Psicópatas del mundo JEFFREY DAHMER. EL CANÍBAL DE MILWAUKEE #2
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JEFFREY DAHMER. EL CANÍBAL DE MILWAUKEE #2

El sospechoso ya había sido llevado hasta el Departamento de Policía que, por lo demás, se encontraba a un par de cuadras.

Cerca de las cuatro de la madrugada del martes, la Brigada de Materiales Peligrosos de Bomberos se hizo presente en la escena junto a otros especialistas en manipulación de residuos tóxicos.

Su misión consistía en retirar el barril con fango químico y restos humanos ubicado en la habitación de Dahmer.

La multitud se mostró incrédula cuando vio que dos hombres con trajes amarillos, botas, guantes especiales, mascarillas y tanques de oxígeno entraban al edificio para realizar su trabajo.

Era como si se adentraran en una zona radiactiva.

Se escucharon alaridos ahogados cuando los especialistas en manipulación de sustancias peligrosas salieron con un congelador lleno de restos humanos.

Luego, sacaron un barril con cuerpos sumergidos en ácido.

Algunos agentes de policía transportaban cajas de cartón, una de ellas rotulada con la palabra «cráneo», mientras que por otra se asomaba un mechón de pelo.

Los vecinos estaban aterrorizados. Algunos ni siquiera regresaron a sus departamentos. Se fueron a descansar a las casas de sus familiares.

Hasta ese momento, se ignoraba el total de víctimas de Dahmer, aunque se estimaba que eran once, cifra más que suficiente para que la prensa intuyera que se trataba de un caso excepcional.

La conmoción era generalizada. Diversos noticieros iban actualizando el estado de la investigación hora tras hora, hasta que el nombre de Jeffrey Dahmer se filtró a los medios, quienes lo bautizarían como El carnicero de Milwaukee.

Este sería el inicio de una nueva historia de asesinato serial en Estados Unidos, tal vez una de las más espeluznantes y retorcidas.

Aunque intentó huir en el momento de su captura, Dahmer parecía aliviado de que lo hubiesen detenido.

Sabía que no podía lidiar con sus fantasías ni con el frenesí asesino que lo consumía.

Una vez en el Departamento de Policía, aceptó colaborar y ayudar en la investigación.

Confesó haber asesinado a un total de diecisiete hombres y adolescentes entre 1978 y 1991.

Según sus declaraciones iniciales, a la mayoría los drogó con cloroformo o pastillas para dormir.

Posteriormente los estrangulaba, mantenía relaciones sexuales con los cadáveres y los descuartizaba.

Varios de los restos terminaron en la basura, aunque las partes que más le interesaban las conservaba en su departamento.

Reconoció, además, haber cometido actos de canibalismo.

La pregunta clave era la identidad de las víctimas.

El perpetrador dijo que ignoraba sus nombres, aunque aseguró que se trataba de jóvenes que había conocido en bares gais, paradas de autobuses o librerías.

Los invitaba a su departamento con la promesa de beber alcohol y tomarles fotografías eróticas a cambio de dinero.

En esos mismos instantes, varios patólogos y forenses trabajaban para identificar los restos.

Aun no transcurrían cuarenta y ocho horas de la detención de Dahmer y el caso ya estaba causando un revuelo enorme a nivel nacional.

Jeffrey Lionel Dahmer nació en Wisconsin el 21 de mayo de 1960.

En 1967 él y su familia se mudaron a Bath, Ohio, donde se establecieron.

Desde su infancia, Dahmer demostró ser un niño extrovertido, inteligente e inquieto, con una especial fascinación por los insectos, los cuales conservaba en frascos con formol.

A los ocho años continuaría experimentando con ellos, después de que su padre, Lionel, le regalara un juego de química para niños.

Poco a poco su interés apuntó a animales más grandes, como ardillas, gatos, perros y mapaches.

No los torturaba (como sí hacen muchos asesinos seriales durante su infancia y adolescencia), sino que los cuidaba.

Experimentaba con los que encontraba muertos en el bosque o atropellados en la carretera.

Los guardaba en una bolsa de basura y los llevaba hasta su casa, donde lograba blanquear los huesos con sustancias químicas y luego los escondía en el bosque.

Dedicaría gran parte de su infancia y adolescencia a la curiosa afición de diseccionar los cuerpos.

El gran patio de su casa pronto se transformó en un verdadero cementerio e incluso empaló algunas cabezas de perro entre los arbustos.

Pero su obsesión se volvió peligrosa cuando comenzó a preguntarse cómo luciría un ser humano por dentro.

Durante la pubertad, Dahmer se dio cuenta de que sentía atracción por los hombres, pero decidió mantenerlo en secreto.

Fantaseaba con abrir el vientre de un muchacho de su edad y observar sus órganos internos.

A veces, apoyaba su cabeza en el pecho de los otros chicos para escucharles el corazón. Eso lo excitaba.

A los quince años, ya era un alcohólico consumado y bebía whisky en clases.

A pesar de ser un solitario, de vez en cuando conseguía que un grupo de chicos le prestara atención.

Una de las bromas que hacía con frecuencia era simular una discapacidad intelectual o parálisis cerebral y escandalizar a la gente en lugares públicos.

También se colaba en las fotografías de cursos a los que no pertenecía y sacaba carcajadas a quienes se daban cuenta.

Su comportamiento lo catapultó a la fama como el payaso de la escuela y se hizo de un pequeño grupo de seguidores que aplaudían sus extravagancias (las cuales incluso fueron bautizadas por sus compañeros de clase como «dahmerismos»), pero pronto terminó por aburrirlos y lo volvieron a dejar de lado.

Algunas chicas lo consideraban atractivo, pero su extraña personalidad las alejaba.

Era distante, frío y con un sentido del humor grotesco.

Cuando Dahmer cumplió dieciocho años, su familia atravesó momentos muy complejos.

Joyce, su madre, era bipolar. Había sido internada en un hospital un par de veces por ataques de ansiedad.

Dependía de sus medicamentos y hasta cierto punto se desentendió de su hijo mayor.

Lionel, su padre, decidió abandonar el hogar debido a las constantes discusiones con su esposa y tramitó el divorcio.

Mientras Lionel y Joyce se enfrascaron en una disputa legal por la custodia de su hijo menor, David, Dahmer comenzó a experimentar una gran sensación de abandono. Incluso pasó varias semanas solo en casa cuando su madre se mudó a otra ciudad con su hermano.

Durante ese mismo período, había visto pasar a un joven que salía a correr todas las mañanas por el sector.

Cierto día, decidió esperarlo con un bate de béisbol para atacarlo.

Su idea era dejarlo inconsciente y experimentar con su cuerpo.

Pero por azares del destino, esa mañana el muchacho no apareció y Dahmer abandonó la idea del ataque.

Su padre estaba preocupado por él y comenzó a visitarlo con más regularidad. Intuía que su hijo era homosexual, y aunque no sabía cómo orientarlo, lo apoyaba en todo.

En junio de 1978, Dahmer conducía por la carretera cuando de pronto vio a Steven Hicks, un chico que hacía autostop.

El calor durante ese verano era sofocante y el despreocupado muchacho se encontraba pidiendo un aventón al borde del camino, sin su camiseta puesta.

Esta había sido una de las fantasías sexuales más frecuentes de Dahmer.

No la había leído en ningún libro ni visto en alguna película. Se la había inventado.

No dudó en detener su vehículo y se ofreció a llevarlo. Ambos se fueron conversando de manera distendida, hasta que Dahmer le preguntó a Hicks si le apetecía ir a beber unas cervezas frías y fumar un poco de marihuana en su casa. El chico accedió entusiasmado a la invitación.

Estuvieron escuchando música, bebiendo y fumando hierba casi toda la noche, y según Dahmer habrían mantenido relaciones sexuales consensuadas.

Ambos se fueron a dormir y a la mañana siguiente Hicks decidió marcharse.

Dahmer intentó persuadirlo, pero el chico declinó la oferta.

Fue entonces cuando todo se salió de control y se trenzaron a golpes.

Dahmer agarró una mancuerna para hacer pesas y lo golpeó en la cabeza hasta dejarlo inconsciente.

Luego, con la misma barra de hierro, aplastó la garganta de Hicks hasta que este dejó de respirar.

Es posible que Dahmer se sintiera rechazado cuando el joven decidió marcharse de su casa. Se sentía solo y no quería que el muchacho se fuera. Quería que se quedara con él, aunque fuese muerto.

Dahmer violó el cadáver de su víctima durante varios días, aunque sabía que tenía que deshacerse de él, ya que tarde o temprano sería descubierto.

Decidió descuartizarlo y guardar sus restos en varias bolsas de basura, pero antes de hacerlo se masturbó mirando sus intestinos.

Tomó su vehículo y salió a la carretera durante la noche para lanzar los restos en algún bosque o sendero abandonado.

Una patrulla policial lo detuvo por conducir de manera errática.

Dahmer estaba seguro de que el agente iba a descubrir el cuerpo, pues lo llevaba dentro de varias bolsas de basura en el asiento trasero del auto, a plena vista, pero no fue así; el policía le hizo preguntas de rutina, verificó que no estuviera borracho y le puso una multa por conducir fuera de su carril.

Cuando el oficial alumbró con su linterna al interior del coche, observó unos bultos y le preguntó qué llevaba allí dentro.

Dahmer, sin titubear, contestó que solo era basura.

El policía no realizó ninguna inspección y lo dejó ir.

No sería la última vez que la suerte le favorecería de esa forma.