Psicópatas del mundo TED BUNDY. EL ASESINO DE UNIVERSITARIAS #9
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TED BUNDY. EL ASESINO DE UNIVERSITARIAS #9

La ejecución de Ted Bundy había sido programada para mediados de 1986 y un nuevo grupo de abogados fue designado para apelar a la sentencia.

Estos afirmaban que su defendido padecía algún tipo de enfermedad mental no diagnosticada que lo hacía incompetente ante la ley y que, por ende, tuvo una defensa ineficaz en el caso por el doble asesinato de la fraternidad Chi Omega, al representarse a sí mismo.

Fue sometido a varios estudios psiquiátricos y neurológicos, hasta que la doctora Dorothy Lewis llegó a la conclusión de que se trataba un maniaco depresivo que escuchaba voces que le ordenaban asesinar mujeres.

También manifestó que tenía serias dudas respecto a si Bundy tenía o no un cerebro normal, por lo cual el equipo de la defensa consiguió que la ejecución fuese aplazada solo seis horas antes de ser aplicada.

Aun así, los estudios de la doctora Lewis serían cuestionados por otros profesionales de la salud mental que coincidían en que Bundy era solo un psicópata que intentaba manipular el sistema. Años más tarde, Lewis reconoció que sus colegas tenían razón.

En 1988, Bundy volvería a evitar la silla eléctrica, aunque era consciente de que el tiempo se le estaba agotando. Llevaba una década intentando llevar a cabo diversas estrategias para impedir que el estado de Florida lo ejecutara.

Para varios criminólogos, Ted Bundy representaba uno de los fenómenos más recientes y aterradores de la nación: la aparición de los asesinos en serie.

Por aquel entonces, parecían una verdadera plaga en Estados Unidos.

Su posible ejecución implicaba un debate moral, pues estaban seguros de que podían aprender mucho de él manteniéndolo vivo.

Al mismo tiempo, la policía tenía la vaga esperanza de que confesara y ayudara a cerrar varios casos sin resolver.

Sin embargo, la presión de la ciudadanía se hacía sentir día tras día y algunas figuras políticas quisieron aumentar su popularidad enviando a Bundy a la silla eléctrica de una buena vez.

Muchos deseaban verlo muerto lo antes posible.

El 17 de enero de 1989, la corte suprema de Florida rechazó la nueva apelación presentada por los abogados y fijó la fecha de la ejecución para el día 24 de enero.

En un movimiento desesperado, Bundy confesó al detective Robert Keppel que había cometido más de treinta asesinatos en los estados de Washington, Idaho, Utah, Florida, Oregón, Colorado y California, entre los años 1973 y 1978, y se comprometió a ayudar a las autoridades a encontrar los cuerpos en un plazo máximo de tres años.

Sin embargo, la solicitud le fue denegada y no hubo acuerdo.

Bundy insistió en colaborar con Keppel para demostrar que estaba hablando en serio, entregando información específica con respecto a algunos de sus crímenes, como cuando le dijo dónde había enterrado la cabeza de Georgann Hawkins después de asesinarla y decapitarla en junio de 1974.

Su cráneo sería hallado bajo tierra en el lugar indicado.

Las confesiones se harían públicas poco después, corroborando las sospechas de muchos. Además, hizo hincapié en otros detalles todavía más horrendos, como sus actos de necrofilia, algo a lo que jamás se había referido en otras entrevistas.

La gran mayoría de las víctimas de Bundy nunca fueron halladas, y a pesar de que existía el temor de que los familiares intercedieran en la ejecución con la esperanza de que les ayudara a encontrar los restos, nadie lo hizo.

La madrugada del martes 24 de enero de 1989, docenas de medios de comunicación y cientos de personas se reunieron a las afueras de la prisión estatal de Florida, aguardando la ejecución de Bundy.

Se vivía un ambiente festivo en donde no solo la gente cargaba pancartas, quemaba muñecos y lanzaba fuegos artificiales, sino que otros oportunistas vendían camisetas con imágenes de Bundy sentado en la silla eléctrica.

Algunos estaban borrachos y entonaban canciones que podían escucharse incluso dentro del penal.

Poco después de las siete de la mañana, Bundy fue conducido hasta la sala de ejecuciones, en donde fue acomodado en la silla eléctrica.

Se despidió de los presentes diciendo que lamentaba haber causado tantas molestias.

Fue declarado muerto a las 7.16 a la edad de cuarenta y dos años.

Tras su muerte, los testigos salieron y alzaron los brazos hacia la multitud. Todo había terminado.

Un día antes de la ejecución, Bundy cedió una entrevista al doctor James Dobson para un canal religioso de California, en donde lloró y manifestó sentirse arrepentido.

Uno de los puntos más relevantes y polémicos fue cuando afirmó que todas sus fantasías violentas fueron alimentadas por el consumo de pornografía.

De hecho, le dijo a Dobson que todos los internos del corredor de la muerte estaban obsesionados con películas y revistas de corte pornográfico.

Es necesario dejar claro que el mismo Bundy declaró de manera textual que eso no era una justificación, sino que pensaba que podía haber algún tipo de relación con su frenesí sexual.

Aun así, muchos han interpretado sus palabras como la justificación de sus actos.

Esta idea ha sido cuestionada por varios especialistas —como Christopher Ferguson y Richard Hartley en su libro Te pleasure is momentary...

Te expense damnable?: Te influence of pornography on rape and sexual assault —, pues si bien la pornografía supone otro tipo de problemas, como la cosificación de la mujer, la frustración, la banalización o la idealización de la relación sexual, en ningún caso fomenta conductas violentas como las de un violador o un asesino en serie.

Se cree que aquel discurso fue otro intento de Bundy por salvar su vida, sacando el tema a la palestra de manera conveniente, ya que era sabido que Dobson era un acérrimo enemigo de la industria pornográfica y que esta postura conservadora era el eje de su campaña política.