TED BUNDY. EL ASESINO DE UNIVERSITARIAS #8
Mirado en retrospectiva, el interrogatorio realizado por Bundy solo tuvo como objetivo revivir los crímenes que había cometido en mitad del juicio.
Exhibirlos de esa manera, ante el jurado y los medios de comunicación de todo el país, le resultaba todavía más gratificante.
Aquello no lo benefició en nada y solo consiguió dejar horrorizados a los presentes.
Es probable que la excesiva confianza de Bundy radicara en el hecho de que estaba seguro de que no tenían ninguna prueba física en su contra. Sin embargo, estaba equivocado.
La fiscalía presentó al doctor Richard Souviron, el mismo odontólogo forense que había tomado las impresiones de sus dientes en abril de 1978.
Souviron fue capaz de demostrar, apoyado por grandes fotografías y un molde de yeso, cómo las peculiaridades de la mordida de Bundy coincidían con las halladas en el cuerpo de Lisa Levy.
Su exposición fue tan precisa, que el mismo Bundy parecía impresionado y observaba las imágenes en silencio.
Comprendió de inmediato que había cometido un grave error.
A la mañana siguiente, sería acusado de desacato por presentarse media hora tarde a la corte.
Según informó uno de los oficiales de la prisión, bloqueó la cerradura de su celda con papel higiénico mojado y no conseguían abrir la puerta.
Cuando fue sermoneado por el juez Cowart, Bundy se victimizó, alegando que se encontraba trabajando en pésimas condiciones y bajo un enorme estrés.
Mientras hacía su declaración, apuntaba con el dedo al magistrado, y este le advertía, subiendo cada vez más la voz, que dejara de hacerlo.
El acusado obedeció y bajó la mano. El juez, con tono irónico, le dijo que podía apuntar a su abogado si quería, a lo que Bundy respondió: «Probablemente él se lo merece más que usted».
Gran parte de los presentes se echaron a reír.
Cowart cerraría el confuso episodio señalando: «Esta corte sesionará en el horario establecido.
Espero que permanezca con nosotros, porque si no lo hace, lo extrañaremos». Una vez más, todos rieron.
Más allá de las bromas, aquel incidente parecía evidenciar cierta deferencia por parte del juez, algo que sería comentado por algunos periodistas, en vista de que se acercaba el fin del proceso. Por su parte, Bundy se negó a pedir clemencia por algo que, según él, no había hecho.
El jueves 24 de julio de 1979 y tras seis horas y media de deliberación, el jurado encontró a Bundy culpable de todos los cargos. Una semana más tarde, el 31 de julio, sería sentenciado a muerte por los asesinatos de Margaret Bowman y Lisa Levy.
El juez Edward Cowart, lejos de mostrarse indiferente, parecía conmovido por el desenlace del juicio.
Le dijo a Bundy que se cuidara, que le hubiese gustado verlo ejercer como abogado y que no sentía ningún tipo de rencor hacia él.
Si bien Cowart sería criticado tras dedicarle dichas palabras, ejemplifica bastante bien lo que Bundy provocaba en su entorno.
Sabía utilizar su encanto para atraer a las mujeres, pero también conseguía persuadir a los hombres.
Durante el juicio varios de los presentes sonreían cuando hacía algún chiste, como si estuviesen conversando en un bar y no en una sala de tribunales.
Considerando que se trata de uno de los asesinos en serie más abominables de la era moderna, esto resulta aterrador.
Tras el fallo en Florida, las autoridades de Washington, Utah y Colorado se sintieron aliviadas y frustradas a partes iguales.
Por un lado, Bundy había sido detenido y condenado por dos asesinatos en primer grado.
Sin embargo, aunque intentaron armar varios casos en su contra, les resultó imposible hacerlo, pues no contaban con ninguna evidencia física para llevarlo a juicio.
Y sí: pese a que Bundy cometió varios errores, en muchos de sus crímenes no dejaba demasiadas pistas.
En noviembre de 1979, el estado de Florida lo acusó una vez más de asesinato en primer grado, esta vez en el caso de la estudiante de doce años Kimberly Leech.
Las autoridades habían realizado un gran esfuerzo para intentar condenar a Bundy a una segunda pena de muerte, pues sabían que tenía pensado apelar a la sentencia de los crímenes de la fraternidad Chi Omega.
El juicio se iniciaría el 7 de enero de 1980 y Bundy solicitó una vez más defenderse a sí mismo, repitiendo que era inocente.
Sin embargo, esta vez había mucha más evidencia que lo vinculaba al crimen.
Un testigo lo había visto con la niña la mañana del 9 de febrero de 1978, y se presentó a testificar.
Aquel día, Bundy conducía una camioneta que pudo ser localizada y revisada por un equipo forense.
En su interior, se encontraron fibras de la ropa que llevaba la víctima el día de su desaparición y fibras de una chaqueta utilizada por Bundy.
Entre las pertenencias del acusado, requisadas tras su arresto, había un par de zapatillas que coincidían con las huellas descubiertas en el lugar donde fue encontrado el cadáver de la menor.
Aunque intentó utilizar el mismo tipo de tretas que en el juicio anterior, la percepción del público era muy distinta.
Para la gran mayoría se trataba de un asesino sádico y sin escrúpulos.
Aun así, Bundy parecía decidido a despertar la simpatía del jurado.
Se atrevió a pedirle matrimonio, en mitad del juicio, a la única persona que testificó a su favor, una antigua amiga llamada Carole Ann Boone, a la que había conocido en 1974 y que lo acompañó y apoyó durante todo el proceso.
La mujer, entre risas, aceptó su propuesta.
A sabiendas de que una vieja ley de Florida proclamaba que la declaración de matrimonio hecha en un juzgado, y en presencia de funcionarios judiciales, era válida y legalmente vinculante, Ted Bundy se casó con Carole Ann Bonne en ese mismo instante, mientras el jurado deliberaba si era culpable de la violación y el asesinato de una menor de edad.
Al día siguiente, fue encontrado culpable del asesinato en primer grado de Kimberly Leech y condenado a muerte. Bundy estaba furioso e incluso forcejeó con uno de los oficiales cuando se retiraba de la corte. Su estrategia había sido un absoluto fracaso.
Entre 1980 y 1981, Bundy y su esposa sobornaron a uno de los guardias del corredor de la muerte y pudieron mantener relaciones sexuales en varias ocasiones en una sala de visitas.
La mujer quedó embarazada y en octubre de 1981 dio a luz a una niña que sería bautizada como Rose Bundy.
Ambas lo visitaban a la cárcel, hasta que en 1986 la mujer solicitó el divorcio.
Durante varios años, investigadores de distintos Estados lo visitaron en el corredor de la muerte de Florida para intentar resolver otros casos de asesinato en los que creían que podía estar involucrado, pero Bundy se negó a colaborar.
A pesar de que le gustaba ser el centro de atención, seguía afirmando que era inocente, y confesar otros crímenes no parecía convenirle.
La psiquiatra forense Helen Morrison cree que psicópatas como Bundy tienen un alto grado de infantilismo y asumen que son capaces de engañar a todo el mundo, aunque la mentira sea absurda.
Bundy insistió en su inocencia durante años, a pesar de que existía evidencia que lo vinculaba a por lo menos tres asesinatos de manera inequívoca.
Ted Bundy se había transformado en el asesino más infame de Estados Unidos, llegando a ser comparado con el mismísimo Jack, el destripador.
Varios periodistas, psicólogos y criminólogos pedían hora para visitarlo y él mismo seleccionaba quiénes tendrían «el privilegio» de entrevistarle.
Si bien se negaba a hablar sobre los asesinatos que se le atribuían, disfrutaba exponiendo teorías con respecto al comportamiento criminal y la mente humana.
Incluso en 1984 colaboró con el FBI elaborando varios perfiles criminales, incluyendo el del asesino de Green River, el cual, por cierto, resultó bastante útil y certero.
Por aquel entonces, el ex agente del FBI Robert Ressler encabezaba un proyecto de investigación sobre asesinos en serie y recibió una carta de Bundy en la cual se declaró admirador de su trabajo y lo invitó a visitarle a la cárcel para intentar ayudar con el estudio.
Según explica Ressler en su libro El que lucha con monstruos , Bundy quería tener acceso a la información que estaba recopilando para intentar usarla a su favor y evitar la pena de muerte.
Ressler fue enfático en que solo le interesaba hablar sobre sus crímenes, y fue entonces que Bundy narró en tercera persona el asesinato de Caryn Campbell en Aspen, Colorado, crimen ocurrido el 12 de enero de 1975.
Afirmó que el asesino podría haberse hecho pasar por un dependiente del hotel para acercarse a la joven, inventar una excusa con el objeto de guiarla hasta un cuarto vacío para reducirla y luego raptarla.
No era la primera vez que Bundy utilizaba esta técnica para hablar sobre sus crímenes.
En el documental de Netflix Conversaciones con asesinos: las cintas de Ted Bundy , se explica cómo narró en tercera persona varios de sus crímenes al periodista Stephen Michaud.
La idea, propuesta por el propio Michaud, buscaba que el asesino contara cómo secuestró y asesinó a sus víctimas, sin que aquello le trajera consecuencias legales.
Sabía que Bundy era licenciado en psicología y lo invitó a especular de manera libre sobre quién podría haber cometido los crímenes por los cuales se le acusaba y cómo lo habría hecho.
La dinámica resultó atractiva para Bundy, quien de inmediato comenzó a narrar docenas de asesinatos horrendos.
La cantidad de detalles que entregó daban cuenta de que no se trataba de simples especulaciones.