Psicópatas del mundo TED BUNDY. EL ASESINO DE UNIVERSITARIAS #2
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TED BUNDY. EL ASESINO DE UNIVERSITARIAS #2

La búsqueda de Denise Naslund y Janice Ott se intensificó y la noticia se difundió a nivel nacional, sin embargo, todo fue en vano.

Era como si a las chicas se las hubiese tragado la tierra.

Para los investigadores quedó bastante claro que se trataba del mismo sujeto que había secuestrado a las estudiantes universitarias en Seattle, pero este golpe era todavía más osado.

Esta vez había actuado a plena luz del día y bajo la mirada de miles de testigos.

Por primera vez, los medios de comunicación enseñaron el retrato robot de Ted acompañado de una descripción física.

Se trataba de un hombre caucásico de entre veinticinco y treinta años.

Medía alrededor de un metro ochenta, tenía cabello castaño y rizado, ojos azules, y por lo general se presentaba con un brazo enyesado o incluso muletas para engañar a sus víctimas.

Se hacía hincapié en que podía movilizarse en un Volkswagen escarabajo color beige y que rondaba las bibliotecas de los campus universitarios, aunque tras los hechos ocurridos en el lago Sammamish la situación se volvió todavía más compleja.

Las jóvenes desaparecidas eran universitarias de clase media, atractivas, de entre dieciocho y veintitrés años, con cabello largo y oscuro, lo que dejaba claro que el secuestrador tenía un perfil de víctima específico.

El impacto del caso fue tal, que muchas mujeres de Seattle comenzaron a cortarse el cabello o teñirse de rubio por miedo a llamar su atención.

Desde principios de la década de los sesenta, en Estados Unidos varios movimientos feministas habían alzado la voz en contra de las injusticias de un sistema desigual que normalizaba el desprecio y maltrato hacia las mujeres.

El hecho de que ocho jóvenes desaparecieran en el estado de Washington en un período de seis meses no hizo más que exacerbar las demandas de quienes apoyaban la causa.

Los investigadores descubrieron que en el estado de Washington estaban inscritos más de cuarenta y dos mil Volkswagen del modelo escarabajo y decidieron revisar todos los registros vehiculares, lo que se convirtió en una tarea titánica.

Existía la posibilidad de que Te d no fuese el verdadero nombre del sujeto al que buscaban, aunque de todas formas se filtró una lista de hombres llamados Ted o Teodore que fuesen propietarios de un automóvil de dichas características, proceso que debía ser realizado de forma manual y tomaría cientos de horas de trabajo.

Al mismo tiempo, la policía debía lidiar a diario con un promedio de quinientas llamadas telefónicas por parte de ciudadanos que intentaban aportar diversas pistas para resolver el misterio, hasta que una en particular, recibida el día 8 de agosto de 1974, les llamó poderosamente la atención.

Se trataba de Elizabeth Kloepfer, una joven que tenía varias sospechas con respecto al comportamiento de su novio de veintisiete años, llamado Teodore Robert Bundy.

Bundy, licenciado de psicología en la Universidad de Washington, no tenía antecedentes penales, aunque era propietario de un Volkswagen escarabajo color beige, detalle que interesó a los investigadores.

Kloepfer confirmó que Bundy guardaba mucha similitud con el retrato hablado que se había difundido por la prensa y la televisión.

Además, había descubierto extraños objetos en su casa, como un par de muletas, vendajes con restos de yeso y una bolsa con ropa interior femenina.

En cierto momento, incluso le habría confesado a su novia que había seguido a una chica en el campus porque sentía un «extraño impulso».

Parecía ser un buen sospechoso para la policía, pero le siguieron la pista en un par de ocasiones y no detectaron ningún comportamiento extraño.

También se entrevistó a ocho testigos que estuvieron en el lago Sammamish el día de las desapariciones y les enseñaron una fotografía de Bundy, aunque el resultado fue decepcionante.

Siete de estas ocho personas no pudieron reconocerlo.

Pese a que fue incluido en una lista de cien sospechosos, no existía ninguna evidencia tangible que lo vinculara a los secuestros.

Esta sería la primera vez que Ted Bundy apareció en el radar de los investigadores.

El 17 de septiembre, unos cazadores se toparon con varios restos óseos en un bosque ubicado a unos diez kilómetros del lago.

La policía organizó una enorme búsqueda en el área y hallaron el cráneo de Denise Naslund y la mandíbula de Janice Ott, los que fueron identificados gracias a sus registros dentales.

Ambos restos presentaban fracturas contundentes que daban indicios de una muerte violenta.

Otro hecho aterrador fue el descubrimiento de varios huesos pertenecientes a una tercera víctima no identificada, hallazgo que no tardó en filtrarse a los medios de comunicación.

Los investigadores sospechaban que podía tratarse de Georgann Hakwins, aunque de momento era imposible comprobarlo, pues su cráneo no fue encontrado en la escena.

De lo que no había dudas era de que un asesino estaba suelto.

Las autoridades sentían una enorme presión por resolver el caso.

Habían pasado dos meses desde que el escurridizo Ted raptara a dos mujeres a las orillas del Sammamish a vista y paciencia de miles de personas, pero aun así no habían conseguido identificarlo.

La policía estaba a la espera de que el asesino volviese a actuar y esta vez cometiese algún error, pero aquello no ocurriría... Al menos no en el estado de Washington.

El 2 de octubre de 1974, Nancy Wilcox, una chica de dieciséis años, desapareció en Salt Lake City, en el estado de Utah.

Por lo visto, Wilcox solía ausentarse de casa durante largas temporadas, por lo que tanto la policía como sus padres pensaron que se había marchado por iniciativa propia y no se iniciaría una búsqueda masiva sino hasta tres meses más tarde.

Poco después, Melissa Smith, de diecisiete años, también sería reportada como desaparecida.

La joven fue vista por última vez en las cercanías de un bar, la noche del 18 de octubre.

Nueve días más tarde, su cadáver desnudo sería hallado en Summit County.

Había sido violada y estrangulada con una media de nailon.

Smith era hija del jefe de policía de Midvale, por lo que la noticia cobró relevancia dentro de los medios de comunicación locales.

A pesar de que se realizaron todos los esfuerzos por esclarecer el crimen, la investigación pronto se estancó ante la falta de pruebas.

El viernes 8 de noviembre de 1974, cerca de las siete de la tarde, Carol Daronch, de dieciocho años, se encontraba en la librería de un concurrido centro comercial de Murray llamado Fashion Place Mall, cuando un sujeto se le acercó.

Este se presentó como el oficial Roseland y le informó que habían descubierto a alguien intentando abrir su coche, un llamativo Camaro de color rojo.

El hombre leyó el número de la patente y Daronch confirmó que era la dueña del vehículo, por lo que el agente le pidió que lo acompañara para verificar que no hubiesen robado ninguna de sus pertenencias.

Se dirigieron hasta el sector de los estacionamientos y, una vez que la joven comprobó que no le faltaba nada, anunció que el hombre que intentó robar su vehículo se encontraba en la estación de policía y que podrían procesarlo si ella presentaba una denuncia.

Según el testimonio de Daronch, en cierto momento percibió que el supuesto oficial olía a alcohol y le pidió que le mostrara algún tipo de identificación.

Luego de que este sacara y le enseñara su placa, ella accedió a acompañarlo hasta la comisaría.

Caminaron a otro sector de los estacionamientos y la invitó a abordar un Volkswagen escarabajo, en el que se alejaron del centro comercial.

Si bien a la joven le parecía extraño que un policía condujera este tipo de vehículo, pensó que podía tratarse de un agente encubierto.

Todo cambió cuando el hombre detuvo el coche en una esquina, la agarró por el brazo y le esposó una de las muñecas.

Ante la sorpresa de la chica, el atacante sacó una pistola y la amenazó con volarle la cabeza si se resistía.

En un acto desesperado, Daronch consiguió golpearle el rostro, abrir la puerta del copiloto y saltar del vehículo.

Mientras intentaba huir, el sujeto comenzó a perseguirla con una barra de hierro para golpearla, pero ella se defendió con todas sus fuerzas.

En ese mismo momento vio un auto acercarse, hizo señas al conductor para que se detuviese y pidió a gritos que la llevara hasta la comisaría. Su agresor se había dado a la fuga.

Carol Daronch contó todo lo sucedido a la policía y entregó una completa descripción del hombre que había intentado secuestrarla y el automóvil que conducía. En su muñeca todavía colgaba el par de esposas que el sujeto le había puesto a la fuerza, las cuales se convirtieron en evidencia.

Esa misma noche, en la ciudad de Bountiful, unos treinta kilómetros al norte de Murray, Deborah Kent, de diecisiete años, asistió a una obra musical en la secundaria Viewmont.

Su familia comenzó a preocuparse cuando no regresó a casa, y avisaron a la policía.

El vehículo de la chica sería encontrado en las afueras del establecimiento, lo que abría la posibilidad de que hubiese sido interceptada por alguien una vez que la obra terminó, cerca de las nueve.

Mientras registraban la zona, un oficial encontró una pequeña llave que parecía pertenecer a unas esposas.

Los investigadores estaban al tanto del otro incidente denunciado pocas horas antes y no tardaron en conectar ambos casos.

La llave encontrada en el estacionamiento correspondía a las esposas que llevaba Carol Daronch en la muñeca.