Psicópatas del mundo TED BUNDY. EL ASESINO DE UNIVERSITARIAS #6
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TED BUNDY. EL ASESINO DE UNIVERSITARIAS #6

Bundy se había titulado de psicología, era un miembro activo del Partido Republicano, estaba asistiendo a la universidad para convertirse en abogado y parecía alguien mucho más maduro.

La chica no tardó en regresar con él y aceptó gustosa cuando este le propuso matrimonio, aunque ignoraba que él ya tenía una novia.

Todo parecía ir bien, pero después de pasar juntos la Navidad de 1973, Bundy no volvió a visitarla.

La joven lo llamó para pedirle una explicación y este le respondió: «No tengo ni idea de lo que estás hablando».

Luego cortó el teléfono. A pesar de que la chica continuó llamándole y enviándole cartas, nunca más le contestó.

Lo que no sabía era que, desde un principio, Bundy se había propuesto reconquistarla para luego romper con ella. Esa sería su venganza.

Pocas semanas más tarde, el 4 de enero de 1974, Karen Sparks, una estudiante de dieciocho años, fue encontrada moribunda en el interior de una residencia universitaria.

Entonces, comenzaría una de las más alarmantes oleadas de crímenes perpetradas por un solo sujeto de las que se tenga registro en Estados Unidos.

Para finales de 1977, Ted Bundy se había transformado en uno de los criminales más notorios del país.

A pesar de que solo había sido condenado por el intento de secuestro de Carol Daronch, enfrentaba un nuevo cargo por el asesinato Caryn Campbel en Colorado y las autoridades estaban bastante seguras de que estaba detrás de varias desapariciones.

La noche del 30 de diciembre, uno de los guardias de la prisión de alta seguridad de Garfield County, en Colorado, llevó la cena de Bundy y la dejó dentro de su celda.

Por lo visto, estaba durmiendo en su camarote, bajo un par de mantas, y no quiso despertarlo.

A la mañana siguiente, el oficial regresó y notó que la comida estaba intacta.

Aquello le pareció extraño y trató de despertar al recluso, pero no obtuvo respuesta, por lo que procedió a levantar las sábanas, debajo de las cuales había una pila de libros y almohadas.

Por insólito que parezca, Bundy había escapado de prisión por segunda vez.

La noticia no tardó en difundirse, generando pánico en todo el país.

Al parecer, Bundy había conseguido un objeto dentado con el cual abrió un agujero en el techo de su celda, accedió a los ductos de ventilación e ingresó a la oficina de uno de los carceleros, ubicada en uno de los pisos superiores.

Cogió la ropa de uno de los oficiales, salió por la puerta principal y se dio a la fuga.

Para aquel entonces pesaba solo sesenta y tres kilos y llevaba varias semanas sin comer, algo que quizá formaba parte de su plan para atravesar con mayor facilidad el orificio del techo.

Las autoridades estaban indignadas y advirtieron que tomarían medidas legales contra la prisión de Garfield County por negligencia, pues estaban seguros de que Bundy volvería a matar.

El FBI nuevamente se sumaría a la investigación, esta vez posicionándolo como uno de los diez criminales más buscados del país.

La policía ofreció protección a todos aquellos que testificaron en su contra en el caso de Carol Daronch, en Salt Lake City; sin embargo, no estaban seguros de cuál sería el siguiente paso de Bundy y no había rastros de su paradero.

Habían pasado dos semanas desde la fuga en Colorado, cuando el 14 de enero de 1978 se reportó un horrible incidente en la Fraternidad Chi Omega de la Universidad Estatal de Florida, en Tallahassee.

Cerca de las dos y media de la madrugada, la policía fue alertada de que cuatro alumnas habían sido atacadas mientras dormían en una residencia para estudiantes.

Alguien ingresó por la puerta trasera del establecimiento y se acercó con sigilo a las habitaciones, en donde comenzó a golpearlas en la cabeza con una rama de roble que utilizó a modo de garrote.

Cuando la policía y los paramédicos llegaron al lugar, certificaron la muerte de Margaret Bowman, de veintiún años, la cual tenía el cráneo destrozado y había sido estrangulada con una media.

Lisa Levy, de veinte años, quien también recibió varios golpes en la cabeza con un objeto contundente, falleció de camino al hospital.

Las compañeras de cuarto Karen Chandler, de veintiún años, y Kathy Kleiner, de veinte, sobrevivieron, aunque estaban gravemente heridas.

De hecho, esta última había sido golpeada en el rostro de manera brutal, perdió varios dientes y la mandíbula se le había desprendido de uno de los costados de la cara.

La única testigo que pudo aportar su testimonio fue Nita Neary, otra de las estudiantes que residía en la vivienda.

Neary afirmó que aquella noche había visitado a su novio.

Regresaba cerca de las dos y media de la madrugada, cuando sintió unos pasos en la escalera.

Estaban todas las luces apagadas y pensó que podía tratarse de un ladrón, por lo que se ocultó y vio la silueta de un hombre delgado bajando por las escaleras, el cual salió por la puerta principal y se dio a la fuga.

Neary subió al segundo piso para alertar a su compañera de cuarto y a la directora del establecimiento, cuando de pronto se toparon con Karen Chandler, que se tambaleaba por el pasillo empapada en sangre.

Tenía un brazo roto, la mandíbula fracturada y varias heridas en la cabeza.

La chica no recordaba nada de lo ocurrido, pero cuando se dirigieron hasta su habitación encontraron a su compañera de cuarto, Kathy Kleiner, inconsciente, desangrándose y con el rostro destrozado.

Poco después, descubrirían los cuerpos de Margaret Bowman y Lisa Levy.

Por desgracia, la descripción del sospechoso era demasiado vaga como para sacar algún tipo de conclusión en una primera instancia. Solo se probó que el asesino había ido de cuarto en cuarto, golpeando de forma brutal a las estudiantes sin un motivo aparente.

Los residentes y la policía no lograban sobreponerse al impacto, cuando a los pocos minutos uno de los agentes recibió otro llamado de auxilio por su radio.

A solo seis cuadras de distancia de la fraternidad Chi Omega, Cheryl Tomas, una chica de veintiún años, fue atacada por un extraño que le destrozó el cráneo a golpes mientras dormía en su habitación.

La joven consiguió sobrevivir, pero fue incapaz de describir a su atacante.

Tres estudiantes gravemente heridas y dos muertas serían el saldo de aquella espantosa madrugada del 14 de enero de 1978.

Los forenses confirmaron que tanto Margaret Bowman como Lisa Levy fallecieron por estrangulamiento y contusión cerebral. También se probó que ambas fueron abusadas sexualmente. Además, en los hombros, pechos, glúteos y muslos de ambos cadáveres, se hallaron varias marcas de mordidas profundas.

La policía de Seattle se comunicó con las autoridades de Florida, advirtiéndoles que podía tratarse de Bundy. Sabían que no solo era un criminal violento, sino también temeario. Si bien el modus operandi una vez más había cambiado, el perfil de víctimas era el mismo: jóvenes universitarias.

A los investigadores del caso les costaba creer que un sujeto que había escapado dos semanas antes desde una cárcel de máxima seguridad en Colorado viajara casi dos mil seiscientos kilómetros para atacar de manera atroz a otras cinco mujeres en una sola noche.

Y aunque algunos periodistas también sospechaban de Bundy, ninguno se atrevió a especular en sus columnas, pues aquello podía generar un verdadero caos.

Los ciudadanos ya estaban lo suficientemente asustados cuando las autoridades informaron que un peligroso asesino estaba suelto por las calles, como para coronar la noticia insinuando que podría tratarse de Ted Bundy.

A pesar de que el FBI colaboró con la investigación y la policía realizó cientos de interrogatorios para esclarecer el crimen, los días pasaron y no pudieron detener a ningún sospechoso.

La tarde del jueves 9 de febrero de 1978 sería denunciada la desaparición de una menor de doce años llamada Kimberly Dianne Leech.

Ocurrió a las afueras de su escuela en el pequeño pueblo de Lake City, Florida.

La policía organizó una enorme búsqueda que contó con varios voluntarios, pero resultó imposible dar con su paradero.

Seis días más tarde, el 15 de febrero, el agente de policía David Lee vio un Volkswagen que le pareció sospechoso; se movía con sigilo a través de unos callejones en la ciudad portuaria de Pensacola, Florida.

Lee se comunicó con la central para comprobar la matrícula y descubrió que se trataba de un vehículo robado.

Hizo que el conductor se detuviera, pero en cierto momento este intentó huir y comenzaron a forcejear, hasta que por fin el oficial consiguió ponerle las esposas y reducirlo.

El sujeto fue identificado como Kenneth Misner, de veintinueve años, aunque la policía no tardó demasiado en descubrir que aquel no era su verdadero nombre.

Todos los documentos que tenía en su billetera eran robados, incluyendo un total de veintiún tarjetas de crédito.

Aunque fue presionado durante horas, el hombre se negó a colaborar y solicitó un abogado.

Los cargos en su contra eran por robo de vehículo, posesión de placas robadas, posesión de tarjetas de crédito robadas, agresión a un oficial de policía y resistencia al arresto.

Sería formalizado ante un juez, y aunque existía la remota posibilidad de que pudiera acceder a la libertad bajo fianza, esta le fue denegada porque seguía sin revelar su verdadera identidad.