Capítulo 20
N os miramos y Lorenzo se agacha para esconderse.
—¿Qué carajos haces?
—No digas nada.
—Esto es ridículo… —No me da tiempo a seguir, porque en ese momento aparece Stephannie por la puerta.
—¿Giovanna? ¡Oh, aquí estás! No te veía por ningún lado. —Ella entra y se detiene justo en frente—. ¿Qué haces?
—Tomando una cerveza.
Aprieto mis manos y rezo por todos los cielos para que no venga de este lado. Stephannie asiente y mira las cervezas en la encimera.
—¿Por qué hay dos cervezas? ¿Estabas con Lorenzo?
—Me dio una cerveza y estuvimos charlando un rato, pero tuvo que irse por unos asuntos.
Mi amiga asiente, ve de vuelta las latas sobre la encimera y luego me mira a mí.
—¿Y tu padre? ¿Qué quería?
Stephannie suelta un suspiro y pone los ojos en blanco.
—Hablar de los hoteles y que pronto tendré que ir a una reunión familiar.
—¿Lo que significa…?
—Problemas —espeta—. Solo pueden pasar problemas en nuestras reuniones familiares. —Se encoge de hombros y sonríe—. Bueno, como sea, te buscaba porque Elena me dijo que la comida está lista, así que vayamos al patio.
—Perfecto —concuerdo. Ella frunce el ceño—. Estaré ahí en cinco minutos.
Se queda quieta unos segundos, luego asiente y sale de la cocina. Espero varios segundos antes de hablar.
—Ya se fue, ya puedes salir.
Lorenzo se levanta y suelta una carcajada.
—¿Qué te parece tan gracioso?
—Nada, nada —espeta, acercándose hasta dejar un beso en mi mejilla—. Ahora, ve. Saldré en unos minutos.
No entiendo nada de lo que dice. Pero en cuanto mis ojos bajan hasta encontrar el bulto en sus pantalones, mis mejillas arden. Lorenzo pasa una mano por su rostro y suelta una bocanada de aire.
—Oh, lo siento, no sabía que estabas así.
—Giovanna, por favor —suelta sin más—. Deja de hablar, o terminaré haciéndote el amor aquí mismo —acaricia mis mejillas—. Nos vemos afuera.
Salgo de la cocina con las mejillas sonrojadas, y apenas cruzo la puerta hacia el jardín me encuentro a Stephannie apoyada contra la columna. Casi como si estuviera esperándome.
—Hola.
—¿Qué haces aquí?
—Nada —repito, cerrando los ojos—. ¿Ya se resolvieron esos importantes asuntos de los que hablabas?
Mierda .
—No es lo que crees.
—Jamás dije lo contrario.
—Stephannie.
—Giovanna.
Maldigo para mis adentros repetidas veces. Es evidente que Stephannie terminará dándose cuenta. Joder, es ella. Mi amiga, y la mujer a la que no puede escapársele ni la más mínima mosca.
—Tranquila, no tienes que explicarme nada.
—Yo, de verdad, lo siento por no decirte.
—Gio —vocifera, haciendo que preste toda la atención—.
Hacía mucho tiempo que no te veía sonreír así.
Y todo lo que ha hecho este hombre por ti, por tu equipo…
lo cierto es que es difícil no ponerse feliz por ti.
—Me toma del brazo—. Respetaré la decisión que tomes, tu secreto está a salvo conmigo.
Ahora vamos, antes de que Kevin termine comiéndose todo.
Reímos y regresamos al patio. La mesa ya está preparada y un aroma increíble flota en el aire, tanto que comienzo a sentir hambre.
Me siento en una de las sillas y miro cómo Elena viene hacia nosotros con una enorme bandeja recién salida del horno de ladrillo.
Mis ojos se abren al ver las costillas repletas de hierbas y papas rostizadas.
—Espero que tengan mucha hambre.
—Dios mío, Elena, creo que la amo —dice Kevin con sinceridad, y antes de que alguien de nosotros pueda decirle algo, prosigue—. Tenía que decirlo.
Las risas vuelven a llenar el patio y justo en ese momento se escucha el sonido del motor de un automóvil.
El rostro de la señora se ilumina, porque segundos después dos hombres, acompañados de Lorenzo, aparecen por la puerta del patio.
Uno de ellos, de cabello oscuro y ligeramente más joven que Lorenzo, habla con este con tranquilidad.
El otro, rubio y de piel pálida, lleva gafas y expresión relajada.
—Mis otros dolores de cabeza —anuncia Elena.
—Siempre tan amorosa, mamá —espeta el de gafas.
Al acercarse, ambos saludan a su madre hasta girarse hacia nosotros. Lorenzo es el siguiente en hablar:
—Chicos, les presento a mis hermanos: Erick y Guillermo.
Erick saluda con entusiasmo, mientras que Guillermo da varios asentimientos. Pronto, todos estamos sentados en la mesa. La cena transcurre sin problemas, y cinco minutos son suficientes para llegar a la comparación de que Erick es tan hablador como Kevin.
Guillermo resulta ser abogado especializado en divorcios, y el pelinegro, agente de bienes raíces. Por lo que la comida se llena de algunas de sus vivencias, mezcladas con cada una de las nuestras.
Me permito disfrutar de la noche, la comida y las risas.
Sin dejar de sentir la forma en que Lorenzo me observa cada vez que cree que yo no estoy mirando.
La noche termina con rapidez y cuando llega el momento de irnos, Elena nos acompaña hasta la entrada.
—Espero volver a verlos pronto —murmura cuando nos abraza uno por uno.
—Después de esta cena, tendrá que soportarnos más seguido —asegura Marco.
Elena sonríe y, por último, toma mis manos entre las suyas.
—Cuídate mucho, Giovanna. Me alegró conocerte.
—Igualmente, Elena.
La mujer me dedica una sonrisa tan cálida que siento un ligero nudo en la garganta.
—Te deseo toda la buena suerte para mañana.
Asiento y, luego de despedirnos con un breve abrazo, subo junto a los chicos al auto. Sus hermanos permanecen junto a su madre, siendo Lorenzo el último en despedirse de ella. Lo observo abrazarla durante varios segundos y sonrío sin poder evitarlo.
Ahora mismo entiendo muchas cosas. El porqué de que Lorenzo sea tan protector y por qué siempre parece estar tan pendiente de todos. Ha crecido rodeado de amor, aunque también con un poco de dolor.
Y eso… se nota.
El viaje de regreso al hotel es tranquilo.
Los chicos aprovechan para dormir y yo acompaño a Lorenzo por la carretera.
La iluminación del tablero resalta parte de su rostro.
Sus manos sujetan el volante con tranquilidad, y de vuelta, pienso en cuánto cambiarán las cosas una vez que termine la competencia.
Falta un día para que todo termine. Un día y tres rondas. Y no tengo idea de qué pasará después de eso. Mi vida entera está en Italia. El restaurante en donde cumplo mi sueño y mi familia entera. Pero Lorenzo está aquí. A miles de kilómetros que nos separan.
La idea de volver a casa parece sencilla, pero no lo es.
Bajo la mirada hasta mis manos.
Quizás estoy adelantando las cosas, pero es inevitable no hacerlo. Porque cuanto más se acerca el final de la competencia, también lo hace el momento en que tendré que decidir qué hacer con esto que siente mi corazón.
Cuando llegamos al hotel ya es medianoche. Todos nos despedimos y caminamos hacia los ascensores. Lorenzo permanece atrás, hablando con uno de los empleados del hotel en cuanto entramos al ascensor y las puertas se cierran.
El rubio me mira antes de que se cierren del todo, luego sonríe.
Solo un poco, lo suficiente para acelerar mi corazón. Durante todo el trayecto a mi habitación no puedo borrar aquella sonrisa de mi cabeza. Mañana es la final. El último paso, y por extraño que parezca, no estoy segura de qué me asusta más.
Perder, o descubrir lo mucho que podría llegar a extrañar a Lorenzo Moretti.