Pruébame y Sedúceme Lorenzo
100%

Lorenzo

Hogar.

D urante mucho tiempo odié a mi padre, aunque a decir verdad, esa palabra le queda demasiado grande.

Recuerdo con claridad las noches en que mi madre no dejaba de llorar mientras él no hacía más que dejar ahí, tirada en el suelo de aquella enorme mansión para luego irse tras otra de sus cuantas aventuras.

Aquel infierno siguió dos años después del nacimiento de mi hermano menor.

Hasta el día en que mi padre decidió irse de casa y de nuestras vidas para siempre.

Se esfumó sin preguntar o llamar alguna vez.

En ese momento entendí que moriría antes de volver a verlo, y que nadie iba a venir a salvarnos.

Mientras mi madre levantó una familia completamente sola, yo dejé de comportarme como un niño para ser el hombre de la casa mucho antes de tiempo.

No me interesaban los juegos o las tardes tratando de ir tras la pelota como el resto de los niños, solo me interesaba una sola cosa: evitar que el dinero volviera a ser un problema.

Había hecho una promesa conmigo mismo de que mi familia jamás volvería a depender de nadie.

Incluso de mi abuela paterna cuando apareció.

Aquella no dejaba de traer regalos, preguntar por nuestras notas en la escuela, asistir a los cumpleaños e incluso ayudar a mi madre cuando las cosas eran realmente difíciles.

Intentó llenar el vacío que aquel tipo había dejado.

Como si todo eso fuera suficiente para reparar lo que había pasado.

Como si ella o alguien pudiera apagar el odio que llevaba dentro.

Porque el problema nunca fue Katherine, sino su apellido.

El simple hecho de recordar el Monroe hacía que a mi mente vinieran miles de recuerdos, y la sospecha de que esa familia seguía adelante mientras la mía se había roto en mil pedazos.

Por esa razón me convertí en el mejor. Construí mi propio imperio: Aerum.

Abrí un restaurante tras otro y dejé en claro que nadie tendría poder sobre nosotros una vez más.

Sin embargo, y a pesar de cada nueva apertura que pasaba por mis manos, seguía sintiendo aquel vacío en mi pecho.

Nada lograba llenarlo. Ni los premios, entrevistas o el reconocimiento en el mundo.

Nadie podía quitar de mí esa sensación constante de rabia.

Con los años, esa rabia se convirtió en mi reputación.

Los noticieros, periódicos y blogs no pararon de decir que, cuando Lorenzo Moretti visitaba un restaurante, su futuro estaba perdido y que una sola crítica bastaba para cerrar sus puertas. La verdad es que nunca me importó, después de todo… jamás en mi vida había conocido la compasión.

—Tengo algo que darte, te pertenece.

Cuando Katherine me contactó años después con el pretexto de darme una noticia importante, al principio no le creí. Pero en cuanto mis manos tuvieron aquel sobre, sonreí con ganas.

Dentro estaban los documentos de un restaurante.

El Monroe.

El último vínculo que seguía uniendo a la familia paterna con nuestro apellido, y del cual al ser el mayor de los hermanos —y teniendo en cuenta que ni Guillermo o Erick mostraron el mínimo interés—, me pertenecía.

Perfecto.

Podía tomar el último legado de aquel hombre y hacerlo desaparecer por completo. Borrar su rastro hasta los cimientos… pero solo había un pequeño problema.

Ella.

La primera vez que vi a Giovanna Greco pensé que todo terminaría rápido.

¿Quién es capaz de beber antes de una inspección?

No hubo nada que no hubiera hecho adrede, y aun así, había algo en ella que no dejaba de hacerme pensar.

Katherine no dejaba de hablarme de una chef joven que amaba con todo su corazón al Monroe, por lo que quería comprobar si era tan buena como todos decían, para después destruir el restaurante sin el menor remordimiento.

¿Habré sido demasiado ingenuo? ¿Qué falló en mi plan? ¿En qué momento empezó a desmoronarse mi muro? ¿Acaso fue cuando levantó la vista para discutir conmigo?

Joder.

Ni todo el dinero del mundo habría podido prepararme para conocer a una mujer como ella.

Giovanna no era de esas que podían comprarse con promesas o una cuenta bancaria llena de ceros.

Ella no necesitaba alguien que la salvara, y en medio de ello, fui yo quien terminó necesitando cada vez más de ella.

—La deuda es enorme.

Guillermo hojea los documentos en el living de la casa de mamá. Hace minutos habíamos llegado del aeropuerto, donde había ido a recogerlos a él y Erick, quien permanecía en la cocina conversando con mamá.

—Si aceptas esto vas a invertir muchísimo dinero para recuperar muy poco. Económicamente no tiene ningún sentido.

Permanezco en silencio. El Monroe arrastraba una deuda tan importante que desde cualquier punto de vista, lo más inteligente sería dejarlo quebrar por sí solo. Sin meter siquiera mis manos en el fuego.

—Paga todas las deudas.

El de lentes frunce el ceño.

—¿Qué? ¿Me escuchaste?

—Quiero el restaurante completamente limpio, sin una sola deuda.

—Lorenzo, ¿eres consciente de lo que estás diciendo? Será una pérdida de tiempo y dinero —refunfuña, quitándose las gafas por segundos para masajear su sien—. ¿Para qué?

Intento encontrar una explicación lógica.

Podía decirle que un restaurante sin deudas es mucho más valioso, y que así sería más sencillo venderlo y proteger la inversión.

Pero nada de eso era verdad. No cuando mi cabeza no deja de traer recuerdos que no deberían estar ahí: Giovanna caminando delante de mí por las calles de Florencia, su manera de sacar pleito por todo y la forma en que sus ojos brillan cada vez que habla del Monroe, como si ese edificio de ladrillos fuera una jodida maravilla.

Sin darme cuenta, termino sonriendo también.

—Esto no puede ser. —Guillermo apoya un codo sobre el respaldo del sofá.

Levanta la vista, sin entender.

—¿Qué sucede?

—Eso mismo estoy por preguntarte, hermano. —Suelta una risa y alza una mano antes de poder hablar—. Hace tantos años que no te veo sonreír y eso me hace preguntarme quién es la mujer que te tiene así. Tan… enamorado, como para pagar la deuda del mismo lugar que llevas meses deseando destruir.

Miro hacia un costado, y él no insiste, no cuando Erick lo llama.

Siento un peso extraño en el pecho cada vez que imagino aquellos ojos marrones al poder enterarse, y ya no me produce nada de satisfacción. Es una sensación nueva para mí, y eso es un problema.

No paro de pensar en que, luego de años, el odio en mi corazón comienza a perder contra una mujer.

∞∞∞

Abro los ojos al instante ante un llanto suave.

Por segundos permanezco sin moverme, acostumbrándome a la oscuridad de la habitación hasta que escucho otro pequeño quejido proveniente del cuarto de al lado. No pasa mucho tiempo antes de que Giovanna, a mi lado, comience a moverse.

—Voy yo —susurro. Ella intenta protestar y deposito un beso sobre su frente antes de levantarme de la cama—. Sigue descansando. Ya has hecho demasiado por hoy.

La habitación de nuestra hija está iluminada por una pequeña lámpara en forma de luna. Cuando me acerco a la cuna, dos enormes ojos marrones con algunas lágrimas en los párpados me observan de inmediato.

Sonrío y, en cuanto la tomo entre mis brazos, deja de llorar.

—Hola, princesa. Llegó papá.

Me sorprende lo pequeña que es y cómo una persona tan diminuta puede ocupar un espacio tan inmenso dentro de mi pecho. Camino hasta la cocina y tomo uno de los biberones listos.

—No puedes seguir despertando a mamá cada dos horas, ¿sí? Tenemos que dejarla dormir un poquito. —Mueve las manitos en el aire, casi como si quisiera responderme. Suelto una risa—. Sí, ya sé. Tú eres quien manda en esta casa, Chiara.

Voy al salón y me siento junto a la ventana. Afuera, los copos comienzan a llenar el jardín. Las luces del árbol de Navidad siguen encendidas, reflejándose sobre el cristal, recordándome que aquella es nuestra primera Navidad como familia.

Le doy el biberón y no tarda en beber con desesperación.

Bajo la vista hacia ella y siento un nudo en la garganta. Y pensar que toda mi vida tuve miedo de parecerme al hombre que nos abandonó a mis hermanos y a mi madre, de repetir su historia y convertirme en alguien incapaz de amar.

Me inclino y beso con cuidado sus mejillas regordetas.

—Nunca te faltará nada mientras yo respire, mi pequeña princesa —susurro—. Nunca conocerás el abandono ni tendrás que preguntarte si papá volverá a casa, porque yo siempre estaré aquí.

Chiara parpadea y una de sus manos toma mi dedo, sujetándolo con fuerza. Quiero permanecer ahí durante mucho tiempo, pero cuando escucho unos pasos acercarse, levanto la vista. Giovanna está apoyada en el marco de la puerta, envuelta en una manta.

—Te dije que descansaras.

—Lo intenté, pero no pude.

Se acerca despacio y se sienta a mi lado, apoyando la cabeza sobre mi hombro.

Ambos miramos a la bebé con adoración mientras afuera la nieve sigue cayendo.

Podría permanecer horas ahí y jamás podría cansarme de estar junto a ellas, de tenerlas a mi lado.

Ellas dos son mi mejor regalo, lo que durante tanto tiempo he anhelado sin darme cuenta.

Beso a Giovanna y luego vuelvo la mirada a nuestra hija.

Sonrío.

Aquel niño que jura no volver a necesitar a nadie finalmente puede descansar. Porque, al final, ha encontrado algo mucho más fuerte que el odio…

Mi familia.