ADOLFO DE JESÚS CONSTANZO. Y SARA ALDRETE LOS NARCOSATÁNICOS #2
En 1984, un adolescente de diecisiete años llamado Richard Kasso asesinó de manera brutal a un amigo en North Port, Nueva York, influenciado por el satanismo y el consumo de drogas.
El impacto mediático de este crimen acrecentó el miedo de las familias, que temían que sus hijos se vieran involucrados en este tipo de actividades.
Otros casos emblemáticos y más explícitos, como el del asesino en serie Richard Ramírez en 1985, continuaron alimentando la imaginación de los estadounidenses.
De hecho, cuando Ramírez levantó la palma de su mano en la audiencia preliminar del 22 de julio de 1988 y enseñó un pentagrama que había dibujado, para luego decir en voz alta «Heil Satan», causó revuelo mundial.
La influencia del «pánico satánico» se extendió a México, pero más allá de un par de crímenes en la ciudad de Monterrey a principios de la década de los ochenta, en los que la policía sospechó que podría haber participado una agrupación satánica, hasta la fecha no se había registrado ningún caso similar a los anteriormente citados.
Por esto, las teorías de que Mark Kilroy había sido víctima de un ritual diabólico en Matamoros resultaban inquietantes, aunque poco probables.
Su desaparición continuó siendo un misterio durante casi un mes, en el que no se halló ni una sola pista de su paradero.
Aquello comenzó a inquietar al sheriffGeorge Gavito, quien había trabajado antes con la policía de Matamoros en casos de narcotráfico y, por lo general, obtenía toda la colaboración necesaria de sus colegas mexicanos.
Esta vez, sin embargo, notó que el único que parecía estar realmente interesado en ayudar era el comandante Juan Benítez Ayala.
El resto de los federales de Matamoros se limitaron a especular con que Kilroy se había metido en un lío con alguna banda de narcotraficantes o delincuentes de la zona y que ya debía estar muerto.
El lunes 10 de abril, el comandante Juan Benítez Ayala se comunicó por teléfono con George Gavito y le solicitó que se dirigiera inmediatamente a Matamoros, pues creía haber dado con el paradero de Mark Kilroy.
Si bien Benítez se había comprometido a colaborar con la búsqueda del joven, su prioridad era desbaratar las bandas de narcotraficantes de la ciudad.
Durante meses, había organizado controles de carretera para detenerlos y decomisó grandes cantidades de cocaína y marihuana que iban de contrabando a Estados Unidos.
Nueve días antes, el 1 de abril, una camioneta evadió uno de los controles policiales en Matamoros y un par de agentes comenzó a seguirla disimuladamente por el desierto, hasta que se detuvieron en un alejado rancho llamado Santa Elena, ubicado a unos veintiocho kilómetros del centro de la ciudad.
El sitio parecía pertenecer a una banda de narcotraficantes, por lo que lo mantuvieron bajo vigilancia hasta que el 9 de abril un grupo de policías decidió allanar el lugar.
Allí serían arrestados David Serna Valdéz, Sergio Martínez Salinas, Serafín Hernández García y su tío, Elio Hernández Rivera, además del capataz del rancho, un hombre identificado como Domingo Reyes.
Al interior del inmueble se hallaron más de cien kilos de marihuana, restos de cocaína y un revólver calibre 38, por lo que fueron llevados a la comisaría.
Para el comandante Benítez, los sujetos de mayor interés eran Serafín y Elio Hernández.
Los dos hombres pertenecían a una reconocida familia de narcotraficantes que actuaban a ambos lados de la frontera, por lo que estaba ansioso por meterlos a la cárcel.
Sin embargo, mientras interrogaba a Domingo Reyes, el capataz del rancho, este observó una papeleta con la fotografía de Mark Kilroy que Benítez tenía en su escritorio y le dijo que lo conocía.
El hombre afirmó que a mediados del mes de marzo había visto al joven al interior del rancho Santa Elena y que incluso le dio de comer, pues los Hernández aparentemente lo tenían secuestrado.
Sin embargo, al día siguiente este desapareció y no volvió a verlo.
Si bien Reyes insistió en que no estaba al tanto de todas las actividades de sus patrones, aseguró que el sitio era visitado de vez en cuando por un grupo de personas desconocidas y que en cierta ocasión los vio cavando una fosa.
Serafín Hernández sería sometido a un intenso interrogatorio encabezado por el comandante Benítez, el cual no escatimó en esfuerzos para hacerlo hablar.
Reconoció haber secuestrado a Kilroy la madrugada del 15 de marzo en Matamoros, el cual luego habría sido torturado, asesinado y enterrado en el rancho Santa Elena, aunque negó ser el responsable de su muerte.
Confesó formar parte de un culto liderado por un misterioso sujeto de ascendencia cubana/norteamericana llamado Adolfo de Jesús Constanzo, de veintiséis años, a quien se refería respetuosamente como «el padrino» y el cual habría matado al joven asestándole un golpe de machete en la nuca, para luego quitarle la tapa de los sesos y arrancarle el cerebro durante un ritual.
Supuestamente, Constanzo no solo estaba relacionado al tráfico de drogas, sino que era un brujo con poderes mágicos y gran influencia, que ofrecía protección a los más poderosos narcos de la frontera entre México y Estados Unidos.
Sus rituales incluían el sacrificio de animales y era secundado por una bruja a quien identificó como Sara María Aldrete, una llamativa joven mexicana de veinticuatro años, ojos claros y un metro ochenta y cinco de estatura, a la cual llamaban La Madrina.
Serafín Hernández aseguró que Kilroy fue asesinado al interior de una pequeña casucha de madera, en donde Constanzo y Aldrete llevaban a cabo sus macabros rituales.
Durante la redada del 9 de abril, cuando los sospechosos fueron arrestados en el rancho, los agentes vieron la choza y se acercaron a investigar, pero era un lugar pequeño, sucio y mal oliente que tenía el aspecto de un simple galpón y ni siquiera se animaron a abrir la puerta para ver qué había dentro.
A las cinco y media de la madrugada del 11 abril, George Gavito y Juan Benítez Ayala se presentaron en el rancho Santa Elena junto a los detenidos y un gran contingente policial, pero llevar a cabo el registro no sería tarea fácil.
Algunos oficiales se mostraban reticentes a ingresar a un sitio en donde supuestamente se había practicado magia negra.
El día anterior, el mismo Benítez había ordenado que un curandero bendijera la choza para expulsar a los demonios, pues la mayoría de los agentes mexicanos, e incluso él mismo, eran supersticiosos y temían ser víctimas de una maldición o posesión demoníaca.
Cuando el curandero finalmente realizó la limpieza, los agentes abrieron la puerta y quedaron horrorizados.
El lugar estaba infestado de moscas y emanaba un hedor insoportable: una mezcla de madera quemada, alcohol, tabaco y descomposición.
Las paredes estaban rayadas con extraños símbolos y el piso empapado en sangre coagulada.
También había un machete, un martillo y otras herramientas.
Lúgubres figuras rituales decoraban los rincones, además de un par de recipientes con patas y cabezas de pollo, huesos de animal y restos humanos en estado de putrefacción.
Se halló una gran cantidad de colillas de cigarrillo, habanos, herraduras, botellas de aguardiente y un altar improvisado con la cabeza de una cabra ensartada en un tridente, rodeado de monedas y velas negras con la imagen de la virgen de Guadalupe.
Uno de los objetos que más llamó la atención fue un enorme caldero desde donde se asomaban pequeñas estacas de madera sumergidas en una sustancia viscosa y hedionda que contenía varios órganos en estado de putrefacción, incluyendo sangre y masa encefálica que, luego se pudo probar, pertenecía a Mark Kilroy.
Cuando el comandante Juan Benítez Ayala le preguntó a Serafín Hernández dónde estaba enterrado el cadáver, este le respondió que a cuál se refería, porque en el rancho debía haber unas trece personas sepultadas, según él todas asesinadas en los rituales de Constanzo.
El hombre caminó junto a los incrédulos agentes un par de metros y los llevó hasta una cerca de madera en donde había varios espacios con tierra removida.
Se acercó a una tumba desde la que sobresalía un alambre y afirmó que Kilroy estaba enterrado allí.
Cuando le preguntaron cómo lo sabía, Serafín aseguró que Constanzo les había ordenado que atravesaran el alambre a través de la columna vertebral del cadáver y lo dejaran a la vista.
Semanas después, cuando el cuerpo estaba descompuesto, jalaron parte del alambre y arrancaron las vértebras, con la cuales Constanzo planeaba hacer un collar para sus ceremonias.
Docenas de periodistas mexicanos y estadounidenses se presentaron en el lugar a las pocas horas, pues la noticia se difundió rápido.
La policía ni siquiera pudo acordonar la zona y los reporteros deambulaban con libertad por el rancho, registrando con sus cámaras los macabros hallazgos sin ningún tipo de restricción.
Mientras tanto, David Serna, Sergio Martínez y Serafín y Elio Hernández parecían estar disfrutando de los rostros desencajados de los agentes.
Cuando fueron increpados por estarse burlando, Serafín se mostró desafiante.
Los retó a dispararle con su arma, afirmando que gracias a la protección de su padrino y su magia era inmune a las balas.
Fue entonces que el comandante Juan Benítez Ayala perdió la paciencia.
Cogió su Uzi y lanzó varias ráfagas al aire, algo que no solo tomó por sorpresa a los detenidos, sino también a los otros policías, que no entendían qué estaba ocurriendo.
Aquello fue suficiente para que Serafín se mostrara más colaborador.
Benítez lo obligó a tomar una pala y a cavar él mismo en la fosa donde estaba enterrado Mark Kilroy.