Pruébame y Sedúceme Capítulo 19
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Capítulo 19

L a última ronda eliminatoria antes de la gran final ha sido igual de intensa, o incluso más.

Desde el momento en que entramos al set y ocupamos nuestros lugares, supimos que teníamos que darlo todo.

Los chicos estaban decididos más que nunca y yo sentía una determinación que nada ni nadie podía apaciguar.

Antes de que el marcador comenzara a perder tiempo, dejé que mis ojos fueran hacia Valery Meier.

Intercambiamos un asentimiento de cabeza y luego nos pusimos manos a la obra.

Minutos más tarde y con los resultados a favor de nosotros, me permito respirar con fuerza. Había soportado las ganas de llorar, aunque una que otra lágrima traviesa había escapado de mis ojos. Clasificamos para la final, estoy a solo un paso de cumplir mi cometido.

Pero no debo tomarlo a la ligera.

Die Anmut será nuestro oponente.

—¡Hija mía!

Sonrío al escuchar la voz de mi madre. ¿Cómo es posible que el hecho de escuchar su voz me causara tanta felicidad? Los resultados habían llegado hasta Florencia, por lo que poco después de salir de la competencia, recibí la llamada de mi madre.

—¿Cómo estás, ma?

—Bien, querida —responde—. ¿Cómo estás tú? ¿Los chicos? ¡Deben estar muy felices!

Rodolfo, Kevin y Marco habían saltado en conjunto al escuchar los resultados. Sus gritos de felicidad pudieron escucharse hasta varios metros fuera del set.

—Sí, estamos muy contentos.

—No es para menos, hijita. Eres la mejor, y no lo digo porque seas mi hija. ¡Que te he visto con mis propios ojos! Eres muy talentosa, y lograrás todo lo que te propongas. Disfruta cuanto puedas, ¡ah, otra cosa!

—¿Sí, ma?

—Nunca dudes de ti misma.

Minutos después, y en cuanto mi madre cuelga la llamada debido a realizar varias mermeladas, cierro los ojos mientras me apoyo en el asiento de copiloto. Ahora, el temor que siento en el pecho se ha vuelto un poco más pequeño.

—¿Todo bien con tu madre?

Abro los ojos y miro a Lorenzo, quien maneja sin quitar la vista del camino. Todos estamos en su auto, sólo que esta vez el camino no es hacia el hotel. Para nuestra sorpresa, y antes de poder abordar los taxis de vuelta, este nos detiene.

¿El motivo?

Una invitación especial a unos cuarenta minutos aproximadamente de distancia.

No había dicho nada más, lo que me tiene un poco nerviosa.

Nada se puede predecir de Lorenzo, y es increíblemente bueno con las sorpresas.

La ciudad de Anaheim me cautivó al instante, aunque según el rubio, aún me falta mucho por conocer.

El auto se detiene pocos segundos antes de entrar a una urbanización.

Andamos cinco minutos hasta que se detiene frente a una gran mansión.

—¡Mierda!

Rodolfo a mi lado le da un codazo a Kevin, quien sonríe con pena a Lorenzo al bajarnos todos del auto. Yo, en cambio, estoy por hablar cuando la puerta de la casa se abre y de esta aparece una mujer.

Pelo rubio, algunas arrugas en su piel debido a la edad, y esos ojos verdes que al instante me hacen recordar a alguien.

—¡Lorenzo, hijo!

La madre de Lorenzo camina hasta llegar a él y darle un fuerte abrazo que no tardó en ser correspondido.

Me mantengo firme a unos cuantos pasos, justo detrás de ellos.

Cuando el abrazo se termina, me preparo para lo que venga.

En cambio, una sonrisa por parte de la mujer en nuestra dirección hace que regrese a mis pulmones el aire que me faltaba.

—Ustedes deben ser los amigos de mi hijo —vuelve a sonreír—. Pasen, por favor. No se queden ahí parados.

—Muchísimas gracias por invitarnos, señora. —Kevin es el primero en dar un paso al frente.

—Oh, nada de señora —responde ella con una pequeña carcajada—. Llámenme Elena.

Nos hace un gesto para que la sigamos al interior de la casa.

La mansión es clásica y consta de dos pisos.

Pero lo que mis ojos notan es la cantidad de fotografías familiares decorando la pared.

En todas y cada una de ellas, Lorenzo aparece junto a su madre y hermanos.

Caminamos toda la mansión hasta llegar al patio, donde Elena no tarda en inclinarse frente a un horno de ladrillo con varias piezas de leña.

—Mamá. —La voz de Lorenzo suena al instante—. ¿Qué estás haciendo?

—¿Qué te parece, querido? —contesta, sin dejar de acomodar la leña—. Preparando para encender el fuego.

—¿Dónde están mis hermanos?

—Están fuera de casa, dijeron que volverían para la cena.

Lorenzo suelta un suspiro.

—Podías haberme esperado… —Sin darle más tiempo del necesario para protestar, se quita el chaleco hasta dejarlo en una de las mesas del patio—. Vamos, déjalo así. Yo me encargo.

—Hijo.

—No se diga más, mamá.

Elena levanta las manos en señal de derrota.

—Está bien, está bien. Qué mandón te has vuelto con los años.

No puedo evitar reír.

Pronto los chicos se acercan a Lorenzo hasta quedarse conversando. Stephannie deja salir una bocanada de aire a mi lado.

—Tu novio tiene una casa enorme.

Casi me ahogo con mi propia saliva.

—No es mi novio.

—Claro.

—Steph.

—¿Qué? Solo digo que, si me invitaran a la mansión de la madre del chico con el que hablo, yo empezaría a sospechar cosas.

No respondo. Me limito a darle un codazo, a lo que se ríe. Al menos, hasta que su teléfono comienza a sonar. La sonrisa en su rostro desaparece apenas ve la pantalla.

—Es mi padre.

—Contesta.

Stephannie duda unos segundos, luego suspira.

—Siento que no he cumplido bien mi promesa de estar presente, el trabajo me persigue a todos lados. Lo siento, Gio.

Tomo su mano libre con una de las mías.

—Vamos, no pasa nada. Te entiendo perfectamente.

—¿Segura?

—Claro, eres mi amiga.

Ella sonríe y me abraza.

—Eres la mejor.

La observo alejarse mientras responde la llamada. De pronto me encuentro sola, y con la vista del cielo oscurecerse al llegar la noche. Algunas lámparas del patio se encienden y poco después, siento a alguien sentarse a mi lado.

—¿Puedo sentarme?

Giro la cabeza y asiento al instante al ver a Elena a un lado. La mujer se sienta con lentitud, y luego me mira.

—Así que tú eres Giovanna.

—Así es. —Sonrío—. Giovanna Greco.

—Pues, me alegra conocerte, Giovanna.

Nuestra conversación comienza de forma sencilla.

Elena me hace preguntas sobre Florencia y el Monroe.

Lo que me lleva a pensar que esta mujer parece conocerme más que yo a ella.

Luego, terminamos hablando sobre California, de lo mucho que me ha gustado para ser la primera vez, mientras que Elena, por su parte, habla de sus hijos y de las incontables veces en que Lorenzo muestra indicios de afición por la cocina.

—No sabía que Lorenzo cocinaba desde pequeño.

—Oh, sí. Aunque no sé si se le podría llamar a eso cocinar.

No sé con certeza cuánto tiempo pasa, solo que me siento cómoda.

En un punto, Elena desaparece dentro de la casa y regresa con lo que parece ser un libro bajo el brazo.

Mis ojos se abren con asombro al ver el enorme álbum.

Elena lo abre y me enseña la primera fotografía.

En esta, un Lorenzo de unos ocho años está cubierto por completo de harina.

—Intentó hacer pan, pero la bolsa de harina terminó explotando encima de él.

Las páginas siguen pasando una tras otra, y con cada una de las fotos solo puedo sonreír. Lorenzo en bici, jugando al fútbol o sosteniendo un pescado enorme. Hasta hay una donde aparece con ortodoncia dental.

—Siempre fue un poco testarudo, creo que eso lo heredó de familia. —Ella no logra bajar las comisuras mientras pasa las fotografías—. Puede cometer equivocaciones, pero te aseguro que tiene un gran corazón.

Mis ojos vuelven hacia ella.

—Lo sé.

Y lo digo en serio. Lorenzo me ha demostrado que detrás del chef famoso, del hombre seguro y exitoso, hay un hombre más humano de lo que pretende ser.

Elena me mira durante algunos segundos, luego asiente.

—Sí. Creo que lo sabes, pero igual…

—¿La están pasando bien?

Lorenzo está de pie frente a nosotras, con las mangas remangadas y algunas manchas en las manos debido al carbón. Antes de que pueda darse cuenta, Elena cierra el álbum. Aunque no pasa desapercibido por él, que frunce el ceño al instante.

—Mamá, ¿qué le estás enseñando?

—Nada, absolutamente nada. —Se levanta y le da un beso en la mejilla antes de guiñarme el ojo—. Bueno, debo cocinar.

Elena se va, y en cuanto estamos solos, dejo salir otra carcajada. Lo veo arrugar la frente.

—La foto de la harina fue mi favorita.

Lorenzo niega con la cabeza, aunque también termina sonriendo. Por segundos, ninguno dice nada. El ruido de las voces llega desde el otro lado del patio. Las luces iluminan el jardín y el olor a leña comienza a extenderse en el ambiente.

—Ven conmigo.

—¿Qué? —pregunto sin entender y miro alrededor antes de continuar—. Será raro si ven que desaparecemos juntos.

—Nadie se dará cuenta, y si es así, siempre puedo decir que estamos hablando de la competencia. —Su sonrisa se vuelve más amplia—. Giovanna, confía en mí.

Minutos después, estamos dentro de la mansión, específicamente en la cocina. Esta tiene muchos implementos, lo cual me deja aún más asombrada.

—Mi madre tiene una obsesión poco saludable con los utensilios.

Asiento, dándome la vuelta para ver otra parte de la cocina.

—Ahora no me cabe duda, eres su hijo.

—Oye.

Me giro hacia él y tomo por reflejo la lata de cerveza que lanza hacia mí. Lorenzo abre otra para él y luego se apoya contra la encimera, sin dejar de mirarme.

—Felicidades por llegar a la final.

Bajo la mirada hacia la lata, permitiendo que una sonrisa aparezca en mis labios.

—Sí, lo hice, pero la verdad es que debo agradecerte. —Mi pecho se aprieta—. No sé qué hubiera pasado de no ser por ti.

—Tú fuiste quien lideró a tu equipo y lo trajo hasta aquí.

Le da un sorbo a su cerveza y la acerca a mí, por lo que doy un breve golpe con la mía, a modo de brindis.

—Estoy feliz —admito—, muy feliz. Nunca pensé que podría llegar a esto, y por más que me lo repita, aún siento como si estuviera dentro de un sueño.

Joder. ¡Que he logrado pasar a la final! Estoy a poco de poder lograr mi cometido, de salvar al Monroe y de no abandonar mi sueño.

—Cuando termine la competencia, quédate en California.

Mi sonrisa vacila.

—¿Qué quieres decir?

—Quédate —arrastra la voz con tono tranquilo—, podrías hacerlo.

—Lorenzo.

—Hablo en serio —afirma, dejando la cerveza sobre la encimera—. Podrías dirigir uno de mis restaurantes, o trabajar conmigo durante un tiempo antes de volver. No lo sé, hay muchas posibilidades.

Mi corazón da un vuelco. Porque, una parte de mí, desde lo más hondo, quiere decir que sí. Quiero aceptar su propuesta sin pensarlo, quedarme y estar junto a él.

—Sabes que no puedo, tengo una vida en Italia.

—Y también tienes derecho a construir una nueva aquí, si quieres.

Bajo la mirada, y guardo silencio. Me obligo a pensar en aquello que he evitado durante la última semana. En el hecho de que, cuando la competencia termine, todo con ello terminará también. California. Las cenas. Los entrenamientos y las noches en vela hasta quedarnos dormidos.

Todo tiene una fecha de vencimiento.

Y no sé qué carajos hacer con todo eso.

Mis dedos se cierran alrededor de la lata en el preciso momento en que Lorenzo da un paso hacia mí.

—Giovanna, hay algo que necesito deci…

—Me gustas.

Hablo antes de que me arrepienta. Lorenzo se queda inmóvil, como si tratara de procesar si lo que ha escuchado es real y no una simple ilusión.

—Me gustas —repito—, mucho.

Mi corazón late con fuerza.

—Hasta ahora has sido el único que lo ha dicho —menciono, notando cómo aparta la mirada—, quiero que lo sepas. —Trago saliva antes de continuar—. Porque, aunque llevemos poco tiempo, aunque todo esto termine siendo una locura, me gustas de verdad.

El rubio se acerca incluso más y yo aprovecho de dejar la cerveza a un lado. Al estar frente a frente, su mano sube hasta mi rostro.

—Me gustas, Lorenzo.

Me coloco de puntillas, y lo beso. Es suave al principio, porque tarda menos de cinco segundos en que la distancia desaparezca por completo.

Siento sus manos rodear mi cintura, y casi es como si mi corazón quisiera salirse del pecho.

Su lengua se encuentra con la mía y suelto un gemido al sentir su erección contra mí.

Lorenzo se aparta y apoya su frente contra la mía.

—No tienes idea de lo que me estoy conteniendo.

Dejo que una risa escape de mis labios.

—¿Sí?

Asiente.

—Empiezo a creer que venir aquí no fue una buena idea.

Esta vez, él es quien me besa. Retrocedemos un paso, luego hasta que mi espalda choca suavemente contra la encimera.

—¡Ah! Lorenzo.

—¿Giovanna?

Ambos nos congelamos al escuchar la voz de Stephannie atravesar la cocina.