ANDRÉI CHIKATILO. EL CARNICERO DE ROSTOV #4
En algunos casos, también cortó las narices y los labios superiores de los rostros, y llegó a decapitar a un par.
Pero lo que nunca cambiaba era la gran cantidad de puñaladas que asestaba, por lo general entre treinta y cincuenta.
El destripamiento era otra constante en los crímenes de Chikatilo, además de la amputación de los órganos sexuales.
Podía arrancar con los dientes o con un cuchillo el pene y los testículos de sus víctimas varones.
Luego se los tragaba. A las niñas las abría en canal, les extraía el útero y se los devoraba.
Años más tarde, durante el juicio, aseguró que nunca comió partes de los cuerpos, sino que se los metía a la boca, los masticaba y luego los escupía.
Sin embargo, los pezones, penes, testículos y úteros extirpados nunca fueron encontrados en las escenas de los crímenes.
Ante las insistentes preguntas de los investigadores, Chikatilo solo se encogía de hombros.
En varios de sus primeros asesinatos llegó a untarse la sangre de la víctima en el rostro, mientras aullaba y brincaba desnudo a su alrededor. El frenesí sexual que parecía experimentar era extremo.
Después de asesinar, se aseaba y escondía los cuerpos con ramas o un poco de tierra.
Destruía las ropas ensangrentadas y las lanzaba por los alrededores.
Luego, volvía como si nada a la estación más cercana y se marchaba en el siguiente tren, sin levantar sospechas.
Cuando los cadáveres eran encontrados, días más tarde, Chikatilo ya estaba a cientos de kilómetros de distancia.
En casa de la familia Chikatilo las cosas iban como de costumbre.
Fayina se sentía atrapada en el matrimonio.
Su marido no demostraba el más mínimo interés en intimar.
Él seguía viajando por trabajo, y aunque a veces los trayectos eran cortos y se encontraba a solo una hora de su casa, de todas formas se quedaba fuera.
Dormía en bancos cercanos a paradas de autobús y vías de ferrocarril, que eran la cota de caza del asesino.
Allí, deambulaba durante horas hasta conseguir una nueva víctima.
Nunca utilizaba la fuerza en primera instancia.
Siempre era amable y las engañaba para que lo siguieran a lugares apartados.
Si alguna se mostraba reacia a su invitación, se alejaba de inmediato.
En 1982, los crímenes cometidos por Chikatilo ya tenían a la policía en estado de alerta.
Se dio por iniciada la Operación Lesopolosa, que en español significa «Sendero o cinturón del bosque», y que tenía como objetivo atrapar a el o los asesinos.
Sin embargo, los registros contaban con un total de veintiséis mil quinientos sospechosos y ninguna pista sólida.
Otras autoridades también estaban al tanto de la seguidilla de asesinatos que se venían registrando en la zona.
Aquello representaba algo vergonzoso para el régimen soviético y se guardó silencio durante años.
Algunos psicólogos aseguraban que se trataba de dos criminales, uno de los cuales asesinaba a las niñas y el otro a los niños.
De hecho, varios enfermos mentales se habían fugado de un manicomio hacía unos años y se sospechaba que ellos podían ser los responsables.
Tampoco existía un comunicado oficial sobre lo que estaba ocurriendo, pues los medios de comunicación eran controlados de manera estricta por el Partido Comunista, y solo podían ofrecer las noticias que a ellos les interesaba difundir.
Así, la población estaba a merced de un temible asesino sin siquiera saberlo.
En 1983, Viktor Burakov, un experimentado director del departamento de crímenes sexuales fue puesto a cargo de la investigación y no tardó en notar las similitudes en los distintos asesinatos.
Se mandaron a analizar las muestras de semen encontradas en los cuerpos y todas resultaron ser del grupo AB, lo que concordaba con las sospechas de Burakov.
Estaban tras la pista de un solo hombre.
Burakov decidió pedir ayuda al psiquiatra Alexander Bukhanovsky, con la finalidad de crear un perfil del asesino.
Bukhanovsky se negó en un principio por dos motivos.
El primero: él se especializaba en temáticas relacionadas con la sexualidad y no con el ámbito forense.
El segundo: el caso que Burakov le puso sobre la mesa era muy delicado.
Si su perfil resultaba erróneo, no solo perjudicaría la investigación de la policía, sino que incluso podía arruinar su carrera y perder toda credibilidad.
Sin embargo, al ver las fotografías de los cadáveres que Burakov le enseñó, aceptó el reto.
Él mismo tenía una hija de quince años. Ese sujeto no podía seguir en libertad.
Bukhanovsky contradijo a casi todos los demás especialistas con su perfil del asesino.
Al igual que Burakov, aseguró que se trataba de un solo hombre, aunque no creía que fuese homosexual —como algunos de sus colegas intuían—, sino un hombre que incluso podía estar casado y tener hijos.
Debía tener entre cuarenta y cinco y cincuenta años, y una infancia tortuosa.
También especuló que debía lucir como alguien normal, tener estudios y un trabajo que le permitía viajar por diversas regiones de la URSS.
Posiblemente tenía problemas para relacionarse con las mujeres y era casi seguro que sufría impotencia.
Onanismo, sadismo, pedofilia, necrofilia, canibalismo...
El informe era certero, como se comprobaría años más tarde.
Burakov intuyó que muchas de las víctimas podían haber sido abordadas en las distintas estaciones de buses y ferrocarriles de Rostov, pues varios de los cuerpos habían sido hallados en los alrededores, así que destinó a cientos de hombres a vigilar estas zonas.
Mientras se encontraban en una de las áreas designadas, el 13 de septiembre de 1984, un policía reconoció a Andréi Chikatilo entre la muchedumbre de un andén de trenes.
Lo había detenido dos semanas antes, cuando lo había observado merodeando una estación de buses en actitud sospechosa.
Esta vez lo siguió durante más de nueve horas, mientras que Chikatilo intentó entablar conversación con docenas de personas, sobre todo menores de edad.
Su conducta resultó ser tan extraña, que el agente lo detuvo.
Chikatilo también lo reconoció, y aunque se puso algo nervioso en un comienzo, poco a poco recobró la calma y le enseñó sus documentos.
Cuando el policía revisó su maletín, descubrió que en el interior se encontraban una soga, un cuchillo y un frasco de vaselina.
Chikatilo fue llevado de inmediato a la comisaría.
Después de varias horas de interrogatorio, el hombre repitió una y otra vez la misma historia.
Decía que buscaba conversar con extraños, solo porque se aburría debido a las largas esperas en los andenes.
También aseguraba que el cuchillo y la soga que llevaba en su bolso eran para envolver distintos paquetes que debía transportar de una fábrica a otra, algo que hasta cierto punto era cierto.
Los investigadores no estaban satisfechos, sobre todo después de revisar su ficha policial.
Descubrieron que en 1978, Andréi Chikatilo había sido sospechoso del crimen de la pequeña Lena Zakotnova, además de que coincidía con las descripciones del supuesto asesino.
Algunos testigos aseguraron haber visto por última vez a algunas de las víctimas acompañadas por un sujeto alto, delgado y de mediana edad, que además cargaba un bolso de cuero negro.
Como si fuese poco, el perfil creado por Bukhanovsky se ajustaba al de Chikatilo.
La policía estaba segura de que tenía a su hombre y le hicieron un examen de sangre.
Si su grupo sanguíneo era AB, al igual que las muestras de semen encontradas en los cadáveres, podrían elaborar una acusación relativamente sólida.
Sin embargo, el resultado los dejó atónitos. Chikatilo era clase A.
Repitieron varias veces los exámenes, que daban el mismo resultado. Chikatilo no podía ser el asesino. Es más, su archivo policial tendría que ser derivado al de sospechosos descartados.
Lo que nadie sabía era que Andréi Chikatilo poseía una condición extraña —una entre cientos de miles de personas—, en donde el semen y la sangre de un individuo no corresponden al mismo grupo.
Aun así, no fue liberado. Se le mantuvo encarcelado debido a que, desde su trabajo, se había informado que a su cargo se había perdido un rollo de linóleo y una batería.
Al igual que cuando era maestro, sus colegas no demostraban simpatía por Chikatilo.
Era hosco y los ignoraba, incluso cuando lo invitaban a beber vodka en los ratos libres.
Sus jefes lo tildaban de haragán, inepto y lo regañaban en frente de todos sus compañeros, pero este ni siquiera les respondía.
Quizá esta era la mejor oportunidad para despedirlo.
Por su parte, Chikatilo insistía en que nunca tuvo estos materiales en su poder, pero de todas formas se le condenó a una pena de cárcel menor.
Llevaba encarcelado casi tres meses, por lo que el 12 de diciembre de ese mismo año fue puesto en libertad.
La policía ya se había resignado y lo descartó como el posible sospechoso de un total de veintitrés asesinatos, aunque la cifra real en esos momentos era de treinta y dos.
La operación Sendero del bosque volvía a quedar a la deriva.
Si bien Chikatilo se sentía ofendido porque fue hallado culpable del robo de materiales en su trabajo —el cual por lo visto no cometió—, aun no comprendía cómo había sorteado los exámenes de sangre que le habían realizado en torno a los casos de asesinato.
Al mismo tiempo, se sentía aliviado porque ya había sido investigado, condenado y puesto en libertad.
Quedaba claro que no tenían ninguna evidencia en su contra.
De todas formas, fue prudente y no volvió a asesinar durante los siguientes seis meses.