donde se le acusaba de cincuenta y seis asesinatos amenazaba con convertirse en un simple circo, en donde era probable que se le condenase a muerte. Y en gran parte, así fue.
Fue expulsado varias veces de la sala por el juez Leonid Akubzhanov, debido a que gritaba e interrumpía.
En una ocasión, Chikatilo sacó una revista pornográfica y la exhibió ante los camarógrafos.
Incluso llegó a bajarse los pantalones y menear su pene ante las autoridades, diciendo: «Observen esta cosa inútil. ¿Qué creen que podría hacer con esto?».
Chikatilo intentó desviar la atención del proceso, realizando acusaciones y peticiones absurdas.
Hablaba indistintamente en ruso y ucraniano, y en vista de que resultaba confuso, solicitó que se le asignara un intérprete, lo que le fue denegado a sabiendas de que manejaba ambos idiomas de forma perfecta.
Pidió cambiar de abogado en dos ocasiones y solicitó un segundo abogado defensor.
Amenazó con realizar una huelga de hambre y aseguró estar embarazado.
Se quejó de la presencia de ratas en su celda y una supuesta exposición a la radiación en dicho lugar.
También se quejó de ser golpeado por los guardias cada vez que era desalojado por generar disturbios en la sala... Esto último sí era cierto.
Para muchos, todo era parte de un astuto plan elaborado por Chikatilo.
Parecía estar fingiendo locura con el objetivo de escapar de la pena de muerte, a pesar de que los psiquiatras ya habían dado un veredicto.
Pero independientemente de si su actuación resultó convincente o no, esto afectó al proceso.
El público se abalanzaba contra la reja que contenía a Chikatilo, con deseos de lincharlo cada vez que se refería a los asesinatos y a sus víctimas de forma despectiva.
El mismo juez, Leonid Akubzhanov, perdía la paciencia con el acusado y llegó a gritarle e insultarlo.
Pero su peor error fue el de insinuar que era un asesino y que estaba siendo juzgado por ello.
La televisión, la radio y la prensa difundieron la noticia de que Andréi Chikatilo era un asesino en serie antes de que se le juzgara y condenara, lo que resultaba inconcebible.
Los investigadores se pusieron furiosos tras conocer estas declaraciones, pues si bien no tenían dudas de que Chikatilo era culpable, las palabras del juez podían complicar el proceso.
Chikatilo estaba siendo acusado por un total de cincuenta y seis asesinatos, pero más allá de la prueba circunstancial de la muestra de semen, no existía ninguna otra evidencia en concreto incriminatoria.
Tampoco había ningún testigo que le hubiera visto matar a nadie.
Ninguna de sus víctimas escapó o sobrevivió a sus ataques como para presentar una acusación.
Con respecto a la única huella hallada en una de las escenas de los crímenes, se había demostrado que el asesino debía calzar 43, al igual que Chikatilo y otros varios millones de habitantes de la ex Unión Soviética.
El mismo acusado reclamó que su juicio se había transformado en un circo mediático, debido a que el juez ya lo consideraba culpable desde el primer día y que se había mostrado completamente parcial.
Marat Jabibulin, su abogado defensor, también respaldó esta idea.
Y para sorpresa de todos, el fiscal Nikolai Gerasimenko apoyó la moción.
Al mismo tiempo, tanto la defensa como la fiscalía solicitaron en conjunto que se enviara al acusado a una segunda evaluación psiquiátrica en el Instituto Serbsky, pues creían que estaba enfermo en términos mentales.