Psicópatas del mundo ANDRÉI CHIKATILO. EL CARNICERO DE ROSTOV #2
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ANDRÉI CHIKATILO. EL CARNICERO DE ROSTOV #2

Y a pesar de que a los dieciséis años se sintió recompensado por su fervor ideológico cuando fue seleccionado como director del diario mural de su escuela —algo equivalente a ser director de la revista escolar—, además del importante cargo de activista para la información política, lo cierto es que cada vez se alejaba más de su entorno.

Mientras él pasaba largas horas leyendo e interpretando mensajes proselitistas a favor del comunismo, sus compañeros de clase se dedicaban a salir y compartir con chicas de su edad.

Poco antes de cumplir dieciocho años, tuvo su primer encuentro amoroso con una amiga de su hermana.

Esta había ido a visitarla, pero la hermana de Andréi no estaba en casa.

Se encontraron en el patio a solas, y en un repentino impulso se abalanzó sobre ella y se quedaron tendidos sobre el pasto.

La muchacha no forcejeó ni se quejó, pues desde hacía un tiempo que se había enamorado de él.

Se quedaron mirando unos minutos, pero no mantuvieron relaciones sexuales.

De pronto, Chikatilo se puso de pie y le pidió disculpas.

Luego entró a su casa. Se sentía avergonzado y decepcionado de lo que había hecho.

Había eyaculado sin siquiera tener una erección.

Chikatilo decidió autoimponerse un voto de castidad.

Al mismo tiempo, dio lo mejor de sí mismo para ingresar a la prestigiosa Universidad de Moscú, con el fin de estudiar derecho.

Era inteligente y ambicioso, y sus maestros le auguraban un gran futuro.

Cuando llegó el momento de rendir el examen de ingreso, Chikatilo tomó un tren y viajó al norte.

Estuvo un par de días en Moscú, ciudad que solo había visto en fotografías.

Su familia no había podido costear todo el viaje, así que tuvo que dormir en una estación ferroviaria.

Aun así, estaba ilusionado con ingresar a la universidad y cumplir su sueño.

Pero aquello no ocurriría. Poco después de volver a Yablochnoye, recibió un comunicado que le informaba que había sido reprobado.

Chikatilo quedó consternado. Todas esas largas noches de estudio habían sido en vano.

Lo extraño es que estaba seguro de que había rendido un examen brillante, y por su cabeza comenzó a rondar la idea de que había sido rechazado por culpa de su padre.

El hecho de que fuese un excombatiente que estuvo en un campo de concentración nazi, y que además fue devuelto a casa gracias a la intervención del Ejército de Estados Unidos, lo transformaba en un potencial enemigo del pueblo.

Para Chikatilo, esa mancha en su historial bastó para quedar descartado de la selección de alumnos que ingresarían a la universidad.

Y aunque es probable que, en efecto, rindiera un examen regular en vista de que el viaje había sido agotador, pasó hambre y tuvo que dormir una noche en un andén de ferrocarriles, tampoco era menos cierto que el gobierno hacía seguimiento a hombres como su padre.

No era descabellado pensar que había sido rechazado porque su apellido aparecía en ciertos registros de ciudadanos vetados.

Después de este desaire, decidió estudiar la carrera de Técnico de Ingeniería de Comunicaciones, algo de menor valoración social. Se sentía en extremo frustrado al comprender que sus sueños de convertirse en abogado se habían esfumado.

A los diecinueve años, y rompiendo su voto de castidad, mantuvo un breve amorío con una chica. Terminó cuando, tras dos intentos por mantener relaciones sexuales, fue incapaz de tener una erección.

Tanto su rechazo en la universidad como su paupérrimo rendimiento sexual lo tenían todavía más acomplejado. Sentía pánico de que se supiera que era impotente y se aislaba. Estaba tan angustiado que consideró suicidarse en varias ocasiones, pensamientos que lo acompañarían el resto de su vida.

En un intento desesperado por mantenerse al margen de sus problemas, tras terminar la carrera de Técnico de Ingeniería de Comunicaciones, inició un nuevo curso por correspondencia, esta vez del Instituto Electrotécnico de Moscú.

En 1957 fue llamado a cumplir con el servicio militar obligatorio.

Serían tres años duros. Chikatilo seguía paranoico, sospechando que todos se reían de él.

En una de sus salidas de franco, observaba cómo todos sus compañeros disfrutaban de la compañía de varias chicas que, impresionadas por el uniforme, corrían a conversar con los reclutas.

Una de ellas se fijó en él y se sentó a su lado en una banca.

Chikatilo no podía siquiera mirarla y en cierto momento la muchacha lo abrazó.

Tras titubear unos instantes, él correspondió el abrazo, pero con tanta fuerza que la chica comenzó a pedirle que la soltara.

En vista de que no lo hacía, forcejearon hasta que la liberó y la joven se alejó de él, asustada.

Había experimentado un orgasmo al luchar con la chica.

Este sería el primer eslabón peligroso en el subconsciente de Chikatilo, que vinculaba la excitación sexual con la violencia física.

Ya con veinticuatro años, Andréi Chikatilo se puso a trabajar como técnico ingeniero de teléfonos y se mudó de Yablochnoye a un pequeño departamento, a unos treinta kilómetros de Rostov.

En él contaba con lujos como luz eléctrica, agua potable y un baño en suite, algo impensable en las granjas de la aldea en la que creció.

Meses después pudo llevar a su familia. Al poco tiempo, sus padres compraron una casa y su hermana contrajo matrimonio con un joven de la ciudad.

A pesar de que Chikatilo parecía ir encausando su vida, sus necesidades sexuales iban en aumento.

Conocía mujeres a diario y muchas se fijaban en él, pero este era incapaz de saludarlas.

Comenzó a masturbarse de forma compulsiva, aunque trataba de convencerse de que aquello estaba mal.

Lo hacía varias veces al día, incluso en el trabajo.

Al cumplir veintisiete años, varios comentarios rondaban en torno a Chikatilo. Se rumoreaba que podía ser homosexual, pues no se le conocía ninguna novia a pesar de ser un joven atractivo. Aquellas habladurías eran algo grave en la Unión Soviética. Podían significar incluso el presidio.

Tatiana, su hermana, decidió presentarle a Fayina, una amiga, con la esperanza de que se emparejaran.

La joven quedó sorprendida al ver a Chikatilo.

Era un hombre apuesto, educado, no fumaba y tampoco bebía, algo poco común en los hombres soviéticos de esa época.

A pesar de que se mostró tan torpe como con todas las mujeres que conoció antes, Fayina consiguió que Chikatilo la invitara a salir.

Poco tiempo después, en 1963, contrajeron matrimonio.

Pero el misterio en torno a aquel correcto joven, que ni siquiera había insistido en tener sexo antes de casarse —como podría suponerse—, se desveló pronto.

Fayina descubrió que Andréi era impotente y un eyaculador precoz.

Los vanos intentos por mantener una vida sexual normal fueron un fracaso.

Pese a esto, Fayina quedó embarazada en dos ocasiones, por medio de enormes esfuerzos por parte de su marido, quien debía ayudarse con los dedos.

Así, la relación entre ambos comenzó a enfriarse rápidamente sobre todo cuando Chikatilo descubrió, años más tarde, que Fayina se había embarazado por tercera vez, pero se había realizado un aborto.

Se podría decir que Chikatilo adoraba a sus hijos.

Lyudmila y Yuri recordarían, años más tarde, que jamás les puso un dedo encima.

Sin embargo, Fayina sufría en silencio por la frialdad de su marido, mientras que este comenzó a elaborar sus propias fantasías sexuales.

Primero fueron inocentes, aunque pronto comenzaron a escalar de forma peligrosa.

Quería sentirse como un hombre fuerte. Someter físicamente a una mujer. En su cabeza, aún rondaba el forcejeo que había tenido con la chica mientras cumplía con su servicio militar y el placer que había sentido al sostenerla, sin que esta fuese capaz de liberarse de sus poderosos brazos.

En 1971, Chikatilo se graduó en Filología y Literatura Rusa.

Había continuado estudiando y todo ello parecía dar frutos.

Se mudó a un nuevo departamento con su familia y Fayina estaba orgullosa de sus logros.

Como ya estaba calificado para un trabajo mejor, encontró empleo como maestro de ruso en la localidad de Novoshakhtinsk.

Se preparó durante días para desempeñar su nuevo rol.

Pasó noches estudiando, con la ilusión de pararse frente a un grupo de estudiantes y entregar sus conocimientos de la mejor forma posible.

La idea le entusiasmaba... pero las cosas no tardaron en salir terriblemente mal.

Chikatilo no tenía condiciones para la enseñanza.

Si bien era un hombre educado e inteligente, su extrema timidez lo hacía poco apto para estar frente a un aula.

No sabía cómo reaccionar ante adolescentes que no paraban de gritar y levantarse de sus puestos, ignorándolo por completo.

Fumaban en la sala de clases, e incluso le pusieron apodos como el Ganso, debido a su postura algo encorvada y su largo cuello.

Tampoco generaba una buena opinión entre sus colegas, los cuales lo veían como un sujeto inepto y poco gentil. Y es que Chikatilo parecía alguien por completo inexpresivo, aunque por dentro se encontraba desesperado.