ADOLFO DE JESÚS CONSTANZO. Y SARA ALDRETE LOS NARCOSATÁNICOS #5
Sara era la primera en abrir las sesiones de tortura, que consistían en amarrar de las manos a las víctimas y sumergirlos en un enorme recipiente con agua a cien grados (centígrados) de temperatura, para luego castrarlos y cortar sus pezones con un arma cortopunzante.
A principios de marzo de 1989, Constanzo hizo una petición especial a sus seguidores.
Necesitaba alimentar la nganga con el cerebro de alguien inteligente para realizar un embrujo.
Sabía que la ciudad de Matamoros sería visitada por miles de universitarios estadounidenses durante las vacaciones de primavera y les ordenó que fueran en busca de un joven rubio, que estudiara medicina.
Fue así como cerca de las dos de la madrugada del 15 de marzo, Serafín Hernández y otro par de cómplices secuestraron a Mark Kilroy cuando este se dirigió a un callejón para orinar.
Lo subieron a una furgoneta y lo llevaron hasta el rancho Santa Elena, en donde permaneció casi doce horas maniatado, hasta que Constanzo comenzó con su ritual.
Lo torturó y lo asesinó partiéndole el cráneo con un machete.
Luego le extrajo el cerebro, el cual sería depositado en la nganga .
Sin embargo, la desaparición de Kilroy provocó un inusual movimiento de federales en la ciudad e incluso la intervención de agencias policiales de los Estados Unidos y el FBI.
Cuando Constanzo se enteró de que varios de sus cómplices fueron arrestados en el rancho Santa Elena y se comenzaron a encontrar los cadáveres, se dio rápidamente a la fuga junto a Sara Aldrete, Martín Quintana, Omar Orea y Álvaro de León, sus seguidores más cercanos.
En aquel momento, el caso de los Narcosatánicos se había convertido en un escándalo a nivel internacional. Los medios de comunicación habían alertado de la posible fuga de Constanzo y su grupo hacia los Estados Unidos, y eran buscados por los departamentos de policía y el FBI.
Dos días después de los hallazgos en el rancho Santa Elena, el 13 de abril, las autoridades mexicanas encontraron los cadáveres mutilados de dos hombres en fosas poco profundas al otro lado de la carretera, sumando un total de quince cuerpos.
Además, se corría el rumor de que la cantidad de víctimas podía acercarse a treinta, pues en la zona de Matamoros también se había reportado la desaparición de al menos diez menores de edad en los últimos meses.
Fue entonces que un periódico mexicano recibió un escalofriante llamado telefónico.
Una mujer joven, supuestamente Sara Aldrete, exigía que la policía liberara a David Serna, Sergio Martínez, Serafín Hernández García y Elio Hernández Rivera.
De lo contrario, la secta de Constanzo comenzaría a raptar y asesinar niños.
Sin embargo, las semanas pasaron y los investigadores no pudieron dar con el paradero de los prófugos.
El comandante Juan Benítez Ayala consultó al curandero que había realizado la limpieza en la choza del rancho Santa Elena.
Quería saber si existía alguna forma de localizar a Constanzo por medio de algún hechizo.
Este le dijo que no, pero aseguró que si incendiaban su nganga y el lugar donde realizaba los rituales, sus poderes mágicos se debilitarían.
Un grupo de oficiales, encabezados por George Gavito y Juan Benítez Ayala, se presentaron en el rancho Santa Elena junto al curandero.
Rociaron la choza con bencina y le prendieron fuego hasta reducirla a cenizas con todos los objetos que había dentro, incluyendo la preciada nganga de Constanzo y una fotografía de él firmada por Gavito y Benítez.
Si bien Gavito no creía en hechizos, aquel día citó a una cadena de televisión para que la noticia fuera registrada y difundida tanto en México como en Estados Unidos, pues estaba seguro de que si Constanzo veía las imágenes se pondría furioso y era probable que cometiese algún error.
La mañana del sábado 6 de mayo de 1989, un empleado de limpieza que se encontraba trabajando en la colonia Cuauhtémoc, en Ciudad de México, vio a una joven lanzarle un papel desde lo alto de un edificio ubicado en el número 19 de la calle Río Sena. La nota decía lo siguiente:
Por favor, llame usted a la judicial y dígale que en este edificio están los que ellos buscan, deles la dirección, 4to piso. Dígales que a la mujer la traen de rehén. Se lo suplico por lo que más quiera, hable ya o van a matar a la muchacha.
El hombre corrió a avisar a la policía y pocos minutos después se presentaron en el lugar un par de patrullas, pero fueron acribilladas en el acto por un sujeto que comenzó a disparar desde el cuarto piso con un subfusil.
Se realizó un enorme operativo para contener al tirador, pero este no estaba dispuesto a rendirse.
Incluso en cierto momento comenzó a lanzar cientos de dólares quemados desde la ventana, lo que produjo un verdadero caos, pues docenas de personas se abalanzaron a recogerlos, en mitad del tiroteo, arriesgando sus vidas.
Un grupo de agentes decidió ingresar al edificio por las escaleras principales. Se trataba de un movimiento en extremo riesgoso, sobre todo considerando que al interior había una rehén, pero no tenían más alternativa.
En el pasillo del cuarto piso se produjo una breve balacera, antes de que una mujer y dos hombres se entregaran con las manos en alto. Estos serían identificados como Sara Aldrete, Omar Orea y Álvaro de León.
Cuando los oficiales registraron el apartamento desde donde se produjeron los disparos, encontraron los cadáveres de Adolfo de Jesús Constanzo y Martín Quintana dentro de un clóset. Ambos habían muerto acribillados.
La noticia de que la banda de los Narcosatánicos por fin había sido detenida y que su líder estaba muerto produjo alivio en la población, aunque no existía demasiada claridad respecto al incidente.
La versión de las autoridades mexicanas indicaba que Constanzo y su grupo llevaban varios días ocultos en el apartamento y que, al ver que un par de patrullas se acercaba al edificio, perdieron el control y comenzaron a disparar por la ventana.
Horas más tarde, y al verse acorralado, Constanzo ordenó a Álvaro de León, uno de sus cómplices, que lo ejecutara a él y a su amante, Martín Quintana, pues no planeaba entregarse.
Por otro lado, la nota de auxilio escrita por Sara Aldrete resultaba poco creíble.
Los investigadores descubrieron que si bien la mujer aseguró que Constanzo la mantuvo cautiva e incluso atada a una cama, fue vista por un par de personas saliendo a la calle en los días previos al enfrentamiento con la policía.
La joven aseguró que en cierto momento Constanzo la había liberado, le dio dinero para que tomara un taxi y consiguiera un cirujano plástico, pues su plan era someterse a una operación para que modificaran su rostro, ya que su fotografía se había difundido por todos los medios de comunicación.
Pero mientras estuvo deambulando sola por la ciudad, no huyó ni acudió a nadie para denunciar su secuestro porque, según dijo, estaba aterrada.
Se concluyó que Sara escribió la nota para inculpar al resto y hacerse pasar por una víctima más del grupo. Cuando comprendió que el asesinato de Mark Kilroy causó demasiado revuelo y Constanzo comenzó a comportarse de manera violenta al verse acorralado, sencillamente lo traicionó.
Tres días más tarde, el 9 de mayo, varios integrantes de la secta fueron presentados ante los medios de comunicación por la Procuraduría General de Justicia.
Omar Orea, Álvaro de León, Sara Aldrete y otras dos mujeres, las cuales habrían facilitado el departamento de la calle Río Sena, pues eran ahijadas de Constanzo, tendrían la oportunidad de hablar en forma breve ante las cámaras y bajo estrictas medidas de seguridad.
Todos lucían demacrados. Álvaro de León tenía el rostro hinchado y un ojo en tinta, lo que indicaba que tal vez había sido sometido a un intenso interrogatorio por parte de los agentes.
Delante de los acusados, había una mesa llena de objetos relacionados con prácticas de brujería: túnicas negras, máscara, velas, figuras de santería y cuchillos rituales.
Si bien reconocieron formar parte de la secta de Constanzo y aún se referían a él como el padrino, negaron haber participado en los sacrificios humanos.
Sara trató de explicar que fue secuestrada por la banda durante tres semanas y que jamás estuvo al tanto de los asesinatos, pero se puso tan nerviosa que apenas pudo hilar una frase.
Sus declaraciones de inocencia contrastaban con las de todo el grupo, quienes la sindicaron como la segunda al mando después de Constanzo.
Desde Estados Unidos, varias autoridades estaban interesadas en extraditar a los Narcosatánicos a Texas para que fueran juzgados por la muerte de Mark Kilroy y condenados a la pena capital. Sin embargo, desde México no tenían planeado delegar esa responsabilidad a sus vecinos del norte.
El 7 de febrero de 1990, Omar Orea, uno de los integrantes de la secta, fallecería debido a complicaciones asociadas al VIH en un hospital penitenciario.
En agosto de 1990, Álvaro de León sería encontrado culpable de la muerte de Adolfo de Jesús Constanzo y Martín Quintana, además de asociación criminal, y fue condenado a treinta y cinco años de prisión, aunque al poco tiempo se fugaría de la cárcel, y aún hoy su paradero es desconocido.
En 1994, Sergio Martínez, Serafín Hernández García y su tío, Elio Hernández Rivera, fueron sentenciados a sesenta y siete años de prisión por cargos de asesinato y narcotráfico.
Los tres hombres continúan tras las rejas y han cedido un par de entrevistas en las que aseguran que fueron torturados por la policía para declararse culpables de los crímenes.