Psicópatas del mundo DENNIS RADER. EL ASESINO BTK
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DENNIS RADER. EL ASESINO BTK

DENNIS RADER

EL ASESINO BTK

Estados Unidos

Por aquel entonces, Wichita ya era conocida como la capital aérea del mundo debido a su enorme producción de aviones.

Boeing, Cessna, Beech y Learjet tenían grandes fábricas en la ciudad.

Era un buen lugar para vivir, en donde las personas no acostumbraban a poner llave a las puertas de sus casas durante la noche.

Los Otero eran una familia de raíces puertorriqueñas que se habían mudado a Wichita hacía dos meses y medio.

Joe Otero, de treinta y ocho años, se había retirado como sargento de las fuerzas aéreas estadounidenses tras veinte años de servicio.

Estaba casado con Julie, de treinta y cuatro años, con la que tuvo cinco hijos: Charlie, en ese entonces de quince, Danny de catorce, Carmen de trece, Josephine de once y Joey de nueve.

Aquella mañana, Charlie, Danny y Carmen se dirigieron a la escuela mientras sus padres y sus dos hermanos menores tomaban desayuno.

El ataque se produjo cerca de las 8.20 de la mañana.

Cuando los chicos volvieron de clases, horas más tarde, encontraron los cuerpos estrangulados y maniatados con sogas y cintas adhesivas.

Acudieron a la casa de unos vecinos y estos llamaron a la policía.

Los investigadores notaron que el crimen era mucho más oscuro de lo que aparentaba.

El asesino había utilizado una inusual variedad de nudos para inmovilizarlos.

Algunos de estos de corredera, para estrangular y soltar a voluntad.

Incluso tuvieron que ser clasificados entre ballestrinques, medios ballestrinques, corredizos, derechos, simples y otros llamados de sangre.

Varios agentes comenzaron a sospechar que el responsable podía ser un marinero.

Joe y Julie Otero fueron encontrados en la habitación principal, atados y estrangulados.

Joey, de nueve años, estaba en su habitación, al costado de su litera, tendido en el piso, con dos camisetas y una bolsa plástica en la cabeza.

Uno de los detectives notó marcas de una silla en la alfombra, a centímetros del cadáver.

Se llegó a la conclusión de que el asesino se había sentado allí durante varios minutos para ver morir al menor.

En el sótano, Josephine, de once años, estaba colgada de una tubería.

También había muerto estrangulada. En el piso y en unas de sus piernas, los detectives encontraron manchas de semen.

Los forenses confirmaron que la niña no fue violada.

Todo indicaba que el asesino se había masturbado frente al cadáver.

La línea telefónica había sido cortada y posiblemente el intruso había ingresado por la puerta de la cocina, mientras la familia desayunaba.

En un principio se descubrió que habían robado el reloj del padre de familia, un juego de llaves, una radio pequeña y una furgoneta, pero esta última sería encontrada en el estacionamiento de un supermercado, a unos ochocientos metros de distancia.

Tras la autopsia de los cuatro cuerpos, se dictaminó que todos murieron estrangulados después de varios minutos de suplicio. Tenían marcas de abrasiones en el cuello y las muñecas, lo que indicaba que las sogas fueron apretadas en más de una ocasión.

Docenas de periodistas rodearon la casa en busca de una exclusiva.

Algunos incluso consiguieron ingresar y tomar varias fotografías.

Crímenes de esta naturaleza no eran comunes en Wichita.

El hecho de que se identificaran elementos fetichistas no hizo otra cosa que producir verdadero terror en la comunidad.

El asesinato de los Otero resultó inquietante para las autoridades, por lo que setenta y cinco agentes fueron designados al caso.

A los pocos días, comprendieron que estaban ante un crimen demasiado bien elaborado.

En la escena no se pudo encontrar una sola huella dactilar del intruso. Tampoco en la furgoneta de la familia.

La mañana del 15 de marzo, el día del ataque, había seis grados bajo cero y la visibilidad era escasa.

A pesar de que un vecino aseguró haber visto a un sujeto extraño caminando cerca de la casa de los Otero y otro creyó ver a alguien conduciendo su furgoneta cerca de las diez de la mañana, nadie pudo describirlo de forma convincente.

Una semana más tarde, la policía accedió a que una médium los ayudara y realizaron una sesión dentro del inmueble, pero no consiguieron nada.

Aquello era una muestra de lo desesperados que estaban ante la falta de pistas.

Con lo único que contaban era con las manchas de semen halladas en el sótano, algo que, de momento, no les servía de mucho.

Los motivos del crimen no estaban claros.

Se pensó que Joe Otero podría haber estado relacionado con un asunto de drogas.

Incluso dos agentes viajaron a Puerto Rico y Panamá, lugares en donde la familia había pasado varios años, pero sus antecedentes eran impecables.

Se planteó la posibilidad de que Julie Otero tuviese un amante celoso que había cometido una locura, pero dicha hipótesis no tenía sustento alguno.

El móvil del robo también quedaba descartado debido al ridículo botín, que se limitaba a un reloj, una radio y un juego de llaves.

La prensa publicó varios artículos sobre el crimen e incluso el periódico Wichita Eagle ofreció una recompensa de cinco mil dólares a quien entregara alguna pista que ayudara a resolver el caso, pero nada ocurrió.

El 4 abril, cerca de las dos de la tarde, un joven de diecinueve años llamado Kevin Bright llegó hasta una casa ubicada en la calle 13 Este para pedir ayuda.

Había recibido dos tiros en el rostro y estaba vivo de milagro.

Uno le había dado en la frente, por sobre el ojo derecho, y el otro le destrozó el maxilar superior.

El chico había pasado la noche en casa de su hermana, Kathryn Bright, de veintiún años.

Salieron juntos por la mañana y cuando volvieron, un sujeto los esperaba oculto dentro de la vivienda.

En un principio los convenció de que era un ladrón y que no les haría daño si cooperaban.

Los maniató y ubicó en distintas habitaciones.

Pero pronto las cosas se salieron de control.

Kevin recibió el primer disparo cuando pudo romper las ligaduras de sus piernas y se abalanzó contra el extraño, con las manos atadas a la espalda.

Minutos después volvió a levantarse tras soltar la soga que inmovilizaba sus manos y consiguió quitarle la pistola al atacante.

Intentó disparar, pero esta se trabó. Después de un forcejeo, el hombre recuperó el arma y le disparó sobre la boca.

El chico estaba mal herido, pero volvió a incorporarse y corrió por ayuda.

Kathryn Birght estaba tendida en la otra habitación, sobre un enorme charco de sangre.

El hombre había intentado estrangularla, pero como no lo había conseguido, finalmente la apuñaló once veces en el pecho y la espalda, antes de huir.

A pesar de que la policía y los paramédicos llegaron cuando aún estaba consciente, fallecería cuatro horas más tarde.

Las estocadas habían sido certeras, y le atravesaron los pulmones y los riñones.

Kevin Bright se encontraba en estado de shock .

Se ahogaba en su propia sangre mientras trataba de describir al sospechoso.

Aseguró que era un hombre de unos veintiocho años, un metro ochenta de estatura, casi ochenta kilos, tez blanca, cabello oscuro y bigotes.

Llevaba una chaqueta de tipo militar, guantes y en su muñeca izquierda un reloj metálico.

Algunos detectives relacionados al caso Otero prestaron especial atención a este crimen, pero llegaron a la conclusión de que no podía tratarse del mismo asesino.

En casa de los Otero, el atacante mantuvo el control en todo momento y se tomó un tiempo para matarlos.

Kathryn y Kevin Bright, en cambio, parecían haber sido víctimas de un sujeto impulsivo y desorganizado.

Fueron baleados y apuñalados, otra diferencia importante con respecto al caso Otero.

A pesar de que la policía contaba con un testigo clave, el disparo que recibió en la cabeza comenzó a afectarle. Kevin se mostraba cada vez más impreciso cuando era entrevistado. Tanto los sucesos como la descripción del asesino eran contradictorios y difusos.

En octubre de ese año, el Wichita Eagle publicó una noticia en donde se aseguraba que tres presos poseían, en apariencia, información relacionada con el asesinato de la familia Otero.

La policía estaba al tanto de aquello, pero sabía que solo se trataba de un simple rumor.

Sin embargo, días más tarde, Don Granger, columnista del Eagle , recibió una extraña llamada telefónica.

En ella, un hombre con voz autoritaria le dijo que dentro de un libro de ingeniería mecánica de la biblioteca pública podría encontrar una carta con información sobre el caso Otero.

Granger se puso de inmediato en contacto con la policía y el agente Bernnie Drowatzky fue quien halló la nota y la llevó hasta la comisaría.

La cantidad de datos específicos con respecto al cuádruple crimen no dejaba dudas de que se trataba del verdadero asesino.

Describió la posición de los cadáveres, la ubicación de los muebles de la casa e incluso el grosor de las sogas utilizadas para estrangularlos. Parte de la misiva decía lo siguiente:

Escribo esta carta por el bien del contribuyente y para no hacerles perder el tiempo. Los presos que han hablado del caso Otero solo quieren salir en los periódicos. No tienen ni idea. Lo hice yo y nadie me ayudó. Y no se lo he contado a nadie .