TED BUNDY. EL ASESINO DE UNIVERSITARIAS #3
La inquietante noticia fue difundida por varios medios de comunicación, hasta que tres semanas más tarde, el 27 de noviembre, dos excursionistas encontraron el cadáver desnudo de una joven cerca del American Fork Canyon.
Los investigadores estaban seguros de que se trataba del cuerpo de Deborah Kent, aunque luego se comprobó que correspondía a Laura Amie, una chica de diecisiete años vista con vida por última vez el 31 de octubre.
Su desaparición no fue reportada a la policía, pues sus padres pensaron que solo se había marchado de la ciudad y jamás consideraron la posibilidad de que hubiese sido víctima de un crimen.
La autopsia dictaminó que la joven había fallecido debido a varios golpes en la cabeza que le fracturaron el cráneo y tras una asfixia con una media de nailon.
El forense también concluyó que estuvo viva al menos hasta el día 20 de noviembre, lo que indicaba que llevaba un total de veinte días en cautiverio cuando fue asesinada.
Todo el país estaba al tanto de lo que había ocurrido en Seattle durante los últimos meses, y a pesar de que no se registraron nuevos crímenes en la zona, nadie estaba tranquilo.
Dos desapariciones, dos asesinatos y un intento de secuestro terminaron por convencer a las autoridades del estado de Utah que posiblemente Ted se había mudado de Washington y estaba actuando bajo sus propias fronteras.
El 12 de enero de 1975, Caryn Campbell, de veintitrés años, se encontraba junto a su novio en el lobby de un hotel en Aspen, Colorado.
La joven tomó el ascensor para ir en busca de una revista que había olvidado en su habitación, cuando fue vista por última vez.
Un mes más tarde, su cadáver desnudo y parcialmente devorado por los animales de la zona, sería hallado a unos tres kilómetros del hotel.
Los forenses comprobaron que Campbell había sido abusada sexualmente y que falleció el mismo día de su secuestro.
El 2 de marzo de 1975, un grupo de estudiantes de silvicultura de la universidad pública de Green River encontró lo que parecía ser el trozo de un cráneo humano en el monte Taylor, en el estado de Washington.
Docenas de policías y voluntarios se sumaron para revisar la zona, hallando en total cuatro cráneos femeninos.
Tras los análisis forenses, y gracias a los registros dentales, se determinó que pertenecían a Lynda Ann Healy, Susan Rancourt, Roberta Parks y Brenda Ball.
El hecho de que no se encontrara ningún otro vestigio de los cadáveres significaba que el asesino las había decapitado y arrojado sus cabezas en aquel sitio.
Mientras las autoridades seguían ocupadas en el macabro hallazgo realizado en el monte Taylor, en el estado de Colorado las desapariciones continuaban.
Julie Cunningham, de veintiséis años, fue vista por última vez el 15 de marzo, y Denise Oliverson, de veinticuatro, el 6 de abril.
A estos dos casos se sumarían al menos otras tres denuncias de desaparición.
Cerca de las tres de la madrugada del 16 de agosto de 1975, un agente de la Patrulla de Caminos de Utah, llamado Robert Hayward, divisó un automóvil sospechoso en un área residencial de Salt Lake City.
Se trataba de un Volkswagen escarabajo color beige que parecía rondar la zona con las luces apagadas.
Aquello fue suficiente para que Hayward se acercara al coche y encendiera su reflector, pero el sospechoso se dio a la fuga.
Tras una breve persecución, el sujeto detuvo el vehículo y se bajó con las manos en alto.
Este sería identificado como Teodore Robert Bundy, un hombre de veintiocho años.
Se excusó diciendo que se había puesto nervioso al ver que se trataba de un policía, pues había estado fumando marihuana y quiso huir.
El pretexto no sirvió de mucho. El oficial Hayward lo puso bajo arresto, abrió la cajuela del Volkswagen y encontró un pasamontaña, una máscara de pantimedias con huecos en los ojos, guantes, cuerdas, bolsas plásticas, una linterna, un picahielos y una barra de hierro, entre otros elementos que le hicieron pensar que había atrapado a un ladrón de casas.
La detención de Bundy no tardó en llamar la atención de los investigadores.
Entre los objetos que llevaba, se incluía también un par de esposas similares a las utilizadas en el intento de secuestro de Carol Daronch el 8 de noviembre de 1974.
La única pista en el caso de la desaparición de Deborah Kent, ocurrida ese mismo día, era justamente la llave de un par de esposas.
De momento, Bundy sería acusado por cargos menores: evasión policial y posesión de herramientas para robo.
Sin embargo, las autoridades de Utah decidieron comunicarse con los departamentos de Policía de Washington y Colorado, pues estaban al tanto de que las desapariciones y crímenes en esos tres Estados guardaban una notable similitud.
De hecho, cuando allanaron la vivienda que Bundy rentaba en Salt Lake City, hallaron un programa de la presentación musical de la secundaria Viewmont, desde donde desapareció Deborah Kent el 8 de noviembre de 1974, y también una guía de viaje de las estaciones de esquí de Colorado, en donde estaba marcado con lápiz el hotel donde fue secuestrada Caryn Campbell el 12 de enero de 1975.
Todo parecía indicar que por fin habían detenido al escurridizo Ted.
Teodore Robert Bundy se encontraba en la lista de los cien principales sospechosos de la policía en los casos de las jóvenes desaparecidas, y su arresto supuso un enorme avance en la investigación.
Los detectives estaban bastante seguros de que no se trataba de un simple ladrón, pero probarlo no sería tarea fácil.
Si bien existían demasiadas coincidencias —como el hecho de que se llamara Ted o fuese propietario de un Volkswagen escarabajo color beige—, Bundy no tenía antecedentes penales.
Ni siquiera su apariencia era la de un delincuente.
Tenía una licenciatura en psicología, cursaba leyes en la Facultad de Derecho de la Universidad de Utah, era activista político del Partido Republicano y miembro de una congregación religiosa.
Una de las piezas clave sería el testimonio de Carol Daronch, citada al Departamento de Policía para una rueda de reconocimiento, donde no dudó en apuntarlo como el sujeto que intentó raptarla a principios de noviembre de 1974.
En ese instante, Ted Bundy no solo se convirtió en el sospechoso de los secuestros y asesinatos registrados en Utah, sino también en Seattle.
Y a pesar de que pudo salir en libertad bajo fianza, estaba siendo vigilado de manera rigurosa por la policía hasta que comenzara el juicio.
Las dudas en torno al caso tuvieron un alcance todavía mayor cuando autoridades de Utah, Washington y Colorado se juntaron a dialogar con respecto a varios crímenes perpetrados en los tres Estados, lugares que Bundy había visitado durante el último año.
De momento, solo sería acusado por el intento de secuestro de Carl Daronch, aunque la policía ya trabajaba para adjudicarle otros cargos por asesinato.
Varios medios de comunicación cubrieron la noticia, y lo que más llamó la atención fue la arrolladora personalidad de Bundy.
Desde un principio, quedó en evidencia que disfrutaba estar frente a las cámaras.
No solo afirmaba que era inocente y que todo se debía a un simple error, sino que bromeaba con los periodistas y parecía estar seguro de que sería absuelto.
Al mismo tiempo, familiares y cercanos de Bundy se mostraron sorprendidos tras su detención.
Incluso varios miembros de su agrupación religiosa le enviaron cartas para levantarle el ánimo.
Casi todos aquellos con los que se relacionaba parecían tener una buena impresión de él.
En 1973 había sido asistente del líder republicano Ross Davis y también trabajó como voluntario en una línea de prevención de suicidios en donde, según la escritora y por aquel entonces amiga de Bundy, Ann Rule, ayudó a salvar varias vidas.
Además, había sido condecorado por la policía de Seattle por salvar a un niño de tres años de morir ahogado en una piscina.
Durante el juicio, que daría inicio el 23 de febrero de 1976, los periodistas le preguntaban a Bundy si estaba involucrado en las otras desapariciones, y este se limitaba a decir que era inocente de todo lo que se le acusaba.
Entre los mismos reporteros existía un halo de escepticismo, ya que Bundy tenía la apariencia opuesta a la de un criminal común.
Por todo esto, cuando fue declarado culpable del intento de secuestro de Carol Daronch y condenado a pasar tras las rejas de uno a doce años, todos quedaron sorprendidos.
El informe psicológico, llevado a cabo por el especialista Al Carlisle en la prisión estatal de Utah, indica que Bundy era un hombre inteligente, que no padecía ningún tipo de enfermedad mental.
Al mismo tiempo, evidenciaba un comportamiento pasivo agresivo consistente con el tipo de crímenes por los que se le acusaba y trataba de ocultar su lado violento manteniendo y expresando que su personalidad era intachable.
A pesar de que la gente de su entorno lo consideraba un sujeto normal e incluso encantador, Carlisle pudo entrevistar a una de sus exnovias, la cual le confesó que en cierta ocasión intentó ahogarla en la playa sumergiéndole la cabeza varias veces en el agua.
Desentrañar la mente de Ted Bundy sería una tarea compleja.
Era un tipo inteligente y carismático y llegó a manipular a sus entrevistadores, quienes reconocieron que muchas veces se vieron superados por su perspicacia.
Su llamativa personalidad no solo comenzó a atraer a los especialistas y a la prensa, sino también a una gran parte de los estadounidenses, a los que les costaba creer que aquel hombre educado, elegante y atractivo fuese un asesino.