TED BUNDY. EL ASESINO DE UNIVERSITARIAS #7
Más tarde, cuando las autoridades descubrieron que el Volkswagen que conducía el sospechoso el día del arresto había sido robado muy cerca de la fraternidad Chi Omega en la fecha del crimen, todo comenzó a encajar.
Un par de agentes de Tallahassee viajaron hasta Pensacola para interrogarlo acerca de los asesinatos de Margaret Bowman y Lisa Levy, pero negó todas las acusaciones.
Agobiado por la presión, al final accedió a revelar su identidad a cambio de realizar un llamado telefónico.
Se comunicó con su novia y le indicó a la policía que su nombre era Teodore Robert Bundy, uno de los diez hombres más buscados de todo Estados Unidos.
Bundy fue enviado a una cárcel de máxima seguridad y se convirtió en el principal sospechoso de los asesinatos de Chi Omega.
La policía pudo probar que las tarjetas de crédito que llevaba habían sido sustraídas de un departamento que estaba justo al lado de la fraternidad y que Bundy rentó una habitación muy cerca de la escena del crimen.
Una de las arrendatarias dio una entrevista para la televisión, en donde aseguró que parecía un sujeto tranquilo y agradable, y que incluso salieron a cenar juntos una noche.
Al mismo tiempo, los investigadores descubrieron que una de las tarjetas de crédito robadas por Bundy había sido usada en un motel de Lake City la noche anterior a la desaparición de Kimberly Leech.
El cadáver descompuesto de la menor sería hallado dos meses más tarde en el interior de un viejo cobertizo, en el parque estatal de Suwannee River, a unos tres kilómetros del sitio donde fue vista por última vez.
Los forenses confirmaron que había sido violada y estrangulada.
A pesar de todos estos antecedentes, se trataban de pruebas circunstanciales que no bastaban para acusarlo de los ataques en Chi Omega y el asesinato de Kimberly Leech.
Sin embargo, el sheriffdel condado de Leon, Ken Katsaris, tenía un plan para desenmascararlo.
Semanas antes, había ordenado que lo extraditaran desde Pensacola hasta Tallahassee para someterlo a un registro dental.
Los cadáveres de Margaret Bowman y Lisa Levy tenían marcas de mordidas, y estaba seguro de que aquello era una evidencia que podía ser utilizada en su contra.
Sin embargo, Katsaris sabía que debía proceder con cuidado.
Bundy había demostrado ser un sujeto extremadamente astuto, y si se enteraba de que planeaban tomar una muestra de su mordida, podía ser capaz de romperse los dientes contra los barrotes de su celda para malograr la prueba.
Bundy incluso le había dicho: «Cuando encuentres a la persona que cometió estos asesinatos que tú crees que yo he cometido, esa persona va a ser buscada por asesinatos de mujeres que ascienden a los tres dígitos, en seis estados diferentes».
En abril de 1978, Katsaris lo sacó de su celda sin previo aviso y lo condujo escoltado por varios oficiales hasta una oficina en la que dos doctores y un odontólogo forense lo esperaban junto a una silla de dentista.
Bundy comprendió que estaba en problemas y de inmediato solicitó la presencia de su abogado, pero sus quejas no fueron tomadas en cuenta, pues la policía ya contaba con una orden de arresto en su contra.
Al final se tranquilizó, esbozó una leve sonrisa y accedió a dejar la impresión de su mordida, aunque era probable que supiera que aquello terminaría por incriminarlo.
Tres meses más tarde, el día 7 de julio, fue acusado de manera formal por los crímenes cometidos en la fraternidad Chi Omega, en una polémica conferencia de prensa que dejó pasmados a todos los asistentes.
Ken Katsaris, el sheriff, presentó a un desafiante Ted Bundy ante docenas de reporteros y comenzó a leer todas las acusaciones: dos asesinatos en primer grado y tres intentos de asesinato, algo que en el estado de Florida podía significar la pena de muerte.
Los miembros del Departamento de Policía de Tallahassee se sentían orgullosos de haber obtenido las pruebas necesarias para llevarlo a juicio y querían difundirlo.
Sin embargo, Katsaris parecía nervioso cuando el acusado lo interrumpía y solicitaba la palabra para defenderse ante la prensa.
En cierto momento, Bundy sonrió y se dirigió hacia los camarógrafos.
Levantó su mano derecha y se declaró inocente de los cargos que pesaban en su contra ante toda la nación.
Aquello resultó tan llamativo como espeluznante, sobre todo porque —a esas alturas— era sospechoso de unos treinta y seis asesinatos.
La naturaleza aberrante de los crímenes, en contraste con la llamativa personalidad de Bundy, parecía haber despertado el interés de todos los estadounidenses.
Incluso la Corte Suprema de Florida decidió transmitir el juicio por televisión abierta, un hecho inédito hasta ese momento en los Estados Unidos.
Después de varios retrasos, el 9 de mayo de 1979 comenzaría el proceso contra uno de los más célebres e infames asesinos de la historia moderna.
Si bien en un comienzo Bundy había insistido en que quería defenderse a sí mismo, se le exigió contar con la asesoría de un equipo de abogados públicos.
El problema se suscitó cuando estos le recomendaron aceptar un acuerdo para declarase culpable de los asesinatos de Margaret Bowman, Lisa Levy y Kimberly Leech, además de solicitar clemencia, con el objeto de descartar una posible condena a la pena de muerte.
En una primera instancia, Bundy aceptó. Pero el 1 de junio de 1979, cuando se presentó ante el juez Edward Cowart, se puso de pie y declaró: «Debo comunicar que, primero, mis abogados creen que soy culpable.
Segundo, me han dicho que no hay manera de presentar una defensa efectiva.
Y tercero, que no hay forma de evitar una condena.
Su señoría, si esto no se considera una defensa ineficaz, no sé qué más podría serlo».
La noticia de que Bundy humilló a sus propios abogados en plena corte y se negó a declararse culpable sorprendió a todos.
Era claro que corría el riesgo de ser condenado a la silla eléctrica, pero aun así parecía decidido a demostrar su inocencia.
Y aunque tras este incidente sus abogados decidieron presentar su renuncia, el juez Cowart rechazó la solicitud, pues aquello solo retrasaría todavía más el proceso.
A cambio, permitió que Bundy se presentara como su propio codefensor y se desempeñara como abogado.
Tras un receso de un par de semanas, el juicio fue trasladado desde Tallahassee hasta Miami, debido a que la enorme publicidad y cobertura mediática entorpecía el caso.
Michael Minerva, uno de los primeros abogados que presentó su renuncia a la defensa de Bundy, fue sustituido por la joven jurista Margaret Good.
Por su parte, Bundy afirmaba que todas las acusaciones en su contra se basaban en pruebas circunstanciales...
y hasta cierto punto tenía razón. Los forenses no pudieron hallar ninguna huella dactilar, gota de sangre o cabello que lo ubicara en las escenas de los crímenes.
Nadie lo vio entrando a la fraternidad Chi Omega aquella fatídica noche y la única testigo que estuvo en el lugar, Nita Neary, pese a que lo señaló frente al jurado, se mostró un tanto insegura y su declaración no fue demasiado útil para la fiscalía.
Incluso las supervivientes fueron incapaces de describir al atacante, porque estaban dormidas cuando fueron agredidas.
La defensa le recomendó a Bundy que intentara mantenerse en silencio y mostrara un bajo perfil, pero él hizo caso omiso a todas las indicaciones.
Se veía cómodo en el banquillo de los acusados e incluso consiguió que el juez Cowart le permitiera encabezar su propia defensa después de que humilló públicamente a otro de sus abogados, el cual se retiró indignado de la sala de tribunales en mitad del juicio.
Por lo general, Bundy estaba de buen humor.
Sonreía a los camarógrafos, hacía reír a su equipo de abogados y hasta al jurado.
Alegó que su juicio debía ser anulado porque los medios de comunicación lo tachaban de asesino cuando esto aún no había sido probado, lo que llegó a poner en peligro el proceso.
Algo que llamó la atención de la prensa fue la gran cantidad de mujeres jóvenes que comenzó a presentarse entre el público. Al entrevistarlas, varias de ellas aseguraban que se sentían fascinadas por la apariencia y personalidad de Bundy, y no creían que fuese un asesino.
Aunque parecía estar capacitado para ejercer como abogado, muchas de las intervenciones del acusado apuntaban a simples trivialidades, como el hecho de solicitar una máquina de escribir para redactar su defensa, una mejor fuente de luz para leer al interior de su celda, mayor acceso a la biblioteca de la prisión, más tiempo para realizar ejercicios físicos o una petición para modificar el menú que le ofrecían en la cárcel.
No pasó demasiado tiempo antes de que el juez se diera cuenta de que solo buscaba prolongar el juicio y desviar la atención.
Uno de los momentos más tensos ocurrió cuando Raymond Crew, un oficial de policía, subió al estrado para testificar con respecto a los asesinatos de Chi Omega.
Fue uno de los primeros agentes en llegar a la escena del crimen y se presentó para apoyar a la fiscalía.
Sin embargo, al tenerlo en frente, Bundy se puso de pie y comenzó a interrogarlo.
Le solicitó que describiera el estado en el que encontró los cadáveres e incluso lo instó a consultar los informes forenses para hacerlo.
Crew repitió varias veces lo que vio aquella noche, cada vez con más detalles.