ANDRÉI CHIKATILO. EL CARNICERO DE ROSTOV #3
No pasó demasiado tiempo antes de que perdiera todo interés por ejercer la educación.
Acudía a las clases como un autómata, solo por cumplir con su contrato de trabajo, e intentaba interactuar lo menos posible con los alumnos.
Al mismo tiempo, sus fantasías sexuales lo impulsaron a acercarse de forma gradual a las adolescentes que mostraban un comportamiento más tranquilo.
A veces, solo se sentaba con ellas para explicarles alguna duda con respecto a la materia.
En otras, rozaba sus piernas con las manos de forma supuestamente casual.
Cuando algunas de las chicas que residían y dormían en el colegio lo vieron colándose por las noches en sus habitaciones, masturbándose con la mano dentro del pantalón, los rumores comenzaron a difundirse.
Y aunque esto se sumó a varios episodios realmente graves, como cuando tocó las partes íntimas de una alumna o cuando encerró a otra y la golpeó con una regla hasta que eyaculó en sus pantalones, supuestamente por un castigo debido a su mal comportamiento en clases, el colegio no tomó ninguna medida al respecto.
Recién en 1974, y tras varias discusiones en el directorio, decidieron llamar a Chikatilo y le pidieron la renuncia del establecimiento.
Aun así, sus papeles no quedaron manchados.
Tal vez el director quería evitar problemas con las autoridades soviéticas y por eso no hicieron ninguna acusación formal.
Chikatilo volvería a encontrar trabajo en otras dos escuelas sin mayor inconveniente, en donde volvió a mostrar su comportamiento desviado.
Y a pesar que solía acosar a chicas que rondaban los quince años, esta vez fijó su mira en niñas aún más pequeñas, pues quería evitar ser delatado.
Sabía que podía manipularlas de forma más sencilla y asegurar así su silencio.
De todas formas, sería despedido de ambos empleos porque se comportaba de forma desagradable con sus colegas y a ellos les resultaba antipático.
Cuando se mudó con su familia a Shakhti en 1978 y otra vez se empleó como maestro, los impulsos sexuales de Chikatilo estaban desbordados. Muchos de sus abusos pasaron desapercibidos, pero uno en particular trascendió.
Una noche ingresó en las habitaciones de unos alumnos que pernoctaban en el colegio y se acercó a un muchacho de quince años que dormía plácidamente. Cuando el chico despertó, descubrió a Chikatilo succionándole el pene, tras lo cual salió corriendo del lugar.
Los rumores se esparcieron rápido, pero una vez más la dirección del establecimiento parecía hacer oídos sordos ante tamaña acusación.
La reputación de Chikatilo ya era mala, y con este episodio decayó aún más.
Comprendió que debía ser más cuidadoso. Y es precisamente en este punto donde comenzó todo.
Chikatilo compró una pequeña vivienda semiderruida en una callejuela de Mezhevoi.
Su idea inicial era la de llevar a chicas jóvenes para abusar sexualmente de ellas, ya fueran prostitutas o pequeñas vagabundas en busca de comida.
Pero el 22 de diciembre de 1978, Chikatilo se topó con Lena Zakotnova, una niña de nueve años que caminaba sola por la calle.
A diferencia de la timidez que lo caracterizaba en la vida cotidiana, con los niños más pequeños Chikatilo podía mostrarse cercano, amable y convincente.
Conversó con la niña varios minutos y luego ella le dijo que necesitaba ir al baño.
Como aún faltaba un tramo para llegar a su hogar, Chikatilo le ofreció que pasara a su casa, en Mezhevoi, para salir de la urgencia.
Una vez que entraron a la oscura pieza de un solo cuarto, el hombre se abalanzó sobre ella e intentó violarla.
Sacó una navaja que llevaba en su bolsillo y trató de realizar un pequeño corte en el vientre y fue entonces que descubrió que apuñalar lo excitaba todavía más.
Perdió el control y comenzó a asestarle puñaladas en repetidas ocasiones. Al final, la estranguló y concretó su primer asesinato. El vínculo entre la tortura, la sangre, la muerte y el placer se había cerrado.
Tras cometer el crimen, Chikatilo estaba horrorizado.
Más que el hecho en sí, le atemorizaba que alguien hubiese escuchado los gritos de la niña.
Cuando se dio cuenta de que nadie se asomaba por las calles y que todo parecía silencioso, tomó el cuerpo de Zakotnova y lo lanzó a un río cercano. Luego huyó.
Dos días más tarde, el cadáver de la chica fue encontrado por la policía.
Su familia la había estado buscando de manera desesperada.
El crimen había consternado a la localidad, por lo que las autoridades tomaron cartas en el asunto.
Justo frente a la pequeña casa número 26 del callejón de Mezhevoi, encontraron una mancha de sangre sobre la nieve.
Esta pista, sumada a la declaración de una vecina que decía haber visto la luz de la vivienda encendida toda la noche el día de la desaparición de Zakotnova, bastaron para que la policía buscara a su dueño: Andréi Chikatilo.
Aquella noche, Chikatilo cometió dos errores.
El primero, dejar el cuerpo de la niña en el piso para cerrar el portón de la casa, antes de lanzarla al río.
Como estaba oscuro, no se percató del reguero de sangre que dejó el cadáver sobre la nieve.
El segundo: dejó la luz de la casa encendida.
La inexperiencia y los nervios lo habían traicionado.
Sin embargo, ante la policía se mostró firme y pudo salir airoso de ocho interrogatorios.
Chikatilo sabía que se trataban de pruebas circunstanciales, aunque estaba preocupado.
De pronto, los antecedentes de Aleksandr Kravchenko, un joven de veinticinco años que vivía en el mismo callejón, salieron a la luz.
Había sido condenado por violación y asesinato cuando aún era menor de edad, y se había salvado de ser ejecutado.
Fue condenado a diez años de prisión y salió después de seis por buena conducta.
Vivía justo frente al río en donde se había lanzado el cuerpo de Zakotnova y de la noche a la mañana se convirtió en el sospechoso número uno.
Kravchenko fue detenido y torturado por la policía para que confesara, y así lo hizo. A pesar de que se retractó de su confesión inicial y que el caso se sometió a revisión varias veces, fue encontrado culpable del asesinato de Zakotnova y condenado a muerte. Fue fusilado el 23 de marzo de 1983.
Chikatilo había perpetrado su primer asesinato a la edad de cuarenta y dos años, algo inusual, porque los asesinos en serie por lo general cometen su primer ataque antes de los treinta. Había cometido errores y estuvo a punto de ser detenido por el crimen. Aquello no volvería a ocurrir.
Para 1981, la reputación de Chikatilo como profesor de escuela era pésima.
Sus alumnos se burlaban de él, sus colegas no le dirigían la palabra y los rumores sobre su conducta inadecuada obligaron al director del establecimiento a pedirle la renuncia.
Y aunque pudo volver a las aulas como maestro, no lo hizo.
Para marzo de ese mismo año ya había conseguido otro trabajo, esta vez como encargado de la sección de abastecimientos industriales de Shakhti.
Era un empleo muy por debajo de sus capacidades, pero descubrió en él la oportunidad perfecta para cometer sus futuros crímenes.
Como parte de sus obligaciones debía viajar en bus o ferrocarril hacia otros poblados para realizar encargos.
A veces se ausentaba de casa durante varios días y disponía de tiempo libre para deambular por los andenes ferroviarios, a la espera del próximo tren.
Estos lugares, además de estar atestados de viajeros, eran el lugar predilecto de niños y adolescentes sin hogar, que se protegían del frío o mendigaban dinero.
Después de tres años, Chikatilo aún no olvidaba el placer que le produjo asesinar a la pequeña Lena Zakotnova. El hecho de haber sido interrogado en tantas ocasiones lo había intimidado, pero no se enteraría de que Kravchenko fue culpado del crimen y ejecutado sino hasta 1991.
En cierto momento, Chikatilo no pudo reprimirse más.
Comenzó a cargar un gran bolso de cuero negro en donde llevaba una soga, varios cuchillos afilados y un frasco de vaselina.
Estaba decidido a matar en cualquier momento y las víctimas más idóneas parecían ser todas esas chicas y chicos que rondaban por los andenes del tren.
Chikatilo conversaba con ellas y les ofrecía comida, dulces o dinero para que lo acompañaran a los bosques que circundaban las líneas ferroviarias en donde él decía tener una cabaña.
Pero una vez que se adentraban entre los matorrales, los atacaba y asesinaba de formas espantosas.
Sus víctimas eran principalmente niñas, aunque también adolescentes y niños. Un extraño cambio de perfil.
Muchas veces se ha querido retratar a Chikatilo como un anciano torpe, pero lo cierto es que era descomunalmente fuerte y ágil.
Se lanzaba encima de sus víctimas, les daba puñetazos en el rostro y las maniataba, y luego les introducía tierra, pasto o barro por la boca para que no gritaran.
También podía abrirles la boca y arrancarles la lengua con los dientes.
Después, las apuñalaba en distintos órganos, e incluso en la cabeza, aunque de manera gradual fue cambiando sus blancos, procurando extender el suplicio al no herirlas en zonas vitales.
Otra característica de los crímenes de Chikatilo era que taladraba con cuchillos los ojos de las víctimas, inspirado por un viejo cuento ruso que dice que las retinas de los muertos retienen la última imagen que ven, en este caso, el rostro de su asesino.
Mientras forcejeaba y apuñalaba a sus víctimas llegaba al orgasmo, e incluso después de asesinarlas se masturbaba sobre los cadáveres