Pruébame y Sedúceme Capítulo 24
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Capítulo 24

A bro los ojos con lentitud cuando los rayos del sol pegan contra mi rostro.

Permanezco quieta varios segundos y observo el techo.

El cansancio pesa sobre cada músculo de mi cuerpo, pero no me resulta desagradable.

Al contrario, sonrío al recordar lo que ha pasado hace pocas horas.

Luego de dejarme en mi habitación del hotel, Lorenzo se despide con un beso, excusándose de que debe ocuparse de algunos asuntos antes de la gala.

No puedo hacer otra cosa que volver a acostarme y sonreír como una completa idiota. La noche anterior sigue presente, tanto que todavía puedo sentir sus manos recorriendo mi piel, sus besos y el recuerdo de su voz al pronunciar mi nombre una y otra vez.

Sin embargo, el recuerdo pasa de lado para verse suplantado por otro. La gala, el premio y las palabras que debo decir cuando suba al escenario. Por eso me levanto y paso la mayor parte de la tarde caminando por toda la habitación mientras repito el pequeño discurso que preparo.

No es el mejor, pero al menos espero que sea suficiente.

Horas más tarde, lo primero que hago al terminar de colocarme el uniforme de gala que la organización nos ha hecho llegar a primera hora de la mañana es acercarme al espejo.

Paso la mano por la tela, tratando de quitar algunas pelusas, y luego acomodo la pequeña placa metálica donde puede leerse con claridad mi nombre.

Giovanna Greco/Chef.

Me resulta extraño verlo, como si perteneciera a otra persona. Me dejo el cabello suelto y retoco apenas el maquillaje: brillo de labios y máscara de pestañas.

Toc, toc.

—¿Giovanna? ¿Estás lista? Ya es hora, tenemos que irnos.

La voz de Steph atraviesa la puerta.

—Sí, un minuto.

Tomo mi bolso y, al abrir la puerta, me encuentro a Stephannie luciendo un vestido negro ceñido al cuerpo que deja uno de sus hombros al descubierto. Silbo por lo bajo.

—Estás muy linda.

—Pues tú también lo estás. —Sonríe de oreja a oreja—. Y antes de que me digas que es imposible, déjame recordarte que hay gente que necesita un vestido para verse elegante. Y ese, cariño, no es tu caso.

Al llegar a recepción, los chicos ya nos están esperando. Los tres visten exactamente el mismo traje que yo, con la placa con sus nombres en el pecho.

—Bueno, creo que sí parecemos un equipo importante —reconoce Kevin, acomodando el cuello de la camisa.

—Siempre lo fuimos —responde Rodolfo.

No perdemos tiempo, porque una vez afuera ya nos esperan los taxis. Subimos repartidos en dos autos y el trayecto transcurre con calma, la suficiente como para no perder la oportunidad de mirar la vista de la ciudad nocturna.

Respiro hondo cuando termino perdiéndome en mis pensamientos.

Joder.

Los taxis se detienen en la dirección que les doy y, una vez fuera, mis pensamientos desaparecen para devolverme a la realidad.

—Madre mía… —susurra mi amiga.

La gala ocupa uno de los salones más importantes de la ciudad. La alfombra roja atraviesa la entrada principal, mientras decenas de fotógrafos y periodistas esperan detrás de las vallas.

—Vamos rápido —dice uno de los chicos de seguridad al reconocerme.

Dentro, el salón es impresionante. Arañas de cristal iluminan el techo y una orquesta interpreta música suave al fondo.

El lugar está lleno de rostros, tanto conocidos como desconocidos.

Algunos de los equipos descalificados, incluso Valery y varias personas que supongo deben tener bastante influencia con solo mirar la manera en que se expresan.

Y todos ellos no tardan en acercarse a mí cuando me notan en el lugar.

En menos de diez minutos, recibo más felicitaciones, tarjetas de presentación y propuestas de las que alguna vez creí obtener.

—Voy a buscar algo para tomar. —Ella me da un beso rápido en la mejilla—. Disfruta de tu momento, Gio.

Asiento y ella desaparece entre la multitud. Cuando vuelvo a girarme, me encuentro con unos ojos verdes observándome desde el otro extremo del salón.

Lorenzo.

Camina hacia mí con paso tranquilo, dejándome observar el traje gris a medida con el que viste. Este lleva una carpeta oscura bajo uno de sus brazos. Río. Ni siquiera aquí deja de trabajar. Cuando se detiene frente a mí, nos mantenemos en silencio sin dejar de mirarnos.

—Buenas noches —dice, paseando sus ojos por mí sin disimulo—. Estás hermosa.

Bufo.

—No te queda bien mentir.

—¿Y eso qué tiene que ver? —ladea la cabeza—. Un traje no impide que una mujer sea hermosa.

Siento el calor subir hasta mis mejillas, por lo que cambio de conversación.

—¿Cómo estuvo tu día?

—Bien.

Responde rápido. Desliza una mano dentro de la carpeta y saca un sobre hasta colocarlo frente a mí.

—Toma.

Lo observo sin comprender.

—No entiendo. ¿Qué es?

Estoy a punto de abrirlo cuando él sostiene mi muñeca con suavidad.

—Ábrelo después de la entrega del premio. —Elevo la vista para prestarle atención por varios segundos. Sea lo que sea, parece no estar bromeando, por lo que asiento—. Juntos.

—Está bien.

Tomo el sobre con cuidado y, justo en ese instante, el sonido del micrófono recorre el salón, logrando que el ruido se disipe en segundos. A unos cuantos metros, un hombre vestido de esmoquin sube al escenario y sonríe a los presentes.

—Muy buenas noches a todos. En nombre de la organización, queremos agradecer profundamente a cada uno de los patrocinadores, jurados y colaboradores que hicieron posible una edición inolvidable. Recordando que, como siempre, la cocina sigue siendo uno de los lenguajes más universales que existen.

Los aplausos llenan el salón.

—Y ahora, llegó el momento que todos estábamos esperando. Invitamos al escenario a la ganadora de esta noche —hace una breve pausa—, la chef Giovanna Greco.

Lorenzo gira apenas hacia mí y sonríe. Busco con la mirada a los chicos. Los encuentro enseguida, sentados en una de las mesas junto a Stephannie. Antes de avanzar, los abrazo.

—Gracias por nunca rendirse, chef —responde Rodolfo.

Mi corazón late con fuerza al escuchar tales palabras y le entrego el sobre a Stephannie antes de seguir al escenario. Esta no me hace preguntas, y se lo agradezco.

Al llegar al escenario, me acomodo frente al micrófono. Mis manos tiemblan, pero trato de no pensar en eso. Las luces me impiden distinguir con claridad los rostros del público, pero aun así alcanzo a ver la mesa de mi equipo. Y, un poco más atrás, al fondo de todos ellos, está Lorenzo.

Sus ojos no se apartan de los míos.

Recibo los premios y trago con fuerza antes de hablar.

—No soy buena con las palabras. De hecho, nunca lo he sido —admito, con una pequeña risa nerviosa—, pero creo que es el momento perfecto de hacer el intento.

Cuando era pequeña, nunca soñé con ganar una competencia internacional.

Soñaba con cosas más simples: lograr mi sueño de cocinar y ver a mi mamá sonreír al final del día.

Mi garganta se cierra.

—La cocina me enseñó que los sueños no aparecen de un día para otro, sino que se construyen.

A veces, con mayor sacrificio del necesario y mucho, pero mucho miedo.

—Elevo mis comisuras—. Hoy, este premio lleva mi nombre, pero no me pertenece solo a mí.

Pertenece a todo mi equipo, quienes nunca dejaron de creer cuando yo empezaba a dudar.

A mi mejor amiga, por sostenerme cuando ni yo misma podía hacerlo.

A mi familia, que me enseñó la importancia de decir un «te quiero» sin necesidad de usar palabras.

Los aplausos llenan nuevamente el lugar. Aprovecho y respiro hondo cuando las lágrimas amenazan con salir.

—También pertenece al restaurante que me ve crecer.

Gracias a los jurados por exigirnos más de lo que creían que éramos capaces de dar, y a cada participante.

Encontré personas talentosas en este lugar y estoy orgullosa de ello.

Y, sobre todo, gracias infinitas a la Giovanna de cinco años, por recordarme que esto nunca se trata de ganar —relato, más emocionada que nunca, y presiono la piel de mis palmas—; se trata de encontrar el camino de regreso a casa.

El salón entero se pone de pie y los aplausos me envuelven mientras inclino la cabeza.

—Muchas gracias.

Cuando bajo del escenario, apenas soy consciente de las personas que empiezan a rodearme para darme sus felicitaciones. Luego de varias fotografías, trato de encontrar aquellos ojos verdes entre la multitud. Frunzo el ceño al ver que Lorenzo ya no está. Miro alrededor una vez más.

Nada.

Camino hasta la mesa donde están los chicos.

—¿Viste a Lorenzo?

Stephannie asiente mientras bebe un trago de la copa que acaba de aceptar.

—Sí, se fue hacia ese lado del salón hace un momento —señala un pasillo lateral—, pero no estoy muy segura.

Asiento. Eso es suficiente.

—Ya vuelvo.

—Ve tranquila.

Me alejo y, con ello, el ruido de la música disminuye conforme avanzo por el pasillo. Hay una puerta abierta y estoy a punto de asomarme a ella cuando una voz me detiene.

Valery.

—¿Cuánto tiempo más piensas seguir ocultándoselo?

Mi cuerpo se queda inmóvil. No alcanzo a verlos desde donde estoy, solo escucharlos.

—¿Por qué te interesa tanto?

—¿Es en serio, Lorenzo? ¿En verdad es lo que estoy pensando?

—Valery, no creo…

—Respóndeme. ¿Es cierto? Si no es así, ¿cuándo pensabas decirle que sabías todo sobre que ese restaurante estaba en quiebra?

Mi respiración se corta.

No entiendo nada.

—Las cosas no son tan simples, lo sabes.

—Dime al menos que nunca pensaste convertir el Monroe en otro de tus restaurantes. Que no sigues haciendo la misma jodida mierda de años y años de arruinar restaurantes para luego volverlos tuyos.

Siento que el suelo desaparece bajo mis pies.

No. Eso… eso no puede ser cierto.

—Yo…

Un gemido ahogado escapa de mi garganta, tan silencioso que no parece darse cuenta, pero para mí ya es más que suficiente. Retrocedo un paso antes de seguir escuchándolo y salgo corriendo hasta que el salón vuelve a aparecer frente a mí, completamente borroso.

Llego hasta la mesa, o a mitad de ella, porque Stephannie se acerca al verme en tal estado.

—¡Giovanna! ¿Qué pasó?

No puedo responder. Mi pecho duele.

—El sobre —mi voz se rompe—. Dámelo.

Ella frunce el ceño.

—¿Qué? ¿Qué tiene que ver ese sobre con que estés así?

—¡Que me des el sobre, Steph!

Sin hacer preguntas, regresa hasta la mesa y vuelve con él. Mis dedos tiemblan tanto que apenas logro romper el sello. Extraigo los papeles y las primeras líneas bastan para que todo termine de desmoronarse.

Procedimiento de insolvencia, transferencia de activos del establecimiento con nombre «Monroe» y comienzo de venta.

No.

No.

No.

Mis piernas dejan de sostenerme y Stephannie me ayuda a sujetarme al caer en cuenta de que, durante todo este tiempo, él lo sabe. Sabe lo que está ocurriendo.

Siento cómo las lágrimas comienzan a caer sin control alguno por mi rostro.

—Gio, ¿qué pasa? ¿Qué dicen esos papeles? Déjame ver —pregunta Rodolfo, con la misma preocupación en sus ojos.

No puedo, porque admitirlo en voz alta sería mucho más doloroso. Así que aprieto los papeles contra mi pecho y salgo corriendo del salón. Necesito aire, necesito despertar y que todo esto se trate de una pesadilla.

Necesito irme de aquí cuanto antes.

—¡Giovanna! —escucho pasos detrás de mí, luego la voz de Lorenzo—. ¿Qué ocurre?

Cierro los ojos y luego me giro. Le arrojo los documentos contra el pecho. Las hojas caen al suelo entre nosotros.

—Explícame qué mierda es esto.

El silencio resulta insoportable. Los chicos y Stephannie llegan unos segundos después. Nadie entiende qué está pasando. Lorenzo no responde. Sus ojos bajan hasta los documentos esparcidos sobre el suelo y, cuando vuelve a encontrarse con los míos, algo dentro de mí termina de romperse.

—Giovanna.

—Respóndeme —mi voz es baja y peligrosa—. Dime que esto no es verdad.

—Déjame explicártelo.

Suelto una risa desde lo más hondo de mí. Solo que esta no tiene nada de gracia.

—¿Explicarme? ¿El qué? ¿Qué carajos es lo que me tienes que explicar?

—Las cosas no son como parecen. —Da un paso hacia mí, pero yo retrocedo de inmediato.

—No —levanto una mano para detenerlo—. No te me acerques.

Él se queda quieto.

—Giovanna, por favor.

—¿Lo sabías? ¿Sabías que el Monroe estaba en quiebra?

Silencio.

Ese maldito silencio.

Siento que el aire desaparece de mis pulmones.

—Lo sabías… —susurro con el nudo en la garganta.

—Sí.

La única palabra que jamás quiero escuchar. Todo a mi alrededor desaparece. Solo escucho esa respuesta golpear mi mente una y otra vez.

—¿Desde cuándo? —las lágrimas vuelven a nublar mi vista—. ¿Desde cuándo me conocías? ¿Cuánto sabías?

—Escúchame. Yo, en verdad…

—¡No! —Mi grito hace que varias personas giren la cabeza.

Gracias al cielo, o quizás a la suerte de este hombre, no hay ni un solo reportero afuera—.

Tú más que nadie lo sabías. Sabías que ese restaurante era toda mi vida, sabías que hice todo lo posible para poder salvarlo.

—Aprieto los puños con tanta fuerza que las uñas se clavan en mis palmas—.

Sabías por qué acepté entrar a esta competencia y, aun así, me dejaste creer que todavía había esperanza.

—Aún hay esperanza.

—¿Cuál? ¡Dime!

—Yo estaba intentando…

—¿Intentando qué? —Mi voz vuelve a romperse—. ¿Tomarlo para uno de tus restaurantes? ¿Terminar por destruir mis sueños?

Él no responde y no necesito escuchar nada más. Las piezas encajan una tras otra. Las reuniones, llamadas, viajes y ese maldito sobre. Todo.

Absolutamente todo.

—Debiste divertirte conmigo —digo casi sin voz—. ¿No te cansaste de fingir? ¿Por eso insistías tanto en que me quedara aquí? ¿Porque sabías que no tendría ningún lugar al que volver? ¿¡Te encantó jugar con mis sentimientos!?

Lorenzo intenta dar otro paso, pero él mismo se detiene.

—Nunca jugué contigo, Giovanna. Quería protegerte.

Las lágrimas empapan mis mejillas y ya no soy capaz de detenerlas.

—No, te equivocas. Eso no es proteger a alguien —Mi amiga se acerca hasta quedar a mi lado. No dice nada, solo toma mi mano—. Confié en ti. Todos confiamos en ti. Te conté lo que significaba ese lugar para mí, te hablé de mi madre y de todos… pero no te importó.

—Giovanna, espera.

Nunca había sentido tanto frío.

—¿Sabes qué es lo peor? —Él me observa—. Que ya no sé qué parte de todo el tiempo juntos, de nosotros , fue real.

Su expresión cambia por completo, como si esas palabras hubieran sido el verdadero golpe.

—Todo fue real. Lo que siento por ti es real. —asegura, pero niego una vez más—. Te quiero, estoy enamorado de ti.

—Ojalá pudiera creerte.

Miro hacia la puerta del salón. Hace apenas unos minutos ha sido el día más importante de mi vida, pero ahora se ha convertido en el lugar de una completa pesadilla.

—Puedes quedarte con el premio, después de todo. —Lo miro por última vez—. Lograste quitarme aquello por lo que vine a luchar, porque el Monroe era mi hogar.

Sin esperar respuesta, me doy la vuelta. Stephannie rodea mis hombros antes de que mis piernas vuelvan a fallar.

—Vámonos —susurra.

Yo asiento sin fuerzas.

No vuelvo a mirar atrás, porque tengo miedo de encontrar aquellos ojos verdes otra vez. Y descubrir, en lo más hondo de mi corazón, que todavía duele demasiado quererlos.