Psicópatas del mundo DESCONOCIDO. EL ASESINO DEL ZODÍACO #3
4%

DESCONOCIDO. EL ASESINO DEL ZODÍACO #3

Insistió en que podrían descubrir su verdadera identidad si eran capaces de descifrar el criptograma, pero lo que no sabía era que los investigadores ya contaban con la transcripción realizada por Donald y Bettye Harden.

Esta sería revelada al público el martes 12 de agosto, cinco días más tarde, y dejaba bastante claro que el asesino no tenía intenciones de detenerse.

La atención de los medios en torno al caso crecía rápido, al igual que la sensación de inseguridad en toda California.

Cerca de las 19.10 del sábado 27 de septiembre de 1969, en el condado de Napa, un pescador y su hijo se acercaron hasta un complejo turístico para realizar una grave denuncia.

Afirmaban haber encontrado a una pareja de jóvenes malheridos cerca de la orilla del lago Berryessa.

Como no estaban seguros de lo que ocurría, o si alguien armado merodeaba la zona, decidieron salir en busca de ayuda.

Mientras los propietarios del centro turístico bordeaban la península en dos botes para encontrar a las víctimas, el guardabosque Dennis Land condujo en su coche casi cinco kilómetros hasta el sitio indicado por los testigos y fue el primero en llegar a la escena.

Al acercarse al lago por un camino de tierra ubicado a un costado de la carretera, divisó a un joven delgado que se arrastraba por el piso.

Se trataba de Bryan Hartwell, de veinte años, quien había sido apuñalado seis veces en la espalda.

Land intentó hablar con él y este le pidió que ayudara a su novia, quien aún se encontraba cerca de la orilla.

Cecelia Ann Shepard, de veintidós años, yacía a unos doscientos setenta metros sobre un enorme charco de sangre.

El atacante la había apuñalado veinticuatro veces en la espalda, los pechos y el abdomen, pero todavía respiraba.

Pocos minutos más tarde, varios agentes de policía se presentaron en la escena e intentaron mantener a las víctimas con vida.

El hospital más cercano estaba a una hora de distancia, por lo que las ambulancias tardarían en llegar.

Aunque los jóvenes se estaban desangrando y se desmayaban en forma intermitente, afirmaron que un sujeto con una capucha negra, similar a la de un verdugo, los había encañonado y atado con una cuerda para luego apuñalarlos con un enorme cuchillo.

Bryan Hartwell y Cecelia Ann Shepard fueron llevados hasta el hospital Queen of the Valley en estado crítico.

Cerca de las 19.40, casi una hora después del ataque, la telefonista de la comisaría de Napa recibió una inquietante llamada: «Quiero dar parte de un asesinato...

No, de un doble asesinato. Se encuentran a tres kilómetros al norte del cuartel general del bosque.

Estaban en un Volkswagen Karmann Ghia blanco. Soy el que lo ha hecho».

El sospechoso dejó el teléfono descolgado, lo que permitió a las autoridades dar con la cabina utilizada.

Esta se ubicaba en el 1231 de Main Street, a solo cuatro cuadras y media de la comisaría.

Aunque se pudo rescatar la huella de una palma de la mano del auricular, aquello no sería de gran ayuda.

Pocas horas más tarde, el sargento Kenneth Narlow, encargado de la investigación, se presentó en la escena del crimen y descubrió algo espeluznante.

En la puerta del coche de las víctimas, ubicado a unos quinientos metros del lugar de los hechos, el atacante había escrito con rotulador negro un mensaje que decía lo siguiente: «Vallejo, 12-20-68, 7-4-69, 27 de septiembre del 69, 6.

30, con cuchillo». Justo sobre la inscripción, se hallaba un extraño signo formado por una cruz y un círculo.

Narlow lo reconoció de inmediato, al igual que aquellos números.

Se trataba de la firma del Zodiaco y las fechas de los asesinatos cometidos en Vallejo y Solano.

Esta nueva pista desconcertó a los investigadores.

Si se trataba del mismo sujeto, entonces había cambiado su modus operandi .

No solo atacó a sus víctimas a plena luz del día, sino que las inmovilizó con cuerdas y las apuñaló con un cuchillo.

A pesar de que fue sometida a varias operaciones, Cecelia Ann Shepard fallecería el lunes 29 de septiembre a las 15.

45 Su arteria aorta se encontraba cercenada y había perdido una enorme cantidad de sangre.

Por fortuna, Bryan Hartwell consiguió sobrevivir, pues la mayoría de sus heridas no dañaron ningún órgano vital.

La policía sabía que su testimonio podía ser crucial para la investigación, y el joven pudo entregar una descripción mucho más detallada del atacante.

Este afirmó que aquella tarde se encontraba junto a su novia en la orilla del lago Berryessa, cuando un extraño se les acercó y los apuntó con una pistola.

Se trataba de un hombre de alrededor de un metro ochenta y contextura gruesa.

Llevaba una capucha negra que le cubría la cabeza y anteojos oscuros, además de una especie de chaqueta o anorak con un curioso símbolo en el pecho, el mismo que había sido dibujado en la puerta del vehículo Volkswagen.

En un principio les pidió que le entregaran todo el dinero que llevaban y las llaves del auto, pues supuestamente se dirigía a la frontera con México.

También les confesó que era un prófugo y que había asesinado a un guardia para poder huir de la cárcel.

Hartwell declaró que, a pesar, de que la apariencia del sujeto era intimidante, tenía una voz suave y parecía estar tranquilo.

De pronto, sacó una soga de alrededor de un metro y medio y les dijo que tendría que inmovilizarlos para que no lo siguieran.

Primero obligó a Shepard a atarle las manos a su novio.

Luego ató a la chica, asegurándose de apretar las amarras de ambos.

Mientras estaban boca abajo e indefensos, sacó un cuchillo de unos treinta centímetros y anunció en voz baja: «Voy a tener que apuñalarlos».

Primero se acercó a Hartwell y le asestó seis puñaladas en la espalda, hasta que este se desmayó.

Segundos después, cuando recobró el sentido, pudo ver cómo el asesino apuñalaba de forma salvaje a su novia, mientras esta gritaba y se retorcía de dolor.

Si bien el hombre mantuvo la calma, cuando comenzó a atacarlos con el cuchillo parecía más bien nervioso y sus manos temblaban.

Su tono de voz también cambió; se escuchaba mucho más exaltado.

Hartwell recordaba cómo su capucha se inflaba a un ritmo frenético, mientras apuñalaba a Shepard.

Segundos después, el sujeto fue hasta el coche, escribió la nota en la puerta y se dio a la fuga.

Los jóvenes estaban heridos de gravedad, pero consiguieron zafarse de sus ligaduras ayudándose mutuamente con los dientes. Hartwell intentaba llegar hasta la carretera, cuando el guardabosque Dennis Land lo encontró arrastrándose por el camino.

El testimonio de Hartwell sirvió para confirmar lo que varios investigadores sospechaban.

El dinero y las llaves del vehículo de las víctimas fueron encontrados en la misma escena del crimen, por lo que el robo no fue el móvil del ataque, sino el placer que le produjo apuñalarlos.

Si se trataba del Zodiaco, sus niveles de sadismo estaban aumentando.

También se hallaron marcas de ruedas de otro vehículo que se estacionó justo detrás del Volkswagen de Hartwell aquel día, pero debido a las características del terreno resultaba difícil identificarlas.

En el lugar del ataque se encontraron un par de huellas que serían analizadas en detalle.

Pertenecían a unas botas talla 44, y por la profundidad de la pisada se estimó que el sospechoso debía pesar por lo menos cien kilos.

Los pasos, firmes y cortos, demostraban que tras apuñalar a las víctimas se había ido caminando tranquilamente del lugar.

Gracias a ciertas características de la suela, se llegó a la conclusión de que el calzado del asesino era un modelo de bota llamado Wing Walker, fabricado por Weinbrenner Shoe Company.

Los investigadores intentaron rastrear dicho calzado, pero descubrieron que se llegaron a fabricar más de un millón de botas iguales, gracias a un contrato gubernamental.

103.700 pares fueron enviados a Ogden, Utah, y se distribuyeron en las instalaciones de la Fuerza Aérea y la Marina de la Costa Oeste.

Aquello podía significar que el asesino tenía algún tipo de relación con el Ejército.

Tras este nuevo ataque, tanto la prensa como la opinión pública comenzaron a presionar a las autoridades.

Era evidente que la investigación no estaba avanzando y que el Zodiaco se burlaba de la policía.

En una entrevista, uno de los agentes reconoció que se enfrentaban a un sujeto con un trastorno mental que obtenía placer sexual en el acto de matar, lo que solo sirvió para preocupar aún más a la población, en especial a los residentes del condado de Napa.

No pasaría demasiado tiempo antes de que el asesino volviera a actuar.

A las 21.58 del sábado 11 de octubre, el Departamento de Policía de San Francisco recibió el llamado de un grupo de jóvenes que afirmaba haber presenciado un crimen desde el segundo piso de un inmueble ubicado en Presidio Heights, un exclusivo barrio residencial.

No estaban seguros de si el sujeto estaba muerto, pero se encontraba en el interior de un taxi que se había detenido justo frente al 3898 de la calle Washington.

Minutos antes, otro hombre se encontraba en la escena.

Lo vieron registrando el interior del vehículo y los bolsillos de la víctima.

Parecía estar limpiando los espejos y las manillas, y llevaba una especie de paño en la mano.

Se marchó caminando en dirección a Cherry Street, hasta que lo perdieron de vista.