Capítulo 25
E l viaje de vuelta a Florencia es silencioso, lo que agradezco sin dudarlo.
En todo el trayecto permanezco con los ojos cerrados.
No quiero pensar en nada, aunque no es tan sencillo.
Siento un nudo en la garganta que no se disipa por más que me esfuerce.
Recordaba la mirada de los chicos al llegar al hotel, y aunque estos me habían dicho que no tenía la culpa, no lo pensaba así.
La culpa me carcomía.
Si tan solo no me hubiera dejado llevar por los sentimientos. Si tan solo hubiera hecho más .
Cuando bajamos del avión y veo a mi madre, las lágrimas que tanto había soportado por no mostrar comenzaron a salir. Mis defensas se hicieron polvo, y me aferro a sus brazos como una niña pequeña.
Los recuerdos de los siguientes tres días son borrosos. No hago más que dormir hasta que el sol desaparezca por completo. Hay momentos en los que despierto desorientada, sin saber qué hora ni cuánto tiempo ha pasado, casi como un zombie.
Estoy muerta en vida.
Hasta que recuerdo todo y siento como dentro de mí volvía a romperse.
—No quiero que estés sola, hija.
Mamá insistió desde el primer momento para que me quedara en casa, y lo cierto era que no tenía fuerzas para discutirle.
La mayor parte del tiempo permanezco acostada mirando el mismo rincón del techo mientras la lluvia azota el pueblo de Florencia.
Sin embargo, luego de que esta termine y el sol vuelva a salir, se escuchan las risas de los niños al jugar en la calle.
El mundo sigue exactamente igual.
Algunas noches siento la puerta de mi habitación abrirse con cuidado. No necesito abrir los ojos para saber que se trata de mamá. Se sienta a mi lado, aparta el cabello de mi frente igual que cuando tenía fiebre de pequeña, y acaricia mi cabeza durante largos minutos.
—Todo va a estar bien, mi niña —recita cuando las lágrimas salen de mis ojos y puedo escuchar su voz quebrada continuar—. Llora todo lo que necesites, mamá está aquí.
Porque cada vez que abro los ojos y miro las hojas verdes de los árboles, inevitablemente, pienso en él. En su sonrisa, en sus caricias y las palabras que lograron acelerar mi corazón.
Al cuarto día, alguien golpea la puerta de mi habitación. Sé que no se trata de mi madre, puesto que la puedo ubicar desde la ventana recogiendo algunas fresas para las mermeladas.
—¿Puedo entrar?
Miro a Stephannie segundos después con una bandeja entre las manos.
—Tu madre me dijo que te trajera el almuerzo, llevas casi un día sin comer.
—Deja la bandeja sobre la mesa de luz y arrastra la silla a pocos centímetros de ella hasta quedar frente a la cama—.
No pienso irme hasta verte comer —continúa, mirando hacia la ventana—.
Puedes ignorarme todo lo que quieras —suspira—.
Sé que duele, Gio. Pero no puedes desaparecer frente a tu familia.
Una lágrima resbala sobre mi mejilla.
—No tengo hambre.
—Lo sé —empuja el plato hacia mí—, pero igual vas a comer un poco.
La miro por primera vez en días. Tiene ojeras y algo me dice que tampoco ha dormido desde que todo ocurrió. Tomo el tenedor y llevo un pequeño bocado a mi boca. No posee sabor, lo que me hace sonreír.
—Qué mal sabe esto, ¿lo cocinaste tú?
Más allá de ofenderse, ríe como si acabara de ganar una batalla. Al terminar la mitad del plato vuelven a tocar la puerta. Del otro lado, la voz de mi madre viene acompañada de una que conozco a la perfección. La señora Monroe aparece y Stephannie me retira la bandeja de comida.
—Las dejaré solas.
Espero a que salga antes de girarme hacia Katherine.
—Mi florecita.
En cuanto se acerca a mí me lanzo a abrazarla, rompiendo a llorar otra vez. Ella me sostiene con fuerza, acariciando mi espalda. Como si intentara mantener unidos todos los pedazos en los que me he convertido.
—Lo siento… —susurra.
Niego entre sollozos.
—¿Por qué, por qué no me dijo nada? —pregunto cuando consigo recuperar el aire—. ¿Por qué no me dijo que el Monroe estaba a la venta? Quizá, si me esforzaba más habría encontrado otra forma… habría podido hacer algo…
Ella cierra los ojos.
—No quería romperte el corazón una vez más.
—Elevo la mirada—. Estaba por decírtelo la noche en que nos vimos, pero cuando me dijiste que habías sido invitada a una competencia, no pude hacerlo.
Pensé que, si encontrabas una oportunidad lejos de aquí, podrías seguir adelante con tu vida y no dolería tanto.
Lo lamento tanto, florecita. Jamás quise verte sufrir así. Todo es mi culpa.
En ese momento comprendo que Katherine siempre lo supo, desde el principio. Había conocido la verdad mucho antes que yo. Había cargado con la culpa en lo más hondo de su corazón.
Vuelvo a abrazarla.
—La perdono, de verdad.
Ella besa mi cabello y permanecemos así durante un largo rato sin hablar. Hasta que Katherine vuelve a romper el silencio.
—Esta noche, debes ir al Monroe.
Frunzo el ceño.
—¿Para qué?
Una sonrisa aparece en sus labios.
—Será la última cena —dice—, y quiero que estés allí.
Toma mis manos entre las suyas.
—Por favor, florecita, no faltes.