Capítulo 23
—F elicidades, chef Giovanna.
Parpadeo varias veces antes de mirar a Valery acercarse a mí y extender su mano.
Ya han pasado varios minutos desde que todo termina.
El presentador ha añadido un detalle especial que asombra a todos al aclarar que el premio lo recibimos el día de mañana en una gala en honor al ganador y los exparticipantes.
Aun así, seguimos en el recinto. Los reporteros han hecho un par de preguntas, aunque no muchas debido a las quejas de Stephannie sobre que necesitamos espacio.
—Gracias.
—No hay por qué. Hiciste un increíble trabajo. —Estrechamos nuestras manos—. Espero poder vernos en otro momento para la revancha.
Río.
—Estaré encantada.
Ella hace una pequeña inclinación de cabeza y se aleja hacia su equipo para luego irse del lugar.
Es extraño. Pensar que no hace mucho la veía como el último obstáculo entre mi sueño y la realidad.
Sin embargo, tenerla frente a mí me hace darme cuenta de que no es una rival, sino una chef extraordinaria.
Una mujer que ha peleado exactamente igual que yo para llegar hasta aquí.
—¡Chef! ¡Ganaste!
—Ganamos —corrijo entre risas.
—Sigo sin poder creerlo, es decir… wow.
—Si siguen repitiéndolo, terminaré llorando de nuevo.
Y no miento. Con cada una de sus palabras, puedo sentir cómo varias lágrimas comienzan a acumularse en mis ojos.
—Pues tendrá que acostumbrarse, chef —resalta Kevin—. Porque pienso repetirlo durante los próximos veinte años.
Segundos después, los asistentes se acercan para indicarnos que las últimas fotografías oficiales están por comenzar. Nos acomodan en una de las paredes y los flashes se disparan uno tras otro. Las luces casi me ciegan y siento las mejillas entumecidas por tanto sonreír.
Todavía me cuesta creer que la mujer que sostiene aquel enorme trofeo provisional soy yo.
Cuando la sesión termina, me permito respirar.
La llamada de mamá llega horas después, en el hotel.
Esta llorando antes de decir «hola», lo cual termina por hacerme llorar a mí también.
Pronto, los vecinos del barrio van dejando cada uno sus saludos.
Aunque la llamada es rápida, tengo el tiempo necesario para preguntar por mi madre y asegurarle que nos veremos pronto.
Luego de eso, me doy una ducha. El agua caliente golpea mis hombros mientras observo el vendaje en mi mano.
He ganado, pero por alguna razón aún no logro comprenderlo.
Me visto con un vestido color crema y bajo hasta la recepción del hotel. Saco el teléfono de mi bolso para enviarle un mensaje a Lorenzo.
Giovanna:
Ya voy en camino.
Lorenzo:
Te espero.
Al bajar del taxi, lo encuentro esperando junto a la fuente de una plaza repleta de gente. Nadie repara en nosotros.
—Hola, chef.
Elevo mis comisuras con felicidad.
—Hola, jurado.
Lorenzo niega divertido.
—Creo que hoy los honores te pertenecen a ti —da un paso y rodea mi cintura con cuidado, procurando no rozar mi mano vendada—. Felicidades.
Sus labios tocan mi frente.
—Gracias.
—¿Eres feliz, Giovanna?
Aunque la pregunta me toma desprevenida, no pienso mucho la respuesta.
—Mucho.
Su sonrisa se intensifica y vuelve a dejar un beso, esta vez en mi mejilla.
Durante minutos, inclusive horas, caminamos sin detenernos a pensar en el destino.
Nadie nos sigue con cámaras; solo somos dos personas caminando entre desconocidos.
Pasamos frente a una tienda de espejos y veo mi reflejo.
Todavía me cuesta creer que aquella mujer soy yo.
La chef que hace algunos años apenas puede sostener un restaurante que se cae a pedazos.
La mujer que cruza kilómetros para perseguir un sueño.
La mujer que vuelve a enamorarse cuando jura que no hay tiempo para ello.
Aprieto la mano de Lorenzo.
—Sabes, he estado pensando mucho estos días.
—¿Se puede saber en qué?
Bajo la mirada hacia las baldosas.
—En nosotros. —Lorenzo me escucha y yo prosigo—. Y he llegado a la conclusión de que quiero estar contigo, pero no quiero abandonar mi tierra ni a mi familia. No quiero sentir que, para tener una cosa, debo perder la otra.
—Jamás permitiría eso.
Levanto la vista.
—¿Qué?
—Nunca te pediría que renunciaras a quién eres, Giovanna. Fue precisamente de esa mujer de la que me enamoré. No quiero ser el motivo por el que abandones tus raíces; quiero formar parte de ella. —Sus dedos se entrelazan con mayor fuerza a los míos—. Si me lo permites, claro.
Mis labios se curvan en una sonrisa. No encuentro una sola razón para no creerle y, sin pensarlo, me coloco de puntillas para alcanzar sus labios.
Lo beso despacio y sin prisas, como si quisiera que aquel instante quede grabado en mi memoria para siempre.
Lorenzo rodea con una de sus manos mi cintura mientras acomoda con cuidado la otra en mi mejilla.
Cuando nos separamos, nuestras frentes siguen apoyadas.
Él sonríe; yo también.
—Giovanna, hay algo que quiero decirte.
Levanto apenas la cabeza.
—¿Qué ocurre?
Antes de que pueda responder, siento mi teléfono vibrar dentro de mi bolso. Frunzo el ceño y lo saco. Me alegro al leer el nombre de Katherine Monroe en la pantalla.
—Lo siento, debo contestar.
El rubio asiente con tranquilidad y deja un pequeño beso en mi mejilla. Me alejo unos cuantos pasos y contesto la llamada.
—¿Señora Monroe?
—Vamos, florecita. ¿Hasta cuándo me llamarás así?
Su voz me envuelve con la misma calidez hogareña de siempre. Siento un nudo en la garganta, por lo que trato de que mi voz no flaquee.
—Ganamos la competencia. —Cierro los ojos mientras una sonrisa vuelve a dibujarse en mi rostro—. Lo logramos de verdad. Ahora todo mejorará, el restaurante volverá a levantarse y podremos salir adelante.
Durante un instante, solo escucho su respiración.
—Sí, florecita… Todo irá mejor. —Su tono hace que vacile un poco—. ¿Cómo están tú y los demás? ¿Qué tal tu mano? Me dijeron que te habías lastimado.
Ahí está, la mujer que considero mi segunda madre.
—Todos estamos bien —respondo.
La conversación continúa varios minutos más hasta que Katherine se despide.
—La quiero mucho.
—Y yo a ti, florecita.
Cuando la llamada termina, vuelvo a guardar el teléfono en el bolso. Lorenzo sigue algunos pasos atrás, observando parte de la calle, demasiado pensativo.
—¿Qué haces parado solo?
Lorenzo gira la cabeza al escucharme. Su expresión pensativa no desaparece de inmediato, aunque, cuando nuestras miradas se encuentran, sonríe. Me acerco hasta quedarme frente a él. El ruido de la noche continúa alrededor.
—¿En qué piensas?
Acorta la distancia y sus labios encuentran los míos otra vez. Esta vez, el beso dura más. Un beso cargado de alivio, deseo y de algo más que no logro descifrar.
Ambos respiramos con dificultad.
—¿Por qué? —pregunto con las mejillas ruborizadas. Le doy un leve golpe en el pecho con el dorso de la mano sin vendar—. Pueden vernos. Si te reconocen…
—No me importa —confiesa, siento cómo sus manos suben hasta mis mejillas—. Nadie impedirá mis ganas de amarte, Giovanna. Así que tú tampoco lo hagas.
Joder.
No lo hago. Me dejo llevar por sus besos.
Sin importar que el mundo alrededor pueda girar en nuestra contra, sigo aferrándome a él con cada minuto que pasa.
Sin darme cuenta, terminamos en una de las habitaciones del primer hotel que encontramos.
Lorenzo cierra la puerta con suavidad detrás de nosotros antes de volver a buscar mis labios con desesperación.
Me dejo llevar hasta caer en la cama, donde él se deshace de la ropa que estorba entre nuestros cuerpos. Su boca recorre cada parte de mi cuerpo, venerándolo.
—Giovanna.
Ahogo un gemido al sentir su lengua rodear mis pezones al mismo tiempo que sus dedos se introducen en mi coño, ya húmedo. Gimo y Lorenzo gruñe mientras ataca el otro pezón.
—Giovanna.
Baja por mi abdomen y aprieto las manos con fuerza sobre las sábanas cuando pienso que está por tocar mi humedad con su boca. Sus manos toman mis piernas y las levantan, colocándolas sobre sus hombros, atrayendo mi coño directamente hacia su boca.
Desde aquí puedo verlo jugar conmigo, con mi humedad y con la poca cordura que me queda. Mi cuerpo se arquea, pero sus manos son lo suficientemente fuertes para sujetarme ante la llegada del orgasmo.
—Tu coño está llorando demasiado, míralo. Tan húmedo y apetitoso.
Mi cuerpo cae nuevamente con suavidad al colchón y el rubio se posiciona en medio de mis piernas, aún débiles por el placer.
—Abre los ojos, Giovanna. Voy a follar tu hermoso coño y quiero que me mires.
—Loren… ¡Ah!
La estocada hace que cierre los ojos. Puedo sentir su polla palpitar en mi interior. Abrazo a Lorenzo con mis brazos, atrayéndolo hacia mí. Él reparte besos por todo mi rostro.
—Mírame, Giovanna.
Otra estocada.
—Mírame.
Abro los ojos y miro sus ojos verdes. Jadea y las embestidas se vuelven más fuertes. Está eufórico, casi como un animal en celo.
—Mírame —Sus labios están separados de los míos por milímetros—. ¿La sientes? ¿Sientes lo mucho que me estás apretando? Joder… quiero… ¡Uh!
Mis piernas se entrelazan y él aprovecha para tomarme del trasero y colocarse de espaldas a la cama. Ahora, yo estoy arriba. Puedo ver su cara con mayor facilidad, a pesar de la poca luz de la habitación. Puedo sentirlo, muy al fondo de mi interior. Apoyo las manos al frente y empiezo a moverme.
—¡Oh!
Lo cabalgo, sin detenerme a pensar en el pequeño dolor de cada estocada en mi vientre ni en el hecho de que no estamos usando protección. Ahora solo quiero sentirlo. Muevo mis caderas más rápido cuando siento las señales del orgasmo. Lo veo posar sus manos en mis costados e impulsa sus piernas.
—Lorenzo… estoy a punto de… mmm.
—Vente conmigo —ruega, por poco ahogado. Besa mi mejilla sin dejar de arremeter en mi interior—. Vamos, sí, eso. Aprieta mi polla y haz que me venga dentro de ti.
Dejo de pensar con la razón cuando las embestidas se vuelven más intensas.
Nuestros orgasmos explotan al mismo tiempo y siento cómo algo caliente llena mi interior.
Lorenzo me abraza con fuerza y yo entierro mi rostro en su cuello.
Escucho nuestras respiraciones mientras recuperamos el aliento, acompañadas de los latidos acelerados de nuestros corazones.
Él aparta con cuidado un mechón de cabello de mi frente y deja un beso tan suave que casi duele.
—¿Estás bien?
Asiento y su brazo me rodea hasta dejar mi cabeza apoyada sobre su pecho.
Cierro los ojos y siento una paz inmensa mientras Lorenzo acaricia distraído mi espalda y dibuja pequeños círculos con la yema de los dedos.
Sonrío sin abrir los ojos. Mi cuerpo comienza a relajarse poco a poco y aspiro con fuerza su perfume.
Aunque el día de mañana vuelva con fuerza, me quedo con esta noche.
Donde solo existimos nosotros dos.