Pruébame y Sedúceme Capítulo 26
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Capítulo 26

H oras después, permanezco sentada sobre la cama.

El silencio llena la habitación y, a pesar de sentir el cansancio sobre mi cuerpo, me obligo a levantarme.

Tomo una ducha rápida, abro el armario sin detenerme a pensar demasiado y tomo lo primero que encuentro.

No me molesto en mirar al espejo. Recojo mi cabello en un moño y salgo de casa después de avisarle a mamá que volveré más tarde.

El frío de la noche se hace notar apenas cruzo la puerta.

Camino entre las calles de Florencia, saludando con una leve inclinación de cabeza a algunos vecinos o personas que llegan a reconocerme. Siento cierto alivio al ser de noche, porque quizás así no noten lo espantosa que me veo ahora.

Cuando doblo la última esquina con dirección al Monroe, mis pasos disminuyen por sí solos. Mi pecho se oprime con fuerza, tanto que debo detenerme unos segundos. ¿Cómo podría dejar esto atrás? Todo está igual; sin embargo, dentro de poco desaparecerá.

Los recuerdos me invaden. Recuerdo el primer día que crucé esa puerta sin saber mucho de cocina.

A Katherine entregándome el delantal y a mi madre sonriendo al verme feliz.

Recuerdo el aroma del pan recién horneado por todo el salón durante las mañanas.

Las noches en las que cerramos tarde y terminamos cenando juntos alrededor de una de las mesas mientras contamos nuestras historias.

Recuerdo el primer plato que preparo y el primer cliente que da sus elogios.

Toda mi vida está encerrada entre aquellas paredes.

Trago con fuerza, respiro e intento controlar el temblor de mis manos. Luego camino hacia la puerta y escucho el sonido de la campana sobre el marco que anuncia mi llegada. Levanto la vista y mi corazón deja de latir durante unos segundos.

No es Katherine quien me espera en el comedor.

¿Qué hace él aquí?

Lorenzo.

Permanece de pie frente a una de las mesas, todavía con el abrigo puesto. Como si llevara rato esperando mi llegada. Cuando nuestras miradas se encuentran, ninguno de los dos habla. Su barba está ligeramente crecida.

Aunque, seguramente, yo tampoco debo verme mejor.

Mis dedos se aferran con fuerza a mi abrigo. Debo marcharme, dar la vuelta y desaparecer. No puedo respirar en este lugar si él está aquí. Me giro con intención de salir, pero apenas doy dos pasos, escucho su voz detrás de mí.

—Giovanna.

Cierro los ojos.

No. Por favor, no.

Sigo caminando. La campana de la puerta vuelve a sonar cuando mi mano alcanza el picaporte.

—Por favor… —Su tonada flaquea, como si estuviera por llorar.

Y, aunque me hace daño, aprieto la mandíbula.

—No quiero escucharte. Ya escuché suficiente.

—No voy a justificarme, solo déjame explicarlo. —Sus palabras hacen que mis dedos se presionen con fuerza—. Solo te pido cinco minutos, Giovanna. Y, si después de eso quieres irte, no te detendré.

Mi mano continúa sobre el picaporte.

Cinco minutos.

—Cinco minutos —murmuro—. Luego de eso, no vuelvas a buscarme nunca más.

Lorenzo exhala.

—Gracias.

Hay varios metros entre nosotros. Reparo en ello, en el hecho de que nunca hemos estado tan lejos. Lorenzo baja la mirada hacia el suelo antes de comenzar a hablar.

—Katherine Monroe es mi abuela y, durante años, la culpé por todo lo que ocurrió con mi familia.

Necesitaba encontrar un responsable para tanto odio y terminé convirtiendo este restaurante en uno de ellos.

Pensé que, si desaparecía, también desaparecería una parte de todo aquello que llevaba dentro.

Pensé que sería sencillo cerrar sus puertas y seguir adelante —levanta la cabeza; sus ojos me miran—, pero apareciste tú.

Al principio intenté convencerme de que no cambiaría nada.

Que solo eras un peón en el juego, pero, con el paso de los días y cada vez que te veía, entendí que no solo estaba por destruir un restaurante —hace una pausa—, estaba por destruir tu vida.

Entendí que el Monroe nunca había sido el problema; el problema era yo.

Y el pasado no debía afectar al presente.

Tú fuiste quien hizo posible que convirtiera todo este odio en amor.

Mis lágrimas comienzan a caer y Lorenzo da un paso, pero sigue manteniendo la distancia.

¿Katherine Monroe era la abuela de Lorenzo? ¿Cómo puede ser esto posible? ¿Acaso me está mintiendo de vuelta?

—La competencia y todo lo que pasó entre los dos jamás fue una mentira —aprieta la mandíbula—. Soy un imbécil, Giovanna. Pero este imbécil está completamente loco por ti. Debí decirte la verdad desde el principio, debía confiar en ti y dejar que me odiaras antes y… no después.

Mis puños se estrujan más, me siento débil por el brillo en sus ojos.

Todo duele. Todo.

Y es por eso que no puedo creerle.

—¿Ya terminaste? Las disculpas ya no sirven de nada. Ya es demasiado tarde. Ya conseguiste lo que tanto querías.

Una sola lágrima cae por mi barbilla y mi voz amenaza con romperse desde hace rato.

—Giovanna.

—Vete.

No puedo ver bien debido a las lágrimas.

—Yo seguiré con mi vida —intento sonreír, pero solo consigo sollozar—, y tú harás lo mismo.

Él permanece quieto. Sus hombros descienden y asiente. Derrotado.

—Lo entiendo. No voy a pedirte que cambies de opinión. —Mete una mano dentro del bolsillo del abrigo y saca un sobre. Lo observo sin comprender. Es idéntico al de la gala. Lorenzo lo deja con cuidado sobre una de las mesas—. Solo quiero pedirte una última cosa: cuando puedas, léelo completo.

No intenta acercarse y el silencio entre nosotros cada vez es más insoportable. Pasa por mi lado y abre la puerta, pero antes de salir gira la cabeza.

—Te amaré toda la vida, Giovanna.

La puerta se cierra y caigo en cuenta de que sigo llorando. Mis ojos terminan yendo hasta el sobre en la mesa. Durante varios minutos me niego siquiera a tocarlo. ¿Qué sentido tiene? Ya no queda nada más por descubrir.

Sin embargo, mis piernas avanzan solas y lo tomo en mis manos. El papel sigue arrugado y, mientras saco los documentos, me doy cuenta de que son los mismos de la gala.

Una risa amarga escapa de mis labios.

—¿Para qué me dio esto?

La primera hoja sigue igual y noto mis lágrimas caer mientras paso a la segunda página. Entonces, mi respiración se detiene. Parpadeo varias veces y mis ojos vuelven una y otra vez al mismo párrafo.

No, esto no puede ser.

—¿Por qué mi nombre aparece como titular?

Mi corazón golpea con fuerza y siento mi alrededor detenerse. Paso las hojas con las manos temblorosas, no hay dudas. Un documento de herencia y luego, la transferencia de titular. Y mi nombre está en la aclaración de la nueva dueña.

¿Pero… por qué?

Me detengo en la siguiente página, aunque esta no es parte del contrato. Parece una carta escrita por Lorenzo, o más bien, la reseña oficial que había redactado para el Monroe.

«En varios de mis viajes he comprendido que existen restaurantes destacados por su técnica, ingredientes o historia.

Me complace decir que el Monroe no pertenece a ninguna de ellas.

Este es uno de esos lugares donde no te importa sentarte a compartir una mesa con alguien, y aunque aquí no encuentres un local con vajilla bañada en oro, te aseguro que su pan recién horneado y personas que cocinan con el corazón no serán poca cosa.

Entré sin muchas expectativas, pero me voy con algo más que el estómago lleno.

Quizá recuerdes a tu hogar, o quizás encuentres algo mucho más valioso detrás de aquellas puertas. »

—¿Qué hice?

Mi voz consigue salir en un susurro. Esto es lo que tanto quiere mostrarme ese día y yo lo he malinterpretado.

«Yo seguiré con mi vida… tú haz lo mismo.»

Me llevo ambas manos a la boca.

—No.

Salgo corriendo del restaurante. Miro hacia ambos lados, pero no lo veo por ningún lado.

—¡Lorenzo!

Corro hasta la esquina, pero las lágrimas no me dejan distinguir nada. Me abrazo a mí misma al sentir frío y recuerdo la vez en que toma mi mano por primera vez. Todos los recuerdos vuelven sin descanso.

«Te amaré toda la vida, Giovanna».

Y yo he sido lo suficientemente estúpida como para no dejarlo explicarse. Mis piernas terminan cediendo y me apoyo sobre un banco, tratando de recuperar el aire.

—¿Giovanna?

Me giro al escuchar la voz. Lorenzo permanece a pocos metros, con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¿Te sientes mal?

Corro hasta él tan rápido que apenas tiene tiempo de abrir los brazos antes de que me estreche contra su pecho. Lo beso desesperadamente entre lágrimas y sollozos. Con toda la culpa y el amor que llevo días intentando esconder.

—Perdóname por no dejarte hablar y explicarme —sollozo—. Lo leí todo.

El rubio me abraza con fuerza, como si temiera que volviera a desaparecer.

—No, tú no tienes culpa de nada. Perdóname a mí, Giovanna. Debí confiar en ti desde el primer instante. Quería explicarte todo después de la gala y que fuera una sorpresa, pero todo salió mal. Terminé convirtiéndolo en el peor día de tu vida.

Niego.

—No digas eso.

—Tenía miedo de que, si conocías esa parte de mí, lo que tenía planeado hacer, nunca volvieras a mirarme como lo hacías.

Tomo su rostro entre mis manos.

—Pues mírame ahora. —Sonrío entre lágrimas—. Te amo, Lorenzo. Te amo desde hace mucho y no quiero seguir perdiendo el tiempo.

Sus ojos verdes vuelven a brillar y una sonrisa pequeña, aunque temblorosa, aparece en sus labios.

—Prometo que no volveré a ocultarte nada. Lo juro.

Vuelvo a sus labios con la necesidad del más sediento, sintiendo como el nudo en mi garganta se tensa y suelta, juguetón, alterando mis latidos como si fuera un procedimiento de rutina.

Reviso mentalmente todas las cosas que pasaron en las últimas semanas, despidiéndose por fin del dolor, de la picazón en los lagrimales y el ardor en el pecho.

Ya no está eso que me ataba. Ya no solo está el Monroe cuando pienso en mi hogar, por lo que sonrío en su boca, feliz por el descubrimiento.

Me doy cuenta cuando, al mirarlo, mi corazón por fin halló su lugar.