ANDRÉI CHIKATILO. EL CARNICERO DE ROSTOV #5
Poco después, consiguió un nuevo empleo como mecánico y continuó realizando viajes de negocios que lo obligaban a salir de casa, lo que al mismo tiempo le permitió seguir acechando nuevas víctimas.
Para 1988, la situación se había vuelto insostenible para las autoridades y la operación Sendero del bosque, una verdadera pesadilla para los agentes.
Debían permanecer largas y frías jornadas de doce o incluso quince horas diarias, vigilando vagones y andenes de tren y bus a lo largo y ancho de todo Moscú.
Interrogaban a cualquier posible sospechoso y también a potenciales víctimas, pero no conseguían sacar nada en limpio.
Lo peor de todo era que los cuerpos seguían apareciendo.
Y es que mientras buscaban al asesino, él los estaba observando todo el tiempo.
Chikatilo estaba al tanto de las investigaciones; la prensa se había pronunciado con respecto a los asesinatos en Rostov, los cuales ya superaban la treintena.
Por este motivo, empezó a asesinar en distintos sitios, con el fin de despistar aún más a la policía... Y lo consiguió.
En 1989, Chikatilo asesinó a Alyosha Kobotov, un chico de diez años al cual engañó con la promesa de invitarlo a ver películas de terror a su casa.
Lo llevó por el costado de un cementerio, en donde se le abalanzó y comenzó a comerle la lengua.
Luego lo apuñaló, lo estranguló y lo castró.
El asesino nunca enterraba los cuerpos; solía cubrirlos con hojas, ramas y tierra.
Esta vez, sin embargo, ya había una tumba cavada.
Él mismo había hecho el hoyo, años antes, cuando estaba pensando en suicidarse.
Lanzó a Kobotov dentro del agujero y lo cubrió con ayuda de la pala que aún se encontraba en ese lugar.
Era el 6 de noviembre de 1990. El sargento Igor Rybakov, de tan solo veinte años, había sido escogido para formar parte de la operación Sendero del bosque.
Se le había asignado la vigilancia de la olvidada y pequeña estación de trenes de Donleskhoz.
Eran cerca de las cuatro de la tarde. Entre la neblina y la fría llovizna, vio cómo alguien salía de un bosque cercano para lavarse las manos en un bebedero.
Rybakov notó que se trataba de un sujeto de unos cincuenta años, con gafas y un bolso negro.
Se acercó para realizar un control rutinario y se percató de que el hombre tenía un dedo vendado y un rasguño en la mejilla.
Aunque la situación podía parecer extraña, algunas personas solían internarse en los bosques cercanos para recolectar las moras, fresas y hongos que crecían en el lugar.
De hecho, pocas horas antes, había salido un grupo de ese mismo bosque con sus bolsos llenos de fresas.
Tras pedirle los documentos, el agente comprobó que su nombre era Andréi Romanovich Chikatilo.
Chikatilo le dijo que había visitado a un amigo y tuvo que acortar camino por ese lugar.
El sargento apuntó su nombre y lo dejó ir.
Pero tras unos minutos, comenzó a cuestionar su decisión.
Pensó que había algo extraño en aquel sujeto y elaboró un pequeño informe que entregó en el Departamento de Policía de Krasny Sulin.
Y allí quedó, durante más de una semana, sin que nadie lo leyera.
Sin embargo, una vez que dieron con el informe de Rybakov, todo pareció esclarecerse.
Mikhail Fetisov, quien estaba al frente del escuadrón regional del crimen, recordó el apellido Chikatilo.
Él mismo había dirigido parte de la operación, cuando se le detuvo en 1984.
¿Cómo era posible que se les volviera a cruzar por el camino?
Chikatilo era un apellido poco común en la Unión Soviética, por lo que no había dudas de que se trataba del mismo sujeto.
Al día siguiente, el 13 de noviembre, más de cuarenta agentes de policía y veinte perros entrenados recorrieron la zona cercana a la pequeña estación de trenes de Donleskhoz y encontraron el cadáver salvajemente mutilado de Svetlana Korostik, de veintidós años.
Se corroboró que la mujer había muerto una semana antes.
Andréi Chikatilo volvía a ser el principal sospechoso.
Y aunque todos los agentes involucrados en el caso estaban seguros de que tenían a su hombre, una vez más las discrepancias entre su tipo de sangre y las muestras de semen halladas en los cadáveres se transformaban en un dolor de cabeza.
Issa Kostoyev, el fiscal que llevaba el caso, estaba convencido de que Chikatilo podía ser una excepción.
Hacía algunos años, había leído sobre un descubrimiento de los japoneses en que se aseguraba que existía algunas personas —aunque muy pocas—, que padecían esta condición, en la cual el esperma y la sangre correspondían a distintos tipos.
El 14 de noviembre, las autoridades comenzaron a vigilar la casa de Chikatilo.
Lo seguían de manera constante, en forma encubierta.
Pudieron observar cómo intentaba entablar conversación con niños y adolescentes todos los días.
El seguimiento duró una semana, hasta que decidieron no arriesgarse y lo detuvieron el 20 de noviembre de 1990, sin que prestara resistencia.
Tras el registro de su domicilio, se encontraron veintitrés cuchillos con los cuales Chikatilo llevó a cabo una espantosa carnicería que duró doce años.
Además, se halló un martillo, con el cual también había atacado a algunas de sus víctimas, y un par de zapatos de talla 43, los cuales coincidieron con una huella hallada en una de las escenas de los crímenes, y que era una de las pocas pistas tangibles que existía en los registros del caso.
Su esposa, Fayina, no comprendía qué estaba ocurriendo.
Una vez que llegaron al Departamento de Policía, se fotografió a Chikatilo y se le realizó un examen físico de rutina.
Allí se descubrió que llevaba un dedo vendado.
Según él, se había accidentado con un cuchillo en la fábrica donde trabajaba, pero la herida se veía un poco más grave que un simple corte.
Luego, se comprobó que una de sus últimas víctimas lo había mordido mientras era asesinada.
De hecho, poco antes de ser detenido, Chikatilo tuvo que visitar al médico, pues la herida se había infectado y tenía una fractura en la falange.
Se consiguió una muestra de semen del sospechoso y se analizó a la brevedad.
Los investigadores quedaron sorprendidos.
Su sangre era de tipo A, mientras que su esperma era AB.
Y aunque aquello representaba todo un avance, solo se trataba de una prueba circunstancial.
En aquellos años no existían pruebas de ADN tan exactas como para vincularlo a los crímenes y levantar una acusación contundente, pero bastaba para acorralarlo.
Conseguir una confesión era el próximo paso para ponerlo por fin tras las rejas.
Durante el interrogatorio, Chikatilo lo negó todo. La policía lo estaba culpando de un total de treinta y seis asesinatos. Él afirmaba que no tenía idea de qué le estaban hablando y alegaba que no era posible que acosaran de esa forma a un simple anciano.
La negativa de Chikatilo a colaborar empezó a despertar nerviosismo entre los policías, pues sabían que el tiempo les jugaba en contra.
Solo lo podían retener por un máximo de diez días, antes de que aceptara los cargos.
Viktor Burakov se contactó una vez más con el psiquiatra que había realizado el acertado perfil psicológico de Chikatilo, Alexander Bukhanovsky.
Este insistía en que no era detective, sino un psiquiatra, y aunque trataría de hacerlo entrar en razón y grabaría en una cinta de audio la conversación, no la entregaría para inculpar al acusado.
Burakov aceptó, pese a que sabía muy bien que si Chikatilo no confesaba tendrían que dejarlo en libertad, pues el plazo se cumplía al día siguiente.
Bukhanovsky comenzó a hablar con Chikatilo y le leyó el perfil psicológico que había elaborado sobre él más de seis años antes.
También le dijo que todo lo que había hecho era el resultado de una grave enfermedad mental y que él le ayudaría a explicar esto tanto a las autoridades como a su propia familia.
Chikatilo se quebró y confesó todo. Él era el asesino...
Y sus víctimas no eran treinta y seis, sino cincuenta y seis.
Tras haber aceptado los cargos por múltiples asesinatos, Andréi Chikatilo solicitó un cuidado especial por parte de las autoridades.
Sabía muy bien que si la población penal conocía su nombre o veía su fotografía en algún periódico, sería hombre muerto, por lo que se le concedió el anonimato.
Lo cierto es que ninguno de los investigadores del caso quería que Chikatilo fuera linchado o se suicidara.
Si la suma total de víctimas era cincuenta y seis, entonces había al menos otros veinte cadáveres que aún no habían sido descubiertos, y solo él sabía en dónde se hallaban.
La noticia de la captura del sádico asesino de Rostov se difundió por toda Rusia. Sin embargo, públicamente solo se le mencionaba como el Ciudadano Ch. Mientras su verdadera identidad permanecía oculta, los propios investigadores se referían a él internamente como el Ciudadano X.
Durante largas semanas, Chikatilo guio a la policía a las escenas en donde había asesinado, y ayudado por un maniquí y un cuchillo de madera detalló cómo ataba, torturaba y mutilaba a sus víctimas hasta la muerte.
Recordaba los lugares con una claridad sorprendente e incluso durante estos registros se hallaron los cadáveres de jóvenes desaparecidas que la policía ni siquiera estaba buscando, todas asesinadas de manera brutal por Chikatilo.
No menos de diez investigadores lo rodeaban en todo momento, y varios camarógrafos y fotógrafos de la policía siguieron los constantes recorridos del grupo de hombres, que se adentraba en los bosques y descampados de Rostrov.