Epílogo
Unos años después.
—¡M arco, esos ravioles no van a hacerse solos!
Mi voz se escucha por toda la cocina y, casi al instante, también el bufido al otro lado de la mesada.
—¡Cinco minutos, chef!
Termino de colocar unas hojas de albahaca sobre el último plato. El aroma de la salsa de tomate recién preparada invade mi olfato y no puedo evitar sonreír.
Ese olor.
—Ahora sí, están listos.
Marco coloca el último plato sobre la barra y asiente con satisfacción. Están perfectos.
—Muy bien, yo los llevo.
Rodolfo frunce el ceño.
—Son unos clientes muy importantes —recuerdo en voz alta.
Tomo dos platos y empujo la puerta con el hombro. El sonido del salón me recibe de inmediato. Las mesas están llenas. Recorro el lugar hasta detenerme frente a una de las paredes. Allí permanece la placa Michelin. Siento la misma emoción del día en que llegó.
Quién hubiera imaginado que este pequeño restaurante terminaría recibiendo uno de los reconocimientos más importantes del mundo.
Continúo mi camino hasta llegar a una de las mesas del fondo.
—Aquí tienen. —Dejo cada plato sobre la mesa—. Espero que les guste.
—¿Cómo no va a gustarnos? —responde Katherine con una sonrisa orgullosa—. Si la mejor chef de Florencia es mi florecita.
—Vamos, no exageres.
—No exagera nada —interviene Elena mientras prueba uno de los ravioles—. Todo lo que hace mi nuera es una maravilla.
No puedo evitar reír. Todavía me resulta extraño escuchar esa palabra.
Nuera.
Hace un tiempo ni siquiera imaginaba que Katherine Monroe y Lorenzo compartían la misma sangre.
Katherine es su abuela paterna, la mujer que fundó el Monroe con la ayuda de su difunto marido.
La misma que, muchos años atrás, incentiva el deseo por la cocina en él, pensando que algún día continuará con su legado familiar, y quien lo deja desde el primer momento como el dueño de su sueño.
Volver a unir a la familia.
—¿Cuándo llega mi nieto? —pregunta la anciana mientras toma un trozo de pan para mojarlo en la salsa.
—Hoy a la noche, si todo sale bien. Tiene una reunión importante en París.
Ella suspira.
—Ese niño —lanza una mirada a Elena—. ¿No se supone que la reunión dura una semana?
—Pues, al parecer, no soporta estar lejos de alguien —espeta esta.
Cuando el último cliente abandona el restaurante, el reloj marca casi la medianoche. Kevin y Marco se despiden, mientras que Rodolfo se queda unos segundos de brazos cruzados en la puerta.
—Trata de descansar. No limpies todo tú sola.
—No prometo nada.
Sonríe y sale de la cocina. El silencio invade el lugar, pero la diferencia es notable.
Ahora este no me da miedo; es reconfortante.
Tomo un paño y comienzo a limpiar cada una de las mesas.
Nunca he podido evitarlo. Aunque tenga empleados y sea la dueña, termino hasta tarde para dejar todo lo más listo posible.
—Creo que jamás vas a perder esa costumbre.
Una voz roza mi oído y doy un pequeño salto.
—¡Lorenzo!
Me giro deprisa, dejando caer el paño, y lo abrazo.
—¡Volviste! Pensé que llegarías más tarde.
Ríe contra mi cuello y luego me besa.
—Te extrañé muchísimo.
—Mmm…
Vuelve a besarme, despacio y sin prisas, como si hubiera estado esperando todo el día para hacerlo.
—Me alegra escuchar eso.
Vuelve a abrazarme y, esta vez, me sonrojo al sentir el calor creciendo entre sus piernas. Lorenzo es insaciable, pero ahora mismo estamos en serios problemas.
—Es una lástima que mamá esté en casa —susurra. Una de sus manos baja por mi abdomen hasta detenerse en mi vientre bajo—. Podríamos llegar más tarde. ¿Qué te parece?
—Lorenzo, en verdad eres incorregible.
Sonríe con travesura y luego toma mi mano entre las suyas. Sus labios se posan con delicadeza sobre mi dedo anular, justo donde descansa mi alianza.
Mi esposo.
Lorenzo Moretti es mi esposo.
A su lado, todo parece una aventura. El simple recuerdo de la vez que intentamos buscar una casa meses antes de la boda no deja de volver a mi cabeza. Yo quería algo pequeño, mientras que él quería una casa enorme.
«—Estoy pensando en el futuro».
No había entendido a qué se refería hasta que, meses después, empezó a preguntarme con frecuencia cuándo había sido mi último período. Lorenzo quería formar una familia, quería hijos. Por eso, llevábamos algunos meses intentándolo, con citas médicas incluidas, pero no habíamos tenido suerte.
—¿En qué piensas?
Parpadeo.
—En nada.
—Eres muy mala mintiendo, Giovanna.
Sonrío y él entrelaza nuestros dedos.
—Bueno, ¿qué dices? —espeta—. Mi propuesta de quedarnos aquí a hacer el amor sigue en pie.
—¡Lorenzo!
—¿Qué? Tengo a la dueña del restaurante frente a mí, es mi esposa y no creo que quiera negarse.
No contengo la risa y le doy un pequeño golpe en el pecho.
—Eres un caso perdido.
—Soy tu caso perdido.
Entrecierro los ojos, lo tomo de la corbata y lo acerco a mí.
—Ven aquí, esposo.
El rubio no se aleja en cuanto mis labios buscan los suyos.
Me dejo devorar y, cuando las ansias son más fuertes e incontrolables, tomo su mano y echo a correr hacia la salida.
Su risa me sigue mientras apagamos las luces del Monroe.
La campana sobre la puerta vuelve a sonar cuando la cierra detrás de nosotros.
Esta vez, sin embargo, no marca un final.
A pesar de las heridas o grietas en el camino, mañana volveremos a abrir las puertas de aquel lugar donde aprendo que los sueños pueden hacerse realidad.
Y donde encuentro el amor que siempre había estado esperando.