Pruébame y Sedúceme Giovanna
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Giovanna

El Mediterraneo y sus sorpresas.

E l sonido de las olas me hace saber que no estamos en Florencia. No hay campanas ni el bullicio característico de los mercados, solo el mar golpeando suavemente la orilla mientras una brisa cálida mueve mi cabello.

Nunca imaginé que unas vacaciones pueden sentirse así. Después de tantos años dedicando cada minuto de mi vida al Monroe, detenerme me parece extraño.

—¿En qué piensas?

Sonrío sin dejar de mirar el agua cristalina ante la pregunta de mamá, quien acomoda mejor la sombrilla sobre nuestras cabezas. Me encojo de hombros y ella ríe.

—Eso quiere decir que estás feliz.

La observo unos segundos. Hace tanto que no la veía tranquila.

Las arrugas alrededor de sus ojos parecen haberse suavizado y hasta el color de su piel luce distinto bajo el sol del Mediterráneo.

Aunque mi madre se empeña en decir que es un viaje al que ella no debería ir y que gastar dinero en ella es innecesario, Lorenzo no hace caso y termina comprando los boletos sin aceptar un solo no como respuesta.

—La Costa Amalfitana es hermosa —dice, mirando el horizonte.

—Sí, lo es.

Toma mi mano y aprieta mis dedos con dulzura.

—Estoy tan orgullosa de ti, Giovanna.

—No hice nada especial.

—Claro que sí —afirma—. Construiste la vida que soñabas.

Mi garganta se cierra un poco. Jamás habría pensado estar sentada en una playa de Positano con el Monroe a kilómetros de distancia y sin mi presencia. Ahora, con el reconocimiento que hemos obtenido, el fin de mes ya no es una tortura.

Ladeo la cabeza y mis ojos van hasta él. Lorenzo está dentro del agua, hablando con un grupo de turistas que parecen haberlo reconocido. Bufo. Aun cuando no se trata de una estrella famosa de cine, siempre me sorprende cómo, a cada lugar al que vamos, alguien sabe su nombre.

Bueno… Es casi imposible que pase desapercibido con el cabello húmedo cayendo sobre su frente y esa sonrisa capaz de desarmarme desde la distancia. No soy la única consciente de eso. Varias chicas fingen jugar cerca de él mientras lo miran.

Suelto una risa entrecortada.

—¿Qué sucede? —pregunta mamá, siguiendo mi mirada.

—Nada.

Esta levanta una ceja, divertida.

—Llevas cinco minutos observándolo.

Siento mis mejillas arder y no respondo, porque en ese instante Lorenzo levanta la mirada y nuestros ojos se encuentran. Sonríe y hace un gesto con la mano para que me acerque antes de volver a sumergirse.

—Ese hombre te ama demasiado.

La sonrisa sigue intacta. No ha pasado un solo día en que él no me lo demuestre.

Incluso luego de que nuestra relación se hizo pública y mi miedo a que las reacciones a nuestro alrededor no fueran las adecuadas, no dejó de decirme que todo estaría bien.

Al principio llegué a pensar que Rodolfo, Marco y Kevin se enfadarían, pero ocurrió todo lo contrario.

Y resultó que entre los tres llevaban semanas apostando cuándo admitiríamos que estábamos juntos.

Lorenzo vuelve a girarse hacia la orilla y, al verme aún sentada, comienza a caminar hacia nosotras. Frunzo el ceño al ver esa sonrisa traviesa en su rostro que conozco demasiado bien.

—Te estuve esperando.

—Sí, ya iba.

Se cruza de brazos, apretando los músculos.

—Tres…

—¿Qué haces…? ¿Lorenzo?

—Dos… —Se detiene y pasa su mano por su cabello—. No creo que te convenga que llegue al uno.

—Ni se te ocurra, Lorenzo Moretti.

No sirve de nada. Me levanta en brazos con facilidad y lo único que puedo hacer es gritar entre risas mientras comienzo a tratar de que me baje.

—¡Bájame!

—Muy tarde.

Muerdo mis labios y siento mis mejillas calentarse.

—Lorenzo, mi madre está mirando.

—Y seguro está de mi lado.

No me da tiempo a protestar. El rubio corre hacia el mar y se lanza conmigo entre los brazos. El agua nos envuelve y, cuando salimos a la superficie, aparto el cabello de mi rostro mientras intento recuperar el aire.

—¡Estás loco!

Él se ríe y yo lo empujo con suavidad.

—Voy a terminar resfriada por tu culpa.

—Eso es imposible —acerca su frente a la mía—, porque pienso cuidarte toda la vida.

Sus manos rodean mi cintura y siento cómo mi corazón vuelve a hacer lo de siempre cuando estoy junto a él: ese latido frenético que solo Lorenzo puede provocar.

—Te amo, Giovanna.

Sonrío.

Aquellas palabras siguen haciéndome sentir exactamente igual que la primera vez. Me pongo de puntillas, rodeo su cuello con los brazos y doy un beso lento sobre sus labios.

—Y yo te amo a ti, Lorenzo.

A nuestro lado, el mar sigue moviéndose con calma.

Horas después, cuando la poca luz del sol ha desaparecido por completo, me ofrezco a comprar algunas cosas que se nos han terminado.

Las calles están iluminadas por los faroles y los balcones repletos de flores.

El aroma a pizza recién hecha se mezcla con la sal del mar.

Compro algo de pan, mantequilla y un par de cosas más para el desayuno del día siguiente, además del famoso helado que el rubio ha pedido junto a una botella de vino.

De regreso, la noche ya había cubierto toda la costa.

Aprovecho para contestar algunos mensajes de Stephannie y Katherine y vuelvo a concentrarme en mi alrededor.

Siempre pienso que el mar es bonito durante el día, pero ahora, viéndolo de noche, y sobre todo al notar cómo las olas apenas pueden distinguirse entre la oscuridad y que no hay otra forma de imaginar su inmensidad más que por el sonido de estas, entiendo que estoy equivocada.

La luna se refleja sobre el agua y casi parece perderse por completo hasta el horizonte.

La cabaña que Lorenzo ha alquilado se encuentra cerca de uno de los acantilados de Positano y, desde allí, puede verse perfectamente toda la costa. Es tan hermosa que a veces pienso que se trata de un sueño.

Subo los últimos escalones de piedra que llevan hasta la cabaña y frunzo el ceño al notar todo tan silencioso. Empujo la puerta con cuidado, mirando el interior completamente a oscuras.

—¿Mamá? ¿Lorenzo? —Doy un par de pasos—. ¿Dónde están?

De la nada, miles de luces cálidas comienzan a iluminar la sala, formando un camino que atraviesa toda la cabaña hasta la terraza. Parpadeo varias veces y dejo las bolsas sobre la primera silla que veo.

—¿Lorenzo? Vamos, no es momento de hacer bromas.

De nuevo, no hay respuesta. No más que el sonido del mar.

Sigo el sendero de velas con el corazón golpeando cada vez más fuerte y, cuando cruzo la puerta de la terraza, el aire acaricia mi rostro. La vista es impresionante. El acantilado cae varios metros hacia el mar y allí, junto a una de las barandas de madera de la terraza…

Mamá y él.

Frunzo el ceño mientras él permanece a su lado.

—¿Qué pasa aquí?

Mi madre me mira con una sonrisa enternecida.

—Creo… que alguien quiere decirte algo.

Bastan esas palabras para que el resto del mundo desaparezca. El rubio comienza a caminar hacia mí lentamente.

—Hay muchas cosas que quisiera decirte justo ahora —murmura—.

Pero cada vez que te miro, las olvido todas.

—Las lágrimas empiezan a acumularse en mis ojos—.

Giovanna, durante mucho tiempo estuve perdido por el odio dentro de mi corazón, pero desde que te conocí, pude entender lo que se siente tener un hogar.

—Toma mis manos entre las suyas—. Contigo descubrí que incluso alguien tan obstinado como yo merece una segunda oportunidad para ser feliz.

Respiro hondo.

—Quiero formar una familia contigo y, si algún día tenemos hijos, quiero que aprendan a amar la cocina mientras te miran a ti cocinar —suelto una risa entre lágrimas—, pero, lo más importante, quiero envejecer contigo.

Lorenzo suelta mis manos y, lentamente, se arrodilla. Detrás de él, mamá está llorando sin intentar ocultarlo. Lorenzo mete las manos dentro de los bolsillos de sus pantalones y saca una caja pequeña. En su interior hay un anillo.

—Giovanna Greco… —Su voz tiembla—. ¿Me concederías el privilegio de seguir amándote el resto de nuestras vidas… y convertirte en mi esposa?

Las lágrimas no me dejan ver con claridad. Llevo ambas manos hasta mi boca mientras niego una y otra vez, incapaz de pronunciar una palabra. Toda mi vida pasa frente a mis ojos y, al final, aparece él. Lorenzo sigue arrodillado frente a mí, sus ojos verdes brillan con fuerza.

Sonrío entre lágrimas.

—¿Sabes cuál es el problema contigo, Lorenzo Moretti?

Parpadea, confundido.

Me arrodillo frente a él para quedar a su misma altura.

—Que cada día encuentras una forma para que te siga amando —respondo. Tomo la pequeña caja entre mis manos y asiento—. Claro que quiero casarme contigo.

La sonrisa que aparece en su rostro es, sin duda, la más bonita que he visto. Sus manos, ligeramente temblorosas, toman el anillo y lo deslizan con delicadeza por mi dedo. Encaja a la perfección.

Cuando termina, se pone de pie y me abraza con fuerza. Ambos reímos entre lágrimas. A nuestro alrededor solo existe el sonido del mar rompiendo contra el acantilado y los aplausos de mamá, que termina secándose las lágrimas con un pañuelo.

Apoyo la cabeza sobre el hombro de Lorenzo y observo el anillo que ahora descansa en mi mano.

Sonrío mientras entrelazo mis dedos con los suyos.

«Te amaré por toda la vida».