TED BUNDY. EL ASESINO DE UNIVERSITARIAS #5
A la edad de ocho años, comenzó a ver revistas pornográficas que contenían escenas relacionadas con la dominación y el bondage , las cuales resultarían cruciales a la hora de despertar sus fantasías sexuales más extremas.
El sometimiento y la cosificación de la mujer le resultaban estimulantes, quizá debido a su personalidad psicopática, su baja autoestima y su incipiente sadismo.
En ese mismo período se enteró de que era hijo ilegítimo y que Eleanor no era su hermana, sino su madre.
Al parecer, uno de sus primos se lo había confesado.
Durante varios años tuvo dudas con respecto a su ascendencia y sus sospechas solo se confirmaron en 1969, a la edad de veintidós años, cuando encontró su certificado de nacimiento.
Ted recibiría el apellido Bundy, y aunque despreciaba a su padrastro por considerarlo torpe y no generó demasiados lazos con sus mediohermanos, por lo visto no sentía ningún resentimiento hacia ellos.
Con su madre pasó todo lo contrario. Se sentía traicionado, y aunque no fue agresivo con ella en términos físicos, jamás la perdonó.
Durante la adolescencia se mostró como un chico en extremo conservador.
No tenía amigos, no salía a fiestas, tenía mal carácter, y aunque era atractivo tampoco tuvo novias.
Sus compañeros de escuela solían molestarlo por su extrema timidez.
Esto no parecía afectarle tanto como no pertenecer a la clase alta.
Ambicionaba ser alguien exitoso y desde muy joven se propuso estudiar psicología, derecho o entrar al mundo de la política, aunque también mostró interés por convertirse en oficial de policía, al igual que otros asesinos en serie.
Bundy leía, estudiaba y comenzó a subir las notas en la secundaria, pero al mismo tiempo desarrolló su lado más antisocial, mostrando varias conductas delictivas.
Espiaba a las chicas del barrio por las ventanas, realizaba todo tipo de hurtos e incluso fue sospechoso de robar un vehículo y de allanamiento de morada en dos ocasiones, pero estos incidentes no pasaron a mayores y no se levantaron cargos en su contra.
Una vecina de la infancia, llamada Sandi Holt, en el documental Ted Bundy: la mente de un monstruo afirmó que disfrutaba atormentando a niños menores que él.
De hecho, reveló que a algunos los llevaba a lugares apartados, en donde los desnudaba para intimidarlos.
También existen registros de que solía torturar animales.
En una ocasión colgó a un gato callejero en el tendedero de su patio, lo roció de líquido inflamable y le prendió fuego.
El 31 de agosto de 1961, Ann Marie Burr, una niña de ocho años, vecina y conocida de Bundy, desapareció de su domicilio.
A pesar de que se realizó una extensa búsqueda, jamás se pudo dar con su paradero.
Estudios recientes apuntan a Bundy como el principal sospechoso.
En 2018 la policía de Washington anunció que había iniciado una investigación que lo relacionaba con el que podría haber sido su primer asesinato, cuando tenía apenas catorce años... El caso continúa abierto.
Muchas de las personas que lo conocieron en aquella época coinciden en que Bundy era un chico tranquilo y educado.
Sin embargo, continuaba siendo un solitario que no parecía encajar en ninguna parte.
Fue cuando se graduó de secundaria y cursó un programa intensivo de chino en la Universidad de Washington, que experimentó un cambio radical; no solo sería descrito por sus cercanos como alguien divertido y encantador, sino carismático.
Vestía de forma elegante, obtenía excelentes notas e incluso tuvo un par de novias.
Es posible que Bundy comprendiera que para convertirse en alguien exitoso y alcanzar sus objetivos no solo bastaba con ser un alumno aplicado, sino también una persona con habilidades sociales, influyente y atractiva.
Sin embargo, al mismo tiempo, comenzaban a evidenciarse varios de sus rasgos psicopáticos, como su arrogancia, mitomanía y su exacerbado narcisismo.
Creía ser mucho más listo que el resto y subestimaba la inteligencia de su entorno.
En la intimidad, Bundy estaba obsesionado con controlar a sus parejas.
Le gustaba forcejear con ellas e incluso asfixiarlas mientras mantenían relaciones sexuales.
El sexo tradicional no parecía complacerlo y siempre intentaba tener una posición dominante.
También seguía y acechaba mujeres por la calle, sobre todo a aquellas que le parecían atractivas.
A algunas incluso las seguía hasta sus casas y las espiaba por las ventanas para excitarse.
Por lo visto, en esa época también desarrolló un fetiche con los calcetines.
Compraba enormes cantidades y estaba obsesionado con sus propios pies, como confesaría años más tarde al periodista Hugh Aynesworth, frente a quien afirmó:
Uno de mis sueños más preciados es tener toda la ropa interior y los calcetines que pueda usar. Es una de mis fantasías. Para poder usar calcetines nuevos todos los días. Y debo admitir que he tenido tres o cuatro docenas, todos comprados con tarjetas de crédito robadas.
Tengo un fetiche con los calcetines, no hay duda al respecto. Debo tener seis o siete pares aquí en mi celda.
Estoy muy cerca de mis pies en este momento. Estoy acostado, boca arriba, con el pie apoyado en los barrotes. Estoy estudiando los dedos de mis pies. Son probablemente los pies más atractivos que jamás hayas visto.
Las fantasías de Bundy giraban en torno al sadismo, el fetichismo y el voyerismo. Poco a poco irían escalando y se tornarían cada vez más peligrosas.
A pesar de que se había transformado en alguien popular y parecía tener varias amistades, todas sus relaciones eran superficiales y vacías.
Aquello cambiaría cuando conoció a Diane Edwards, en la primavera de 1967.
Mencionada en varios documentales y textos bajo el pseudónimo de Stephani Brooks para proteger su identidad, Edwards era una joven inteligente y atractiva, proveniente de una acaudalada familia de California.
Se enamoraron y comenzaron una relación que parecía prometedora, sin embargo, la chica no tardó en decepcionarse de su nuevo novio.
Al parecer, Bundy era inmaduro y poco constante.
En 1968, abandonó su carrera para tomar clases de planificación urbana y sociología en la Universidad de Washington, aunque sus calificaciones fueron pobres.
Ese mismo año, Diane Edwards se graduó de psicología, regresó a California y terminó la relación en vista de que su novio no parecía hacer demasiado por conseguir sus objetivos.
La ruptura tuvo un efecto nefasto en el joven Bundy, quien en vano le envió varias cartas para intentar reconquistarla. Toda esa angustia se iría transformando en un odio profundo.
A pesar de que Bundy tuvo un par de empleos mediocres y continuaba cometiendo delitos menores como hurtos y robos, nunca olvidó sus aspiraciones.
Comenzó una carrera política como voluntario del Partido Republicano, en donde llamó la atención de varios representantes.
En 1969 se matriculó en la Universidad de Washington para estudiar psicología, donde esta vez destacó como uno de los mejores alumnos de su generación.
Ese mismo año conocería a una joven de veinticuatro años llamada Elizabeth Kloepfer, con la cual inició una relación amorosa.
Kloepfer era una madre soltera, tímida y sumisa, que cayó rendida ante los encantos de Bundy.
Este no solo parecía la pareja ideal, sino que además demostró gran cariño por su hija, a la que consentía en todo.
Sin embargo, al poco tiempo la joven comenzó a darse cuenta de ciertas particularidades que su novio tenía en la cama. A veces era agresivo y le pedía que se quedara inmóvil mientras mantenían relaciones sexuales. Aun así, en general se llevaban bien y compartían como si fuesen una familia.
A medida que pasaron los meses, Kloepfer comenzó a fantasear con casarse, pero aunque estaba enamorada le resultaba imposible pasar por alto los comportamientos cuestionables de su novio.
Bundy era un oportunista que robaba casi cualquier cosa que se le ponía en frente.
En cierta ocasión intentó confrontarlo por un hurto en un almacén y este le dijo que si le contaba a alguien lo que había visto le rompería el cuello.
En 1972, poco antes de graduarse de psicología, Bundy comenzó a trabajar como consejero en el Suicide Hotline Crisis Center, en donde ayudaba a personas con tendencias suicidas.
Tuvo un desempeño notable, formó parte de una comisión contra el crimen en Seattle abocada a la prevención del abuso sexual contra las mujeres e integró el departamento de planificación de justicia.
En este punto, Bundy se dio cuenta de algo que le llamó la atención: no existía una comunicación efectiva entre los departamentos de policía, incluso entre los distritos más cercanos.
El sistema de autopistas interestatales, proyecto iniciado a mediados de los años cincuenta en Estados Unidos, permitía a millones de norteamericanos atravesar a diario diversos estados de manera rápida y sencilla.
Bundy llegó a la conclusión de que si alguien podía desplazarse de un Estado a otro mientras cometía todo tipo de crímenes no sería identificado por las autoridades.
Esta idea permaneció fresca en su cabeza cuando, años más tarde, se convirtió en un asesino en serie.
Gracias a sus conexiones políticas y una recomendación del gobernador Daniel Evans, para quien trabajó como asistente de campaña, consiguió ingresar a la Universidad de Washington y comenzó a estudiar derecho en 1973.
Ese mismo año se reencontraría con su exnovia, Diane Edwards, quien quedó impresionada por el cambio de Ted.