Pruébame y Sedúceme Giovanna
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Giovanna

Amor a distancia.

L levo casi once meses viviendo en Lyon, recorriendo cada mañana las calles adoquinadas hasta llegar al Institut Paul Bocuse, donde, gracias al premio de la competencia, tengo la oportunidad de estudiar junto a algunos de los mejores chefs del mundo.

Han sido meses agotadores, aunque también maravillosos.

Por más que ame cocinar, descubrir ingredientes y aprender técnicas que jamás en mi vida imaginé utilizar, hay una parte de mí que sigue en Italia. El restaurante ha quedado en manos de Lorenzo durante mi ausencia, quien me tranquiliza con un beso y una de sus sonrisas.

—Todo irá perfecto.

Cada noche me envía fotografías del salón lleno y, con cada una de ellas, comienzo a extrañar absolutamente todo.

Pero, sobre todo, lo extraño a él. Las videollamadas se han convertido en rutina, sin importar la diferencia horaria o el cansancio.

Algunas noches, Lorenzo se queda dormido con el teléfono apoyado sobre la almohada mientras yo termino algún trabajo.

Es extraño, pero, de alguna forma, dormimos juntos aun estando a más de seiscientos kilómetros de distancia. El amor entre nosotros sigue igual.

Aunque no siempre las cosas van bien.

—Compré un boleto para el próximo fin de semana —dice con una sonrisa enorme al otro lado de la pantalla.

Frunzo el ceño.

—¿Un boleto?

—Voy a Lyon. Solo serán dos días.

Intento parecer contenta, pero mi sonrisa desaparece poco a poco.

—Lorenzo, la verdad es que no hace falta.

Él frunce ligeramente el ceño.

—¿Cómo que no hace falta?

—Estás ocupado con el Monroe, reuniones y varios clientes. ¿Crees que está bien viajar solo para estar conmigo cuarenta y ocho horas? —Niego despacio y llevo una mano a la frente—. Es una locura. No quiero que dejes todo eso por mí.

—No estoy dejando de lado nada. Solo quiero verte.

Siento un nudo en la garganta.

—Sería incómodo, a decir verdad.

Su expresión cambia y se cruza de brazos. Puedo ver una de sus venas acentuarse.

—¿Qué quieres decir con «incómodo»?

—Todos mis compañeros estarán aquí, incluso los profesores. Sería muy difícil vernos sin llamar la atención y...

—¿Entonces te molesta que tu esposo vaya a verte luego de once meses separados? ¿Es eso?

Abro los ojos de golpe.

—¿Qué? No, Lorenzo. Claro que no me refiero a eso.

—Es lo que parece.

—Solo intento que pienses un poco —suelto un suspiro—. Sería agotador.

Lorenzo desvía la mirada por unos segundos antes de volver a verme.

—¿Y qué importa?

—Importa porque no quiero ser una carga para ti.

—Nunca voy a entender por qué insistes en pensar eso.

Trago saliva.

—Porque te conozco. Soy consciente de todo lo que has hecho por mí. Sacrificas tiempo y luego están tus reuniones y...

—Y aun así, quiero ir.

El silencio es insoportable.

—Llevo meses despertándome sin ti. Once meses acostándome en esta cama que se siente tan vacía.

Si para verte tengo que pasar horas en un avión, créeme que lo haría sin pensarlo dos veces.

—Cierra los ojos—. Quiero sentirte, hablarte y besarte.

Te necesito, Giovanna, pero te entiendo y estoy feliz porque estás realizándote como persona. ¿No podrías entenderme tú también?

Sus palabras salen con tanta calma que duelen mucho más que si hubiera elevado la voz. Bajo la mirada a mis manos, sin saber qué responder. Lorenzo suspira y se pasa una mano por el rostro.

—Será mejor que hablemos cuando ambos estemos más tranquilos.

—Lorenzo...

—Descansa. Hablamos mañana.

Por varios minutos permanezco mirando la pantalla apagada del teléfono.

Nunca antes habíamos terminado una conversación así.

No volvimos a hacer una videollamada desde la discusión de aquel día, no más que algunos mensajes. Cada vez que el teléfono vibra, espero ver la notificación de una llamada suya, pero esta nunca llega.

Más de una vez estoy a punto de presionar el botón para llamarlo yo misma, pero siempre termino dejando el teléfono sobre la mesa. Quizá sigue molesto, o quizá solo está dándome el espacio que le pedí sin darme cuenta. La simple idea hace que me duela el pecho.

Además, me guardo la idea de preguntarle a mi madre o a Katherine si han hablado con él. Las conozco tan bien que basta con que noten la preocupación en mi voz para comenzar a hacer preguntas. Lo último que quiero es preocuparlas por una discusión que, espero, podamos resolver nosotros solos.

Suspiro mientras guardo mis cuchillos dentro del estuche. Solo falta una clase. Una más. Y después vuelvo a casa.

∞∞∞

El aula huele a mantequilla, vino blanco y pan. La chef Morgan, encargada del programa durante aquel año, camina por las estaciones mientras observa cada preparación con la misma serenidad de todos estos meses.

—Vamos, chicos. Quiero que cocinen un plato con todo lo que aprendieron aquí.

Las horas pasan frente a mí mientras cocino, pero mi cabeza termina yéndose a otro lugar.

—Chef Giovanna. —Me sobresalto al notar a Morgan frente a mí—. La salsa.

Bajo la mirada y noto cómo está a punto de hervir.

—Lo siento.

Ella asiente y pasa hacia la siguiente estación. Yo suelto una bocanada de aire. Es el último día y, aun así, debo dar todo de mí. Me obligo a dejar de lado los malos pensamientos y a enfocarme.

Cuando la clase termina, los demás comienzan a despedirse.

—¡Te extrañaré tanto, Gio! ¡Por favor, debes ir algún día a Australia!

Sonrío mientras abrazo a Keyla, una de las amigas que hice allí.

—Iré con gusto.

Nos quedamos abrazadas unos segundos más antes de separarnos. Keyla sonríe mientras se limpia las lágrimas con el dorso de la mano. Suelto una carcajada. Keyla es tan sentimental.

Luego, cuando salgo del instituto y piso la calle, reconozco que Lyon continúa igual de hermosa que el primer día que llegué.

Mañana tengo que levantarme temprano para ir al aeropuerto y comprar un boleto de regreso a Italia.

A casa.

Solo pensar en ello me hace suspirar.

Quizás...

Mis pasos se detienen a unos cuantos metros de distancia. Parpadeo varias veces, creyendo que mi cabeza me está jugando una mala pasada, pero aquel hombre no desaparece. Sigue ahí, de pie, con las manos dentro de los bolsillos de su abrigo.

—¿Lorenzo?

—¿Sí, mi vida?

Cruzo la calle y lo abrazo. Rodeo su cuello con fuerza y escondo el rostro en su pecho. Siento su perfume y me doy cuenta de lo mucho que lo he extrañado.

—Pensé que estabas enojado conmigo.

—¿Enojarme contigo? —niega despacio mientras acaricia mi espalda—. No podría hacerlo nunca, Giovanna.

Me aparto un poco para mirarlo.

—Dejaste de hablarme.

Él sonríe y lleva su mano a mi mejilla.

—Pasé las últimas semanas adelantando trabajo y dejando mi agenda en orden para que el Monroe y mis restaurantes pudieran funcionar sin mí durante unos días. —Baja su mano y toma la mía—. Discúlpame, pero no podía soportar más tiempo sin verte.

Apoya su frente contra la mía.

—Te extrañé demasiado —susurro.

—Yo también.

Deja varios besos en mis mejillas hasta llegar a mis labios. Nos besamos sin prisas, disfrutándonos.

—¿Qué te parece si vamos al hotel?

—¿Al hotel?

—Sí. Tenemos que hablar mucho luego de un año separados.

Suelto una carcajada.

—¿Solo una conversación?

El rubio sonríe de lado, como un niño al que han pillado. Luego acerca su rostro hasta mi oído.

—Bueno, podemos empezar por la conversación y luego retomar otro asunto importante... —cierro los ojos al sentir una corriente atravesar mi cuerpo— y empezar a pensar como futuros padres.

Niego con la cabeza mientras el calor sube a mis mejillas. Pero, a pesar del latido de mi corazón, también siento una sensación que embarga todo mi cuerpo.

—Entonces no perdamos más tiempo.

Él sonríe como si acabara de recibir la mejor noticia de su vida. Me besa una vez más, toma mi mano y me guía por las calles de Lyon.

El futuro, nuestro futuro, ya no está separado por una pantalla ni cientos de kilómetros. Está justo a mi lado.

Y esta vez, pienso vivir cada uno de nuestros sueños junto a él.