JEFFREY DAHMER. EL CANÍBAL DE MILWAUKEE #4
Por lo visto su discurso funcionó mejor de lo esperado, pues el juez en vez de mandarlo a la cárcel lo condenó a cinco años de internamiento en un centro de rehabilitación, con permiso para asistir a su trabajo en Ambrosia Chocolate.
Además, se le ordenó buscar ayuda psicológica, realizar un tratamiento para su alcoholismo, presentarse de manera mensual ante el oficial encargado de su caso y evitar cualquier contacto con menores de dieciocho años.
Diez meses más tarde, y aunque su propio padre intervino para que no le dieran la libertad anticipada, Jeffrey Dahmer consiguió conmover al juez por medio de una carta en donde aseguraba haber cambiado.
El 2 de marzo de 1990, Dahmer regresó a casa de su abuela.
Esta lo recibió, pero con la condición de que se pusiera a buscar otro lugar donde vivir.
Dos meses más tarde, se mudó al 213 de los apartamentos Oxford, en la calle 25 Norte.
Como era de costumbre, frecuentaba bares para homosexuales y convencía a jóvenes de posar para algunas fotografías eróticas en su departamento.
Una vez que estaban allí, los drogaba y estrangulaba con sus propias manos o con un cinturón de cuero que compró para dicho propósito.
Pero en vista de que ahora vivía solo y gozaba de una total privacidad, decidió experimentar aún más con sus víctimas.
Abusaba de ellas cuando estaban muertas y luego las fotografiaba en distintas poses.
Abría los cadáveres en canal, se excitaba con el calor que emanaba del interior y se masturbaba entre sus intestinos.
También sacaba fotografías del proceso de descuartizamiento y luego las guardaba en un álbum de fotos.
Algunas de estas imágenes denotaban un deliberado intento por parecer artísticas, al menos desde el punto de vista de Dahmer.
Comenzó a hervir las cabezas dentro de una olla para retirar la carne y guardar los cráneos en su habitación.
Se masturbaba frente a ellos. Preservaba penes en frascos de formol y los pintaba color carne si estaban demasiado descompuestos.
En el caso de Ernest Miller, lo despellejó y se comió sus bíceps, porque los encontró grandes y quería probar el canibalismo.
El departamento expelía un hedor insoportable y Dahmer era consciente de ello.
Arrojaba cuanto podía en el basurero del edificio, pero varias partes humanas continuaban escondidas dentro de su vivienda.
Fue entonces cuando compró un barril plástico y lo llenó de ácido, con el objetivo de disolver los restos y lanzarlos por el inodoro.
A pesar de que esto solucionó en parte el problema de la acumulación de cadáveres, la fetidez podía sentirse en todo el pasillo del edificio.
Si bien los asesinatos sistemáticos de Dahmer se estaban volviendo rutinarios y tenían un patrón consistente, en cierta ocasión asesinó a un chico de veintidós años llamado David Tomas, por el cual no se sentía atraído sexualmente.
Lo llevó a casa, lo drogó, lo asesinó y destrozó su cadáver mientras le tomaba fotografías para luego tirar sus restos a la basura.
No violó el cadáver ni tampoco conservó nada de él.
Al mismo tiempo, comenzó a experimentar con sus víctimas de formas atroces.
Después de drogarlos, y mientras todavía estaban con vida, les hacía un agujero en el cráneo con un taladro y les inyectaba ácido clorhídrico en el cerebro con una jeringa, con la idea de transformarlos en verdaderos zombis.
En el fondo, deseaba mantenerlos vivos y poder abusar sexualmente de ellos, sin encontrar oposición.
Solo uno consiguió sobrevivir más de dos horas a este rudimentario procedimiento, antes de que decidiera matarlo.
Pero el sadismo de Dahmer no solo se limitaba a lo físico.
Varios padres de las víctimas contaron a los investigadores que recibieron llamadas telefónicas anónimas, en donde un sujeto les decía que sus hijos estaban muertos.
Tras su captura, el mismo Dahmer reconoció haber realizado las llamadas.
Varios periódicos, que informaron de las desapariciones, habían publicado los números de los familiares en caso de que surgiera cualquier pista sobre sus paraderos.
De esta forma, Dahmer tuvo acceso a ellos.
El 27 de mayo de 1991, cerca de las dos de la madrugada, una llamada al 911 alertó a la policía de la presencia de un chico que vagaba desnudo por la calle, aparentemente herido.
Cuando un par de agentes se presentó en la escena, se dieron cuenta de que no podía mantenerse en pie ni hilar palabra.
El informe policial decía que solo presentaba una pequeña herida en una de sus rodillas, pues según testigos se había tropezado.
Jeffrey Dahmer, quien había salido a comprar unas cervezas, se acercó al lugar y habló con los agentes.
Con toda naturalidad, aseguró que el muchacho era su huésped y que estaba borracho.
En ese mismo instante se presentó una ambulancia y los paramédicos que revisaron al joven no consideraron necesario ingresarlo en un hospital, por lo que se retiraron a los pocos minutos.
Los policías acompañaron a Dahmer hasta el departamento 213, para verificar si era cierto que se conocían.
Al ingresar, el chico se sentó en uno de los sillones por su propia voluntad.
Sobre este, se encontraba su ropa ordenada.
El sitio parecía limpio y Dahmer les mostró unas fotos polaroid en las que su invitado aparecía posando con un bikini de color negro.
Aquello bastó para que los agentes se retiraran del lugar, suponiendo que ambos eran pareja.
Pero algo iba mal. Dahmer aseguró a la policía que el joven tenía diecinueve años cuando, en realidad, solo tenía catorce.
Este hecho fue criticado una vez que el caso salió a la luz.
Ninguno de los agentes había pedido los documentos para comprobar la edad del menor y lo entregaron en bandeja al asesino, el cual lo estranguló pocos minutos después de que se retiraron.
Tampoco revisaron los antecedentes de Dahmer, lo que podría haberlos alertado.
A pesar de haber percibido la pestilencia del departamento, no se les ocurrió hacer un registro.
Hubiese bastado con mirar bajo su cama para encontrar el cuerpo de Tony Hughes, otra de sus víctimas, la cual llevaba tres días descomponiéndose.
Y lo peor de todo: la víctima, Konerak Sinthasomphone, de origen laosiano, era hermano de un chico que fue drogado y abusado por Jeffrey Dahmer en 1988.
La incompetencia policial había propiciado una terrible coincidencia.
Las últimas semanas en las que Dahmer estuvo en libertad fueron dramáticas.
Había sido despedido de su empleo en Ambrosia Chocolate por ausentarse y llegar tarde casi todos los días.
Estaba deprimido y acudía con poca frecuencia a sus citas con la psicóloga, que lo atendía por ordenanza judicial, tras su juicio por abuso.
Había perdido peso. Como siempre, estaba bebiendo demasiado y temía que lo desalojaran porque no tenía dinero para seguir pagando el arriendo.
Aquello no le impidió asesinar a otras tres personas antes de que lo detuvieran.
Dos meses más tarde, el 22 de julio, todo acabaría.
Dahmer había cobrado un total de diecisiete vidas a lo largo de trece años, pero estuvo a punto de ser sorprendido en demasiadas ocasiones.
Aquello parecía ser algo más que simple buena suerte.
Para la comunidad afroamericana y asiática, a la cual pertenecían gran parte de las víctimas, la culpa era de la policía.
Los problemas raciales en Milwaukee no eran algo extraño, pero cuando todo quedó al descubierto, la situación se volvió insostenible.
Varios agentes fueron dados de baja, en especial los que estuvieron involucrados en el tremendo error que se cometió en el caso Sinthasomphone.
Aun así, nadie estaba satisfecho. De las víctimas, diez eran afroamericanos, tres caucásicos, uno oriental, uno nativo americano y dos hispanos.
En total, se encontraron los restos de once personas en el departamento 213 del edificio Oxford.
Aunque Dahmer se había mostrado dispuesto a colaborar con los investigadores y aseguraba haber confesado todos sus crímenes, se comenzó a repasar su pasado y se descubrió que mientras fue parte del Ejército y estuvo en Baumholder, Alemania Occidental, varios cuerpos femeninos fueron hallados estrangulados y apuñalados en las cercanías.
Tiempo después, cuando regresó a Estados Unidos, los asesinatos cesaron.
Se llegó a interrogar a varios de sus excompañeros, los cuales aseguraron que a veces se perdía durante horas y se comportaba de forma extraña.
Sin embargo, era un hecho que Dahmer no sentía interés por las mujeres y aquel no era su perfil de víctima.
La policía reservó toda un ala de la prisión para Dahmer.
De la noche a la mañana, se había convertido en el asesino más famoso de los Estados Unidos.
Cuando era trasladado de un lugar a otro, todos los reos se acercaban a las puertas de sus celdas y lo observaban en silencio.
Había una mezcla de respeto, repulsión, curiosidad y miedo en torno a él.
De hecho, algunos de los guardias se sentían incómodos ante su presencia.
Los medios lo habían apodado «el carnicero de Milwaukee».
Luego lo llamaron «el caníbal de Milwaukee».
En la cárcel, los reclusos se referían a él como «la máquina de moler carne».
Cuando alguno le dirigía la palabra para molestarlo, mientras era escoltado por los guardias, Dahmer les respondía: «Ojalá te hubiese cogido a ti».
Las autoridades eran conscientes de que corría peligro tras las rejas y procuraron mantenerlo alejado de la población penal, al menos hasta que comenzara el juicio.