ADOLFO DE JESÚS CONSTANZO. Y SARA ALDRETE LOS NARCOSATÁNICOS #4
Constanzo había decidido hacer de la brujería su propio negocio, pero comprendió que no llegaría demasiado lejos trabajando solo.
Necesitaba reclutar a un grupo de seguidores, que al igual que los sicarios de los cárteles de droga estuvieran dispuestos a dar la vida por su líder.
Sumó a sus filas a tres sujetos identificados como Martín Quintana y Omar Orea, quienes se convertirían además en sus amantes, y Jorge Montes.
Estos habían quedado impresionados con sus habilidades como brujo, por lo que se convirtieron al palo mayombe, aceptaron ser apadrinados por él y lo ayudaron a organizar rituales mucho más espectaculares y sangrientos.
Constanzo comenzó a usar una nganga y sacrificaba gallinas, cabras, serpientes, cebras e incluso cachorros de león, ante la atónita mirada de sus clientes.
También utilizaba restos humanos que profanaba de los cementerios junto a sus cómplices, lo que convertía sus ceremonias en algo todavía más macabro.
La estrategia de Constanzo funcionó. Por cada uno de sus trabajos, podía cobrar desde veinte mil hasta cien mil dólares.
Al poco tiempo se ganó el respeto de varias personas influyentes, quienes accedieron a que los protegiera con su magia a cambio de importantes sumas de dinero.
Para ello, se realizaba una nkimba o rayamiento, una ceremonia en la cual se marca el cuerpo del sujeto con cicatrices en forma de cruces, líneas y flechas, y este pasa a formar parte del culto.
Constanzo, quien hacía de padrino, invocaba a un muerto y se lo asignaba para su protección.
También juraba velar por la persona que recibía el rayamiento de todo tipo de enfermedades y desgracias, además de procurarle grandes beneficios económicos.
El ahijado le debía obediencia absoluta a su padrino.
De lo contrario, las consecuencias eran terribles.
Constanzo ofrecía todo tipo de favores mágicos por el precio adecuado.
Desde limpiezas y sanaciones, hasta la posibilidad de dañar a un enemigo lanzándole una maldición.
Sin embargo, uno de los servicios más solicitados por los jefes de los carteles era que les indicara qué ruta debían seguir para enviar sus cargamentos de droga a Estados Unidos sin ser descubiertos.
Por aquel entonces, las autoridades estadounidenses tuvieron grandes conflictos con México debido a este problema, y había cientos de controles fronterizos para evitar el ingreso de cocaína, marihuana y alcohol de contrabando al país.
Se realizaron varios decomisos avaluados en millones de dólares, lo que comenzó a poner nerviosos a los narcotraficantes mexicanos.
Curiosamente, aquellos que consultaban a Constanzo siempre conseguían traspasar la frontera sin ningún tipo de inconveniente.
No pasó demasiado tiempo, antes de que los jefes de las organizaciones criminales se dieran cuenta de que quienes contrataban los servicios de Constanzo crecían de manera exponencial y no tuvieron más alternativa que contactarlo para que los ayudara con su poder de adivinación.
Lo que en realidad estaba ocurriendo era que Constanzo apadrinó a gente importante, incluyendo varios agentes y jefes de policía de alto rango.
Gracias a esto, podía ofrecer vía libre a los narcotraficantes que se convertían en sus clientes para que enviaran la droga a Estados Unidos, a través de ciertas rutas que él mismo se encargaba de despejar.
Bastaba una sola llamada del padrino, para que algunos retenes fronterizos hicieran la vista gorda durante un par de horas.
Asimismo, delataba a aquellos que no se asociaban con él y les arruinaba sus negocios.
Se desconoce la fecha exacta, pero es probable que a principios de 1987 Constanzo comenzara a realizar sacrificios humanos, pues aseguraba que, de esta forma, sus hechizos serían aún más poderosos.
Junto a su grupo de seguidores, secuestraron a narcotraficantes y agentes de policía que se habían negado a negociar con él, para torturarlos y asesinarlos de maneras espantosas en sus ceremonias.
En el libro Evil serial killers: in the mind of monsters , de Charlotte Creig, se afirma que, en este período, Constanzo y sus cómplices asesinaron a siete miembros de una banda de narcotraficantes conocidos como Los Calzadas, ya que no accedieron a sus demandas de asociación.
Los cadáveres fueron hallados sin dedos, sin orejas, sin cerebro, y a uno de ellos le faltaba la columna vertebral.
A partir de entonces, Constanzo no solo se convirtió en alguien respetado, sino también temido, pues demostró ser impredecible, tenaz y con una espeluznante sangre fría.
Fue en abril de 1987, y mientras su negocio seguía creciendo, que conocería a una joven que se convertiría en su mano derecha y la sacerdotisa de sus macabros rituales.
Sara María Aldrete Villareal nació en la ciudad de Matamoros, Tamaulipas, México, el 6 de septiembre de 1964. Se crio en el seno de una familia de clase media y asistió a una preparatoria en Brownsville, Texas, por lo que transitaba por la frontera.
Desde pequeña sería descrita como una chica tranquila, sociable e inteligente.
Sin embargo, también mostró algunos intereses un tanto oscuros.
Deambulaba por los cementerios visitando diversas tumbas, fisgoneaba en los entierros de desconocidos y estaba obsesionada con la temática de lo paranormal.
De hecho, afirmaba tener habilidades de premonición y la capacidad de ver los espíritus de los muertos.
Tiempo después, conocería a una mujer que la introdujo en el mundo de la santería. Sara estaba convencida de que realizar trabajos espirituales podría potenciar sus percepciones, pero cuando la santera falleció, se sintió frustrada y decidió enfocarse en sus estudios.
A los dieciocho años contrajo matrimonio con un sujeto seis años mayor y se fueron a vivir juntos. Lo abandonaría seis meses más tarde y regresaría a la casa de sus padres.
Tras estudiar educación física, ingresó a una universidad estadounidense para titularse en antropología social.
Fue entonces, a la edad de veintidós años, que uno de sus profesores le asignó un trabajo sobre religiones, lo que la llevó a investigar sobre la santería, un tema que le apasionaba.
Sin embargo, no sería una tarea sencilla.
La escasa información y el tabú que rodeaba el tópico acrecentaron su curiosidad, hasta que un encuentro fortuito cambiaría su vida para siempre.
En agosto de 1987, mientras conducía el vehículo de sus padres por la avenida Álvaro Obregón, en Matamoros, un hombre comenzó a hacerle señas desde otro automóvil. Sara intentó alejarse, pero este la adelantó, le cerró el camino, bajó tranquilamente de su coche y se acercó a su ventanilla.
En su libro Me dicen la Narcosatánica , Sara reconoció que se sintió impresionada por la enigmática apariencia de aquel sujeto.
No solo era atractivo y amable, sino que además llevaba varios collares de colores colgando del cuello, algo que no era demasiado común entre los hombres de la ciudad por aquel entonces.
Cuando le preguntó por ellos, aseguró que eran parte de su religión y que era un brujo.
Luego le sonrió y le preguntó: «¿Qué quieres saber?
¿Si has conocido al amor de tu vida? Está enfrente de ti.
Me llamo Adolfo. Adolfo de Jesús Constanzo».
La joven quedó fascinada con la personalidad de Constanzo y el hecho de que se presentara como un brujo le pareció una coincidencia increíble.
Le confesó que, justamente, debía hacer un trabajo para la universidad sobre la santería y este se ofreció de inmediato a ayudarla en su investigación.
No pasó demasiado tiempo antes de que Sara se enamorara y aceptara convertirse en su aprendiz.
Siempre negó haber tenido algún tipo de relación sentimental con Constanzo y aseguró que solo fueron amigos.
Sin embargo, algunas personas de su entorno insistieron en que fueron amantes.
Si bien Constanzo prefería la compañía masculina e incluso asistía a centros nocturnos para homosexuales, se definía abiertamente como bisexual y mantuvo varias relaciones con otras mujeres.
Poco después, Sara le presentó a Constanzo un antiguo compañero de escuela, un sujeto identificado como Elio Hernández.
Era uno de los líderes de una reconocida familia de narcotraficantes de Matamoros, que tenía su centro de operaciones en el rancho Santa Elena.
Durante los últimos meses estaba enfrentando varios conflictos con bandas rivales, recibía amenazas de muerte y tenía problemas para sacar la droga del país.
Elio y su sobrino, Serafín Hernández, eran quienes llevaban el negocio y estaban dispuestos a cualquier cosa para que sus contrabandos no fueran interceptados por la policía fronteriza.
Constanzo accedió a ayudarlos, y tras realizar un ritual que incluyó un sacrificio humano, les indicó en qué fechas y por dónde debían enviar a los transportistas para no ser detenidos por los federales.
Los Hernández siguieron al pie de la letra sus indicaciones y evitaron todos los controles de carretera dispuestos cerca de la frontera.
Aquello fue suficiente para que se asociaran con Constanzo, se convirtieran a la religión del palo mayombe y accedieran a ser rayados por el brujo para recibir su protección.
Al mismo tiempo, Sara Aldrete se encargó de reclutar a nuevos seguidores para la secta y adquirió un rol importante dentro de la organización. No solo se convirtió en la sacerdotisa de Constanzo y su mano derecha, sino en una de las personas más cercanas a él.
A pesar de que lo ha negado en todas sus entrevistas, en el Libro Rojo de la Administración de Justicia , publicado por el Tribunal Superior de Justicia de México, se afirma lo siguiente: