Psicópatas del mundo JEFFREY DAHMER. EL CANÍBAL DE MILWAUKEE
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JEFFREY DAHMER. EL CANÍBAL DE MILWAUKEE

JEFFREY DAHMER

EL CANÍBAL DE MILWAUKEE

Estados Unidos

Pero la macabra historia de Dressler sería opacada por una aún peor, ocurrida también en el estado de Wisconsin, en Milwaukee.

Cerca de las once y media de la noche del lunes 22 de julio de 1991, los oficiales de policía Rolf Muller y Robert Rauth se encontraban a punto de terminar su turno en uno de los vecindarios más conflictivos de Milwaukee.

El West Kilbourn Avenue era conocido como un lugar en donde se concentraban robos, tráfico de drogas, prostitución e incluso tiroteos.

Muller y Rauth estaban dentro de la patrulla cuando un hombre afroamericano delgado y de baja estatura se les acercó tambaleante.

Tracy Edwards, de treinta y dos años, tenía unas esposas colgando de una de sus muñecas y parecía desorientado.

Les dijo a los policías que había visitado el departamento de un extraño sujeto y que este lo había esposado.

Ambos agentes decidieron acompañarlo hasta los apartamentos Oxford, en el número 924 de la calle 25 Norte, una estructura de tres pisos que parecía bien cuidada.

Al ingresar a los pasillos, olfatearon un aroma intenso e indescriptible.

Su entrenado olfato había percibido varias veces el olor a muerte, pues eran veteranos con más de diez años de experiencia como agentes de la ley.

Pero esa pestilencia era muy extraña y tanto Rauth como Muller no consiguieron asociarla con la presencia de algún cadáver en proceso de descomposición. Aun así, esto los puso en alerta.

El complejo de apartamentos Oxford era un lugar bastante tranquilo y limpio en comparación con otras edificaciones del sector.

Rara vez era visitado por la policía, y todos sus inquilinos eran afrodescendientes, a excepción de un extraño sujeto alto y rubio que vivía en el departamento 213, al cual todos se referían como «ese blanco raro». Su nombre era Jeffrey Dahmer.

Los agentes de policía golpearon la puerta del departamento 213, guiados por Edwards, para averiguar qué había ocurrido.

Rauth y Muller creían que aquello era una discusión de pareja y que algún juego de dominación sexual se había salido de control...

No estaban preparados para lo que iban a descubrir.

Cuando la puerta se abrió, Dahmer miró extrañado a los agentes y los dejó ingresar, sin poner ninguna excusa.

El lugar estaba ordenado, aunque el extraño olor del pasillo parecía ser aún más intenso allí dentro.

Uno de los policías le pidió las llaves de las esposas, con la idea de poner fin al asunto y retirarse sin necesidad de levantar una multa.

Dahmer les dijo que las tenía en su dormitorio, pero antes de que fuera por ellas, Edwards advirtió a los oficiales que en ese lugar el sujeto lo había amenazado con un cuchillo.

El agente Muller le pidió a Dahmer que se quedara donde estaba y se dirigió al dormitorio.

Al ingresar, miró en el interior del cajón de una cómoda que estaba abierto.

Lo que vio allí lo haría tener pesadillas durante meses.

Se trataba de casi treinta fotografías polaroid de hombres descuartizados y decapitados.

De inmediato le gritó a su compañero que esposara al dueño del departamento, pero este intentó huir.

Rauth y Dahmer rodaron por el piso, hasta que el oficial logró reducirlo.

Mueller salió de la habitación con las fotografías en la mano y le dijo a Edwards que había tenido suerte, pues el próximo podría haber sido él.

Edwards recordó que Dahmer se había molestado cuando intentó abrir su refrigerador para sacar una cerveza. «Quizá tenga una de esas cabezas ahí dentro», señaló a los policías.

Muller lo miró con incredulidad y abrió la puerta del refrigerador para comprobarlo.

Tiempo después, el agente recordaría haber escuchado un grito cuando abrió la nevera y vio una cabeza humana en su interior.

En realidad, era él quien había gritado.

Los alaridos que dejó escapar el oficial fueron escuchados incluso por los vecinos, que ya habían sido alertados de que algo estaba ocurriendo en el departamento 213.

Una hora más tarde, cerca de la una de la madrugada, el lugar estaba rodeado de patrullas y un carro de bomberos. Varios de los inquilinos de los apartamentos Oxford se encontraban en la calle, con sus batas puestas, comentado el espeluznante hallazgo.

El rumor de que en Milwaukee la policía había encontrado una cabeza humana dentro de una nevera se diseminó como la pólvora.

Periodistas y canales de televisión no tardaron en aparecer, intuyendo que se convertiría en un nuevo «caso Dressler».

Al entrevistarlos, los vecinos aseguraban que Dahmer era un tipo raro, que caminaba de forma peculiar, con los brazos siempre pegados a su cuerpo y los hombros inclinados hacia adelante, pero que jamás se mostró violento o grosero.

Un muchacho señaló a un reportero que lo había visto botando unas bolsas plásticas en el basurero del edificio y una docena de gatos se le había acercado para comer algunos de los restos.

Aquellos que vivían en la misma planta de Dahmer sabían que tenía una gran pecera y el chico supuso que podía tratarse de alimento para peces.

Se pensaba, además, que aquella pecera podía ser el origen del extraño olor, aunque el mismo Dahmer aseguró al administrador del edificio que se le había descompuesto un pedazo de carne y por más que limpiase su refrigerador no conseguía eliminar la pestilencia.

Una de las vecinas dijo que Dahmer abría la puerta de su departamento lo justo y necesario para entrar y salir de él y que cerraba rápidamente.

Creyó que lo hacía para mantener su privacidad, pero por lo visto era para que el hedor no siguiera colándose a los pasillos.

También afirmaban que nunca se le vio en compañía de una chica, por lo que los más curiosos asumieron que era homosexual.

Pamela Bass, la mujer que vivía justo en frente de Dahmer, recordaba que escuchaba de manera constante el sonido de una sierra.

En cierta ocasión, cerca de las dos de la madrugada, despertó por el ruido.

Golpeó la puerta del apartamento 213 y le gritó a su propietario que realizara sus trabajos durante el día, pero este no respondió.

Todos estos comportamientos resultaban extraños, aunque por lo visto no eran tan alarmantes para el vecindario. La gente decía que saludaba de manera cortés y que nunca se le vio agitado, nervioso o con actitud de ocultar algo.

Los agentes de policía realizaron un profundo registro en el departamento de Dahmer y se toparon con varias sorpresas desagradables que no olvidarían jamás.

La cocina, el comedor y el salón principal estaban en un solo ambiente y parecían limpios; solo había un par de latas de cerveza y algunos ceniceros llenos.

Pero al día siguiente, al quitar la alfombra adherida al piso, se descubrirían enormes manchas de sangre que habían traspasado el suelo de madera.

En las paredes del salón colgaban un par de fotografías en blanco y negro de hombres físicoculturistas en diversas poses y una litografía de Salvador Dalí que representaba el inframundo, junto con otros cuadros.

En uno de los rincones había una lámpara de lava y también una gran pecera sobre una mesa, con peces de distinto color y tamaño que parecían bien cuidados.

Además de la cabeza que había descubierto el agente Muller en el refrigerador, se encontraron otras tres envueltas en bolsas de plástico, unos bíceps y un corazón.

En el ropero del dormitorio, había un recipiente metálico lleno de líquido con varias manos descompuestas y un pene.

También se hallaron dos cráneos y varios frascos de formol que contenían genitales masculinos.

En una caja de un ordenador, se toparon con otros dos cráneos humanos y tres más al interior de un archivador metálico, además de varios huesos.

Es probable que el origen de la pestilencia de los apartamentos Oxford viniera de la habitación de Dahmer, en donde se encontraba un enorme barril azul de 216 litros, en cuyo interior estaban sumergidas partes de cuerpos humanos en una especie de fango químico, parcialmente disueltos.

El olor de los residuos, sumado al de la descomposición, consiguió confundir a los policías y a muchos de los residentes.

Además de las treinta fotos polaroid halladas en la cajonera, también se encontró un álbum fotográfico repleto de imágenes grotescas.

En algunas de ellas, sus víctimas aparecían con vida, vestidas con bikinis negros y en poses sexuales.

En otras yacían esposadas, desnudas e inconscientes.

Las más explícitas mostraban varios cuerpos masculinos decapitados y abiertos en canal desde la garganta hasta la pelvis, destripados.

También había una perturbadora sesión de fotos a una cabeza humana junto a sus dos manos y su pene.

En otras, Dahmer había puesto dos cráneos dentro de un plato junto a varios condimentos; un cuerpo despellejado y un cadáver sobre la cama, arqueado hacia atrás, en una postura imposible.

También había una fotografía de un esqueleto limpio y colgado en el baño, que mantenía intacta la carne de la cara, el cuero cabelludo, las manos y los pies.

Además de varias latas de cerveza, películas en VHS y revistas de pornografía homosexual, sobre la cama estaba la máquina de fotos con la cual el asesino retrataba a sus víctimas. Debajo, los agentes encontraron el cuchillo con el cual Dahmer había amenazado a Tracy Edwards.