JEFFREY DAHMER. EL CANÍBAL DE MILWAUKEE #3
Dahmer volvió a casa con los restos de Hicks. No podía creer lo cerca que había estado de ser atrapado. En vista de que no volvería a arriesgarse a salir con un cadáver dentro del vehículo decidió esconderlo en casa, bajo las tuberías del sótano.
La familia de Steven Hicks realizó una ardua búsqueda tras la desaparición del joven, pero no consiguieron hallar ninguna pista. Su registro se incluyó en la base de datos de la policía de Milwaukee, aunque las autoridades tampoco pudieron llegar a ninguna conclusión.
Poco después del divorcio, el padre de Dahmer lo matriculó en la Universidad de Ohio.
Sus problemas con el alcohol le pasarían la cuenta y se retiró después de cumplir solo un semestre.
Al año siguiente, su padre lo convenció para que entrara al Ejército, pero tras dos años en Baumholder, Alemania Occidental, fue dado de baja y regresó a Milwaukee.
Su experiencia allí no había sido buena.
Trataba de encausar su vida, pero su tendencia a emborracharse arruinaba todos los esfuerzos.
Solía beber hasta perder el sentido y este fue uno de los motivos por los cuales fue expulsado.
En parte, bebía para embotar sus fantasías más oscuras y porque se sentía solo.
Ni siquiera conocía a otro muchacho que fuera homosexual para conversar o compartir experiencias.
Otro motivo por el cual Dahmer prefería permanecer la mayor parte del tiempo borracho eran los recuerdos de su primer crimen.
Se sentía culpable y arrepentido por haber asesinado a Steven Hicks.
Tanto, que se prometió a sí mismo mantener un estricto celibato y comenzó a asistir a la iglesia con regularidad.
Al mismo tiempo, exhumó los restos que había escondido bajo las cañerías del sótano, destruyó los huesos hasta convertirlos en astillas y los diseminó por el bosque, como si aquello lo ayudara a liberarse del terrible secreto que lo atormentaba. No fue así.
En aquellos años, uno de los pocos que se preocupaba por él seguía siendo su padre, quien pensaba que su hijo era incapaz de aceptar que sentía una atracción por los hombres.
Trató de apoyarlo, sin embargo, los verdaderos problemas de Dahmer eran bastante más serios que el alcoholismo o su homosexualidad.
Estuvo viviendo un tiempo en Florida, pero su situación no prosperó y tuvo que volver a Ohio.
En octubre de 1981 fue detenido por conducta escandalosa y resistirse al arresto.
Por aquel entonces, entraba solo a los bares y se tomaba una cerveza tras otra hasta el cierre del local.
A veces, quedaba tendido inconsciente en plena calle.
También solía meterse en problemas y recibía palizas.
En una ocasión, le rompieron un par de costillas y tuvieron que ponerle varios puntos de sutura sobre su ojo derecho.
Su conducta autodestructiva no haría más que empeorar con los años.
En 1982 se fue a vivir a la casa de su abuela, Catherine Dahmer, en West Allis, Wisconsin.
Permanecería allí durante los próximos siete años.
Se llevaban bien. Dahmer la ayudaba a limpiar el jardín y hacer las compras en el supermercado.
También consiguió un empleo en el banco de sangre de Milwaukee.
Pese a esto, sus problemas con el alcohol siguieron empeorando.
Ese mismo año, fue detenido por exhibicionismo cuando se bajó los pantalones frente a veinticinco personas en un parque de diversiones estando borracho.
Tuvo que pagar una multa de cincuenta dólares.
En 1985 comenzó a trabajar en Ambrosia Chocolate como mezclador.
Era un trabajo estable y parecía que podría ordenar un poco su agitada vida.
Pero un año más tarde, en 1986, fue arrestado y acusado de conducta lasciva tras haberse masturbado frente a dos chicos de doce años a las orillas de un río.
Tras ser detenido por la policía, reconoció que lo había hecho al menos en otras cinco ocasiones y que estaba dispuesto a recibir ayuda psicológica, pues no se podía contener.
Sería sentenciado a un año de condena suspendida y tratamiento terapéutico.
Poco tiempo después, comenzó a frecuentar saunas para homosexuales en donde los clientes tenían sexo consensuado de forma rápida y ocasional, entrando a habitaciones privadas.
Ahí, Dahmer drogaba a sus parejas y abusaba de ellas cuando estaban inconscientes.
Por este motivo le prohibieron la entrada, sobre todo cuando uno de sus acompañantes quedó en coma durante casi diez días después de haber sido drogado.
No se levantaron cargos en su contra, porque la gran mayoría de los hombres que asistía a ese lugar —y que fueron víctimas de Dahmer— no querían exponer su vida sexual.
En noviembre de 1987, Dahmer conoció en un bar gay a Steven Toumi, de veinticuatro años.
Ambos pasaron la noche en un motel, y a la mañana siguiente el chico apareció muerto.
Dahmer insistió en que ambos estaban borrachos y que cuando despertó, Toumi estaba tendido en la cama con sangre en la boca.
Lo había asesinado, pero no recordaba cómo ni por qué.
Asustado, salió a comprar una enorme maleta en un centro comercial cercano y puso el cadáver dentro, antes de pedir un taxi y dirigirse a la casa de su abuela.
Llevó el cuerpo hasta el sótano y abusó de él varios días, antes de descuartizarlo y tirarlo por partes en botes de basura.
Dos meses más tarde, conoció a un chico de catorce años llamado Jamie Doxtator, a las afueras de un club gay.
El muchacho le dijo que era mayor de edad y Dahmer le ofreció dinero para que se dejara tomar unas fotografías eróticas en el sótano de la casa de su abuela.
Una vez allí, lo drogó con somníferos, lo estranguló y abusó de su cadáver para luego descuartizarlo y lanzar los restos en bolsas de basura.
En marzo de 1988, Richard Guerrero, de veinticinco años, correría la misma suerte.
La licenciosa vida de Dahmer estaba preocupando a su abuela.
Invitaba a hombres a casa y se encerraban en el sótano para alcoholizarse y mantener relaciones sexuales.
Poco después, encontró un maniquí en la habitación de su nieto, el cual utilizaba para masturbarse.
Cansada de la situación, habló con Lionel, su hijo, para que presionara a Jeffrey y lo obligara a buscar un departamento.
El 25 de septiembre de ese año, Dahmer se mudó a un sencillo edificio.
Transcurrirían solo veinticuatro horas antes de que se metiera en problemas.
Dahmer le ofreció dinero a un chico de trece años para que se dejara tomar unas fotografías y lo llevó hasta su departamento.
Allí lo drogó echando somníferos en una taza con licor de whisky, le besó el estómago y le acarició el pene.
Asustado por la situación, el muchacho salió corriendo del lugar.
Horas después, sus padres notaron que algo estaba mal cuando lo vieron chocando con las paredes.
Al día siguiente, un par de agentes de policía detuvieron a Dahmer en su puesto de trabajo, en Ambrosia Chocolate.
A pesar de que reconoció que el chico había ido hasta su departamento, negó haber abusado de él o haberlo drogado.
Explicaría que se encontraba con un tratamiento para el insomnio y que posiblemente le había servido el trago en una taza sucia, con residuos del somnífero prescrito.
Fue puesto en libertad condicional, después de que su padre pagara una multa de diez mil dólares.
Regresó a casa de su abuela y se mantuvo a la espera del juicio.
El padre de Dahmer estaba avergonzado y horrorizado por lo que estaba ocurriendo.
Contrató a un reputado abogado llamado Gerald Boyle y le pidió que convenciera a su hijo de que se declarara culpable, asumiera su responsabilidad en el caso y, sobre todo, que accediera a ser sometido a una terapia psiquiátrica.
El 30 de enero de 1989, Jeffrey Dahmer se declaró culpable ante el tribunal y quedó a la espera de una sentencia, la cual se dictaría el 23 de mayo.
Antes de que eso ocurriera, el 25 de marzo asesinó a su quinta víctima, Anthony Sears, de veinticuatro años.
Siguió el mismo patrón: lo conoció en un club gay y lo llevó al sótano de la casa de su abuela.
Lo drogó, lo estranguló y luego abusó del cadáver durante días.
Posteriormente lo descuartizó y lanzó sus restos en bolsas de basura.
Esta vez, sin embargo, hirvió su cabeza, le quitó la carne y conservó su cráneo a modo de trofeo.
Lo pintó con un aerosol de color gris y lo barnizó para que pareciera de plástico o resina.
De ese modo podría conservarlo y tenerlo a plena vista, sin que nadie sospechara.
Al mismo tiempo, disfrutaba masturbándose frente a él.
Tanto Lionel Dahmer como el abogado Gerald Boyle estaban de acuerdo en que el comportamiento de Jeffrey y sus antecedentes no pronosticaban nada bueno.
Los psicólogos que lo entrevistaron coincidían en que se trataba de alguien que acumulaba mucha ira y tenía problemas con su sexualidad.
Advirtieron, además, que no mostraba interés en rehabilitarse de su alcoholismo y era posible que reincidiera.
Pero una vez que se presentó ante el juez, su capacidad de manipulación salió a relucir en todo su esplendor.
Aseguró que estaba arrepentido de lo que había hecho, que sabía que merecía un castigo ejemplar y que gran parte de sus problemas eran motivados por el consumo excesivo de alcohol.
Dijo que estaba dispuesto a recibir una sentencia, pero suplicó que lo dejaran seguir asistiendo a su empleo o le destruirían la vida.
También se mostró abierto a recibir ayuda psicológica y psiquiátrica, pues insistió en que quería cambiar y nunca más cometer un acto semejante.